sábado, 6 de febrero de 2021

Domingo V del tiempo ordinario (Ciclo A)

Evangelio (Mc 1,29-39): En aquel tiempo, cuando Jesús salió de la sinagoga se fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre; y le hablan de ella. Se acercó y, tomándola de la mano, la levantó. La fiebre la dejó y ella se puso a servirles. Al atardecer, a la puesta del sol, le trajeron todos los enfermos y endemoniados; la ciudad entera estaba agolpada a la puerta. Jesús curó a muchos que se encontraban mal de diversas enfermedades y expulsó muchos demonios. Y no dejaba hablar a los demonios, pues le conocían.

De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario y allí se puso a hacer oración. Simón y sus compañeros fueron en su busca; al encontrarle, le dicen: «Todos te buscan». Él les dice: «Vayamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también allí predique; pues para eso he salido». Y recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios.

PALABRA DE DIOS

COMPARTIMOS:

Hoy, contemplamos a Jesús en Cafarnaúm, el centro de su ministerio, y más en concreto en casa de Simón Pedro: «Cuando salió de la sinagoga se fue (...) a casa de Simón y Andrés» (Mc 1,29). Allí encuentra a su familia, la de aquellos que escuchan la Palabra y la cumplen (cf. Lc 8,21). La suegra de Pedro está enferma en cama y Él, con un gesto que va más allá de la anécdota, le da la mano, la levanta de su postración y la devuelve al servicio.

Se acerca a los pobres-sufrientes que le llevan y los cura solamente alargando la mano; sólo con un breve contacto con Él, que es fuente de vida, quedan liberados-salvados.

Todos buscan a Cristo, algunos de una manera expresa y esforzada, otros quizá sin ser conscientes de ello, ya que «nuestro corazón está inquieto y no encuentra descanso hasta reposar en Él» (San Agustín).

Pero, así como nosotros le buscamos porque necesitamos que nos libere del mal y del Maligno, Él se nos acerca para hacer posible aquello que nunca podríamos conseguir nosotros solos. Él se ha hecho débil para ganarnos a nosotros débiles, «se ha hecho todo para todos para ganar al menos algunos» (1Cor 9,22).

Hay una mano alargada hacia nosotros que yacemos agobiados por tantos males; basta con abrir la nuestra y nos encontraremos en pie y renovados para el servicio. Podemos “abrir” la mano mediante la oración, tomando ejemplo del Señor: «De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario y allí se puso a hacer oración» (Mc 1,35).

Además, la Eucaristía de cada domingo es el encuentro con el Señor que viene a levantarnos del pecado de la rutina y del desánimo para hacer de nosotros testigos vivos de un encuentro que nos renueva constantemente, y que nos hace libres de verdad con Jesucristo.

viernes, 5 de febrero de 2021

Es viuda consagrada, una certeza la guió: «Dios me ama, no me manda pruebas que no pueda soportar»

"Hoy vuelve a practicarse también la consagración de las viudas, que se remonta a los tiempos apostólicos, así como la de los viudos", escribía en 1996 el Papa Juan Pablo II en su exhortación apostólica Vita consecrata.

Este retorno es muy real, aunque aún es muy discreto. Fabienne Padel, de 57 años, es una de esas viudas consagradas. Hizo los votos en 2016 y trabaja en la delegación de jóvenes y vocaciones de la diócesis bretona de Quimper-et-Léon. Se casó en 1990 y tuvo tres hijos. Su marido, Marc, murió en 2002, y antes y después de ese momento su evolución espiritual, que ha contado a Alexia Vidot en La Vie, tuvo momentos sobrecogedores.

Mis padres hicieron bautizar a sus tres hijos -de los que yo soy la mayor- para cubrir el expediente, ni más ni menos. Cuando íbamos a catequesis nos pedían que fuéramos a misa, pero mis padres no iban nunca. Por lo tanto, no crecí en la fe católica, como mucho recibí un "barniz" y una formación. A pesar de todo, me gustaba la capellanía, a la que fui fiel hasta la facultad. Hay que decir que nuestro capellán era un hombre extraordinario.

Ex misionero, lo unía todo haciéndonos vivir ya entonces la ecología integral. Tenía ideas innovadoras que nos llevaban a plantearnos preguntas, a debatir y comprometernos. Durante esos años Dios no estaba muy presente en mi vida. Pero yo sí lo estaba en la suya. Y sabía hacerse presente en los momentos importantes.

"Necesito catequistas, ¡usted lo haría de maravilla!"

Sin embargo, cuando empecé a pensar en casarme con Marc, fue evidente para mí que debía ser un matrimonio religioso y preparado con seriedad. Tenía realmente el deseo de poner nuestro matrimonio en manos del Señor. Asimismo, me pareció fundamental bautizar a nuestros tres hijos para que, desde el inicio, Dios estuviera en sus vidas. Y para que tuvieran unos ciertos valores. Cuando llegó el momento de que mi hija mayor fuera a catequesis, me di cuenta de la incoherencia de mi recorrido.

Una imagen se impuso dentro de mí: si quieres enseñar a tus hijos a comer con tenedor, hay que enseñarles cómo se hace. Dicho de otro modo, si consideras que la fe católica es importante para ellos, ¡implícate! Sin pensarlo dos veces, ofrecí mi ayuda a mi párroco, en Brest, insistiéndole en que tenía tiempo, pero no era en absoluto una mojigata.

Pensé que me propondría ayudarlo con la secretaría, porque es la formación que había recibido... Su respuesta me sorprendió: "Necesito catequistas, ¡usted lo haría de maravilla!". Poco después me confió que detrás de mi "tengo tiempo" había visto otra cosa. ¿El qué? Una sed que le inspiró el reto de hacerme volver al seno de la Iglesia. Él ya ha muerto, por lo que no puedo decirle que ¡lo consiguió! Acepté su audaz propuesta y emprendí un recorrido de formación para recuperar las bases de la fe cristiana.

"Aprendí a encontrar mi alimento en la Biblia"

Al hacerlo, me di cuenta de que esas costumbres religiosas y esa moral cristiana a la que me sentía apegada estaban arraigadas en un terreno mucho más profundo de lo que pensaba, un terreno que lo único que pedía es ser arado. Poco a poco retomé los sacramentos, en especial la misa. El hecho de acompañar a esos jóvenes me empujaba a profundizar mi fe, a plantearme preguntas sobre mi relación con Cristo. ¡Incluso entré a formar parte del coro parroquial!

Tener que preparar los cantos para la celebración del domingo siguiente me llevó a leer con antelación las lecturas bíblicas, a meditarlas. Gracias a esto, ya no vivía la liturgia dominical como una consumidora, sino como una cristiana, como miembro activo de la asamblea. Aumentaba mi necesidad de compartir la Palabra y de rezar de manera más libre.

Dios se ocupó de esta necesidad haciendo que conociera a miembros de la comunidad del Emmanuel. Con ellos aprendí a encontrar mi alimento en la Biblia con mis hermanos, a alabar con todo mi cuerpo, a rezar a Dios en mi corazón y a adorar a Jesús en su eucaristía. A pesar de todo esto, Dios aún no había conseguido romper la parte más dura de mi corazón de piedra. O, por decirlo con otras palabras, yo aún no había conocido a la tercera persona de la Trinidad.

"Tú eres signo de esperanza"

El Espíritu Santo eligió irrumpir en mi vida el Sábado Santo de 2002, al día siguiente de las exequias de mi marido, que yo había vivido como María a los pies de la cruz. Marc enfermó en 2000. Fue un cáncer fulgurante, terrible. Murió el Martes Santo. Nuestro último hijo, François, aún no había cumplido los tres años. El sábado por la mañana me levanté y le dije a mi madre: "Esta noche voy a la vigilia pascual".

Ella intentó disuadirme porque, decía, era una mala idea. Insistí, porque sabía que necesitaba absolutamente ir. Lloré durante toda la celebración. Una gran amiga mía se acercó a mí hacia el final y me dijo estas palabras: "Tú eres signo de esperanza". Mi primera reacción fue esperar que nadie se hubiera sorprendido de mi participación en la misa. Al día siguiente, esta amiga me aclaró su pensamiento: "Quería decir que fue hermoso verte allí, así Marc ya ha resucitado con Cristo". Esas palabras me asombraron, me interpelaron.

Una efusión del Espíritu

Pero todo esto pasó. Pronto me vi atrapada en la realidad cotidiana de una madre con tres hijos que se encuentra repentinamente sola y arruinada. Ante todo tuve que buscar trabajo para poder sacar adelante a mis hijos. Y, después, encajar el golpe. En este tipo de situaciones de extrema vulnerabilidad, los grupos de oración Emmanuel ayudan mucho, para mí fueron un gran apoyo.

Aproximadamente seis meses después, mientras participaba en una vigilia de oración, un miembro de la comunidad me dijo que sin duda yo había recibido una efusión del Espíritu ese famoso Sábado Santo. Mi párroco me confirmó esta intuición. En mi oración personal empecé a reflexionar sobre lo que había pasado ese día.

¿Por qué había sentido ese gran deseo de participar en la vigilia pascual? No para ver a mi marido en Cristo, ni para ser consolada, sino para formar parte de esas santas mujeres que corrieron hasta la tumba, que descubrieron la piedra corrida y que se pusieron a anunciar la alegría de la Resurrección. Con mi presencia, quería decirle a Jesús que, a pesar de lo que Él me había hecho pasar, aún confiaba en Él. Confiaba en su amor.

El don de la confianza

Lo que me sostuvo después de la brutal muerte de Marc, además del apoyo de mi familia y mis amigos, fue la certeza inquebrantable de que Dios me ama, sea lo que sea lo que me pase o lo que yo haga. Y porque me ama, porque me conoce, Él no me manda pruebas que no pueda soportar. "Dios es fiel, y él no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas, sino que con la tentación hará que encontréis también el modo de poder soportarla", escribía San Pablo (1 Cor 10,13). Confirmo que es verdad.

"El óbolo de la viuda", un cuadro de Joao Zeferino da Costa (1876) que refleja la lección de Jesucristo a los apóstoles al poner como ejemplo a la viuda pobre que entrega lo que tiene al templo: Mc 12, 41-44.

Esa Pascua de 2002, el Espíritu Santo me dio el don de la confianza. Y después de esa gran conmoción, a medida que pasaban los días, mi vínculo con el Señor era cada vez más más bello, más íntimo. En 2006 me inscribí a un retiro en silencio en el Foyer de Charité de Tressaint: quería poner ante los ojos de Dios, antes de empezarlo, mi nuevo trabajo como auxiliar de enfermería.

Un sacerdote predicaba el retiro. Le acompañaba Françoise Robert, una especialista en el método Vittoz. Cuando esta se presentó, dos palabras retumbaron dentro de mí: "Viuda consagrada". Al oírlas, tuve la impresión de que el Señor me tocaba el hombro diciéndome: "Habla con esta mujer, tiene algo que decirte". Esa misma noche pedí hablar con ella y me acompañó durante toda la semana.

Seguir con la propia vida, de otro modo

La llamada aún tenía que gestarse unos meses, es decir, unos años. Se confirmó con fuerza en 2010, en Jasna Góra, donde está el santuario de la Virgen negra de Chestokova, adonde fui acompañando a una peregrinación de chicos. En 2013 creamos un equipo de discernimiento con un sacerdote, una viuda consagrada, una religiosa, una pareja de amigos que me había conocido cuando mi marido vivía, un amigo del grupo Emmanuel y una parroquiana.

Este trabajo duró dos años, y pronuncié mis votos en 2016, con el apoyo de mis tres hijos. Cuando me piden que dé un testimonio, suelo decir que ser viuda no es una vocación, contrariamente al matrimonio, que lo es más allá de la muerte. La viudez es mi condición de vida, no la he elegido. Sin embargo, sí que elegí consagrarme al Señor, entregarle lo fundamental, como hizo la viuda del Evangelio. Esto se traduce en el voto de castidad, una vida de oración y de servicio a la Iglesia; soy una laica en misión eclesial, delegada diocesana de pastoral juvenil y de pastoral vocacional de mi diócesis.

Cuando les conté a mis amigos que me iba a consagrar, alguno me lanzaron esta frase terrible: "Pero ¿no quieres rehacer tu vida?". Afirmo que uno no rehace su vida, sino que la continúa. Y yo he seguido mi camino permaneciendo fiel a Marc, estando presente en mi familia y ofreciéndome al Señor. Como todos, tengo mi bagaje de cruces -a veces me pesa la soledad-, pero predomina la alegría. Hago mías las palabras del salmo 29: "Cambiaste mi luto en danzas, me desataste el sayal  y me has vestido de fiesta; te cantará mi alma sin callarse. Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre".

miércoles, 3 de febrero de 2021

AUDIENCIA GENERAL DEL PAPA FRANCISCO

 Biblioteca del Palacio Apostólico

Catequesis 23. Rezar en la liturgia

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En la historia de la Iglesia, se ha registrado en más de una ocasión, la tentación de practicar un cristianismo intimista, que no reconoce a los ritos litúrgicos públicos su importancia espiritual. A menudo esta tendencia reivindicaba la presunta mayor pureza de una religiosidad que no dependiera de las ceremonias exteriores, consideradas una carga inútil o dañina. En el centro de las críticas terminaba no una particular forma ritual, o una determinada forma de celebrar, sino la liturgia misma, la forma litúrgica de rezar.

De hecho se pueden encontrar en la Iglesia ciertas formas de espiritualidad que no han sabido integrar adecuadamente el momento litúrgico. Muchos fieles, incluso participando asiduamente en los ritos, especialmente en la Misa dominical, han obtenido alimento para su fe y su vida espiritual más bien de otras fuentes, de tipo devocional.

En los últimos decenios, se ha caminado mucho. La Constitución Sacrosanctum Concilium del Concilio Vaticano II representa el eje de este largo viaje. Esta reafirma de forma completa y orgánica la importancia de la divina liturgia para la vida de los cristianos, los cuales encuentran en ella esa mediación objetiva solicitada por el hecho de que Jesucristo no es una idea o un sentimiento, sino una Persona viviente, y su Misterio un evento histórico. La oración de los cristianos pasa a través de mediaciones concretas: la Sagrada Escritura, los Sacramentos, los ritos litúrgicos, la comunidad. En la vida cristiana no se prescinde de la esfera corpórea y material, porque en Jesucristo esta se ha convertido en camino de salvación. Podemos decir que debemos rezar también con el cuerpo: el cuerpo entra en la oración.

Por tanto, no existe espiritualidad cristiana que no tenga sus raíces en la celebración de los santos misterios. El Catecismo escribe: «La misión de Cristo y del Espíritu Santo que, en la liturgia sacramental de la Iglesia, anuncia, actualiza y comunica el Misterio de la salvación, se continúa en el corazón que ora» (n. 2655). La liturgia, en sí misma, no es solo oración espontánea, sino algo más y más original: es acto que funda la experiencia cristiana por completo y, por eso, también la oración es evento, es acontecimiento, es presencia, es encuentro. Es un encuentro con Cristo. Cristo se hace presente en el Espíritu Santo a través de los signos sacramentales: de aquí deriva para nosotros los cristianos la necesidad de participar en los divinos misterios. Un cristianismo sin liturgia, yo me atrevería a decir que quizá es un cristianismo sin Cristo. Sin el Cristo total. Incluso en el rito más despojado, como el que algunos cristianos han celebrado y celebran en los lugares de prisión, o en el escondite de una casa durante los tiempos de persecución, Cristo se hace realmente presente y se dona a sus fieles.

La liturgia, precisamente por su dimensión objetiva, pide ser celebrada con fervor, para que la gracia derramada en el rito no se disperse sino que alcance la vivencia de cada uno. El Catecismo lo explica muy bien y dice así: «La oración interioriza y asimila la liturgia durante y después de la misma» (ibid.). Muchas oraciones cristianas no proceden de la liturgia, pero todas, si son cristianas, presuponen la liturgia, es decir la mediación sacramental de Jesucristo. Cada vez que celebramos un Bautismo, o consagramos el pan y el vino en la Eucaristía, o ungimos con óleo santo el cuerpo de un enfermo, ¡Cristo está aquí! Es Él que actúa y está presente como cuando sanaba los miembros débiles de un enfermo, o entregaba en la Última Cena su testamento para la salvación del mundo.

La oración del cristiano hace propia la presencia sacramental de Jesús. Lo que es externo a nosotros se convierte en parte de nosotros: la liturgia lo expresa incluso con el gesto tan natural del comer. La Misa no puede ser solo “escuchada”: no es una expresión justa, “yo voy a escuchar Misa”. La Misa no puede ser solo escuchada, como si nosotros fuéramos solo espectadores de algo que se desliza sin involucrarnos. La Misa siempre es celebrada, y no solo por el sacerdote que la preside, sino por todos los cristianos que la viven. ¡Y el centro es Cristo! Todos nosotros, en la diversidad de los dones y de los ministerios, todos nos unimos a su acción, porque es Él, Cristo, el Protagonista de la liturgia.

Cuando los primeros cristianos empezaron a vivir su culto, lo hicieron actualizando los gestos y las palabras de Jesús, con la luz y la fuerza del Espíritu Santo, para que su vida, alcanzada por esa gracia, se convirtiera en sacrificio espiritual ofrecido a Dios. Este enfoque fue una verdadera “revolución”. Escribe San Pablo en la Carta a los Romanos: «Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual» (12,1). La vida está llamada a convertirse en culto a Dios, pero esto no puede suceder sin la oración, especialmente la oración litúrgica. Que este pensamiento nos ayude cuando se vaya a Misa: voy a rezar en comunidad, voy a rezar con Cristo que está presente. Cuando vamos a la celebración de un Bautismo, por ejemplo, Cristo está ahí, presente, que bautiza. “Pero, Padre, esta es una idea, una forma de hablar”: no, no es una forma de hablar. Cristo está presente y en la liturgia tú rezas con Cristo que está junto a ti.

Saludos:

Saludo cordialmente a los fieles de lengua española. Pidamos al Señor que avive en nosotros la necesidad de participar en los divinos misterios, donde Cristo está presente, y que a través de la oración, especialmente de la oración litúrgica, toda nuestra vida sea un culto agradable a Dios. Que el Señor los bendiga.

LLAMAMIENTO

Mañana se celebrará la Primera Jornada Internacional de la Fraternidad Humana, que estableció recientemente una Resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Esta iniciativa también tiene en cuenta el encuentro del 4 de febrero de 2019 en Abu Dhabi, cuando el Gran Imán de Al-Azhar, Ahmad Al-Tayyeb, y yo firmamos el Documento sobre la Fraternidad humana para la paz mundial y la convivencia común. Me complace mucho que las naciones de todo el mundo se unan a esta celebración, destinada a promover el diálogo interreligioso e intercultural. Por ello, mañana por la tarde participaré en un encuentro virtual con el Gran Imán de Al-Azhar, con el Secretario General de las Naciones Unidas, Sr. António Guterres, y con otras personalidades. La citada Resolución de las Naciones Unidas reconoce «la contribución que el diálogo entre todos los grupos religiosos puede aportar para que se conozcan y se comprendan mejor los valores comunes compartidos por toda la humanidad». Que esta sea nuestra oración hoy y nuestro compromiso durante todos los días del año.

Resumen leído por el Santo Padre en español

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy consideramos el nexo entre la oración y la liturgia. El Catecismo de la Iglesia católica nos explica que «la oración interioriza y asimila la liturgia durante y después de la misma». Incluso cuando la oración se vive “en lo secreto”, también ésta es oración de la Iglesia, que eleva a Dios su plegaria.

Como se sabe, a lo largo de la historia de la Iglesia ha estado presente la tentación de practicar un cristianismo intimista, es decir, una religiosidad que no reconocía a la liturgia, a los ritos públicos, su importancia espiritual, hasta considerarla inútil y dañina. Esto llevó a que muchos fieles, participando incluso a la Misa dominical, le hayan quitado importancia, y hayan buscado alimento para su fe y su vida espiritual en fuentes devocionales y no en la liturgia.

Sin embargo, esto está cambiando. La Constitución sobre la Liturgia del Vaticano II subrayó la importancia en la vida de los cristianos de la divina liturgia, que es acción de Cristo, que significa y realiza principalmente su misterio pascual. Por ello, no existe espiritualidad cristiana que no tenga como fuente la celebración de los divinos misterios, porque la liturgia no es una “oración espontánea”, sino acción de la Iglesia, encuentro con Cristo mismo, que se hace presente con la fuerza del Espíritu Santo, a través de los signos sacramentales, para comunicarnos su gracia. Un cristianismo sin liturgia es, por lo tanto, un cristianismo sin Cristo.

La contundente réplica del arzobispo Javier Del Río ante el nuevo cierre obligatorio de las iglesias

En buena parte de las regiones del Perú se ha decretado una nueva cuarentena que tiene como consecuencia el cierre de templos y la suspensión de las misas presenciales al menos hasta el 14 de febrero, lo que ha provocado las quejas de los católicos y de los propios obispos peruanos.

Uno de los que se ha manifestado de manera más contundente ha sido monseñor Javier del Río, arzobispo de Arequipa. En su opinión, estas medidas “ponen de manifiesto, una vez más, que nuestros gobernantes no comprenden a la sociedad peruana ni a quienes la integramos”.

El prelado explica que según el censo nacional del año 2017, el 95% de los peruanos profesamos alguna religión según la cual la “persona humana” no es sólo materia, sino que es un ser a la vez corporal y espiritual. "Los cristianos, que conformamos casi todo ese 95% de peruanos, creemos que la unidad del alma y el cuerpo es tan profunda que su unión constituye una única naturaleza", recalca.

De este modo, considera que “si quienes detentan los poderes del Estado tienen una visión limitada e incompleta de ‘la persona humana’ no podrán defenderla ni respetar su dignidad. Y si, además, esa visión es distinta a la de la mayoría de los peruanos, estarían gobernando de espaldas a ellos”.

De hecho, monseñor Del Río Alba denuncia la contraposición entre la salud física y la salud espiritual para la que “han dispuesto el cierre total de los templos y centros de culto en casi todo el Perú, mientras que en los mismos lugares se permite el funcionamiento de bancos, centros comerciales y hasta restaurantes, con un aforo que puede llegar hasta el 50%. Impedir incluso que los fieles oren de modo individual y con un aforo mínimo en los templos, que es lo más reciente dispuesto por el gobierno, viola la dignidad de los peruanos y los desampara ante sus necesidades espirituales”.

“A diferencia del individualismo materialista propio de la ‘cultura del descarte’, que incluye el aborto y la eutanasia que promueve el partido de gobierno, el incontable número de mártires en los veintiún siglos de vida de la Iglesia es testimonio de la importancia que para los cristianos tiene escuchar juntos la Palabra de Dios, participar en la celebración de la Eucaristía y acceder libremente al templo en el que reconocemos la presencia real de Cristo o al lugar de culto en el que nos encontramos con nuestros hermanos en la fe”, afirma con contundencia el arzobispo de Arequipa.

Por ello, concluye su escrito asegurando que “resulta por tanto altamente preocupante que nuestros gobernantes no reconozcan esta necesidad vital de la mayoría de los peruanos e incluso le den menos importancia que a encuentros meramente recreativos. Lo correcto sería que se preocupen por la salud integral de los peruanos, que no se reduce a la salud física, sino que incluye aquella espiritual, y que se permita la apertura de los templos y las celebraciones cultuales, con las debidas medidas de bioseguridad que, por lo demás, hemos venido cumpliendo desde hace meses. Mientras tanto, tendremos que volver a la transmisión de la Misa por las redes sociales, aunque los sacerdotes seguirán disponibles a los fieles en los despachos parroquiales, sea para la confesión o dirección espiritual, unción de enfermos y todo aquello que esté a su alcance”.

Un arzobispo sin pelos en la lengua

Javier del Río es uno de los arzobispos que habla con mayor claridad y que no tiene problemas en entrar en la batalla cultural y contra el laicismo. “No sería un pastor si no alertase a las ovejas ante la presencia del lobo”, afirma ante estas cuestiones.

En una entrevista con Religión en Libertad, el arzobispo se abría a compartir su propia historia personal de conversión y su apuesta decidida con la evangelización. Formado en un seminario misionero del Camino Neocatecumenal, el prelado peruano abandonó la fe en la universidad y tardó un tiempo en recuperarla.

Una persona reza a las puertas de una iglesia cerrada

“Durante doce años estuve fuera de la Iglesia, hasta que el Papa san Juan Pablo II visitó el Perú. Por esa época pasaba una fortísima crisis existencial y ver, por pura casualidad, al Papa en la televisión, me hizo caer en la cuenta que la verdadera felicidad existe en este mundo. Vi en el Papa a un hombre plenamente feliz y me di cuenta que la felicidad que tanto había buscado la podía encontrar en la Iglesia”, nos contaba.

Sobre el hecho de levantar la voz ante políticas y medidas injustas, Del Río aseguraba a ReL que la llamada que me hizo Jesucristo no fue a una vida fácil y cómoda. Al contrario, desde el Evangelio ha sido siempre muy claro: ‘el mundo os odiará’. Ser insultado, calumniado y criticado a causa del Evangelio es un honor que no merezco y por el cual le doy gracias a Dios de todo corazón”.

Y además, alertaba que la denominada “corrección política” no tiene que ver con la santidad de la Iglesia, pero puede afectar a no pocos de sus hijos, inclusive en la jerarquía. Todos debemos estar atentos a no dejarnos engañar por quienes nos quieren hacer creer que ese es el modo en que la Iglesia puede cumplir mejor su misión en el mundo contemporáneo.

lunes, 1 de febrero de 2021

La Iglesia celebra la Vida Consagrada

 Celebramos con la Iglesia la jornada de la vida consagrada, este 2 de febrero. Damos gracias a Dios por este don, en esta fecha de la Presentación de Jesús en el templo y Purificación de María. Damos gracias a Dios por  nuestra vocación y renovamos nuestra firme voluntad de vivir en Cristo para ser fiel reflejo de su Rostro, con la humildad de su esclava, nuestra Madre y Madre de Dios.

“La vida consagrada con María, esperanza de un mundo sufriente” es el lema de la Jornada Mundial de la Vida Consagrada que se celebrará el 2 de febrero de 2020, fiesta de la Presentación del Señor en el templo.

Entre ellos, el mensaje de los obispos de esta Comisión que recuerdan que “también hoy nuestra Madre desde el Cielo continúa alentando nuestra esperanza; y los consagrados participan de esta misión de llevar esperanza a un mundo sufriente”(…).


Un chef para los nuevos pobres

El cocinero Juan Pozuelo miró a la pandemia de frente y, en vez de lamentarse por la crisis que ha afectado al sector de la hostelería –en el que se han producido el 50 % de los ERTE–, se puso en primera fila para atender a las colas del hambre.

A finales del mes de abril había aumentado cuatro veces –en algunas zonas incluso hasta seis– el número de familias que estaban acudiendo a las Cáritas parroquiales para pedir alimentos. En algunas parroquias, las colas del hambre daban la vuelta a la manzana, y la pobreza fue para muchos hogares la nueva normalidad. Los bancos de alimentos afirmaban entonces que no había comida para todos, y actualmente siguen viviendo al día. El colapso de la Administración ha impedido el acceso a las ayudas administrativas a muchas familias, lo que, unido al aumento de los desahucios y las dificultades para pagar el alquiler, ha originado un fenómeno nuevo, el sinhogarismo infantil, con 1.000 niños que no tienen hogar en España.

En medio de esta emergencia humanitaria tuvo lugar una verdadera explosión de solidaridad, incluso por parte de aquellos más afectados por la crisis, entre ellos muchos cocineros que, lejos de lamentarse por el futuro de su sector –uno de los más afectados por la crisis desatada por la pandemia–, se pusieron manos a la obra para ayudar a los más necesitados.

Es el caso de Juan Pozuelo, un chef que tuvo que cerrar esos días sus dos restaurantes en Madrid, pero que se volcó en las cocinas que preparaban comida para los más necesitados, en una iniciativa organizada por la ONG Gastronomía Solidaria.

«Los que trabajamos en hostelería somos muy sensibles en este tipo de situaciones, porque somos conscientes de todo lo que sobra en los restaurantes cuando hay personas que no pueden comer», afirma. De hecho, Pozuelo ya había mostrado su lado más solidario en catástrofes como el terremoto de Haití o el huracán en Puerto Rico, por lo que al explotar la crisis era consciente de que «había que hacer algo», y por eso trabajó en las cocinas para la elaboración de menús con destino a familias necesitadas. También se puso a preparar comida para todos los transportistas que venían del extranjero para llevar comida a la capital. «Cocinábamos en horas intempestivas, por turnos, hasta 500 comidas al día. Fue una labor maravillosa», afirma.

El otro lado de la moneda muestra a un sector, el de la hostelería, que debido a la crisis no ha logrado a día de hoy levantar cabeza, «y las perspectivas no son halagüeñas para nosotros», dice.

«De nuestros dos restaurantes, hemos tenido que cerrar uno porque con las restricciones de aforo su apertura resultaba inviable. Hemos tenido que mandar a muchos empleados al ERTE». «Hablamos con ellos y vimos que esa iba a ser la mejor solución, porque éramos incapaces de asumir sus nóminas». Ahora tienen tres personas a tiempo parcial, y muchos de sus antiguos empleados se han resignado a buscar trabajo en otros sectores. Con el restaurante que permanece abierto, aunque estuviera lleno, solo pueden ofertar la mitad de las mesas. «Tener un local abierto en un centro de Madrid sin turistas es casi imposible. Apenas podemos cubrir gastos».

Un chef para los nuevos pobres

El cocinero Juan Pozuelo miró a la pandemia de frente y, en vez de lamentarse por la crisis que ha afectado al sector de la hostelería –en el que se han producido el 50 % de los ERTE–, se puso en primera fila para atender a las colas del hambre.

A finales del mes de abril había aumentado cuatro veces –en algunas zonas incluso hasta seis– el número de familias que estaban acudiendo a las Cáritas parroquiales para pedir alimentos. En algunas parroquias, las colas del hambre daban la vuelta a la manzana, y la pobreza fue para muchos hogares la nueva normalidad. Los bancos de alimentos afirmaban entonces que no había comida para todos, y actualmente siguen viviendo al día. El colapso de la Administración ha impedido el acceso a las ayudas administrativas a muchas familias, lo que, unido al aumento de los desahucios y las dificultades para pagar el alquiler, ha originado un fenómeno nuevo, el sinhogarismo infantil, con 1.000 niños que no tienen hogar en España.

En medio de esta emergencia humanitaria tuvo lugar una verdadera explosión de solidaridad, incluso por parte de aquellos más afectados por la crisis, entre ellos muchos cocineros que, lejos de lamentarse por el futuro de su sector –uno de los más afectados por la crisis desatada por la pandemia–, se pusieron manos a la obra para ayudar a los más necesitados.

Es el caso de Juan Pozuelo, un chef que tuvo que cerrar esos días sus dos restaurantes en Madrid, pero que se volcó en las cocinas que preparaban comida para los más necesitados, en una iniciativa organizada por la ONG Gastronomía Solidaria.

«Los que trabajamos en hostelería somos muy sensibles en este tipo de situaciones, porque somos conscientes de todo lo que sobra en los restaurantes cuando hay personas que no pueden comer», afirma. De hecho, Pozuelo ya había mostrado su lado más solidario en catástrofes como el terremoto de Haití o el huracán en Puerto Rico, por lo que al explotar la crisis era consciente de que «había que hacer algo», y por eso trabajó en las cocinas para la elaboración de menús con destino a familias necesitadas. También se puso a preparar comida para todos los transportistas que venían del extranjero para llevar comida a la capital. «Cocinábamos en horas intempestivas, por turnos, hasta 500 comidas al día. Fue una labor maravillosa», afirma.

El otro lado de la moneda muestra a un sector, el de la hostelería, que debido a la crisis no ha logrado a día de hoy levantar cabeza, «y las perspectivas no son halagüeñas para nosotros», dice.

«De nuestros dos restaurantes, hemos tenido que cerrar uno porque con las restricciones de aforo su apertura resultaba inviable. Hemos tenido que mandar a muchos empleados al ERTE». «Hablamos con ellos y vimos que esa iba a ser la mejor solución, porque éramos incapaces de asumir sus nóminas». Ahora tienen tres personas a tiempo parcial, y muchos de sus antiguos empleados se han resignado a buscar trabajo en otros sectores. Con el restaurante que permanece abierto, aunque estuviera lleno, solo pueden ofertar la mitad de las mesas. «Tener un local abierto en un centro de Madrid sin turistas es casi imposible. Apenas podemos cubrir gastos».