martes, 8 de junio de 2021

EVANGELIO DE CADA DÍA

 Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios (1,18-22):

¡Dios me es testigo! La palabra que os dirigimos no fue primero «sí» y luego «no». Cristo Jesús, el Hijo de Dios, el que Silvano, Timoteo y yo os hemos anunciado, no fue primero «sí» y luego «no»; en él todo se ha convertido en un «sí»; en él todas las promesas han recibido un «sí». Y por él podemos responder: «Amén» a Dios, para gloria suya. Dios es quien nos confirma en Cristo a nosotros junto con vosotros. Él nos ha ungido, él nos ha sellado, y ha puesto en nuestros corazones, como prenda suya, el Espíritu.

Palabra de Dios

Salmo 118 R/. Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo

 Evangelio según San Mateo (5,13-18):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.»

Palabra del Señor.

COMPARTIMOS:

Tras declarar bienaventurados a sus discípulos, Jesús les recuerda la responsabilidad aparejada al don recibido. La luz de la fe debe brillar, la alegría de la nueva vida de la salvación debe generar vida nueva. La sal conserva la vida y la libera de la podredumbre. La luz da orientación y sentido. No es que los creyentes en Cristo “tengan que ser” (así, como un deber moral) sal y luz. Jesús nos dice que ya lo somos: es un don ya recibido. Nuestra responsabilidad consiste en no estropear esos dones con nuestra desidia: que la sal no se vuelva insípida, que no ocultemos la luz. Si dejamos que esto suceda, nuestra fe se vuelve estéril, la bienaventuranza desvirtuada deja de serlo. No hemos de tener miedo de manifestar nuestra fe, ni avergonzarnos de seguir a Jesús. Es absurdo sentir miedo o avergonzarse de ser feliz. Pero somos felices y bienaventurados, porque hemos conocido a Jesús y lo seguimos. Y ello se traduce en obras buenas a favor de nuestros hermanos, y por las que ellos mismos dan gloria a Dios y, de este modo, empiezan también a participar de esa felicidad a la que todos están llamados, y a la que nosotros, por nuestras buenas obras, les estamos invitando.

lunes, 7 de junio de 2021

Acto de Adoración en la noche

 Te adoro, Dios mio, y te amo

con todo mi corazón.

Te doy gracias por haberme creado, hecho cristiano/a

y conservado en este día.

Perdóname el mal que hoy cometido;y si

algún bien he realizado, acéptalo.

Guárdame en el descanso y líbrame de los peligros.

Tu gracia sea siempre conmigo y con todos mis seres queridos.

Amén

Lunes 10 del tiempo ordinario

 Evangelio (Mt 5,1-12): En aquel tiempo, viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros».

PALABRA DE DIOS

COMPARTIMOS:

Las Bienaventuranzas están destinadas a todo el mundo. El Maestro no sólo enseña a los discípulos que le rodean, ni excluye a ninguna clase de personas, sino que presenta un mensaje universal. Ahora bien, puntualiza las disposiciones que debemos tener y la conducta moral que nos pide. Aunque la salvación definitiva no se da en este mundo, sino en el otro, mientras vivimos en la tierra debemos cambiar de mentalidad y transformar nuestra valoración de las cosas. Debemos acostumbrarnos a ver el rostro del Cristo que llora en los que lloran, en los que quieren vivir desprendidos de palabra y de hechos, en los mansos de corazón, en los que fomentan las ansias de santidad, en los que han tomado una “determinada determinación”, como decía santa Teresa de Jesús, para ser sembradores de paz y alegría.

Las Bienaventuranzas son el perfume del Señor participando en la historia humana. También en la tuya y en la mía. Los dos últimos versículos incorporan la presencia de la Cruz, ya que invitan a la alegría cuando las cosas se ponen feas humanamente hablando por causa de Jesús y del Evangelio. Y es que, cuando la coherencia de la vida cristiana sea firme, entonces, fácilmente vendrá la persecución de mil maneras distintas, entre dificultades y contrariedades inesperadas. El texto de san Mateo es rotundo: entonces «alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos» (Mt 5,12).


domingo, 6 de junio de 2021

ÁNGELUS DEL PAPA FRANCISCO

Plaza de San Pedro

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy, en Italia y en otros países, se celebra la Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo. El Evangelio nos presenta la historia de la Última Cena ( Mc 14, 12-16.22-26). Las palabras y los gestos del Señor tocan nuestro corazón: toma el pan en sus manos, pronuncia la bendición, lo parte y se lo da a los discípulos, diciendo: "Tomad, esto es mi cuerpo" (v. 22).

Así, con sencillez, Jesús nos da el mayor sacramento. El suyo es un humilde gesto de don, un gesto de compartir. En el apogeo de su vida, no distribuye pan en abundancia para alimentar a las multitudes, sino que se parte en la cena pascual con los discípulos. De esta manera Jesús nos muestra que la meta de la vida está en entregarse, que lo más grande es servir. Y hoy encontramos la grandeza de Dios en un pedazo de Pan, en una fragilidad que desborda de amor, desborda de compartir. Fragilidad es la misma palabra que me gustaría enfatizar. Jesús se vuelve frágil como el pan que se rompe y se desmorona. Pero precisamente ahí radica su fuerza, en su fragilidad. En la Eucaristía , la fragilidad es fuerza: fuerza del amor que se achica para ser aceptado y no temido; fuerza del amor que rompe y divide para nutrir y dar vida; fuerza del amor que se fragmenta para unirnos a todos en unidad.

Y hay otra fuerza que destaca en la fragilidad de la Eucaristía: la fuerza para amar a los que se equivocan. Es la noche en que es traicionado que Jesús nos da el Pan de vida. Él nos da el mayor regalo porque siente el abismo más profundo en su corazón: el discípulo que come con él, que moja el bocado en el mismo plato, lo está traicionando. Y la traición es el mayor dolor para los que aman. ¿Y qué hace Jesús? Reacciona al mal con un bien mayor. Al "no" de Judas él responde con el "sí" de la misericordia. No castiga al pecador, sino que da la vida por él, paga por él. Cuando recibimos la Eucaristía, Jesús hace lo mismo con nosotros: nos conoce, sabe que somos pecadores, sabe que estamos tan equivocados, pero no renuncia a unir su vida a la nuestra. Él sabe que lo necesitamos, porque la Eucaristía no es la recompensa de los santos, no, es el Pan de los pecadores . Por eso nos exhorta: “¡No temáis! Toma y come ” .

Cada vez que recibimos el Pan de vida, Jesús viene a dar un nuevo sentido a nuestras flaquezas. Nos recuerda que a sus ojos somos más preciosos de lo que pensamos. Nos dice que es feliz si compartimos nuestras debilidades con él. Nos repite que su misericordia no teme nuestras miserias. La misericordia de Jesús no teme nuestras miserias. Y sobre todo nos cura con amor de esas flaquezas que no podemos curar por nosotros mismos. ¿Qué debilidades? Nosotros pensamos. El de sentir resentimiento hacia quienes nos han hecho daño - esto no lo podemos curar solos -; el de distanciarnos de los demás y aislarnos - esto no lo podemos curar solos -; el de llorar sobre nosotros mismos y quejarnos sin encontrar la paz; ni siquiera esto lo podemos curar nosotros solos. Él es quien nos sana con su presencia, con su Pan, con la Eucaristía. La Eucaristía es una medicina eficaz contra estos cierres. En efecto, el Pan de Vida cura las rigideces y las transforma en docilidad. La Eucaristía sana porque une a Jesús: nos hace asimilar su forma de vida, su capacidad para romperse y entregarse a los hermanos, para responder al mal con el bien. Nos da el valor para salir de nosotros mismos y agacharnos con amor hacia las debilidades de los demás. Como Dios hace con nosotros. Esta es la lógica de la Eucaristía: recibimos a Jesús que nos ama y cura nuestras flaquezas para amar a los demás y ayudarlos en sus flaquezas. Y esto, durante toda la vida. Hoy, en la Liturgia de las Horas, rezamos un himno: cuatro versos que son el resumen de toda la vida de Jesús, nos dicen esto: que Jesús, al nacer, se convirtió en un compañero de viaje en la vida; luego, en la cena, se dio a sí mismo como alimento; luego, en la cruz, en su muerte, se hizo un "precio", pagó por nosotros; y ahora, reinando en el Cielo, es nuestra recompensa, la que vamos a buscar, lo que nos espera.

Que la Santísima Virgen, en quien Dios se hizo carne, nos ayude a acoger el don de la Eucaristía con corazón agradecido y también a hacer de nuestra vida un don. Que la Eucaristía nos haga un regalo para todos los demás.

¡Queridos hermanos y hermanas!

Sigo con dolor la noticia procedente de Canadá sobre el impactante descubrimiento de los restos de doscientos quince niños, alumnos de la Escuela Residencial Indígena Kamloops., en la provincia de Columbia Británica. Me uno a los obispos canadienses y a toda la Iglesia católica en Canadá para expresar mi cercanía al pueblo canadiense, traumatizado por la impactante noticia. El triste descubrimiento aumenta aún más la conciencia de los dolores y sufrimientos del pasado. Que las autoridades políticas y religiosas de Canadá sigan colaborando con determinación para arrojar luz sobre la triste historia y comprometerse humildemente en un camino de reconciliación y sanación. Estos momentos difíciles representan un fuerte llamado a todos a alejarse del modelo colonizador y caminar codo con codo, en diálogo, en el respeto mutuo y en el reconocimiento de los derechos y valores culturales de todas las hijas e hijos de Canadá. Encomendamos al Señor las almas de todos los niños fallecidos en las escuelas residenciales en Canadá y oramos por las familias y comunidades indígenas canadienses que sufren. Oremos en silencio.

Quisiera asegurar mis oraciones por las víctimas de la masacre llevada a cabo la noche del viernes al sábado en un pequeño pueblo de Burkina Faso. Estoy cerca de los miembros de mi familia y de todo el pueblo de Burkina Faso, que está sufriendo mucho por estos repetidos ataques. ¡África necesita paz y no violencia!

Hoy en Chiavenna, en la diócesis de Como, es beatificada sor María Laura Mainetti, de las Hijas de la Cruz, asesinada hace veintiún años por tres niñas influenciadas por una secta satánica. ¡Crueldad! Solo ella, que amaba a los jóvenes más que a nada, y amaba y perdonaba a esas mismas chicas que eran prisioneras del mal. Sor María Laura nos deja su programa de vida: “Hacer todo con fe, amor y entusiasmo”. Que el Señor nos dé a todos fe, amor y entusiasmo. ¡Un aplauso al nuevo Beato!

Pasado mañana, martes 8 de junio, a las 13 horas, la Acción Católica Internacional nos invita a dedicar "un minuto por la paz", cada uno según su propia tradición religiosa. Recemos en particular por Tierra Santa y Myanmar.

Os saludo cordialmente a todos vosotros desde Roma, Italia y otros países. En particular, saludo a los jóvenes del Proyecto “Contacto” de Turín; el grupo de devotos de la Madonna dei Miracoli de Corbetta; las familias de Cerignola; y la Asociación Nacional de Ambulantes, con numerosos trabajadores de ferias y artistas callejeros. ¡Muchas gracias por los regalos que has traído! ¡Y también saludo a la gente de Salento del sur de Puglia que están bailando la "pizzica" allí! ¡Bien hecho!

Les deseo a todos un feliz domingo. Por favor, no olvides orar por mí. ¡Buen almuerzo y adiós!

sábado, 5 de junio de 2021

Solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo (Ciclo B)

 Evangelio (Mc 14,12-16.22-26): El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dicen sus discípulos: «¿Dónde quieres que vayamos a hacer los preparativos para que comas el cordero de Pascua?». Entonces, envía a dos de sus discípulos y les dice: «Id a la ciudad; os saldrá al encuentro un hombre llevando un cántaro de agua; seguidle y allí donde entre, decid al dueño de la casa: ‘El Maestro dice: ¿Dónde está mi sala, donde pueda comer la Pascua con mis discípulos?’. Él os enseñará en el piso superior una sala grande, ya dispuesta y preparada; haced allí los preparativos para nosotros». Los discípulos salieron, llegaron a la ciudad, lo encontraron tal como les había dicho, y prepararon la Pascua.

Y mientras estaban comiendo, tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio y dijo: «Tomad, éste es mi cuerpo». Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio, y bebieron todos de ella. Y les dijo: «Ésta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos. Yo os aseguro que ya no beberé del producto de la vid hasta el día en que lo beba de nuevo en el Reino de Dios».Y cantados los himnos, salieron hacia el monte de los Olivos.

PALABRA DE DIOS

COMPARTIMOS:

Celebramos solemnemente la presencia eucarística de Cristo entre nosotros, el “don por excelencia”: «Éste es mi cuerpo (...). Ésta es mi sangre» (Mc 14,22.24). Dispongámonos a suscitar en nuestra alma el “asombro eucarístico” (San Juan Pablo II).

El pueblo judío en su cena pascual conmemoraba la historia de la salvación, las maravillas de Dios para con su pueblo, especialmente la liberación de la esclavitud de Egipto. En esta conmemoración, cada familia comía el cordero pascual. Jesucristo se convierte en el nuevo y definitivo cordero pascual sacrificado en la cruz y comido en Pan Eucarístico.

La Eucaristía es sacrificio: es el sacrificio del cuerpo inmolado de Cristo y de su sangre derramada por todos nosotros. En la Última Cena esto se anticipó. A lo largo de la historia se irá actualizando en cada Eucaristía. En Ella tenemos el alimento: es el nuevo alimento que da vida y fuerza al cristiano mientras camina hacia el Padre.

La Eucaristía es presencia de Cristo entre nosotros. Cristo resucitado y glorioso permanece entre nosotros de una manera misteriosa, pero real en la Eucaristía. Esta presencia implica una actitud de adoración por nuestra parte y una actitud de comunión personal con Él. La presencia eucarística nos garantiza que Él permanece entre nosotros y opera la obra de la salvación.

La Eucaristía es misterio de fe. Es el centro y la clave de la vida de la Iglesia. Es la fuente y raíz de la existencia cristiana. Sin vivencia eucarística la fe cristiana se reduciría a una filosofía.

Jesús nos da el mandamiento del amor de caridad en la institución de la Eucaristía. No se trata de la última recomendación del amigo que marcha lejos o del padre que ve cercana la muerte. Es la afirmación del dinamismo que Él pone en nosotros. Por el Bautismo comenzamos una vida nueva, que es alimentada por la Eucaristía. El dinamismo de esta vida lleva a amar a los otros, y es un dinamismo en crecimiento hasta dar la vida: en esto notarán que somos cristianos.

Cristo nos ama porque recibe la vida del Padre. Nosotros amaremos recibiendo del Padre la vida, especialmente a través del alimento eucarístico.

jueves, 3 de junio de 2021

Corpus Christi

 Corpus Christi (‘cuerpo de Cristo’) o Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, es una fiesta de la Iglesia católica destinada a celebrar la Eucaristía, la cual tiene como principal finalidad, proclamar y aumentar la fe de los creyentes en la presencia real de Jesucristo en el Santísimo Sacramento.

En esta actividad que se realiza el jueves posterior a la solemnidad de la Santísima Trinidad, que a su vez tiene lugar el domingo siguiente a Pentecostés (es decir, el Corpus Christi se celebra 60 días después del Domingo de Resurrección), la Iglesia católica ofrece públicamente el culto de adoración (latría).

Específicamente, el Corpus Christi es el jueves que sigue al noveno domingo después de la primera luna llena de primavera del hemisferio norte. En algunos países esta fiesta ha sido trasladada al domingo siguiente para adaptarse al calendario laboral.

Origen. La celebración del Corpus Christi fue instituida por el propio Jesucristo la noche del Jueves Santo, mientras se encontraba junto a los doce discípulos en la Última Cena.

Luego de ahí, en todo el mundo, se han producido varios milagros eucarísticos, que han dado lugar a que este misterio sea celebrado por la iglesia.

Uno de los más famosos se produjo en 1264 cuando un sacerdote que celebraba la Santa Misa tuvo dudas de que la Consagración fuera algo real. Al momento de la Eucaristía vio salir de ella sangre de la que se fue empapando en seguida el corporal.

La venerada reliquia fue llevada en procesión a Orvieto el 19 de junio de 1264. Hoy se conservan los corporales donde se apoya el cáliz y la patena.

El papa Urbano IV, movido por el prodigio y a petición de varios obispos, hace que se extienda la fiesta del Corpus Christi a toda la iglesia por medio de la bula Transiturus del 8 de septiembre del citado año.

La procesión del Jueves Santo acompaña a Jesús en su soledad, hacia el vía crucis. La procesión del Corpus Christi, por el contrario, responde simbólicamente al mandato del Resucitado: os precedo en Galilea. Id hasta los confines del mundo, llevad el Evangelio al mundo.

Con la Procesión, mostramos de forma visible nuestra fe en Jesús, quien recorre con nosotros nuestras vías para que sean sus vías, nuestros hogares.

Leyenda. Durante muchos años se ha vinculado la celebración del Corpus Christi con la leyenda de que un buey habló a su amo por no respetar este día de recogimiento.

Cuenta la leyenda que un campesino haciendo caso omiso a esta celebración cristiana salió a arar la tierra con su buey y que éste le habló, reprochándole que ni siquiera ese día lo dejaba descansar.


miércoles, 2 de junio de 2021

AUDIENCIA GENERAL DEL PAPA FRANCISCO

Patio de San Dámaso 

Catequesis 36.  Jesús, modelo y alma de toda oración 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Los Evangelios nos muestran cuanto era fundamental la oración en la relación de Jesús con sus discípulos. Ya se aprecia en la elección de los que luego se convertirían en los apóstoles. Lucas sitúa la elección en un contexto preciso de oración y dice así: «Sucedió que por aquellos días se fue Él al monte a orar, y se pasó la noche en la oración de Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió doce de entre ellos, a los que llamó también apóstoles» (6,12-13). Jesús los elige después de una noche de oración. Parece que no haya otro criterio en esta elección si no es la oración, el diálogo de Jesús con el Padre. A juzgar por cómo se comportarán después esos hombres, parecería que la elección no fue de las mejores porque todos huyeron, lo dejaron solo antes de la Pasión; pero es precisamente esto, especialmente la presencia de Judas, el futuro traidor, lo que demuestra que esos nombres estaban escritos en el plan de Dios.

La oración en favor de sus amigos reaparece continuamente en la vida de Jesús. A veces los apóstoles se convierten en motivo de preocupación para Él, pero Jesús, así como los recibió del Padre, después de la oración, así los lleva en su corazón, incluso en sus errores, incluso en sus caídas. En todo ello descubrimos cómo Jesús fue maestro y amigo, siempre dispuesto a esperar pacientemente la conversión del discípulo. El punto culminante de esta paciente espera es la “tela” de amor que Jesús teje en torno a Pedro. En la Última Cena le dice: «¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha solicitado el poder cribaros como trigo; pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos» (Lc 22,31-32). Es impresionante saber que, en el tiempo del desfallecimiento, el amor de Jesús no cesa. “Pero Padre, si estoy en pecado mortal, ¿el amor de Jesús sigue ahí? — Sí, ¿y Jesús sigue rezando por mí? — Sí — Pero si he hecho cosas muy malas y muchos pecados, ¿sigue amándome Jesús? — Sí”. El amor y la oración de Jesús por cada uno de nosotros no cesa, es más, se hace más intenso y somos el centro de su oración. Debemos recordar siempre esto: Jesús está rezando por mí, está rezando ahora ante el Padre y le está mostrando las heridas que trajo consigo, para que el Padre pueda ver el precio de nuestra salvación, es el amor que nos tiene. Y en este momento que uno de nosotros piense: ¿Jesús está rezando ahora por mí? Sí. Es una gran seguridad que debemos tener.

La oración de Jesús vuelve puntualmente en un momento crucial de su camino, el de la verificación de la fe de los discípulos. Escuchemos de nuevo al evangelista Lucas: «Y sucedió que mientras Él estaba orando a solas, se hallaban con Él los discípulos y Él les preguntó: “¿Quién dice la gente que soy yo?”.  Ellos respondieron: “Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que un profeta de los antiguos había resucitado” Les dijo: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” Pedro le contestó en nombre de todos: “El Cristo de Dios”. Pero les mandó enérgicamente que no dijeran esto a nadie» (9,18-21). Las grandes decisiones en la misión de Jesús están siempre precedidas de la oración, pero no de una oración, así, en passant, sino de la oración intensa y prolongada. Siempre en esos momentos hay una oración. Esta prueba de fe parece una meta, pero en cambio es un punto de partida renovado para los discípulos, porque, a partir de entonces, es como si Jesús subiera un tono en su misión, hablándoles abiertamente de su pasión, muerte y resurrección.

En esta perspectiva, que despierta instintivamente la repulsión, tanto en los discípulos como en nosotros que leemos el Evangelio, la oración es la única fuente de luz y fuerza. Es necesario rezar más intensamente, cada vez que el camino se empina.

Y en efecto, tras anunciar a los discípulos lo que le espera en Jerusalén, tiene lugar el episodio de la Transfiguración. Jesús «tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago, y subió al monte a orar. Y sucedió que, mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó, y sus vestidos eran de una blancura fulgurante, y he aquí que conversaban con Él dos hombres, que eran Moisés y Elías;  los cuales aparecían en gloria, y hablaban de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén» (Lc 9,28-31), es decir de su  Pasión. Por tanto, esta manifestación anticipada de la gloria de Jesús tuvo lugar en la oración, mientras el Hijo estaba inmerso en la comunión con el Padre y consentía plenamente en su voluntad de amor, en su plan de salvación. Y de esa oración salió una palabra clara para los tres discípulos implicados: «Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle» (Lc 9,35). De la oración viene la invitación a escuchar a Jesús, siempre de la oración.

De este rápido recorrido por el Evangelio, deducimos que Jesús no sólo quiere que recemos como Él reza, sino que nos asegura que, aunque nuestros tentativos de oración sean completamente vanos e ineficaces, siempre podemos contar con su oración. Debemos ser conscientes: Jesús reza por mí. Una vez, un buen obispo me contó que en un momento muy malo de su vida y de una gran prueba, un momento de oscuridad, miró a lo alto de la basílica y vio escrita esta frase: “Yo Pedro rezaré por ti”. Y eso le dio fuerza y consuelo. Y esto sucede cada vez que cada uno de nosotros sabe que Jesús reza por él. Jesús reza por nosotros. Ahora mismo, en este momento. Haced este ejercicio de memoria repitiéndolo. Cuando hay alguna dificultad, cuando estáis en la órbita de las distracciones: Jesús está rezando por mí. Pero, padre ¿eso es verdad? Es verdad, lo dijo Él mismo. No olvidemos que lo que nos sostiene a cada uno de nosotros en la vida es la oración de Jesús por cada uno de nosotros, con nombre, apellido, ante el Padre, enseñándole las heridas que son el precio de nuestra salvación. 

Aunque nuestras oraciones fueran solamente balbuceos, si se vieran comprometidas por una fe vacilante, nunca debemos dejar de confiar en Él. Yo no sé rezar, pero Él reza por mí. Sostenidas por la oración de Jesús, nuestras tímidas oraciones se apoyan en alas de águila y suben al cielo. No os olvidéis: Jesús está rezando por mí — ¿Ahora? — Ahora. En el momento de la prueba, en el momento del pecado, incluso en ese momento, Jesús está rezando por mí con tanto amor.

Saludos:

Saludo cordialmente a los fieles de lengua española, que son tantos hoy aquí. En este mes de junio, dedicado al Corazón de Jesús, y en vísperas de celebrar la Solemnidad del Corpus Christi, pidamos al Señor que nos conceda tener un corazón orante, lleno de confianza y audacia filial, así también como la gracia de permanecer siempre unidos a Él y también unidos entre nosotros por la participación en el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

Queridos hermanos y hermanas:

Los Evangelios nos revelan la importancia de la oración en la vida de Jesús y en su relación con los discípulos. Jesús, antes de elegirlos, se pone en oración, dialoga con el Padre. Como los ha recibido del Padre, así los lleva en su corazón. Y sabiendo que son débiles, siempre ora a favor de ellos. Con sus actitudes y con el testimonio de su oración perseverante, Jesús se revela como maestro y amigo. Él, a pesar de los errores y las caídas de sus discípulos, espera con paciencia su conversión y ruega por ellos al Padre, para que permanezcan a su lado en las pruebas y no pierdan la fe.

Recorriendo las páginas del Evangelio vemos cómo Jesús vive inmerso en diálogo continuo con el Padre, en comunión con Él; toma las decisiones más importantes de su misión después de orar intensa y prolongadamente. Por eso, Jesús es el modelo perfecto de la persona que ora: quiere que aprendamos a orar como Él, y nos lo enseña con sus palabras y su ejemplo.

Jesús nos asegura que, aun cuando sintamos que nuestras oraciones parezcan vanas o ineficaces, Él no nos abandona, está siempre a nuestro lado. Reza en nosotros y con nosotros. Intercede a nuestro favor, nos alienta a que perseveremos en la oración, sobre todo en los momentos más difíciles de nuestro camino, porque es su oración la que hace que nuestras humildes peticiones sean eficaces y lleguen al cielo.