martes, 22 de diciembre de 2020

Carta de Navidad del Maestro de la Orden

 Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos (…) y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida (…) que se nos manifestó (…) os lo anunciamos, (…) para que nuestro gozo sea completo (I Juan 1:1,3-4).

Queridos hermanos y hermanas,

La Navidad, tanto en tiempos de pandemia como de prosperidad, es una celebración de la inescrutable cercanía de Dios que habita en nuestro interior y entre nosotros; es una acción de gracias a nuestro Dios generoso que se da a sí mismo como regalo.

Este año del Señor de 2020 ha sido realmente inesperado, sin precedentes, inolvidable. La mayoría de nosotros celebramos el Triduo Pascual confinados, con las puertas cerradas; nuestros corazones rebosaban de ansiedad ante un futuro incierto. Pero entonces volvimos nuestros pensamientos y los ojos de nuestra fe hacia nuestro Señor Resucitado, que atraviesa las puertas cerradas, nos saluda con su paz y nos anima a no tener miedo.

Ahora celebramos la Navidad, luchando todavía contra este virus, protegiéndonos a nosotros mismos y a nuestros seres queridos manteniendo una distancia caritativa entre nosotros. Nuestro canto del Venite adoremus queda amortiguado por las mascarillas y los protectores faciales. San Pablo nos exhorta a contemplar con "rostros descubiertos" (2 Corintios 3:18) la gloria de Dios. Sin embargo, este año adoramos la belleza del Rey recién nacido con los rostros cubiertos. Aunque puede que nuestras celebraciones sean escasas y sencillas, tenemos nuestra esperanza y nuestro consuelo en la conmemoración del nacimiento del Emmanuel, el Dios que está "más cerca de nosotros que nosotros mismos" (San Agustín, Confesiones III, 6, 11).

Los recuerdos más agradables de la Navidad son de nuestra infancia, cuando los árboles de Navidad nos sobrepasaban con su inmensidad, cuando unos pocos caramelos daban la impresión de ser una cantidad abundante de dulces en nuestras pequeñas manos. Cuando crecimos, nos dimos cuenta de que la Navidad no tenía que ver con banquetes deliciosos, sino con compartir la comida que alimenta el hambre de nuestros cuerpos y satisface el deseo de fraternidad y de amistad de nuestras almas; nos dimos cuenta de que la Navidad no consiste en intercambiar regalos materiales, sino el regalo de la presencia, del tiempo, de las conversaciones, de estar simplemente juntos, como hermanos y hermanas, con la familia y los amigos

Sin embargo, aún persiste la pregunta: ¿Cómo puede haber alegría navideña en una época de pandemia? En muchos hogares y comunidades, incluyendo algunos de nuestros propios conventos, hay hoy sillas y espacios vacíos que nos recuerdan a los seres queridos que hemos perdido este año. Puede que no haya fiestas de Navidad, porque el dinero escasea por la pérdida de empleos y la recesión económica. Debido a las restricciones de viaje y movimiento, los ancianos extrañarán enormemente las visitas y los abrazos de sus seres queridos. Las mascarillas protectoras ocultarán las espléndidas sonrisas de quienes cantan villancicos, como « lámparas debajo del celemín »(Mateo 5,15) que no podrán iluminar completamente estas oscuras noches de diciembre. ¿Cómo puede haber alegría navideña en una época de pandemia?

Nuestro gozo será pleno, como asegura el discípulo amado, si predicamos “lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos (…) y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida (…) que se nos manifestó” (I Juan 1:1,3-4).

Esto lo representa de manera elocuente la hermosa pintura de Sor Úrsula Magdalena Caccia de la Santa Madre de Dios que permite a Santo Domingo ver y tocar al niño Jesús, como una madre orgullosa que deja que un ser querido sostenga a su precioso recién nacido.Esta es la beatitud de Domingo, la alegría de predicar a quien ha escuchado, visto y tocado: el Verbo Encarnado.

Esta Navidad, mientras entramos en la celebración del centenario del Dies Natalis de Santo Domingo, nos preguntamos: ¿cómo hemos oído, visto y tocado la Palabra este año? En muchos lugares, el incesante sonido de las sirenas se convirtió en un eco permanente de la pandemia. Pero también significaba que los trabajadores de la salud continuaban socorriendo a los enfermos.

De un fraile que vive aquí, en Santa Sabina, he aprendido la hermosa palabra alemana para decir enfermera: Krankenschwester, que literalmente significa "hermana de los enfermos". Una persona enferma no es solo un paciente, sino un miembro de la familia, uno de los nuestros. En tiempos de desastre, siempre vemos gente que ayuda y cuida de las personas. Cuando las cosas se desmoronan, debemos buscar siempre "salvadores", personas que nos hacen sentir que todo va a estar bien, incluso en la adversidad. Ellas nos dan esperanza. ¡Ciertamente es bueno ver a una de ellas cuando nos miramos en el espejo!

En los últimos tiempos, incluso antes de la pandemia, la proximidad y el tacto han sido vistos con sospecha. Podrían ser signos de abuso. Con la amenaza de la Covid-19 se han convertido en amenazas de contagio y de riesgo. La malicia ha contaminado el tacto y ha hecho que la proximidad sea arriesgada e imprudente; la caridad táctil se ha vuelto tabú y terriblemente ofensiva. Paradójicamente, el mantenimiento de una distancia segura, como protección y prevención de la transmisión viral, se ha transformado en signo sincero de nuestra "cercanía" y en una preocupación genuina por la salud y la seguridad de los demás

Me alegra que, en estos tiempos difíciles, hayamos oído y visto las múltiples predicaciones y obras de caridad de nuestros hermanos y hermanas, tocando los corazones de tantos.

La alegría de la Navidad es un regalo que nos espera cuando predicamos a Aquel que hemos oído, visto y tocado. No es de extrañar que, desde los primeros tiempos de nuestra Orden, hayamos rezado:

Que Dios Padre nos bendiga, Que Dios Hijo nos sane,

Que Dios Espíritu Santo nos ilumine y nos dé ojos para ver,

oídos para escuchar,

manos para hacer la obra de Dios, pies para caminar,

y una boca para predicar la palabra de salvación...

Una vez escuché la historia de un maestro que preguntó a sus alumnos: ¿cómo podéis saber que la noche ha terminado y el día ha comenzado? Un alumno respondió: ¿es cuando desde la distancia puedo ver un árbol y puedo decir si ese árbol es un manzano o un naranjo? El maestro le dijo que todavía no. Otro alumno levantó la mano: ¿es cuando desde la distancia puedo ver un animal y puedo decir si es una vaca o un caballo? El maestro dijo que no exactamente. Los estudiantes pidieron entonces al unísono la respuesta. El maestro declaró: es cuando desde la distancia se puede ver a una persona y ya se puede percibir en ella el rostro de un hermano o una hermana. Cuando eso sucede, la oscuridad de la noche ha verdaderamente terminado y el resplandor del día ha empezado.

Para nosotros, los cristianos, la oscuridad termina cuando vemos en nuestros hermanos y hermanas, en todos, especialmente en los pobres, la presencia misma de Jesús. Esta es la verdadera celebración de la Navidad: proclamar nuestra fe en el Emmanuel, el Dios que está con nosotros, el Dios que está en todos y cada uno de nosotros. Esta Navidad, la pregunta que nos tenemos que hacer no es sólo "¿quién es Jesús para nosotros? "sino "¿dónde está Jesús en nuestros semejantes?" ¡Él es el Emmanuel!

Que la luz de Cristo brille a través de nosotros,

para disipar la oscuridad que nos rodea y que está en nuestro interior.

¡Santa Navidad para vosotros y para todos vuestros seres queridos!

lunes, 21 de diciembre de 2020

El cardenal Ambongo pide a la Iglesia occidental ser profética y hablar de política y sociedad

La República Democrática del Congo tiene unos 90 millones de habitantes, casi la mitad de ellos con menos de 15 años de edad. Con 6 hijos por mujer en edad fértil, para 2024 probablemente tenga otros 15 millones de habitantes más. En contraste, la rica España hace 6 años que tiene más muertes que nacimientos.

La mitad de la población en este país africano es católica, un 20% son protestantes clásicos, otro 10% pertenecen a cultos o grupos religiosos locales seudocristianos... Si el cristianismo crece en el mundo por razones demográficas, es por países como este, el antiguo Zaire o Congo belga.

El cardenal Fridolin Ambongo Besungu pastorea la arquidiócesis de Kinshasa desde 2018. Es un rebaño colosal: tiene tanta población como las 13 diócesis de Cataluña y Valencia juntas. Un 55% de esos 11 o 12 millones de habitantes son católicos. En 2019 el Papa Francisco lo creó cardenal y desde octubre de 2020 pertenece al Consejo de Cardenales, el conocido G7, que colabora con el Papa en el gobierno de la Iglesia. Lo ha entrevistado Mundo Negro, la revista en español de los misioneros combonianos.

"Algunos dicen que la Iglesia no debe meterse en política", le preguntan. "Es una afirmación que me hace sonreír. ¿Por qué mencionan solo la política? Tendrán que decir que la Iglesia no debe meterse en sanidad, ni en educación, ni en agricultura… ¿Por qué solo la política? Es un debate falso. La Iglesia tiene la obligación de abordar todo lo que afecta al ser humano, incluida la política", afirma el cardenal.

Cree que los pastores deben ser profetas, y hablar con claridad aunque les suponga impopularidad.

"El sentido profético está relacionado con la misión de todo pastor", explica. "Desde mi llegada a Kinshasa, y lo hago de manera consciente, trato de arroparme de coraje profético, me atrevo a decir las cosas tal como son y a quien corresponde. Creo que el Señor me da esa fuerza interior y ese coraje profético. A veces gusta, a veces no; recibo felicitaciones pero también insultos y críticas. Pero ello es inherente al rol del profeta".

Cuando vivió una Navidad triste en Europa

El cardenal Ambongo, capuchino, que estudió Teología Moral en Roma, explica cómo fue su triste primera Navidad en Europa. "Mi primera Navidad en Bélgica fue en 1990. Yo era un joven sacerdote habituado a la solemnidad y exultación con que vivimos la Navidad en RDC, siempre rodeados de numerosos fieles. Me encontré en una iglesia en la que apenas había 15 personas de avanzada edad. Durante la celebración se entonaron apenas tres cantos. Es solo una anécdota pero refleja la realidad de Occidente en muchos lugares", lamenta.

"Pero lo que me duele es la actitud de la Iglesia, no tanto del lado del pueblo, sino de la jerarquía. Tengo la impresión de que la Iglesia en Occidente se ha desentendido de muchas cuestiones sociales que afectan a la gente. Hay una especie de hastío a la hora de hablar de estos temas. No se atreve por razones históricas, hay una tendencia a agradar a ciertas mentalidades para no arriesgarse a ser acusado de tradicionalista. Tengo la impresión de que se cede fácilmente y de que se tiende a meter en la nevera la dimensión profética. Naturalmente no es fácil, pero si la Iglesia quiere ser la Iglesia de Jesucristo, tendrá que jugar su rol profético".

Otra cosa que critica es que muchas congregaciones religiosas, e incluso misioneras, no están dispuestas a ir a las zonas rurales y pobres de los países de misión. Se remite a un estudio de 2003 del jesuita Léon de Saint-Moulin, con "pruebas evidentes de que las congregaciones religiosas tienden a abandonar las zonas de selva para replegarse en lo que él llamaba «ejes de la riqueza», concretamente el eje Kinshasa-Haut Katanga y toda la franja este del país. Hoy esto se puede verificar".

El cardenal fue obispo en la diócesis rural de Bokungu-Ikela, en el centro del país. "Allí solo están presentes los fundadores de la diócesis, los Misioneros del Sagrado Corazón. A pesar de haber escrito a muchas congregaciones invitándoles a venir, ninguna abrió una comunidad allí. En Kole ocurre exactamente lo mismo. Es un desafío para los religiosos en este país, porque da muy mala imagen de la vida consagrada. Es como si los religiosos corrieran detrás de la riqueza. Los superiores dicen que no hay carreteras, que las distancias son enormes y que es muy caro organizar viajes para visitar a los hermanos, y a causa de ello abandonan a una parte importante de la población", lamenta.

Todos los obispos ya son nativos del país

En Congo hay más de 200 etnias y lenguas, pero sus obispos se mantienen firmes y unidos frente a las tendencias políticas que buscan dividir a la población en facciones. Hoy en Congo todos los obispos son congoleños y la Iglesia del país cuenta con su propio rito zaireño, una adaptación de la liturgia católica al estilo africano. El tema ya no es cómo "africanizar" la fe, sino como lograr que el cristiano viva su fe con coherencia y con más firmeza, rodeado de corrupción y de sectas, grupos dudosos y la presencia del Islam.

Lo que está claro es que el cristianismo tiene aún mucho que decir en África a lo largo del siglo XXI y en los siglos venideros. "Entreveo una Iglesia africana como levadura en la masa que hace fermentar la sociedad para su crecimiento y desarrollo, y no bajo el modelo de Occidente, sino preservando los valores africanos", adelanta el cardenal congoleño.

ÁNGELUS DEL PAPA FRANCISCO


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En este cuarto y último domingo de Adviento, el Evangelio nos propone una vez más la historia de la Anunciación. "Alégrate- dice el ángel a María- concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús" (Lc 1, 28. 31). Parece un anuncio de alegría pura, destinado a hacer feliz a la Virgen: ¿Quién entre las mujeres de esa época no soñaba con convertirse en la madre del Mesías? Pero, junto con la alegría, esas palabras  predicen a María una gran prueba. ¿Por qué? Porque en aquel momento estaba "desposada" (v. 27) con José. En una situación como esa, la Ley de Moisés establecía que no debía haber relación ni cohabitación. Por lo tanto, si tenía un hijo, María habría transgredido la Ley, y las penas para las mujeres eran terribles: se preveía la lapidación (cf. Dt 22, 20-21). Ciertamente el mensaje divino habrá colmado el corazón de María de luz y fuerza; sin embargo, se encontró ante una decisión crucial: decir "sí" a Dios, arriesgándolo todo, incluso su vida, o declinar la invitación y seguir con su camino ordinario.

¿Qué hace? Responde así: "Hágase en mí según tu palabra" (Lc 1,38). Hágase: este es el famoso fiatde María. Pero en la lengua en que está escrito el Evangelio, no es simplemente un “suceda”.  La expresión verbal indica un fuerte deseo,  indica la voluntad de que algo se cumpla. En otras palabras, María no dice: "Si tiene que hacerse, que se haga.., si no puede ser de otra manera...".No es resignación. No, no expresa una aceptación débil y sometida, expresa un deseo fuerte, un deseo vivo. No es pasiva, sino activa. No sufre a Dios, se adhiere a Dios. Es una enamorada dispuesta a servir a su Señor en todo e inmediatamente. Podría haber pedido más tiempo para pensarlo, o más explicaciones sobre lo que pasaría; quizás podría haber puesto algunas condiciones... En cambio, no se toma tiempo, no hace esperar a Dios, no aplaza.

¡Cuantas veces  - ahora pensemos en nosotros- cuántas veces nuestra vida está hecha de aplazamientos, incluso nuestra vida espiritual! Por ejemplo: sé que me hace bien rezar, pero hoy no tengo tiempo... “mañana, mañana, mañana, mañana...” Aplazamos las cosas : mañana lo hago; sé que ayudar a alguien es importante – sí, tengo que hacerlo, lo haré mañana- Es la misma cadena de los mañana...Aplazar las cosas.  Hoy, a las puertas de la Navidad, María nos invita a no aplazar, a decir "sí".  “¿Tengo que rezar?”, “Sí, y rezo”. “¿Tengo que ayudar a los demás?”. “Sí”. ¿Cómo hacerlo? Lo hago. Sin aplazar. Cada "sí" cuesta . Cada  “sí” cuesta pero siempre es menos de lo que le costó a ella ese "sí" valiente, ese “sí”, decidido, ese "hágase en mí según tu palabra" que nos trajo la salvación.

Y nosotros ¿qué "sí" podemos decir? En estos tiempos difíciles, en lugar de quejarnos de lo que la pandemia nos impide hacer, hagamos algo por los que tienen menos: no el enésimo regalo para nosotros y nuestros amigos, sino para una persona necesitada en la que nadie piensa. Y otro consejo: para que Jesús nazca en nosotros, preparemos el corazón: vayamos a rezar. No nos dejemos “arrastrar” por el consumismo: “Tengo que comprar los regalos, tengo que hacer esto y lo otro...” Ese frenesí por hacer tantas cosas... lo importante es Jesús. El consumismo, hermanos y hermanas, nos ha secuestrado la Navidad. No hay consumismo en el pesebre de Belén: allí está la realidad, la pobreza, el amor. Preparemos el corazón como hizo  María: libre del mal, acogedor, dispuesto a acoger a Dios.

"Hágase en mí según tu palabra”. Es la última frase de la Virgen en este último domingo de Adviento, y es la invitación a dar un paso concreto hacia la Navidad. Porque si el nacimiento de Jesús no toca nuestra vida, -la mía, la tuya, la de todos- si no toca la vida pasa en vano. En el Ángelus también nosotros diremos ahora: "Hágase en mí según tu palabra": que la Virgen nos ayude a decirlo con nuestra vida, con la actitu de estos últimos días para prepararnos bien a la Navidad.

Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, la pandemia del coronavirus ha causado un pesar especial a los trabajadores marítimos. Muchos de ellos - se estima que unos cuatrocientos mil en todo el mundo - están bloqueados en las naves fuera de los términos de sus contratos y no pueden regresar a casa. Pido a la Virgen María, Stella Maris, que consuele a estas personas y a todos aquellos en situaciones difíciles, e insto a los gobiernos a hacer todo lo posible para que puedan volver a estar con sus seres queridos.

Este año los organizadores han tenido la buena idea de montar la exposición "Cien belenes" bajo la columnata. Son muchos los belenes que sirven como catequesis de la fe al pueblo de Dios. Os invito a visitar los nacimientos bajo la columnata, para entender cómo la gente procura a través del arte mostrar cómo nació Jesús. Los belenes que están bajo la columnata son una gran catequesis de nuestra fe.

Os saludo a todos, romanos y peregrinos de varios países, familias, grupos parroquiales, asociaciones y fieles. La Navidad, que ya está cerca, sea para cada uno ocasión de renovación interior, de oración, de conversión, de pasos adelante en la fe y de fraternidad entre nosotros. Miremos a nuestro alrededor, miremos sobre todo a los indigentes: el hermano que sufre, dondequiera que esté, nos pertenece. Es Jesús en el pesebre: el que sufre es Jesús. Pensemos un poco en esto. Y que la Navidad sea una cercanía a Jesús en este hermano y en esta hermana. Está allí, en el hermano necesitado, el pesebre al que tenemos que ir con solidaridad. Este es el belén viviente: el belén en el que realmente encontraremos al Redentor en las personas de los necesitados. Caminemos, pues, hacia la Noche Santa y esperemos el cumplimiento del misterio de la Salvación.

Os deseo a todos un buen domingo. Por favor, no os olvidéis de rezar por mí.

¡Buen almuerzo y hasta pronto!

sábado, 19 de diciembre de 2020

Domingo IV (Ciclo B) de Adviento

Evangelio (Lc 1,26-38): En aquel tiempo, fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo.

El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin». María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?». El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios». Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel dejándola se fue.

PALABRA DE DIOS

Compartimos:

Hoy, el Evangelio tiene el tono de un cuento popular. Las rondallas empiezan así: «Había una vez...», se presentan los personajes, la época, el lugar y el tema. Ésta llegará al punto álgido con el nudo de la narración; finalmente, hay el desenlace.

San Lucas, de modo semejante, nos cuenta, con tono popular y asequible, la historia más grande. Presenta, no una narración creada por la imaginación, sino una realidad tejida por el mismo Dios con colaboración humana. El punto álgido es: «Vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús» (Lc 1,31).

Este mensaje nos dice que la Navidad está ya cercana. María nos abrirá la puerta con su colaboración en la obra de Dios. La humilde doncella de Nazaret escucha sorprendida el anuncio del Ángel. Precisamente rogaba que Dios enviara pronto al Ungido, para salvar el mundo. Poco se imaginaba, en su modesto entendimiento, que Dios la escogía justamente a Ella para realizar sus planes.

María vive unos momentos tensos, dramáticos, en su corazón: era y quería permanecer virgen; Dios ahora le propone una maternidad. María no lo entiende: «¿Cómo se hará eso?» (Lc 1,34), pregunta. El Ángel le dice que virginidad y maternidad no se contradicen, sino que, por la fuerza del Espíritu Santo, se integran perfectamente. No es que Ella ahora lo entienda mejor. Pero ya le es suficiente, pues el prodigio será obra de Dios: «A Dios nada le es imposible» (Lc 1,38). Por eso responde: «Que se cumplan en mi tus palabras» (Lc 1,38). ¡Que se cumplan! ¡Que se haga! ¡Fiat! Sí. Total aceptación de la Voluntad de Dios, medio a tientas, pero sin condiciones.

En aquel mismo instante, «la Palabra se hizo Carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14). Aquel cuento popular deviene a un mismo tiempo la realidad más divina y más humana. Pablo VI escribió el año 1974: «En María vemos la respuesta que Dios da al misterio del hombre; y la pregunta que el hombre hace sobre Dios y la propia vida».

miércoles, 16 de diciembre de 2020

AUDIENCIA GENERAL DEL SANTO PADRE

Biblioteca del Palacio Apostólico

Catequesis 19. La oración de intercesión

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Quien reza no deja nunca el mundo a sus espaldas. Si la oración no recoge las alegrías y los dolores, las esperanzas y las angustias de la humanidad, se convierte en una actividad “decorativa”, una actitud superficial, de teatro, una actitud intimista. Todos necesitamos interioridad: retirarnos en un espacio y en un tiempo dedicado a nuestra relación con Dios. Pero esto no quiere decir evadirse de la realidad. En la oración, Dios “nos toma, nos bendice, y después nos parte y nos da”, para el hambre de todos. Todo cristiano está llamado a convertirse, en las manos de Dios, en pan partido y compartido. Es decir una oración concreta, que no sea una evasión.

Así los hombres y las mujeres de oración buscan la soledad y el silencio, no para no ser molestados, sino para escuchar mejor la voz de Dios. A veces se retiran del mundo, en lo secreto de la propia habitación, como recomendaba Jesús (cfr. Mt 6,6), pero, allá donde estén, tienen siempre abierta la puerta de su corazón: una puerta abierta para los que rezan sin saber que rezan; para los que no rezan en absoluto pero llevan dentro un grito sofocado, una invocación escondida; para los que se han equivocado y han perdido el camino… Cualquiera puede llamar a la puerta de un orante y encontrar en él o en ella un corazón compasivo, que reza sin excluir a nadie. La oración es nuestro corazón y nuestra voz, y se hace corazón y voz de tanta gente que no sabe rezar o no reza, o no quiere rezar o no puede rezar: nosotros somos el corazón y la voz de esta gente que sube a Jesús, sube al Padre, como intercesores. En la soledad quien reza —ya sea la soledad de mucho tiempo o la soledad de media hora para rezar— se separa de todo y de todos para encontrar todo y a todos en Dios. Así el orante reza por el mundo entero, llevando sobre sus hombros dolores y pecados. Reza por todos y por cada uno: es como si fuera una “antena” de Dios en este mundo. En cada pobre que llama a la puerta, en cada persona que ha perdido el sentido de las cosas, quien reza ve el rostro de Cristo.

El Catecismo escribe: «Interceder, pedir en favor de otro es […] lo propio de un corazón conforme a la misericordia de Dios» (n. 2635). Esto es muy bonito. Cuando rezamos estamos en sintonía con la misericordia de Dios: misericordia en relación con nuestros pecados —que es misericordioso con nosotros—, pero también misericordia hacia todos aquellos que han pedido rezar por ellos, por los cuales queremos rezar en sintonía con el corazón de Dios. Esta es la verdadera oración. En sintonía con la misericordia de Dios, ese corazón misericordioso. «En el tiempo de la Iglesia, la intercesión cristiana participa de la de Cristo: es la expresión de la comunión de los santos» (ibid.). ¿Qué quiere decir que se participa en la intercesión de Cristo, cuando yo intercedo por alguien o rezo por alguien? Porque Cristo delante del Padre es intercesor, reza por nosotros, y reza haciendo ver al Padre las llagas de sus manos; porque Jesús físicamente, con su cuerpo está delante del Padre. Jesús es nuestro intercesor, y rezar es un poco hacer como Jesús; interceder en Jesús al Padre, por los otros. Esto es muy bonito.

A la oración le importa el hombre. Simplemente el hombre. Quien no ama al hermano no reza seriamente. Se puede decir: en espíritu de odio no se puede rezar; en espíritu de indiferencia no se puede rezar. La oración solamente se da en espíritu de amor. Quien no ama finge rezar, o él cree que reza, pero no reza, porque falta precisamente el espíritu que es el amor. En la Iglesia, quien conoce la tristeza o la alegría del otro va más en profundidad de quien indaga los “sistemas máximos”. Por este motivo hay una experiencia del humano en cada oración, porque las personas, aunque puedan cometer errores, no deben ser nunca rechazadas o descartadas.

Cuando un creyente, movido por el Espíritu Santo, reza por los pecadores, no hace selecciones, no emite juicios de condena: reza por todos. Y reza también por sí mismo. En ese momento sabe que no es demasiado diferente de las personas por las que reza: se siente pecador, entre los pecadores, y reza por todos. La lección de la parábola del fariseo y del publicano es siempre viva y actual (cfr. Lc 18,9-14): nosotros no somos mejores que nadie, todos somos hermanos en una comunidad de fragilidad, de sufrimientos y en el ser pecadores. Por eso una oración que podemos dirigir a Dios es esta: “Señor, no es justo ante ti ningún viviente (cfr. Sal 143,2) —esto lo dice un salmo: ‘Señor, no es justo ante ti ningún viviente’, ninguno de nosotros: todos somos pecadores—, todos somos deudores que tienen una cuenta pendiente; no hay ninguno que sea impecable a tus ojos. ¡Señor ten piedad de nosotros!”. Y con este espíritu la oración es fecunda, porque vamos con humildad delante de Dios a rezar por todos. Sin embargo, el fariseo rezaba de forma soberbia: “Te doy gracias, Señor, porque yo no soy como esos pecadores; yo soy justo, hago siempre…”. Esta no es la oración: esto es mirarse al espejo, a la realidad propia, mirarse al espejo maquillado de la soberbia.

El mundo va adelante gracias a esta cadena de orantes que interceden, y que son en su mayoría desconocidos… ¡pero no para Dios! Hay muchos cristianos desconocidos que, en tiempo de persecución, han sabido repetir las palabras de nuestro Señor: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34).

El buen pastor permanece fiel también delante de la constatación del pecado de la propia gente: el buen pastor continúa siendo padre también cuando sus hijos se alejan y lo abandonan. Persevera en el servicio de pastor también en relación con quien lo lleva a ensuciarse las manos; no cierra el corazón delante de quien quizá lo ha hecho sufrir.

La Iglesia, en todos sus miembros, tiene la misión de practicar la oración de intercesión, intercede por los otros. En particular tiene el deber quien está en un rol de responsabilidad: padres, educadores, ministros ordenados, superiores de comunidad… Como Abraham y Moisés, a veces deben “defender” delante de Dios a las personas encomendadas a ellos. En realidad, se trata de mirar con los ojos y el corazón de Dios, con su misma invencible compasión y ternura. Rezar con ternura por los otros.

Hermanos y hermanas, todos somos hojas del mismo árbol: cada desprendimiento nos recuerda la gran piedad que debemos nutrir, en la oración, los unos por los otros. Recemos los unos por los otros: nos hará bien a nosotros y hará bien a todos. ¡Gracias!

Saludos:

Saludo cordialmente a los fieles de lengua española. Mañana comenzamos los días mayores de Adviento, y la liturgia se centra con mayor énfasis en la preparación de la Navidad. En estos días tan especiales, los animo a dedicar más tiempo a la oración de intercesión: recemos con mayor intensidad pidiendo unos por otros, en particular por los que más sufren. Que Dios los bendiga.

Queridos hermanos y hermanas:

La oración verdadera no nos separa de la realidad. El que reza presenta al Señor los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren. Todos necesitamos tiempos y espacios de silencio y soledad para la relación con Dios, para escuchar su voz. En la oración, el Señor nos bendice y nos hace pan partido y repartido para la vida del mundo.

La oración de intercesión abre las puertas del corazón de quien reza por los demás. Es una puerta abierta para los que rezan sin saberlo, para los que no rezan pero esconden un grito sofocado en su interior, para los que se equivocaron y no encuentran el rumbo. Cualquiera puede encontrar en la persona orante un corazón compasivo que ruega por todos sin excluir a nadie. Es como una “antena” de Dios, que está en sintonía con su misericordia y ve a Cristo en los rostros de las personas por las que reza.

En la oración experimentamos que todos somos hermanos, que pertenecemos a la misma humanidad frágil y pecadora. El que reza lo hace por todos, y también por sí mismo. La Iglesia, en todos sus miembros, tiene la misión de practicar la oración de intercesión, especialmente quienes tienen un rol de responsabilidad: padres, educadores, sacerdotes, superiores de comunidad. Este modo de oración nos ayuda a mirar a los otros con los ojos y el corazón de Dios, con su misma ternura y compasión.

¿Cómo bendecir el belén familiar y el árbol de Navidad?

 El Papa Francisco recordó hace pocos días que el árbol y el belén son dos «iconos» de la Navidad, que contribuyen a crear una atmósfera favorable para vivir con fe el misterio del nacimiento del Redentor; y que, particularmente este año, son un signo de esperanza.

También subrayó la pobreza evangélica, la humildad y la disponibilidad de María y José a la hora de acoger al Niño, que nos preparan a todos los cristianos para conmemorar este acontecimiento, recibiendo a Jesús como nuestra paz, alegría, fuerza y consuelo. En tiempos de pandemia, pues, un niño pequeño e indefenso es el «Signo» que Dios da al mundo (cf. Lc 2,12).

Al hilo de esta reflexión sobre la costumbre de poner el belén o nacimiento en las casas, desde la Delegación Episcopal de Liturgia del Arzobispado de Madrid proponen «dar más sentido religioso» o «significar su inauguración» con un rito de bendición, dirigido por el padre o la madre ante todos los miembros de la familia, que «realce el comienzo de las solemnes fiestas navideñas».

Además, señalan desde la delegación, uno de los padres puede bendecir el árbol de Navidad. «Lejos de tener un sentido pagano, el árbol nos recuerda que Cristo, nacido por nosotros en Belén, es el verdadero Árbol de la vida, Árbol del que fue separado el hombre a causa del pecado de Adán. En el árbol vemos, lleno de luz, a Cristo, luz del mundo, que con su nacimiento nos conduce a Dios que habita en una luz inaccesible», aseveran.

Rito de la bendición del belén familiar

Rito de la bendición del árbol de Navidad

Oración en familia ante el belén o una imagen del Niño

¡Enseñe su belén familiar!

domingo, 13 de diciembre de 2020

ÁNGELUS DEL PAPA FRANCISCO

Plaza de San Pedro

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La invitación a la alegría es característica del tiempo de Adviento: la espera del nacimiento de Jesús, la espera que vivimos es alegre, un poco como cuando esperamos la visita de una persona a la que queremos mucho, por ejemplo un amigo al que no vemos desde hace tiempo, un pariente... Estamos en una espera alegre. Y esta dimensión de la alegría emerge especialmente hoy, el tercer domingo, que se abre con la exhortación de San Pablo: «Alegraos siempre en el Señor» (Antífona de ingreso; cf. Fil 4,4.5). «¡Alegraos!» La alegría cristiana. ¿Y cuál es el motivo de esta alegría? Que «el Señor está cerca» (v. 5). Cuanto más cerca de nosotros está el Señor, más estamos en la alegría; cuanto más lejos está, más estamos en la tristeza. Esta es una regla para los cristianos.

Una vez, un filósofo decía más o menos esto: “No comprendo cómo se puede creer hoy, porque aquellos que dicen que creen tienen cara de funeral. No dan testimonio de la alegría de la resurrección de Jesucristo”. Hay muchos cristianos con esa cara, sí, cara de funeral, cara de tristeza… ¡Pero Cristo ha resucitado! ¡Cristo te ama! ¿Y tú no tienes alegría? Pensemos un poco en esto y preguntémonos: ¿Yo estoy alegre porque el Señor está cerca de mí, porque el Señor me ama, porque el Señor me ha redimido?

El Evangelio según Juan nos presenta hoy al personaje bíblico que —exceptuando a la Virgen y a San José— vivió el primero y mayormente la espera del Mesías y la alegría de verlo llegar: hablamos, naturalmente, de Juan el Bautista (cf. Jn 1,6-8.19-28).

El evangelista lo introduce de modo solemne: «Hubo un hombre enviado por Dios […]. Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz» (vv. 6-7). El Bautista es el primer testigo de Jesús, con la palabra y con el don de la vida. Todos los Evangelios concuerdan en mostrar cómo realizó su misión indicando a Jesús como el Cristo, el Enviado de Dios prometido por los profetas.  Juan era un líder de su tiempo. Su fama se había difundido en toda Judea y más allá, hasta Galilea. Pero él no cedió ni siquiera por un instante a la tentación de atraer la atención sobre sí mismo: siempre la orientaba hacia Aquel que debía venir. Decía: «Él es el que viene después de mí, a quien yo no soy digno de desatarle la correa de la sandalia» (v. 27). Siempre señalando al Señor. Como la Virgen, que siempre señala al Señor: “Haced lo que Él os diga”. El Señor siempre en el centro. Los santos alrededor, señalando al Señor. ¡Y quien no señala al Señor no es santo!

He aquí la primera condición de la alegría cristiana: descentrarse de uno mismo y poner en el centro a Jesús. Esto no es alienación, porque Jesús es efectivamente el centro, es la luz que da pleno sentido a la vida de cada hombre y cada mujer que vienen a este mundo. Es un dinamismo como el del amor, que me lleva a salir de mí mismo no para perderme, sino para reencontrarme mientras me dono, mientras busco el bien del otro.

Juan el Bautista recorrió un largo camino para llegar a testimoniar a Jesús. El camino de la alegría no es fácil, no es un paseo. Se necesita trabajo para estar siempre en la alegría. Juan dejó todo, desde joven, para poner a Dios en primer lugar, para escuchar con todo su corazón y con todas sus fuerzas la Palabra. Juan se retiró al desierto, despojándose de todo lo superfluo, para ser más libre de seguir el viento del Espíritu Santo. Cierto, algunos rasgos de su personalidad son únicos, irrepetibles, no se pueden proponer a todos. Pero su testimonio es paradigmático para todo aquel que quiera buscar el sentido de su propia vida y encontrar la verdadera alegría. De manera especial, el Bautista es un modelo para cuantos están llamados en la Iglesia a anunciar a Cristo a los demás: pueden hacerlo solo despegándose de sí mismos y de la mundanidad, no atrayendo a las personas hacia sí sino orientándolas hacia Jesús.

La alegría es esto: orientar hacia Jesús. Y la alegría debe ser la característica de nuestra fe. También en los momentos oscuros, esa alegría interior de saber que el Señor está conmigo, que el Señor está con nosotros, que el Señor ha resucitado. ¡El Señor! ¡El Señor! ¡El Señor! Este es el centro de nuestra vida, este es el centro de nuestra alegría. Pensad bien hoy: ¿Cómo me comporto yo? ¿Soy una persona alegre que sabe transmitir la alegría de ser cristiano, o soy siempre como esas personas tristes que, como he dicho antes, parece que están en un funeral? Si yo no tengo la alegría de mi fe, no podré dar testimonio y los demás dirán: “Si la fe es así de triste, mejor no tenerla”.

Rezando ahora el Angelus, vemos todo esto realizado plenamente en la Virgen María: ella esperó en el silencio la Palabra de salvación de Dios; la escuchó, la acogió, la concibió. En ella, Dios se hizo cercano. Por eso la Iglesia llama a María “Causa de nuestra alegría”.

 Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Os saludo a todos vosotros, romanos y peregrinos. De manera especial, saludo al grupo que ha venido en representación de las familias y de los niños de Roma con ocasión de la bendición de las figuras del Niño Jesús, evento organizado por el Centro Oratorios Romanos. Este año, a causa de la pandemia, sois pocos los que estáis aquí; pero sé que muchos niños y muchachos están reunidos en los oratorios y en sus casas y nos siguen a través de los medios de comunicación. Saludo a todos y cada uno, y bendigo  las figuritas de Jesús que se colocarán en el belén, signo de esperanza y alegría.

En silencio, hacemos la bendición de las figuras del Niño Jesús: En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Cuando recéis en casa delante del belén con vuestros familiares, dejad que os atraiga la ternura del Niño Jesús, nacido pobre y frágil en medio de nosotros para darnos su amor.

¡Os deseo a todos un feliz domingo! No os olvidéis de la alegría. El cristiano es alegre en el corazón, incluso en las pruebas; es alegre porque está cerca de Jesús. Él es quien nos da la alegría. No os olvidéis, por favor, de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!