miércoles, 6 de enero de 2021

MISA POR LA SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

HOMILIA DEL PAPA FRANCISCO

Basílica de San Pedro

El evangelista Mateo subraya que los Magos, cuando llegaron a Belén, "vieron al niño con María su madre, se postraron y lo adoraron " ( Mt 2, 11). Adorar al Señor no es fácil, no es un hecho inmediato: requiere una cierta madurez espiritual, siendo el punto de llegada de un camino interior, a veces largo. La actitud de adorar a Dios no es espontánea en nosotros. El ser humano necesita, sí, adorar, pero corre el riesgo de tener un objetivo equivocado; de hecho, si no adora a Dios, adorará a los ídolos, - no hay medida a medias, ni a Dios ni a los ídolos, o para usar una expresión de un escritor francés: “El que n ' no adores a Dios, adora al diablo ”, y en lugar de ser un creyente, se convertirá en un idólatra. Esto es así, aut aut.

En nuestro tiempo es especialmente necesario que, tanto a nivel individual como comunitario, dediquemos más tiempo al culto, aprendiendo siempre mejor a contemplar al Señor. Si el sentido de la oración de adoración se pierde un poco, debemos encontrarlo de nuevo, tanto en comunidad como en nuestra vida espiritual. Hoy, por tanto, vamos a la escuela de los magos para sacar algunas lecciones útiles: como ellos, queremos postrarnos y adorar al Señor. Adorarlo en serio, y no como dijo Herodes: "Déjame saber dónde está y voy a ir a adorarlo". No, esta adoración está mal. ¡Seriamente!

De la liturgia de la Palabra de hoy extraemos tres expresiones que pueden ayudarnos a comprender mejor lo que significa ser adoradores del Señor. Estas expresiones son: “mirar hacia arriba”, “emprender un viaje” y “ver”. Estas tres frases nos ayudarán a comprender lo que significa ser adoradores del Señor.

La primera expresión, mira hacia arriba, nos lo ofrece el profeta Isaías. A la comunidad de Jerusalén, recién regresada del exilio y postrada por el desánimo debido a las muchas dificultades, el profeta dirige esta fuerte invitación: “Levanta los ojos y mira” (60, 4). Es una invitación a dejar de lado el cansancio y las quejas, a salir de los calambres de una visión estrecha, a liberarse de la dictadura del yo, siempre inclinado a apoyarse en uno mismo y en las propias preocupaciones. Para adorar al Señor hay que ante todo “levantar los ojos”: no dejarse apresar por fantasías interiores que extinguen la esperanza, y no hacer de los problemas y las dificultades el centro de la existencia. No significa negar la realidad, fingir o creer que todo está bien. No.

Esta mirada que, a pesar de las vicisitudes de la vida, permanece confiada en el Señor, produce una gratitud filial. Cuando esto sucede, el corazón se abre para adorar. Por el contrario, cuando fijamos nuestra atención exclusivamente en los problemas, negándonos a mirar a Dios, el miedo invade el corazón y lo desorienta, dando lugar a la ira, el desorden, la angustia, la depresión. En estas condiciones es difícil adorar al Señor. Si esto es cierto, debemos tener el valor de romper el círculo de nuestras conclusiones aprendidas, sabiendo que la realidad es más grande que nuestros pensamientos. Mira a tu alrededor y ve: el Señor nos invita en primer lugar a tener confianza en él, porque realmente cuida de todos. Por tanto, si el Señor viste así la hierba del campo, que hoy existe y mañana se echa en el horno, cuánto más hará por nosotros. (cf. Lc 12,28 ). Si alzamos la mirada al Señor y consideramos la realidad a su luz, descubrimos que él nunca nos abandona: el Verbo se hizo carne (cf. Jn 1, 14 ) y permanece siempre con nosotros, todos los días (cf. Mt 28, 20 ). Siempre.

Cuando miramos a Dios, los problemas de la vida no desaparecen, no, pero sentimos que el Señor nos da la fuerza para afrontarlos. “Alzar los ojos” es, por tanto, el primer paso hacia la adoración. Se trata del culto al discípulo que ha descubierto en Dios una nueva alegría, una alegría diferente. La del mundo se basa en la posesión de bienes, en el éxito u otras cosas similares, siempre con el 'yo' en el centro. Por el contrario, la alegría del discípulo de Cristo encuentra su fundamento en la fidelidad de Dios que nunca falla en sus promesas, a pesar de las situaciones de crisis en las que nos encontremos. Aquí, entonces, la gratitud filial y la alegría despiertan el anhelo de adorar al Señor, que es fiel y nunca nos deja solos.

La segunda expresión que nos puede ayudar es hacer un viaje . Mira hacia arriba [el primero]: el segundo: emprende un viaje. Antes de poder adorar al Niño nacido en Belén, los Magos tuvieron que afrontar un largo viaje. Mateo escribe: “Ahora, he aquí, los magos del este vinieron a Jerusalén y preguntaron: '¿Dónde está el recién nacido Rey de los judíos? Vimos su estrella en el Este y vinimos a adorarlo ". "( Mt2, 1-2). Viajar siempre implica transformación, cambio. Después de un viaje ya no somos como antes. Siempre hay algo nuevo en quienes han completado un viaje: han crecido sus conocimientos, han visto nuevas personas y cosas, han experimentado el fortalecimiento de la voluntad para afrontar las dificultades y riesgos del camino. . No podemos adorar al Señor sin antes pasar por la maduración interior que nos permite emprender un camino.

Nos convertimos en adoradores del Señor mediante un viaje gradual. La experiencia nos enseña, por ejemplo, que una persona a los cincuenta experimenta la adoración con una mente diferente a la que tenía a los treinta. El que se deja modelar por la gracia suele mejorar con el tiempo: el exterior envejece - dice san Pablo - mientras que el interior se renueva día a día (cf.2 Cor.4:16), siempre mejor dispuesto a adorar al Señor. Desde este punto de vista, los fracasos, las crisis, los errores pueden convertirse en experiencias instructivas: muchas veces sirven para hacernos conscientes de que sólo el Señor es digno de ser adorado, porque sólo él cumple el deseo. de vida y eternidad presentes en lo más profundo de cada persona. Además, con el tiempo, las pruebas y el cansancio de la vida, vividos en la fe, ayudan a purificar el corazón, a hacerlo más humilde y por tanto más disponible para abrirse a Dios. Incluso los pecados, incluso la conciencia de ser pecadores, de encontrar cosas muy malas. 'Pero hice esto ... hice ...': si lo tomas con fe y con arrepentimiento, con contrición, te ayudará a crecer. Todo, todo ayuda, dice Pablo del crecimiento espiritual, del encuentro con Jesús, incluso los pecados, incluso los pecados. Y Santo Tomás añade: “etiam mortalia ”, incluso los grandes pecados, los peores. Pero si lo toma con arrepentimiento, lo ayudará en este camino hacia el encuentro con el Señor y su mejor adoración.

Como los magos, también nosotros debemos dejarnos enseñar por el camino de la vida, marcado por las inevitables dificultades del camino. No permitamos que el cansancio, las caídas y los fracasos nos arrojen al desánimo. Al contrario, reconociéndolos con humildad, debemos hacer de ellos una oportunidad para progresar hacia el Señor Jesús. La vida no es una demostración de habilidad, sino un viaje hacia el que nos ama. No tenemos que mostrar el mapa de nuestras virtudes en cada paso de nuestra vida; debemos ir al Señor con humildad. Al mirar al Señor, encontraremos la fuerza para progresar con gozo renovado.

Y llegamos a la tercera expresión: ver . Mira hacia arriba, emprende un viaje, ¿ves? El evangelista escribe: "Entraron en la casa, vieron al niño con María su madre, se postraron y lo adoraron" ( Mt 2, 10-11). El culto era el acto de homenaje reservado a los soberanos, a los grandes dignatarios. Los magos, de hecho, adoraban a aquel a quien sabían que era el rey de los judíos (cf. Mt2, 2). Pero, de hecho, ¿qué vieron? Vieron a un niño pobre con su madre. Y sin embargo, estos sabios, procedentes de países lejanos, supieron trascender este escenario tan humilde y casi insignificante, reconociendo en este Niño la presencia de un soberano. Fueron capaces de "ver" más allá de la apariencia. Al postrarse ante el Niño nacido en Belén, expresaban una adoración sobre todo interior: la apertura de las cajas traídas como obsequio era signo de la ofrenda de su corazón.

Para adorar al Señor, debemos "ver" más allá del velo de lo visible, que a menudo resulta engañoso. Herodes y los notables de Jerusalén representan la mundanalidad, perpetuamente esclavos de la apariencia. Ven y no saben ver - no digo que no crean, es demasiado - no saben ver porque su capacidad es esclava de la apariencia y en busca de atractivos: da valora solo las cosas sensacionales, las cosas que llaman la atención de la mayoría. Además, en los Magos vemos una actitud diferente, que podríamos definir el realismo teológico:una palabra demasiado 'grande', pero podemos decir así, un realismo teológico: percibe con objetividad la realidad de las cosas, llegando finalmente a comprender que Dios huye de toda ostentación. El Señor es humilde, el Señor es como este niño humilde, huye de la ostentación, que es precisamente el fruto de la mundanalidad. Esta forma de “ver” que trasciende lo visible significa que adoramos al Señor muchas veces escondido en situaciones sencillas, en personas humildes y excluidas. Se trata, pues, de una mirada que, al no dejarse deslumbrar por los fuegos artificiales del exhibicionismo, busca, en cada oportunidad, lo que no pasa, busca al Señor. Por eso, como escribe el apóstol Pablo, “nuestra mirada no está en lo que se ve, sino en lo que no se ve; lo que se ve es temporal,Co 4:18).

Que el Señor Jesús nos haga sus verdaderos adoradores, capaces de manifestar a través de la vida su proyecto de amor que abraza a toda la humanidad. Pidamos la gracia para cada uno de nosotros y para que toda la Iglesia aprenda a adorar, a seguir adorando, a practicar mucho esta oración de adoración, porque solo Dios es adorado.

martes, 5 de enero de 2021

La Epifanía del Señor

  Evangelio (Mt 2,1-12): Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle». En oyéndolo, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén. Convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y por ellos se estuvo informando del lugar donde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron: «En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta: ‘Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel’».

Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo de la aparición de la estrella. Después, enviándolos a Belén, les dijo: «Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle».

Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el Niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa; vieron al Niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra. Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino.

PALABRA DE DIOS

Compartimos:

Hoy, el profeta Isaías nos anima: «Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti» (Is 60,1). Esa luz que había visto el profeta es la estrella que ven los Magos en Oriente, con muchos otros hombres. Los Magos descubren su significado. Los demás la contemplan como algo que les parece admirable, pero que no les afecta. Y, así, no reaccionan. Los Magos se dan cuenta de que, con ella, Dios les envía un mensaje importante por el que vale la pena cargar con las molestias de dejar la comodidad de lo seguro, y arriesgarse a un viaje incierto: la esperanza de encontrar al Rey les lleva a seguir a esa estrella, que habían anunciado los profetas y esperado el pueblo de Israel durante siglos.

Llegan a Jerusalén, la capital de los judíos. Piensan que allí sabrán indicarles el lugar preciso donde ha nacido su Rey. Efectivamente, les dirán: «En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta» (Mt 2,5). La noticia de la llegada de los Magos y su pregunta se propagaría por toda Jerusalén en poco tiempo: Jerusalén era entonces una ciudad pequeña, y la presencia de los Magos con su séquito debió ser notada por todos sus habitantes, pues «el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén» (Mt 2,3), nos dice el Evangelio.

Jesucristo se cruza en la vida de muchas personas, a quienes no interesa. Un pequeño esfuerzo habría cambiado sus vidas, habrían encontrado al Rey del Gozo y de la Paz. Esto requiere la buena voluntad de buscarle, de movernos, de preguntar sin desanimarnos, como los Magos, de salir de nuestra poltronería, de nuestra rutina, de apreciar el inmenso valor de encontrar a Cristo. Si no le encontramos, no hemos encontrado nada en la vida, porque sólo Él es el Salvador: encontrar a Jesús es encontrar el Camino que nos lleva a conocer la Verdad que nos da la Vida. Y, sin Él, nada de nada vale la pena.

lunes, 4 de enero de 2021

Mikel Azurmendi, ex miembro de ETA, antropólogo agnóstico, ha visto cómo Cristo le cambia la vida

Mikel Azurmendi, nacido en San Sebastián en 1942, fue uno de los primeros miembros de ETA y también uno de los primeros en abandonar esta organización terrorista por rechazar sus prácticas criminales.

A finales de los años 90 y en los comienzos de este siglo, su alejamiento del nacionalismo y su compromiso con organizaciones como ¡Basta ya! y el Foro de Ermua que denunciaban la violencia etarra le convirtieron en objeto de amenazas y tuvo que abandonar temporalmente el País Vasco.

Hasta su jubilación, Azurmendi, filósofo por la Sorbona de París, fue profesor de Antropología en la Universidad del País Vasco. Como antropólogo (según confiesa él mismo en una entrevista de Fernando de Haro impulsada por el obispo de San Sebastián, José Ignacio Munilla), participaba de la misma cerrazón intelectual que se había impuesto en su disciplina desde hacía un siglo: "Creer en Dios no es en nada diferente a creer en centauros, hadas o sirenas". 

Pero hace unos años conoció cristianos "con una vida buena y bella" que le admiraron y le pusieron a pensar y se animó a explorar la propuesta de Jesús.

En 2018, en su libro El abrazo (editorial Almuzara) Azurmendi se sentía "tocado" por Dios y Cristo, como en el juego de hundir la flota: "me entra como miedo porque, cuando en ese juego de barcos uno queda tocado, enseguida te lo hunden. ¡J*d*r, qué miedo me dio verme hundido! Así es como me entró este hormigueo de miedo de Dios que centellea en mi alma con una luz rojiza y un pitido parpadeante". 

Hoy, dice en la entrevista con Fernando de Haro, ya no hay miedo, sino confianza y gratitud, día a día. Con Cristo, dice, "lo que cambia es la vida misma incluso a la edad de 78 años. Se trata de una experiencia de muerte del hombre viejo y recuperación del instante. Comienzas un nuevo aprendizaje. [...] Cada instante es una gloria de vida, como un anticipo de lo eterno; sin duda un estallido de alegría. Uno se ve re-nacido, ama la vida y da gracias a cada momento".

Entre académicos, prejuicios contra el cristianismo

Durante casi toda su vida, en el entorno académico, le rodeaban personas -a veces cultas, otras veces ni eso- llenas de prejuicios contra el cristianismo. Las religiones serían, según los antropólogos que Azurmendi conocía y estudiaba, sólo "exóticas maneras" de "canalizar las necesidades materiales".

"El materialismo en su versión marxista y hasta marxista-leninista acorazó aún más ese cuenco de la transmisión cultural posibilitando que los departamentos humanísticos universitarios sean hoy un espacio de hombres y mujeres aherrojados por el temor a salirse de lo correcto", señala, desde su experiencia del mundo universitario.

"Me pondré como ejemplo yo mismo, absolutamente prendado de la línea de pensamiento de [Alasdair] McIntyre en ética y de la de René Girard en antropología. En cuando me cercioré de que ambos acababan de convertirse al cristianismo, optando el filósofo exmarxista por el neo-tomismo y el antropólogo francés por Jesucristo como ejemplo de desvelamiento de lo sagrado de la violencia, corté con mi interés por sus doctrinas, que antes yo había juzgado muy argumentadas", admite Azurmendi.

¿Y el argumento ético, la idea de que si existe el bien y el mal lo lógico es que exista Dios? "A lo que haya de gente 'culta' en la universidad de hoy le da risa aquel argumento ético del entorno del descreído Iván Karamazov de que lo que nos mueve a ser buenos y evitar el mal es creer en el más allá. O sea en Dios y la inmortalidad". 

Pero Azurmendi quería vivir bien, con virtud.

Sorprendido no por libros, sino por cristianos de vida buena y bella

"Yo, que he buscado la vida buena de manera permanente, no la he encontrado en libros y argumentaciones ilustradas y eso que, militando en asociaciones civiles, esa necesidad se me volvía perentoria. De súbito, hete aquí que ante mis ojos, atónito, me doy de bruces con cristianos de vida buena y bella, una gente nada común que vive un tipo de existencia imitando a Jesús. Me causa un hondo estupor que Dios sea una experimentación de vida en el amor del otro y que el experimento les dé una alegría como no he visto en ninguna otra parte del mundo en toda mi vida. Mi encuentro fortuito con una persona y luego otra y otra después, así durante dos años de investigación, convierte en admiración aquel gran estupor inicial".

Recuerda que también Dostoyevski "se convirtió por un encuentro con personas cristianas en su prisión siberiana, cosa idéntica a la que le ocurrió a Solzhenitsyn en el gulag. También un encuentro con personas excelentes les motivó a convertirse a Dios a los filósofos ateos Maritain y Gabriel Marcel. Se trata de una emoción que te conmociona hasta llevarte a la admiración impulsando un proceso racional de cambio absoluto de tus concepciones generales de la vida. Esta emoción puede ser acústica, como les sucedió al filósofo García Morente escuchando a Berlioz o a Simone Weil escuchando la infinita tristeza de un fado portugués".

Dos instrucciones de Jesús

Azurmendi empezó a preguntarse por qué esos cristianos parecían tan distintos. Por un lado, vio que consideraban que la vida es un don, que se recibe y se reparte de manera gratuita. Por otro lado, veían al 'otro' siempre como un bien, no como adversario o enemigo. Detrás estaban los mandatos de Jesús: “la vida es para darla. 'Quien la quiera guardar la perderá', y '¡lo que hagáis a vuestro próximo a mí me lo hacéis', amadlo como a vosotros mismos. O sea, la vida es para ofrecerla unos a otros en un servicio gratuito de amor".

Azurmendi buscaba un fundamento para la vida buena o virtuosa, pero los filósofos ilustrados sólo le daban preferencias personales más o menos arbitrarias. "Sólo encontraba 'elija usted lo que quiera, pero elija'", resume. "Sin embargo, si la elección es el criterio valorativo de una existencia, ¿qué diferencia hay entre yo y un terrorista? Ninguna, puesto que ambos elegimos, sólo que cosas diferentes".

Pero los cristianos proponen un experimento: "elegir abrazarse de por vida al Jesús ese del amor: la vida es un don y el otro es un bien". Y Azurmendi decidió "elegir la verificación de esta hipótesis".

"Al joven rico que cumplía con todos los preceptos y ritos pero quería saber qué más debía hacer, Jesús le sugirió que era un buen chico pero estaría muy bien que vendiese su fortuna, la diese a los pobres y le siguiese a Él: “Ven y sígueme”. Lo que se precisa es una existencia nueva desde el amor comenzando por el más próximo, por tu mismo hermano con quien no te hablas. Jesús hace de puente, nos hace comprensible Dios, no como idea sino como oferta/exigencia de amor. Desde Jesús se percibe Dios como una espectacular bomba atómica de amor pues loco parecería estar cuando se hizo carne humana por puro amor, por enseñarnos otro modo de vivir. Dios nos aparece desde entonces como ese espacio de amor entre tú y otro, entre tú y tu mujer, entre tú y aquel con quien te relacionas. Lo sabes que es así porque Jesús lo aseguró practicándolo Él mismo", añade.

Vidas que cambian viviendo como Jesús enseña

"El relato histórico señala que Jesús resucitó pero tan prodigioso como resucitar fue que uno a uno, sus apóstoles tan llenos de mezquindad y miedo viviesen imitando su vida y muriendo asesinados", añade.

Distintos ejemplos de generosidad y vida entregada con amor que Azurmendi ha visto en entornos cristianos muestran que esto se puede vivir y se vive hoy. Pone el ejemplo de "cientos de mujeres africanas que tras haber sido violadas contrajeron el sida y pese a preferir morirse, siguieron el ejemplo de la enfermera Rose Bousingye, hicieron por restablecerse hasta el punto de crear un hospital de mil camas en Kampala".

Vídeo breve en que Rose Busingye explica (con subtítulos en español) cómo afrontan la pandemia ella y las mujeres pobres o dañadas con las que trabaja: "nuestro yo es más grande que el universo, que el virus y que la muerte"

Pero pone ejemplos más cercanos: "O creando familias bien avenidas que son la esperanza social. O dando su vida por defender su estilo de vida".

"Amar al estilo de Jesús no es producto de un error. Y tan real como esa cadena de seres amando al otro debe de ser real Jesús-Dios", afirma Azurmendi.

Al final, siendo cristiano como Jesús enseña, "lo que cambia es la vida misma incluso a la edad de 78 años. Se trata de una experiencia de muerte del hombre viejo y recuperación del instante. Comienzas un nuevo aprendizaje. La vida ya no se te presenta incierta, aprendes a vivir sin aleccionar desde el pasado, desde tus batallitas. Pero aprendes a tampoco interrogar al futuro ni temer tu vulnerabilidad, tu Alzheimer o tu decrepitud. Cada instante es una gloria de vida, como un anticipo de lo eterno; sin duda un estallido de alegría. Uno se ve re-nacido, ama la vida y da gracias a cada momento".

"Lo expresas en rezos, como al despertarte y expresar a quien te hace vivir que te ayude a vivir lo mejor posible. O lo expresas en dejar lo que haces para atender al que te solicite, en ceder tu “precioso” tiempo a un pelma que te retiene al teléfono. Uno no pretende recuperar el tiempo perdido, el tiempo es solo el que tienes entre manos, es cada minuto, y lo ofreces a puñados. Uno está, sin más, receptivo y a disposición, estás en la vida, estás a flor de piel, abierto a la realidad, sin inyectarle doctrina ni ideología", concluye.

domingo, 3 de enero de 2021

El eremitorio rupestre excavado en roca

Los monjes mozárabes que excavaron en la roca arenisca este inusual eremitorio en medio de la Castilla palentina «buscaban la simbiosis entre Dios, el hombre y la creación», asegura José Luis Calvo, delegado de Patrimonio de la diócesis de Palencia. «Además, era muy común en el siglo VIII –fecha de la que data la construcción inicial– utilizar las rocas como refugios naturales», añade.

Aunque desconocidos, hay otros ejemplos en la península ibérica de oratorios y ermitas acondicionados en cueva. «Pero esta iglesia en Olleros de Pisuerga, dedicada a los Santos Justo y Pastor, dos niños mártires hispano-romanos que fueron gran testimonio para los cristianos mozárabes –y que ha conservado el culto ininterrumpidamente– es el mejor conjunto eremítico rupestre de España» y la joya más peculiar del románico de Palencia. 

Hasta este rincón, a la margen derecha del río Pisuerga y cerca de la conocida Aguilar de Campoo, llegaron en el siglo X desde el sur de la península unos cuantos monjes mozárabes que, «ante la conflictividad religiosa, política y social de la zona, huyeron de la persecución musulmana y se refugiaron en el norte, aportando estilos arquitectónicos, modas, liturgia y gastronomía a los territorios de la vieja sociedad hispano visigoda», afirma el delegado de Patrimonio. Una de estas aportaciones fue al templo visigótico que se encontraron ya excavado y que adaptaron según sus necesidades, formando celdas, un centro de culto e incluso un cementerio interior.

Ampliaciones durante siglos

La construcción presenta en su interior una planta de tipología habitual, con dos naves rectangulares y una cabecera con dos ábsides semicirculares, «referencia a la doble naturaleza divina y humana de Cristo», explica Calvo. Las naves se separan a través de un pilar cruciforme, que refiere a Cristo, y tres columnas, en alusión a la Santísima Trinidad, «dos de ellas colocadas en época posmedieval». La cabecera del templo está orientada al sur, «nada común en el arte cristiano, y forzada por las exigencias del terreno». La iglesia de los Santos Justo y Pastor de Olleros de Pisuerga tuvo a lo largo de los siglos sucesivas  ampliaciones, hasta convertirse en templo parroquial. Las más importantes se realizaron en el siglo XII, época románica, y en el Renacimiento, en el siglo XVI.

Como dato curioso, en la zona en la que se encuentra la iglesia hay una torre-campanario del siglo XVII, construida encima de una roca y que en su base tiene una cueva. Aquí se cree que se encontraba el antiguo baptisterio. La cueva se utilizó para cocer las ollas de las que el pueblo toma nombre.

ÁNGELUS DEL PAPA FRANCISCO

 Biblioteca del Palacio Apostólico 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En este segundo domingo después de Navidad, la Palabra de Dios no nos presenta un episodio de la vida de Jesús, sino que nos habla de Él antes de que naciera. Nos retrotrae para revelar algo sobre Jesús antes de que viniera entre nosotros. Lo hace sobre todo en el prólogo del Evangelio de Juan, que comienza: «En el principio era el Verbo» (Jn 1,1). En el principio: son las primeras palabras de la Biblia, las mismas con las que comienza el relato de la creación: «En el principio creó Dios el cielo y la tierra» (Gn 1,1). Hoy el Evangelio dice que Aquel que hemos contemplado en su Natividad, como niño, Jesús, existía antes: antes del comienzo de las cosas, antes del universo, antes de todo. Él está antes del espacio y el tiempo. «En Él estaba la vida"» (Jn 1,4) antes de que apareciera la vida.

San Juan lo llama Verbo es decir, Palabra. ¿Qué quiere decirnos? La Palabra sirve para comunicar: no se habla solo, se habla con alguien. Siempre se habla con alguien. Cuando vemos por la calle gente que habla sola, decimos: “A esta persona le pasa algo”. No: nosotros hablamos siempre con alguien. Así pues, el hecho de que Jesús sea desde el principio la Palabra significa que desde el principio Dios se quiere comunicar con nosotros, quiere hablarnos. El Hijo unigénito del Padre (cf. v. 14) quiere decirnos la belleza de ser hijos de Dios; es «la luz verdadera» (v. 9) y quiere alejarnos de las tinieblas del mal; es «la vida» (v. 4) que conoce nuestras vidas y quiere decirnos que las ama desde siempre. Nos ama a todos. Este es el mensaje maravilloso de hoy: Jesús es la Palabra, la Palabra eterna de Dios, que desde siempre piensa en nosotros y desea comunicar con nosotros.

Y para hacerlo, fue más allá de las palabras. En efecto, el núcleo del Evangelio de hoy nos dice que la Palabra «se hizo carne y habitó entre nosotros» (v. 14). Se hizo carne: ¿por qué San Juan usa esta expresión, “carne”? ¿No podría haber dicho, de una manera más elegante, que se hizo hombre? No, usa la palabra carne porque indica nuestra condición humana en toda su debilidad, en toda su fragilidad. Nos dice que Dios se hizo fragilidad para tocar de cerca nuestras fragilidades. Por lo tanto, desde el momento en que el Señor se hizo carne, nada en nuestra vida le es ajeno. No hay nada que Él desdeñe; podemos compartir todo con Él, todo. Querido hermano, querida hermana, Dios se hizo carne para decirnos, decirte que te ama precisamente allí, que nos ama precisamente allí, en nuestras fragilidades, en tus fragilidades; precisamente allí donde nosotros más nos avergonzamos, donde más te avergüenzas. Es audaz: la decisión de Dios es audaz: se hizo carne precisamente allí, donde nosotros tantas veces nos avergonzamos; entra en nuestra vergüenza para hacerse hermano nuestro, para compartir el camino de la vida.


Se hizo carne y no se volvió atrás. No asumió nuestra humanidad como un vestido, que se pone y se quita. No, nunca se separó de nuestra carne. Y jamás se separará de ella: ahora y por siempre está en el cielo con su cuerpo de carne humana. Se unió para siempre a nuestra humanidad; podríamos decir que la “desposó”. A mí me gusta pensar que cuando el Señor le reza al Padre por nosotros, no le habla solamente: le enseña las heridas de la carne, le enseña las llagas que ha sufrido por nosotros. Y este es Jesús: con su carne es el intercesor, quiso llevar también las señales del sufrimiento. Jesús, con su carne, está ante el Padre. El Evangelio dice, en efecto, que vino a habitar entre nosotros. No vino de visita y luego se fue, vino a habitar con nosotros, a estar con nosotros. ¿Qué desea entonces de nosotros? Desea una gran intimidad. Quiere que compartamos con Él alegrías y penas, deseos y temores, esperanzas y tristezas, personas y situaciones. Hagámoslo con confianza, abrámosle nuestro corazón, contémosle todo. Detengámonos en silencio ante el belén para saborear la ternura de Dios que se hizo cercano, que se hizo carne. Y sin miedo, invitémosle a nuestra casa, a nuestra familia, y también —cada uno las conoce bien— invitémosle  a nuestras fragilidades. Invitémosle a que vea nuestras llagas. Vendrá y la vida cambiará.

La Santa Madre de Dios, en quien el Verbo se hizo carne, nos ayude a acoger a Jesús, que llama a la puerta del corazón para vivir con nosotros.

Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas,

Os renuevo a todos mis buenos deseos para el año que acaba de empezar. Como cristianos huyamos de la mentalidad fatalista o mágica: sabemos que las cosas mejorarán en la medida en que, con la ayuda de Dios, trabajemos juntos por el bien común, poniendo en el centro a los más débiles y desfavorecidos. No sabemos lo que nos traerá el 2021, pero lo que cada uno de nosotros y todos juntos podemos hacer es esforzarnos un poco más en cuidarnos los unos a los otros y a la creación, nuestra casa común.

Es verdad, existe la tentación de ocuparse sólo de los propios intereses, de seguir haciendo la guerra, por ejemplo, de concentrarse sólo en el perfil económico, de vivir de forma hedonista, es decir, buscando sólo satisfacer el propio placer... Existe, esa tentación. He leído en los periódicos algo que me ha entristecido: en un país, no recuerdo cuál, para escapar del confinamiento e irse de vacaciones, esta tarde han salido más de 40 aviones. Pero esa gente, que es buena gente, ¿no ha pensado en los que se quedaban en casa, en los problemas económicos de tanta gente que el confinamiento ha dejado por los suelos, en los enfermos? Solamente en irse de vacaciones y hacer lo que les apetece. Me ha entristecido tanto.

Dirijo un saludo especial a los que empiezan el año nuevo con mayores dificultades, a los enfermos, a los desempleados, a los que viven situaciones de opresión o explotación. Y con afecto deseo saludar a todas las familias, especialmente a aquellas en las que hay niños pequeños o que esperan un nacimiento. Un nacimiento es siempre una promesa de esperanza. Estoy cerca de estas familias: ¡que el Señor os bendiga!

Os deseo a todos un buen domingo, pensando siempre en Jesús que se hizo carne precisamente para habitar con nosotros, en las cosas buenas y en las malas, siempre. Por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!

sábado, 2 de enero de 2021

Domingo II después de Navidad

Evangelio (Jn 1,1-18): En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron.

Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Éste vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz. La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; la cual no nació de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios.

Y la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de Él y clama: «Éste era del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado.

PALABRA DE DIOS

Compartimos:

Hoy, el Evangelio de Juan se nos presenta en una forma poética y parece ofrecernos, no solamente una introducción, sino también como una síntesis de todos los elementos presentes en este libro. Tiene un ritmo que lo hace solemne, con paralelismos, similitudes y repeticiones buscadas, y las grandes ideas trazan como diversos grandes círculos. El punto culminante de la exposición se encuentra justo en medio, con una afirmación que encaja perfectamente en este tiempo de Navidad: «Y la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros» (Jn 1,14).

El autor nos dice que Dios asumió la condición humana y se instaló entre nosotros. Y en estos días lo encontramos en el seno de una familia: ahora en Belén, y más adelante con ellos en el exilio de Egipto, y después en Nazaret.

Dios ha querido que su Hijo comparta nuestra vida, y —por eso— que transcurra por todas las etapas de la existencia: en el seno de la Madre, en el nacimiento y en su constante crecimiento (recién nacido, niño, adolescente y, por siempre, Jesús, el Salvador).

Y continúa: «Hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad» (Ibidem). También en estos primeros momentos, lo han cantado los ángeles: «Gloria a Dios en el cielo», «y paz en la tierra» (cf. Lc 2,14). Y, ahora, en el hecho de estar arropado por sus padres: en los pañales preparados por la Madre, en el amoroso ingenio de su padre —bueno y mañoso— que le ha preparado un lugar tan acogedor como ha podido, y en las manifestaciones de afecto de los pastores que van a adorarlo, y le hacen carantoñas y le llevan regalos.

He aquí cómo este fragmento del Evangelio nos ofrece la Palabra de Dios —que es toda su Sabiduría—. De la cual nos hace participar, nos proporciona la Vida en Dios, en un crecimiento sin límite, y también la Luz que nos hace ver todas las cosas del mundo en su verdadero valor, desde el punto de vista de Dios, con “visión sobrenatural”, con afectuosa gratitud hacia quien se ha dado enteramente a los hombres y mujeres del mundo, desde que apareció en este mundo como un Niño.

viernes, 1 de enero de 2021

SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS

LIV JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ, ÁNGELUS DEL PAPA FRANCISCO

Biblioteca del Palacio Apostólico

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y feliz año!

Empezamos el nuevo año poniéndonos bajo la mirada materna y amorosa de María Santísima, que la liturgia hoy celebra como Madre de Dios. Retomamos así el camino a lo largo de las sendas del tiempo, encomendando nuestras angustias y nuestros tormentos a Aquella que todo lo puede. María nos mira con ternura materna así como miraba a su Hijo Jesús. Y si nosotros miramos al pesebre [se gira hacia el pesebre colocado en la sala], vemos que Jesús no está en la cuna, y me dicen que la Virgen ha dicho: “¿Me dejan tener en brazos un poco a este hijo mío?”. Y así hace la Virgen con nosotros: quiere tenernos entre los brazos, para cuidarnos como ha cuidado y amado a su Hijo. La mirada tranquilizadora y consoladora de la Santísima Virgen es un estímulo para que este tiempo, que nos ha dado el Señor, sea dedicado a nuestro crecimiento humano y espiritual, sea tiempo de suavizar los odios y las divisiones — hay muchas— sea tiempo de sentirnos todos más hermanos, sea tiempo de construir y no de destruir, cuidándonos unos a otros y de la creación. Un tiempo para hacer crecer, un tiempo de paz.

Es precisamente al cuidado del prójimo y de la creación que está dedicado el tema de la Jornada Mundial de la Paz, que hoy celebramos: La cultura del cuidado como camino de paz. Los dolorosos eventos que han marcado el camino de la humanidad el año pasado, especialmente la pandemia, nos enseñan lo necesario que es interesarse por los problemas de los otros y compartir sus preocupaciones. Esta actitud representa el camino que conduce a la paz, porque favorece la construcción de una sociedad fundada en las relaciones de fraternidad. Cada uno de nosotros, hombres y mujeres de este tiempo, está llamado a traer la paz: cada uno de nosotros, no somos indiferentes a esto. Nosotros estamos todos llamados a traer la paz y a traerla cada día y en cada ambiente de vida, sosteniendo la mano al hermano que necesita una palabra de consuelo, un gesto de ternura, una ayuda solidaria. Y esto para nosotros es una tarea dada por Dios. El Señor nos ha dado la tarea de ser trabajadores de paz.

Y la paz se puede construir si empezamos a estar en paz con nosotros mismos  —en paz dentro, en el corazón— y con quien tenemos cerca, quitando los obstáculos que nos impiden cuidar de quienes se encuentran en necesidad y en la indigencia. Se trata de desarrollar una mentalidad y una cultura del “cuidado”, para derrotar la indiferencia, para derrotar el descarte y la rivalidad —indiferencia, descarte, rivalidad—, que lamentablemente prevalecen. Quitar estas actitudes. Y así la paz no es solo ausencia de guerra. La paz nunca es aséptica, no, no existe la paz del quirófano. La paz está en la vida: no es solo ausencia de guerra, sino que es vida rica de sentido, configurada y vivida en la realización personal y en el compartir fraterno con los otros. Entonces esa paz tan ansiada y puesta siempre en peligro por la violencia, el egoísmo y la maldad, esa paz puesta en peligro se convierte en posible y realizable si yo la tomo como tarea que me ha dado Dios.

La Virgen María, que ha dado a luz al «Príncipe de paz» (Is 9,6), y que lo acuna así, con tanta ternura, entre sus brazos, nos obtenga del Cielo el bien precioso de la paz, que con tan solo las fuerzas humanas no se logra perseguir en plenitud. Solamente las fuerzas humanas no bastan, porque la paz es sobre todo don, un don de Dios; debe ser implorada con incesante oración, sostenida con un diálogo paciente y respetuoso, construida con una colaboración abierta a la verdad y a la justicia y siempre atenta a las legítimas aspiraciones de las personas y de los pueblos. Mi deseo es que reine la paz en el corazón de los hombres y en las familias; en los lugares de trabajo y de ocio; en las comunidades y en las naciones. En las familias, en el trabajo, en las naciones: paz, paz. Y ahora pensemos que la vida hoy está organizada por las guerras, las enemistades, tantas cosas que destruyen… Queremos paz. Y esta es un don.

En el umbral de este comienzo, dirijo a todos mi cordial deseo de un feliz y sereno 2021. Cada uno de nosotros trate de hacer que sea un año de fraterna solidaridad y de paz para todos; un año cargado de confiada espera y de esperanzas, que encomendamos a la protección de María, madre de Dios y madre nuestra.

Después del Ángelus

¡Queridos hermanos y hermanas!

A todos vosotros, conectados a través de los medios de comunicación, os dirijo mi deseo de paz y de serenidad para el año nuevo.

Doy las gracias al presidente de la República italiana, Sergio Mattarella, por la felicitación que me dirigió ayer por la noche en su Mensaje de final de año, y le correspondo cordialmente.

Estoy agradecido a cuantos, en distintos lugares del mundo, respetando las restricciones impuestas por la pandemia, han promovido momentos de oración y de reflexión con ocasión de la actual Jornada Mundial de la Paz. Pienso en particular en la Marcha virtual de anoche, organizada por el Episcopado italiano, Pax Christi, Cáritas y Acción Católica; como también la de esta mañana, promovida por la Comunidad de San Egidio conectados en directo a nivel mundial. Gracias a todos por estas y muchas otras iniciativas a favor de la reconciliación y de la concordia entre los pueblos.

En tal contexto, expreso dolor y preocupación por la nueva escalada de violencia en Yemen que está causando numerosas víctimas inocentes, y rezo para que se hagan esfuerzos para encontrar soluciones que permitan el regreso de la paz para esas poblaciones golpeadas. Hermanos y hermanas, ¡pensemos en los niños de Yemen! Sin educación, sin medicinas, hambrientos. Recemos juntos por Yemen.

Además os invito a uniros en oración a la archidiócesis de Owerri en Nigeria por el obispo monseñor Moses Chikwe y por su conductor, secuestrados los días pasados. Pidamos al Señor que ellos y todos aquellos que son víctimas de actos similares en Nigeria vuelvan ilesos en libertad y que ese querido país encuentre de nuevo seguridad, concordia y paz.

Dirijo un saludo especial a los Sternsinger, los “Cantores de la Estrella”, niños y jóvenes que en Alemania y Austria, aun sin poder visitar a las familias en las casas, han encontrado la forma de llevarles la buena noticia de la Navidad y de recaudar donaciones para sus coetáneos necesitados.

Os deseo a todos un año de paz y de esperanza, con la protección de María, la Santa Madre de Dios. Y por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!