martes, 21 de noviembre de 2017

Tráfico de niños

La detención de 10 norteamericanos, afiliados a una iglesia baptista, en la frontera entre Santo Domingo y Haití, que pretendían hacerse (iba a decir “raptar”, pero ellos dicen que no pretendían raptar) con 33 niños haitianos, no es más que la punta del iceberg de un asunto poco claro, por no decir sucio, que se desarrolla habitualmente en algunos países pobres, y que también se daba en Haití antes del terremoto. Es posible que recuerden que algunas monjas españolas que trabajan en África sufrieron amenazas de muerte por denunciar prácticas, que incluyen comercio de órganos. Según informaciones fidedignas, antes del terremoto, los niños haitianos vendidos y comprados ilegalmente rondan los mil casos anuales.

Hay hechos que, de por sí, son repugnantes y condenables. Que además se mezclen apelaciones a la religión, como en el caso de los niños haitianos, no cambia la gravedad del asunto, pero sí obliga a recordar que no se puede tomar el nombre de Dios en vano. Desgraciadamente su santo nombre ha sido demasiado profanado y vilipendiado. Las palabras de Martín Buber sobre las huellas de sangre que los seres humanos han dejado bajo el término “Dios” siguen resonando como una advertencia permanente. Las apelaciones al nombre de Dios tienen sus luces y sus sombras. Pero cuando de sombras se trata, lo bueno se convierte en pésimo.

Para que los derechos y libertades de la persona, sobre todo de los más débiles y vulnerables, sean debidamente reconocidos, falta todavía un largo camino por recorrer, debido a condicionamientos de todo tipo: económicos, políticos, sociales, ideológicos y también religiosos. La explotación de la sexualidad (trata de blancas, prostitución infantil, violación de menores –por cierto, un periódico boliviano acaba de denunciar la violación de 42 menores en un centro evangélico de acogida-), el tráfico de órganos, el robo de menores, o la manipulación del hombre por el hombre, es uno de los mayores insultos al Creador. Por eso, la cooperación en la obra creadora de Dios, que hoy bien puede traducirse en ayuda desinteresada para reconstruir Haití, pasa por el logro de una mayor justicia como fruto del amor.
de Martín Gelabert Ballester, OP

domingo, 19 de noviembre de 2017

SAN ALBERTO MAGNO, O.P.

San Alberto nace en el seno de la noble familia de los Ingollstad en Lauingen, Diócesis de Augsburgo en la Baviera Alemana en 1.206.

Desea cursar la carrera de Leyes por lo que sus padres le envían primero a Bolonia, que más tarde será cumbre de los estudios juristas; pasa más adelante a Venecia, para terminar en Padua. En 1.223 conoce a su compatriota el Bto. Jordán de Sajonia que sucederá a Santo Domingo de Guzmán en el gobierno de la Orden Dominicana. Queda prendado por la predicación y las cualidades de este hombre; recibe la llamada de Dios y decide ingresar en la Orden de Predicadores en 1.224. La oposición de su familia es frontal, pero él permanece fiel a su decisión.

En 1.228 es enviado a su Patria como profesor y enseña, primero en Colonia, con posterioridad en Hildesheim, Friburgo, Ratisbona, Estrasburgo y en la Sorbona de París, donde tendrá como discípulo predilecto a Santo Tomás de Aquino.

Destaca San Alberto Magno por su capacidad, sagacidad y equilibrio en solucionar casos conflictivos como el del Obispo de Wurzburgo con sus fieles. Su misión y su campo es la enseñanza, la investigación por la que sigue dictando su sabiduría en las Cátedras Wurzburgo, Estrasburgo y Lyon. Participa en el II Concilio de Lyon, donde media para que sea reconocido como Rey de Alemania Rodolfo de Augsburgo.

En 1.279 se debilita física y mentalmente. Ese mismo año redacta su testamento y muere, con serenidad y paz, sobre su mesa de trabajo. Era el 15 de noviembre de1.280.

Semblanza espiritual

San Alberto es un científico, pero ante todo es un teólogo, observante y mortificado, hombre de oración ininterrumpida. Pasa muchas noches en la oración, amante de la Eucaristía: "Celebraba los Misterios Divinos con la más grande pureza y el más ardiente amor".

Pero San Alberto Magno es un místico que descubre a Dios en el encanto de la creación. Y un místico mariano, con una sencilla y profunda devoción a la Virgen María. Su amor a la Virgen es ingenuo y profundo a la vez.

Fue canonizado por Pio XI el 16 de diciembre de 1.931. Pio XII, en 1.941, lo declara Patrono de los científicos. La gran gloria de San Alberto es sin duda su discípulo Santo Tomás de Aquino.

ÁNGELUS DEL PAPA FRANCISCO

Queridos  hermanos y hermanas,
ayer, en Detroit, Estados Unidos de América, ha sido proclamado Beato Francisco Solano, sacerdote de los Frailes Menores Capuchinos. Humilde y fiel discípulo de Cristo, se distinguió por un incansable servicio a los pobres. Su testimonio ayude a sacerdotes, religiosos y laicos a vivir con alegría el lazo entre anuncio del Evangelio y amor a los pobres.
Es lo que hemos querido recordar con la Jornada Mundial de los Pobres de hoy, que en Roma y en las diócesis del mundo se expresa en muchas iniciativas de oración y de compartir. Auspicio que los pobres estén en el centro de nuestras comunidades no solo en momentos como este, sino siempre; porque ellos están en el corazón del Evangelio, en ellos encontramos a Jesús que nos habla nos interpela a través de sus sufrimientos y sus necesidades.

Quiero hoy recordar de manera particular a las poblaciones que viven una dolorosa pobreza a causa de la guerra y de los conflictos. Por eso renuevo a la comunidad internacional un apremiante llamamiento a comprometer todo esfuerzo posible para favorecer la paz, en particular en Oriente Medio. Dirijo un pensamiento especial al querido pueblo libanés y rezo por la estabilidad del País, para que pueda continuar siendo un “mensaje” de respeto y convivencia para toda la Región y para el mundo entero.

Rezo también por la tripulación del submarino militar argentino con el que se ha perdido contacto.
Hoy recurre también el Día mundial en recuerdo de las víctimas de accidentes de tráfico, instituida por la ONU. Aliento a las instituciones públicas en el compromiso de la prevención, y exhorto a los automovilistas a la prudencia y al respeto de las reglas, como primera forma de tutela de sí mismos y de los demás.

Saludo a todos ustedes, familias, parroquias, asociaciones y fieles individuales, que han venido de Italia y de tantas partes del mundo. En particular, saludo a los peregrinos de la República Dominicana; a los participantes en la carrera de solidaridad de Košice (Eslovaquia) en Roma; y a la comunidad ecuatoriana residente en Roma, que festeja a la Virgen de El Quinche. Saludo a las fraternidades de la Orden seglar Trinitaria Italiana, a los fieles de Civitanova Marche, Sanzeno, Termoli, Capua y Nola, y a los jóvenes confirmandos de Mestrino (Padua).

Deseo a todos un buen domingo. Y por favor, no se olviden de rezar por mí. Buen almuerzo y ¡hasta la vista!

JORNADA MUNDIAL DE LOS POBRES SANTA MISA,HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Basílica Vaticana 
XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario, 19 de noviembre de 20

Tenemos la alegría de partir el pan de la Palabra, y dentro de poco de partir y recibir el Pan Eucarístico, que son alimento para el camino de la vida. Todos lo necesitamos, ninguno está excluido, porque todos somos mendigos de lo esencial, del amor de Dios, que nos da el sentido de la vida y una vida sin fin. Por eso hoy también tendemos la mano hacia Él para recibir sus dones.

La parábola del Evangelio nos habla precisamente de dones. Nos dice que somos destinatarios de los talentos de Dios, «cada cual según su capacidad» (Mt 25,15). En primer lugar, debemos reconocer que tenemos talentos, somos «talentosos» a los ojos de Dios. Por eso nadie puede considerarse inútil, ninguno puede creerse tan pobre que no pueda dar algo a los demás. Hemos sido elegidos y bendecidos por Dios, que desea colmarnos de sus dones, mucho más de lo que un papá o una mamá quieren para sus hijos. Y Dios, para el que ningún hijo puede ser descartado, confía a cada uno una misión.

En efecto, como Padre amoroso y exigente que es, nos hace ser responsables. En la parábola vemos que cada siervo recibe unos talentos para que los multiplique. Pero, mientras los dos primeros realizan la misión, el tercero no hace fructificar los talentos; restituye sólo lo que había recibido: «Tuve miedo —dice—, y fui y escondí tu talento en la tierra; mira, aquí tienes lo que es tuyo» (v. 25). Este siervo recibe como respuesta palabras duras: «Siervo malo y perezoso» (v. 26). ¿Qué es lo que no le ha gustado al Señor de él? Para decirlo con una palabra que tal vez ya no se usa mucho y, sin embargo, es muy actual, diría: la omisión. Lo que hizo mal fue no haber hecho el bien. Muchas veces nosotros estamos también convencidos de no haber hecho nada malo y así nos contentamos, presumiendo de ser buenos y justos. Pero, de esa manera corremos el riesgo de comportarnos como el siervo malvado: tampoco él hizo nada malo, no destruyó el talento, sino que lo guardó bien bajo tierra. Pero no hacer nada malo no es suficiente, porque Dios no es un revisor que busca billetes sin timbrar, es un Padre que sale a buscar hijos para confiarles sus bienes y sus proyectos (cf. v. 14). Y es triste cuando el Padre del amor no recibe una respuesta de amor generosa de parte de sus hijos, que se limitan a respetar las reglas, a cumplir los mandamientos, como si fueran asalariados en la casa del Padre (cf. Lc 15,17).

El siervo malvado, a pesar del talento recibido del Señor, el cual ama compartir y multiplicar los dones, lo ha custodiado celosamente, se ha conformado con preservarlo. Pero quien se preocupa sólo de conservar, de mantener los tesoros del pasado, no es fiel a Dios. En cambio, la parábola dice que quien añade nuevos talentos, ese es verdaderamente «fiel» (vv. 21.23), porque tiene la misma mentalidad de Dios y no permanece inmóvil: arriesga por amor, se juega la vida por los demás, no acepta el dejarlo todo como está. Sólo una cosa deja de lado: su propio beneficio. Esta es la única omisión justa.

La omisión es también el mayor pecado contra los pobres. Aquí adopta un nombre preciso: indiferencia. Es decir: «No es algo que me concierne, no es mi problema, es culpa de la sociedad». Es mirar a otro lado cuando el hermano pasa necesidad, es cambiar de canal cuando una cuestión seria nos molesta, es también indignarse ante el mal, pero no hacer nada. Dios, sin embargo, no nos preguntará si nos hemos indignado con razón, sino si hicimos el bien.

Entonces, ¿cómo podemos complacer al Señor de forma concreta? Cuando se quiere agradar a una persona querida, haciéndole un regalo, por ejemplo, es necesario antes de nada conocer sus gustos, para evitar que el don agrade más al que lo hace que al que lo recibe. Cuando queremos ofrecer algo al Señor, encontramos sus gustos en el Evangelio. Justo después del pasaje que hemos escuchado hoy, Él nos dice: «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40). Estos hermanos más pequeños, sus predilectos, son el hambriento y el enfermo, el forastero y el encarcelado, el pobre y el abandonado, el que sufre sin ayuda y el necesitado descartado. Sobre sus rostros podemos imaginar impreso su rostro; sobre sus labios, incluso si están cerrados por el dolor, sus palabras: «Esto es mi cuerpo» (Mt 26,26). En el pobre, Jesús llama a la puerta de nuestro corazón y, sediento, nos pide amor. Cuando vencemos la indiferencia y en el nombre de Jesús nos prodigamos por sus hermanos más pequeños, somos sus amigos buenos y fieles, con los que él ama estar. Dios lo aprecia mucho, aprecia la actitud que hemos escuchado en la primera Lectura, la de la «mujer fuerte» que «abre sus manos al necesitado y tiende sus brazos al pobre» (Pr 31,10.20). Esta es la verdadera fortaleza: no los puños cerrados y los brazos cruzados, sino las manos laboriosas y tendidas hacia los pobres, hacia la carne herida del Señor.

Ahí, en los pobres, se manifiesta la presencia de Jesús, que siendo rico se hizo pobre (cf. 2 Co 8,9). Por eso en ellos, en su debilidad, hay una «fuerza salvadora». Y si a los ojos del mundo tienen poco valor, son ellos los que nos abren el camino hacia el cielo, son «nuestro pasaporte para el paraíso». Es para nosotros un deber evangélico cuidar de ellos, que son nuestra verdadera riqueza, y hacerlo no sólo dando pan, sino también partiendo con ellos el pan de la Palabra, pues son sus destinatarios más naturales. Amar al pobre significa luchar contra todas las pobrezas, espirituales y materiales.

Y nos hará bien acercarnos a quien es más pobre que nosotros, tocará nuestra vida. Nos hará bien, nos recordará lo que verdaderamente cuenta: amar a Dios y al prójimo. Sólo esto dura para siempre, todo el resto pasa; por eso, lo que invertimos en amor es lo que permanece, el resto desaparece. Hoy podemos preguntarnos: «¿Qué cuenta para mí en la vida? ¿En qué invierto? ¿En la riqueza que pasa, de la que el mundo nunca está satisfecho, o en la riqueza de Dios, que da la vida eterna?». Esta es la elección que tenemos delante: vivir para tener en esta tierra o dar para ganar el cielo. Porque para el cielo no vale lo que se tiene, sino lo que se da, y «el que acumula tesoro para sí» no se hace «rico para con Dios» (Lc 12,21). No busquemos lo superfluo para nosotros, sino el bien para los demás, y nada de lo que vale nos faltará. Que el Señor, que tiene compasión de nuestra pobreza y nos reviste de sus talentos, nos dé la sabiduría de buscar lo que cuenta y el valor de amar, no con palabras sino con hechos.

ONGs venezolanas creen que la FAO debe intervenir en la crisis alimentaria del país

«Vamos hacia la desnutrición crónica», denunció una fundación experta en alimentación en un acto organizado por Amnistía Internacional en el que también participó Cáritas
En algunas zonas de Venezuela, como los estados de Vargas, Miranda y Zulia, el 69 % de las familias han tenido que tomar medidas tan radicales frente a la crisis alimentaria como enviar a miembros de la familia a vivir con otras personas, adeudarse para comprar comida o pasar algún día entero sin comer.

En los casos más extremos, «estamos viendo casos de suicidio en madres o de violencia hacia infantes para acallar sus llantos por hambre». Este dato estremecedor lo reveló esta semana Maritza Landaeta, de la Fundación Bengoa para la Alimentación y la Nutrición, en un encuentro sobre la emergencia alimentaria en el país. Lo organizaba Acción Solidaria y Amnistía Internacional, y en él participaron representantes de diversas ONG.

En 2016, según datos que aportó Cáritas Venezuela, la mortalidad materna aumentó en un 65 %, y la infantil en un 35 %. Y es probable que el aumento continúe, pues el 68 % de los niños menores de 5 años de esta misma zona tiene desnutrición, en algunos casos severa. A esto se suma que a un 57 % de los hogares solo llegó agua tres horas a la semana o menos durante el último mes.

19,6 salarios mínimos para hacer la compra

«El Estado debe permitir la ayuda de organismos internacionales para mitigar la crisis y no llegar a la hambruna generalizada», afirmó Sergio Salvador, representante de Cáritas. El Estado –añadió– no puede por sí solo enfrentarse a la situación; le falta «musculatura».

La gravedad de la situación justificaría la intervención de «organismos enfocados a la alimentación, como la FAO», compartió Maritza Landaeta, de la Fundación Bengoa para la Alimentación y la Nutrición. Según la misma FAO, 4,6 de los 31,5 millones de venezolanos no consumen los alimentos necesarios.

«Las madres tienen que hacer magia para alimentar a sus hijos, pero esta magia tiene sus límites. La inflación ha hecho que sean necesarios 19,6 salarios mínimos para adquirir la canasta alimentaria». En muchos hogares solo se hace una o dos comidas diarias, y se han sustituido las proteínas por tubérculos, mucho menos nutritivos.

Los venezolanos han perdido una media de nueve kilos de peso desde que comenzó la crisis. «Vamos hacia la desnutrición crónica», predijo Landaeta. Los efectos de la desnutrición se pueden prolongar en el tiempo, además, pues cuando la padecen las mujeres embarazadas puede dejar secuelas en sus hijos.

El encuentro de ONGs tuvo lugar el miércoles, un día después de que la situación económica de Venezuela se agravara aún más cuando las agencias de calificación crediticia Standard & Poor’s (S&P) y Fitch declararon al país en suspensión parcial de pagos. También el miércoles, el Gobierno de Rusia dio un respiro al régimen de Nicolás Maduro al firmar un acuerdo para reestructurar y en gran medida retrasar el pago de los 3.150 millones de dólares de deuda que el país bolivariano.

sábado, 18 de noviembre de 2017

Domingo XXXIII del tiempo ordinario (Ciclo A)

Evangelio (Mt 25,14-30): En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «Un hombre, al ausentarse, llamó a sus siervos y les encomendó su hacienda: a uno dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno, a cada cual según su capacidad; y se ausentó. 

»Enseguida, el que había recibido cinco talentos se puso a negociar con ellos y ganó otros cinco. Igualmente el que había recibido dos ganó otros dos. En cambio el que había recibido uno se fue, cavó un hoyo en tierra y escondió el dinero de su señor. 

»Al cabo de mucho tiempo, vuelve el señor de aquellos siervos y ajusta cuentas con ellos. Llegándose el que había recibido cinco talentos, presentó otros cinco, diciendo: ‘Señor, cinco talentos me entregaste; aquí tienes otros cinco que he ganado’. Su señor le dijo: ‘¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor’. 

»Llegándose también el de los dos talentos dijo: ‘Señor, dos talentos me entregaste; aquí tienes otros dos que he ganado’. Su señor le dijo: ‘¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor’. 

»Llegándose también el que había recibido un talento dijo: ‘Señor, sé que eres un hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste. Por eso me dio miedo, y fui y escondí en tierra tu talento. Mira, aquí tienes lo que es tuyo’. Mas su señor le respondió: ‘Siervo malo y perezoso, sabías que yo cosecho donde no sembré y recojo donde no esparcí; debías, pues, haber entregado mi dinero a los banqueros, y así, al volver yo, habría cobrado lo mío con los intereses. Quitadle, por tanto, su talento y dádselo al que tiene los diez talentos. Porque a todo el que tiene, se le dará y le sobrará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Y a ese siervo inútil, echadle a las tinieblas de fuera. Allí será el llanto y el rechinar de dientes’».

compartir
Hoy, Jesús nos narra otra parábola del juicio. Nos acercamos a la fiesta del Adviento y, por tanto, el final del año litúrgico está cerca.

Dios, dándonos la vida, nos ha entregado también unas posibilidades -más pequeñas o más grandes- de desarrollo personal, ético y religioso. No importa si uno tiene mucho o poco, lo importante es que se ha de hacer rendir lo que hemos recibido. El hombre de nuestra parábola, que esconde su talento por miedo al amo, no ha sabido arriesgarse: «El que había recibido uno se fue, cavó un hoyo en tierra y escondió el dinero de su señor» (Mt 25,18). Quizá el núcleo de la parábola pueda ser éste: hemos de tener la concepción de un Dios que nos empuja a salir de nosotros mismos, que nos anima a vivir la libertad por el Reino de Dios.

La palabra "talento" de esta parábola -que no es nada más que un peso que denota la cantidad de 30 Kg de plata- ha hecho tanta fortuna, que incluso ya se la emplea en el lenguaje popular para designar las cualidades de una persona. Pero la parábola no excluye que los talentos que Dios nos ha dado no sean sólo nuestras posibilidades, sino también nuestras limitaciones. Lo que somos y lo que tenemos, eso es el material con el que Dios quiere hacer de nosotros una nueva realidad.

La frase «a todo el que tiene, se le dará y le sobrará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará» (Mt 25,29), no es, naturalmente, una máxima para animar al consumo, sino que sólo se puede entender a nivel de amor y de generosidad. Efectivamente, si correspondemos a los dones de Dios confiando en su ayuda, entonces experimentaremos que es Él quien da el incremento: «Las historias de tantas personas sencillas, bondadosas, a las que la fe ha hecho buenas, demuestran que la fe produce efectos muy positivos (…). Y, al revés: también hemos de constatar que la sociedad, con la evaporación de la fe, se ha vuelto más dura…» (Benedicto XVI).

viernes, 17 de noviembre de 2017

Japonés, se hizo católico, fue almirante, llevó jesuitas españoles al Pacífico y allí los mataron

En 1944, cuando las tropas norteamericanas iban tomando, una tras otra, las islas de la Micronesia en combate con el Japón imperial, las tropas japonesas mataron a siete misioneros jesuitas españoles, personal desarmado, no combatiente y neutral, junto con varios de sus feligreses. A seis de ellos les dispararon al pie de una fosa común en Babeldaob, la mayor de las Islas Palaos, el 18 de septiembre de 1944. Al séptimo lo torturaron y decapitaron en Rota, una isla al sur de las Marianas. 

¿Cómo habían llegado esos misioneros españoles a la Micronesia, que dependía de Japón desde 1921? Los había invitado Japón mismo, en parte por sugerencia de uno de los católicos más influyentes del Japón moderno: el almirante Shinjiro Yamamoto. 

Yamamoto, católico devoto desde su adolescencia, veterano de la Guerra Ruso-Japonesa de 1904, no supo de la matanza de misioneros, que le habría horrorizado. Había muerto dos años antes, el 28 de febrero de 1942, con 64 años, 3 meses después del ataque de Pearl-Harbour (dirigido por otro almirante muy distinto, Isoroku Yamamoto) y la entrada de Japón en guerra con EEUU. Shinjiro no llegó a ver los horrores de esta guerra. 

En 1944, cuando las tropas norteamericanas iban tomando, una tras otra, las islas de la Micronesia en combate con el Japón imperial, las tropas japonesas mataron a siete misioneros jesuitas españoles, personal desarmado, no combatiente y neutral, junto con varios de sus feligreses. A seis de ellos les dispararon al pie de una fosa común en Babeldaob, la mayor de las Islas Palaos, el 18 de septiembre de 1944. Al séptimo lo torturaron y decapitaron en Rota, una isla al sur de las Marianas. 

¿Cómo habían llegado esos misioneros españoles a la Micronesia, que dependía de Japón desde 1921? Los había invitado Japón mismo, en parte por sugerencia de uno de los católicos más influyentes del Japón moderno: el almirante Shinjiro Yamamoto. 

Yamamoto, católico devoto desde su adolescencia, veterano de la Guerra Ruso-Japonesa de 1904, no supo de la matanza de misioneros, que le habría horrorizado. Había muerto dos años antes, el 28 de febrero de 1942, con 64 años, 3 meses después del ataque de Pearl-Harbour (dirigido por otro almirante muy distinto, Isoroku Yamamoto) y la entrada de Japón en guerra con EEUU. Shinjiro no llegó a ver los horrores de esta guerra. 

La conversión de un joven rico y pagano
En el libro de 1938 Though Hundred Gates, de Severin y Stephen Lamping, que recoge diversas historias de conversión a la fe católica en primera persona, el almirante Yamamoto explica cómo se convirtió en 1893, cuando tenía 16 años. 

Su padre era rico y vivía en el campo, y se negaba a dejar que su hijo, desordenado y poco considerado con los demás, estudiase en Tokio, donde estaba convencido que adquiriría sólo más vicios y aportaría deshonor a la familia. Entonces, un verano, unos europeos le alquilaron una propiedad para pasar unos meses: eran misioneros maristas recién llegados, con trajes negros y bufandas negras. Acababa de llegar la libertad religiosa solo en 1889 y el cristianismo era visto por los ricos y nobles como una religión extranjera y aborrecible. 

El padre preguntó a qué se dedicaban, y ellos explicaron: ""Educamos y formamos a los jóvenes muy estrictamente; quien sea aceptado en nuestro centro debe seguir la planificación diaria punto por punto y puede dejar la casa solo en ciertas ocasiones. Insistimos en la puntualidad. Tres días a la semana se habla inglés, y otros tres días, francés". 

Inglés, francés y educación estricta y disciplinada: eso convenció al padre del joven Shinjiro y así lo incribió en la que sería la prestigiosa escuela marista Estrella Matutina, Gyosei. El joven, que había disfrutado de actividades de verano con los hermanos más jóvenes, fue encantado. La mayoría de los alumnos eran adolescentes de familias ricas y antiguas que despreciaban la religión cristiana. 

"Yo sentía lo mismo que los demás", escribía el almirante más de 40 años después. "Detestaba la religión-Yaso [de Jesús] desde el fondo de mi alma, y naturalmente chocaba con mis profesores, que se veían retados por mi actitud. Sin embargo, al carecer yo de formación religiosa, no podía argumentar frente a ellos, y con el tiempo me sentí obligado a  admirarles".

Admiración por su vida obediente
"Aprendí sobre su vida espiritual y privada, como cada uno se sometía a su superior con obediencia incondicional, independientemente de su nacionalidad, edad o educación. Vi como nos amaban más que a si mismos, como seguían una regla estricta, hacían votos y los vivían de verdad. La explicación para todo eso sólo podía estar en su religión".

Cuando se dio cuenta de esa relación entre virtud y religión, admitió que tenía que hacerse católico. "Había llegado a la determinación de hacer el bien en la vida sirviendo lealmente a Dios y a mi país, y la Divina Providencia guió mis pasos y me ayudó a cumplir mi firme resolución". 

Le costó decidirse a pedir permiso a su padre para hacerse cristiano. En su casa había un altar sintoísta y otro budista, y cada mañana, por tradición familiar antigua, se rendía culto en ambos. Más aún, su padre tenía un cargo como consejero o anciano en un importante templo budista. 

Cuando consultó a su padre, él le respondió que se quitase la idea de la cabeza, que la religión-Yaso era peligrosa para el Estado y que hundiría su carrera para siempre. Aún en 1873, apenas veinte años antes, había cristianos encarcelados por su fe. Ese día de la primavera de 1893, el joven lloró en su cama desconsoladamente. 
   
Pero en las vacaciones de verano, Shinjiro insistió a su padre: "Es mi firme convicción de que puedo guardar mi alma del error sólo si soy católico. Por eso te pido permiso. Tú me lo niegas. Pero valoras el honor por encima de todo. Así que si un día traigo el deshonor a esta casa, niego tener toda responsabilidad".
(O dicho de otra forma: si quieres tener un hijo virtuoso y disciplinado, permíteme seguir esa religión.) 

El padre cedió tras esta argumentación y en la Vigilia de Navidad Shinjiro fue bautizado con el nombre de Esteban. Era el primer bautizo y el primer converso en la escuela, el primer japonés bautizado por esos maristas. 
La Guerra Ruso-Japonesa
En 1895 se graduó y entró en la Academia Naval. Participó en la Guerra Ruso-Japonesa de 1904 como oficial, y capitaneando el buque insignia Mikasa. Sucedió algo que conmovió al mundo: Rusia, el enorme imperio que había vencido al mismísimo Napoleón, perdía ante un país no occidental, una potencia "novata" como Japón.

En las negociaciones de rendición entre los almirantes Masayuki y Nebogatov, él actuó como intérprete, por su dominio del francés, aprendido con los maristas. Se casó con la hija de un banquero rico y tuvieron varios hijos, a los que formó en la fe. Su vida familiar fue feliz y uno de sus hijos escribiría un libro recordándolo.

"Tomé parte en tres batallas y, extrañamente, más de una vez me salvé milagrosamente de morir", explicaba Shinjiro en los años 30, sin detallarlo más, en su testimonio de conversión.

Con mensajes para el Papa...
"Después el Gobierno me encargó -por primera vez en la historia de Japón- llevar un mensaje al Santo Padre", ya en 1915. Más aún, acompañó al príncipe heredero Hirohito en su primer viaje por Europa y después se convirtió en uno de sus tutores y maestros en la corte en Japón durante 20 años. 

En 1919, tras los horrores de la Primera Guerra Mundial, fue recibido por el Papa Benedicto XV. Las Islas Carolinas, las Marianas y las Marshall dejaban de ser territorios alemanes para pasar a ser protectorados japoneses. Los japoneses expulsaban a los misioneros alemanes de esas islas... pero querían misioneros cristianos, si eran de un país neutral. Y así fue como Shinjiro pactó con el Papa el envío de 20 jesuitas españoles. 
En su vida visitó 6 veces el Vaticano y habló con 4 Papas distintos, todo un récord para un japonés. En 1936 fue nombrado caballero de la Orden de Malta (a menudo mostraba su insignia) y en 1938 visitó Tierra Santa. 

Ese mismo año, mientras China se desangraba en una guerra con Japón, aseguró en el Vaticano que el nuevo Emperador Hirohito, que había sido su pupilo, era un hombre pacífico, pero que no podía hacer nada frente a la masa popular y muchos oficiales que eran militaristas y expansionistas. 

Hay que tener en cuenta que también la madre de Hirohito, la emperatriz Sadako, admiraba la fe cristiana, tenía amigos y consejeros cristianos cuáqueros (famosos por su pacifismo), había sido educada por un matrimonio cuáquero y aunque se mantuvo sintoísta leía la Biblia cada día (lo explica el libro de Kevin M. Doak "Jesuit's Legacies"). Todo eso contrastaba con un país militarizado, expansionista y ultranacionalista.

En Japón Shinjiro apoyó a la Iglesia con donativos y favores y lanzó la creación de una asociación de Jóvenes Católicos. Murió en su país en 1942, tres meses después de la entrada de Japón en guerra con EEUU. 

Los jesuitas españoles en la Micronesia
Por obra de las negociaciones de Shinjiro Yamamoto en 1921 ya llegaban los 20 jesuitas españoles en la Micronesia. El portavoz japonés en la Liga de las Naciones, Mitsuada Horiguchi, proclamaba discursos sobre "la educación y la religión como los dos métodos más eficaces para asegurar, a la larga, el desarrollo de los habitantes". 

La Sociedad de Naciones pedía a Japón "desarrollar y civilizar" esas islas, y Japón estaba convencido -quizá por la influencia de personas como Shinjiro y la emperatriz Sadako- de que los misioneros eran la clave. Los inspectores japoneses, cuando veían islas casi sin alcoholismo, con la población vestida y ocupada en mil quehaceres y los niños acudiendo a escuelas -católicas o protestantes-, quedaban satisfechos. Incluso permitieron en 1927 que volvieran algunos misioneros alemanes protestantes en las Carolinas y las Palaos.  

Tadao Yanaihara, un investigador japonés de tradición cristiana, que viajó por las islas a principios de los años 30, considerado la mejor fuente histórica de esos años, escribió, pensando en sus lectores japoneses: "el cristianismo ha hecho más que ningún otro agente para romper el totemismo y liberar la mente nativa de las garras del miedo supersticioso y la dominación del hechicero". Los misioneros lograron que los nativos se vistieran, que restringieran sus "impulsos licenciosos", que mejorara la salud e higiene y acabaran las frecuentes guerras entre islitas y clanes. 

Un comandante naval japonés visitando la isla de Losap quedó tan impresionado con el comportamiento de los nativos que prometió al profesor misionero que no dejaría que ningún extranjero sin fe llegase a la isla para dar mal ejemplo.  Los misioneros y los jesuitas eran, pues, amados y respetados por los nativos y por los japoneses.

Pero en 1941, al empezar la Guerra, todo cambió.

El desastre de la Guerra Mundial
Llegaron nuevas las autoridades militares, que veían espías en cualquier extranjero. También cometían tropelías contra la población civil y les molestaba que los misioneros occidentales pudieran ser testigos. Interrogaron a los jesuitas españoles, los encerraron en varias ocasiones, les mantenían vigilados y les invitaban a marchar, aunque España era no solo neutral, sino incluso simpatizante del Eje.

Después, los americanos empezaron a ganar la guerra y avanzar isla tras isla. Los mandos japoneses habían ido fanatizándose y desesperando cada vez más.

Trajeron a Babeldaob, desde la isla de Yap, a 3 jesuitas: Luis Blanco Suarez (canario de 48 años), Bernardo de Espriella (de 54 años, nacido en Colombia), y Francisco Hernández Escudero (extremeño de Zafra, de 57 años). En Yap había unos 3.000 habitantes, y 2.000 eran católicos.

Los encarcelaron con los 3 jesuitas que ya estaban en las islas Palaos: Elías Fernández González (de Vegamián, en León, de 64 años; parece que toda la isla de Tobi, con etnia y lengua propia, se convirtió por su predicación), Marino de la Hoz del Canto (de León, de 58 años) y Emilio del Villar Blázquez (de Villarejo del Valle, Ávila, de 51 años). 

Hay distintas versiones sobre cuánto tiempo estuvieron detenidos y cómo fueron torturados, aunque no hay duda de que sufrieron por enfermedades, mala alimentación y falta de ropa y refugio adecuado. El 18 de septiembre de 1944 la policía militar japonesa los llevó junto a una fosa excavada en la selva y los fusiló allí mismo. 

Un tiempo después, sacaron los cadáveres, los quemaron para dificultar su reconocimiento, y los volvieron a esconder. Los americanos supieron estos datos por los testigos, y los comunicaron a la Orden jesuita, pero aún no se han encontrado los cadáveres ni el lugar de la ejecución. Tanto en Yap como en Palaos los católicos nativos los recuerdan como mártires y misioneros. 

El otro jesuita español asesinado en Micronesia en esa época fue el hermano Miguel Timoner Guadera, de Manacor, Menorca, que tenía 51 años. Había estado cuidando al padre Juan Pons que murió de una úlcera en la pierna en 1944 en la isla de Rota, en las Marianas. Él y otros cinco católicos fueron después detenidos y llevados a Saipán, la capital de las Marianas, encarcelados varios meses y torturados. Se les acusaba de espías. Después fueron devueltos a Rota, que no sería asaltada por los americanos hasta el último día de la guerra. Un día de noviembre de 1944 el jesuita y sus 5 feligreses fueron ejecutados por decapitación. No se sabe donde fueron enterrados sus cuerpos.