domingo, 29 de noviembre de 2020

ÁNGELUS DEL PAPA FRANCISCO

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy, primer domingo de Adviento, empieza un nuevo año litúrgico. En él la Iglesia marca el curso del tiempo con la celebración de los principales acontecimientos de la vida de Jesús y de la historia de la salvación. Al hacerlo, como Madre, ilumina el camino de nuestra existencia, nos sostiene en las ocupaciones cotidianas y nos orienta hacia el encuentro final con Cristo. La liturgia de hoy nos invita a vivir el primer “tiempo fuerte” que es este del Adviento, el primero del año litúrgico, el Adviento, que nos prepara a la Navidad, y para esta preparación es un tiempo de espera, es un tiempo de esperanza. Espera y esperanza.

San Pablo (cfr. 1 Cor 1,3-9) indica el objeto de la espera. ¿Cuál es?  La «Revelación de nuestro Señor» (v. 7). El Apóstol invita a los cristianos de Corinto, y también a nosotros, a concentrar la atención en el encuentro con la persona de Jesús. Para un cristiano lo más importante es el encuentro continuo con el Señor, estar con el Señor. Y así, acostumbrados a estar con el Señor de la vida, nos preparamos al encuentro, a estar con el Señor en la eternidad. Y este encuentro definitivo vendrá al final del mundo. Pero el Señor viene cada día, para que, con su gracia, podamos cumplir el bien en nuestra vida y en la de los otros. Nuestro Dios es un Dios-que-viene —no os olvidéis esto: Dios es un Dios que viene, viene continuamente— : ¡Él no decepciona nuestra espera! El Señor no decepciona nunca. Nos hará esperar quizá, nos hará esperar algún momento en la oscuridad para hacer madurar nuestra esperanza, pero nunca decepciona. El Señor siempre viene, siempre está junto a nosotros. A veces no se deja ver, pero siempre viene. Ha venido en un preciso momento histórico y se ha hecho hombre para tomar sobre sí nuestros pecados —la festividad de Navidad conmemora esta primera venida de Jesús en el momento histórico—; vendrá al final de los tiempos como juez universal; y viene también una tercera vez, en una tercera modalidad: viene cada día a visitar a su pueblo, a visitar a cada hombre y mujer que lo acoge en la Palabra, en los Sacramentos, en los hermanos y en las hermanas. Jesús, nos dice la Biblia, está a la puerta y llama. Cada día. Está a la puerta de nuestro corazón. Llama. ¿Tú sabes escuchar al Señor que llama, que ha venido hoy para visitarte, que llama a tu corazón con una inquietud, con una idea, con una inspiración? Vino a Belén, vendrá al final del mundo, pero cada día viene a nosotros. Estad atentos, mirad qué sentís en el corazón cuando el Señor llama.

Sabemos bien que la vida está hecha de altos y bajos, de luces y sombras. Cada uno de nosotros experimenta momentos de desilusión, de fracaso y de pérdida. Además, la situación que estamos viviendo, marcada por la pandemia, en muchos genera preocupaciones, miedo y malestar; se corre el riesgo de caer en el pesimismo, el riesgo de caer en ese cierre y en la apatía. ¿Cómo debemos reaccionar frente a todo esto? Nos lo sugiere el Salmo de hoy: «Nuestra alma en Yahveh espera, él es nuestro socorro y nuestro escudo; en él se alegra nuestro corazón, y en su santo nombre confiamos» (Sal 32, 20-21). Es decir el alma en espera, una espera confiada del Señor hace encontrar consuelo y valentía en los momentos oscuros de la existencia. ¿Y de qué nace esta valentía y esta apuesta confiada? ¿De dónde nace? Nace de la esperanza. Y la esperanza no decepciona, esa virtud que nos lleva adelante mirando al encuentro con el Señor.

El Adviento es una llamada incesante a la esperanza: nos recuerda que Dios está presente en la historia para conducirla a su fin último para conducirla a su plenitud, que es el Señor, el Señor Jesucristo. Dios está presente en la historia de la humanidad, es el «Dios con nosotros», Dios no está lejos, siempre está con nosotros, hasta el punto que muchas veces llama a las puertas de nuestro corazón. Dios camina a nuestro lado para sostenernos. El Señor no nos abandona; nos acompaña en nuestros eventos existenciales para ayudarnos a descubrir el sentido del camino, el significado del cotidiano, para infundirnos valentía en las pruebas y en el dolor. En medio de las tempestades de la vida, Dios siempre nos tiende la mano y nos libra de las amenazas. ¡Esto es bonito! En el libro del Deuteronomio hay un pasaje muy bonito, que el profeta dice al pueblo: “Pensad, ¿qué pueblo tiene a sus dioses cerca de sí como tú me tienes a mí cerca?”. Ninguno, solamente nosotros tenemos esta gracia de tener a Dios cerca de nosotros. Nosotros esperamos a Dios, esperamos que se manifieste, ¡pero también Él espera que nosotros nos manifestemos a Él!

María Santísima, mujer de la espera, acompañe nuestros pasos en este nuevo año litúrgico que empezamos, y nos ayude a realizar la tarea de los discípulos de Jesús, indicada por el apóstol Pedro. ¿Y cuál es esta tarea? Dar razones de la esperanza que hay en nosotros (cfr. 1 P  3,15).

Después del Ángelus

¡Queridos hermanos y hermanas!

Deseo expresar nuevamente mi cercanía a las poblaciones de América Central golpeadas por fuertes huracanes, en particular recuerdo a las Islas de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, como también la costa pacífica del norte de Colombia. Rezo por todos los países que sufren a causa de estas calamidades.

Dirijo mi cordial saludo a vosotros, fieles de Roma y peregrinos de diferentes países. Saludo en particular a los que  —lamentablemente en número muy limitado— han venido con ocasión de la creación de los nuevos cardenales, que tuvo lugar ayer por la tarde. Rezamos por los trece nuevos miembros del Colegio Cardenalicio.

Os deseo a todos vosotros un buen domingo y un buen camino de Adviento. Tratamos de sacar el bien también en la difícil situación que la pandemia nos impone: mayor sobriedad, atención discreta y respetuosa a quienes estén cerca que pueden tener necesidad, algún momento de oración hecho en familia con sencillez. Estas tres cosas nos ayudarán mucho: mayor sobriedad, atención discreta y respetuosa a quienes estén cerca que puedan tener necesidad y después, muy importante, algún momento de oración hecho en familia con sencillez. Por favor, no os olvidéis de rezar por mí. Buen almuerzo y hasta pronto.

sábado, 28 de noviembre de 2020

Domingo I (Ciclo B) de Adviento

Lectura del libro de Isaías (63,16b-17.19b;64,2b-7): Tú, Señor, eres nuestro padre, tu nombre de siempre es «Nuestro redentor». Señor, ¿por qué nos extravías de tus caminos y endureces nuestro corazón para que no te tema? Vuélvete, por amor a tus siervos y a las tribus de tu heredad. ¡Ojalá rasgases el cielo y bajases, derritiendo los montes con tu presencia! Bajaste y los montes se derritieron con tu presencia, jamás oído oyó ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por el que espera en él. Sales al encuentro del que practica la justicia y se acuerda de tus caminos. Estabas airado, y nosotros fracasamos; aparta nuestras culpas, y seremos salvos. Todos éramos impuros, nuestra justicia era un paño manchado; todos nos marchitábamos como follaje, nuestras culpas nos arrebataban como el viento. Nadie invocaba tu nombre ni se esforzaba por aferrarse a ti; pues nos ocultabas tu rostro y nos entregabas en poder de nuestra culpa. Y, sin embargo, Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano. Palabra de Dios

Salmo 79,"Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve"

Segunda Lectura: Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (1,3-9):

La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo sean con vosotros. En mi acción de gracias a Dios os tengo siempre presentes, por la gracia que Dios os ha dado en Cristo Jesús. Pues por él habéis sido enriquecidos en todo: en el hablar y en el saber; porque en vosotros se ha probado el testimonio de Cristo. De hecho, no carecéis de ningún don, vosotros que aguardáis la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. Él os mantendrá firmes hasta el final, para que no tengan de qué acusaros en el día de Jesucristo, Señor nuestro. Dios os llamó a participar en la vida de su Hijo, Jesucristo, Señor nuestro. ¡Y él es fiel!

 Santo evangelio según san Marcos (13,33-37):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento. Es igual que un hombre que se fue de viaje y dejó su casa, y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara. Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: ¡Velad!»

Palabra del Señor

Reflexión: PERO ES PRECISO VELAR

   Porque Dios es "Enmanuel" y está continuamente viniendo a nosotros. Vino ayer, VIENE HOY y vendrá mañana (este es el sentido del Adviento). No estamos abandonados en nuestro mundo gris. En cualquier momento, llama a nuestra puerta. Pero si estamos dormidos, no lo escucharemos; si salimos huyendo, si andamos en otras cosas (desquiciados, deshumanizados, ideologizados, descontrolados, polarizados...), no podrá encontrarnos. Sólo quien está en vela, puede descubrirle. 

    Pero ¿qué es estar en vela? Isaías nos lo ha aclarado: "Sales al encuentro de los que practican la justicia". Está en vela quien practica la justicia (Parábola del Juicio Final del pasado domingo). Y quien no lo hace, está dormido, no se encuentra con el Dios que salva. Dormido, soñará con otros «dioses», esos que consuelan aletargando, ayudándonos a huir de la realidad y de nuestras responsabilidades. Pero nos ha recordado San Pablo: «habéis sido enriquecidos en todo... de modo que no carecéis de ningún don gratuito...». (Parábola de los Talentos). Así que tenemos mucho que hacer con la ayuda de Dios. "Dios es nuestro Padre, tu nombre de siempre es Redentor", es decir, rescatador de esclavos y cautivos, de pozos, de prisiones, de laberintos.... El creyente es aquel que, apoyado en Dios, es capaz de vivir, resistir y salir de las mayores dificultades con esperanza.

viernes, 27 de noviembre de 2020

«Las apariciones aprobadas de Beauraing, Banneux y Pontmain son poco conocidas en España»José Manuel

Díez Quintanilla, presidente de Radio María desde 2013, ha publicado recientemente el libro Las apariciones de la Virgen María (LibrosLibres), que se centran en “las 9 más importantes”, a saber: el Pilar, Guadalupe, la Medalla Milagrosa, La Salette, Lourdes, Fátima, Pontmain, Beauraing y Banneux. Habla de las apariciones de la Virgen y el papel de los santuarios marianos entrevistado para el portal de noticias marianas CariFilii.es .

– ¿Por qué esas 9 apariciones, y no otras?

– Son las nueve que tienen mención litúrgica propia. Otras pueden tener distintos niveles de aprobación, pero no están incorporadas en la liturgia oficial de la Iglesia con mención propia.

– ¿Cuáles son los niveles de aprobación?

– Cuando se produce una aparición, la Iglesia espera a que finalicen las apariciones y después el obispo local analiza los hechos. El obispo puede declarar que “consta la sobrenaturalidad” de las apariciones, que han sucedido y son obra de Dios y la Virgen. Otras veces el obispo, después de comprobar la realidad de los hechos, da permiso para celebrar misa en el lugar, levantar una capilla o santuario, etc… Lo hace cuando ve que hay buenos frutos, devoción, conversiones, peregrinos, vidas transformadas y sanadas.

» Otra posibilidad es que el Papa, o Doctrina de la Fe, desde Roma, reconozcan la sobrenaturalidad de unas apariciones. Y el nivel más alto de aprobación es cuando la Iglesia incorpora mención litúrgica propia para un día sobre esa aparición, que es el caso de las nueve del libro.

– ¿Tienen un protocolo las autoridades eclesiásticas para examinar apariciones?

– En 1978 Doctrina de la Fe distribuyó un texto entre los obispos con instrucciones sobre cómo actuar en estos casos: examinar a los videntes, los frutos, etc… Luego Benedicto XVI hizo público ese texto, y en varios idiomas, para que no quedara sólo al alcance de los obispos. Las autoridades eclesiales tienen que examinar los hechos. El obispo Zumárraga hizo venir 3 veces a San Juan Diego antes de llegar a una conclusión. El sacerdote de Banneux pedía a la vidente que se convirtiera alguien del pueblo… y se convirtió el padre ateo de la niña. Los pastores de la Iglesia, en circunstancias complejas, también confían en la Virgen, y eso es hermoso.

-¿Qué tienen en común y en qué se diferencian las apariciones?

– Siempre se repite la llamada de la Virgen a la conversión y la oración. A veces habla también del sacrificio y la expiación. Hay diferencias en el aspecto con el que la Virgen se presenta, para adaptarse a cada caso y a los videntes. Era importante, por ejemplo, que en su aparición a San Juan Diego en el México del s.XVI tuviera aspecto indígena. También puede adaptar el mensaje a un momento concreto. En Lourdes buscaba reafirmar el dogma de la Inmaculada. Con la Medalla Milagrosa, buscaba reafirmar el llamado a la oración tras la Revolución Francesa. En Fátima el contexto era el crecimiento del comunismo.

– ¿Cuándo puede una aparición distraer de Dios y perjudicar a la persona?

– En mi opinión es sospechoso todo lo que quite paz interior y altere la vida de una forma antinatural. Los mensajes de la Virgen deben llevar a vivir con amor y confianza. Todos los católicos han de creer las doctrinas del Credo, la doctrina católica, pero las apariciones son revelaciones privadas y un católico no está obligado a creerlos, incluso si son aprobadas por la Iglesia. Uno puede salvarse y vivir bien sin creer que la Virgen se apareció en Lourdes, por ejemplo.

– ¿Qué piensa sobre esos amigos que nos insisten en que adoptemos su aparición preferida o que vayamos a su santuario preferido?

– Un cristiano ha de ser prudente y humilde. Si un santuario ha hecho bien a muchas personas durante mucho tiempo, es razonable y humilde pensar que vale la pena acudir, orar… La historia del Pilar, por ejemplo, puede parecer fantasiosa, pero hay milagros ligados al Pilar, como el del Cojo de Calanda, muy documentado. Vemos que la fe se acrecienta en estos santuarios. Como mínimo, la humildad debería llevarnos a una actitud prudente y respetuosa.

– Un periodista planteó una hipótesis: ¿las apariciones no aprobadas distraen de las sí aprobadas?

– Hay que confiar en la Iglesia y sus obispos. Hay lugares que no han sido oficialmente aprobados, pero vemos que allí cambian vidas. No tiene sentido ser demasiado beligerante contra la decisión de los pastores.

El santuario de Beauraing en Bélgica, con una aparición aprobada pero poco conocida

– ¿Han envejecido las apariciones del siglo XX? Fátima, Beauraing y Banneaux son de antes de la Segunda Guerra Mundial…

– Creo que no ha envejecido su mensaje, aunque sí puede haber menos peregrinos. Puede ser cultural. Nuestra cultura, por ejemplo, hoy esconde a los enfermos, y quizá por eso hay menos peregrinos en Lourdes. Beauraing y Banneaux están en Bélgica, que es una zona muy descristianizada. Y algunas apariciones aún son poco conocidas. Beauraing, Banneux y Pontmain son bastante conocidas en Francia y otros países europeos, pero muy poco en España.

– ¿Es importante el lugar? La directora de la película Las letras de Jordi, agnóstica, decía que la gruta de Lourdes le hacía pensar que algo sí había pasado…

– Es verdad que muchas veces parecen lugares especiales, apartados, que respiran paz, que invitan a la meditación… Es algo que decide la sabiduría divina. ¿Por qué tal o cual sitio? En Guadalupe, la colina de Tepeyac también tiene algo especial. El vidente, el mensaje y el lugar se interrelacionan.

– ¿Qué pasará con los santuarios marianos tras esta pandemia? ¿Cómo los verá la gente?

– Visitar esos lugares seguirá tocando a muchas personas, su mensaje de conversión seguirá calando, conectando con el sentido de trascendencia de los hombres. También las historias de los videntes seguirán ahí, impactándonos, aunque puedan cambiar las cifras de peregrinos.

jueves, 26 de noviembre de 2020

Porque necesitamos esperanza

¡GRACIAS, ADVIENTO, POR SER FUENTE DE ESPERANZA!

Cuando la perdemos, tú nos la devuelves redoblada

Cuando nos elevamos demasiado,

nos haces valorar la pequeñez de cada persona

Cuando se cierran los caminos,

tú nos abres otros tantos senderos


¡GRACIAS, ADVIENTO, POR SER OASIS DE ESPERANZA!

Porque, cuando alzamos cumbres entre las personas,

tú nos invitas a la fraternidad

Porque, cuando los corazones se endurecen,

oportunamente pones tú la mano de la dulzura

Porque, cuando surgen escollos y odios,

invitas a mirar lo que en Dios nos une


¡GRACIAS, ADVIENTO, POR SER RIO DE ESPERANZA!

Cuando corren vientos de enemistad,

la proximidad de Jesús siempre ofrece una mano

Cuando bajan aguas de tormenta,

la paz del cielo calma toda tempestad

Cuando se borra toda huella del infinito,

tu presencia nos hace buscar y mirar hacia la estrella


¡GRACIAS, ADVIENTO, POR SER SURTIDOR DE ESPERANZA!

Si andamos perdidos, el Señor sale a nuestro encuentro

Si nos sentimos solos, Dios reconocerá nuestros nombres

Si nos encontramos sin horizontes, el Señor nos empuja hacia el futuro

Si no encontramos sentido a las cosas, el Espíritu nos ilumina con sabiduría


¡GRACIAS, ADVIENTO, POR SER LLAMADA A LA ESPERANZA!

Ya puede estar el mundo desorientado,

que tú le abrirás una ventana con respuestas

Ya puede estar el hombre errante,

tú le conducirás hacia la meta deseada


¡GRACIAS, ADVIENTO! ¡TE ESPERÁBAMOS!

Andamos escasos de esperanza y llenos de problemas

Ayúdanos a ser camino por el que venga Jesús

Ayúdanos a vigilar el gran castillo de nuestro corazón

Ayúdanos para allanar y acondicionar caminos torcidos

Ayúdanos para que, con María, recibamos al Grande que será pequeño


¡GRACIAS, ADVIENTO!

miércoles, 25 de noviembre de 2020

Audiencia General del Papa Francisco

Biblioteca del Palacio Apostólico

 Catequesis 16. La oración de la Iglesia naciente

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Los primeros pasos de la Iglesia en el mundo estuvieron marcados por la oración. Los escritos apostólicos y la gran narración de los Hechos de los Apóstoles nos devuelven la imagen de una Iglesia en camino, una Iglesia trabajadora, pero que encuentra en las reuniones de oración la base y el impulso para la acción misionera. La imagen de la comunidad primitiva de Jerusalén es punto de referencia para cualquier otra experiencia cristiana. Escribe Lucas en el Libro de los Hechos: «Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones» (2,42). La comunidad persevera en la oración.

Encontramos aquí cuatro características esenciales de la vida eclesial: la escucha de la enseñanza de los apóstoles, primero; segundo, la custodia de la comunión recíproca; tercero, la fracción del pan y, cuarto, la oración. Estas nos recuerdan que la existencia de la Iglesia tiene sentido si permanece firmemente unida a Cristo, es decir en la comunidad, en su Palabra, en la Eucaristía y en la oración. Es el modo de unirnos, nosotros, a Cristo. La predicación y la catequesis testimonian las palabras y los gestos del Maestro; la búsqueda constante de la comunión fraterna preserva de egoísmos y particularismos; la fracción del pan realiza el sacramento de la presencia de Jesús en medio de nosotros: Él no estará nunca ausente, en la Eucaristía es Él. Él vive y camina con nosotros. Y finalmente la oración, que es el espacio del diálogo con el Padre, mediante Cristo en el Espíritu Santo.

Todo lo que en la Iglesia crece fuera de estas “coordenadas”, no tiene fundamento. Para discernir una situación tenemos que preguntarnos cómo, en esta situación, están estas cuatro coordenadas: la predicación, la búsqueda constante de la comunión fraterna —la caridad—, la fracción del pan —es decir la vida eucarística— y la oración. Cualquier situación debe ser valorada a la luz de estas cuatro coordenadas. Lo que no entra en estas coordenadas está privado de eclesialidad, no es eclesial. Es Dios quien hace la Iglesia, no el clamor de las obras. La Iglesia no es un mercado, la Iglesia no es un grupo de empresarios que van adelante con esta nueva empresa. La Iglesia es obra del Espíritu Santo, que Jesús nos ha enviado para reunirnos. La Iglesia es precisamente el trabajo del Espíritu en la comunidad cristiana, en la vida comunitaria, en la Eucaristía, en la oración, siempre. Y todo lo que crece fuera de estas coordenadas no tiene fundamento, es como una casa construida sobre arena (cfr. Mt 7, 24-27).  Es Dios quien hace la Iglesia, no el clamor de las obras. Es la palabra de Jesús la que llena de sentido nuestros esfuerzos. Es en la humildad que se construye el futuro del mundo.

A veces, siento una gran tristeza cuando veo alguna comunidad que, con buena voluntad, se equivoca de camino porque piensa que hace Iglesia en mítines, como si fuera un partido político: la mayoría, la minoría, qué piensa este, ese, el otro… “Esto es como un Sínodo, un camino sinodal que nosotros debemos hacer”. Yo me pregunto: ¿dónde está el Espíritu Santo, ahí? ¿Dónde está la oración? ¿Dónde el amor comunitario? ¿Dónde la Eucaristía? Sin estas cuatro coordenadas, la Iglesia se convierte en una sociedad humana, un partido político —mayoría, minoría—, los cambios se hacen como si fuera una empresa, por mayoría o minoría… Pero no está el Espíritu Santo. Y la presencia del Espíritu Santo está precisamente garantizada por estas cuatro coordenadas. Para valorar una situación, si es eclesial o no es eclesial, preguntémonos si están estas cuatro coordenadas: la vida comunitaria, la oración, la Eucaristía… [la predicación], cómo se desarrolla la vida en estas cuatro coordenadas. Si falta esto, falta el Espíritu, y si falta el Espíritu nosotros seremos una bonita asociación humanitaria, de beneficencia, bien, bien, también un partido, digamos así, eclesial, pero no está la Iglesia. Y por esto la Iglesia no puede crecer por estas cosas: crece no por proselitismo, como cualquier empresa, crece por atracción. ¿Y quién mueve la atracción? El Espíritu Santo. No olvidemos nunca esta palabra de Benedicto XVI. “La Iglesia no crece por proselitismo, crece por atracción”. Si falta el Espíritu Santo, que es lo que atrae a Jesús, ahí no está la Iglesia. Hay un bonito club de amigos, bien, con buenas intenciones, pero no está la Iglesia, no hay sinodalidad.

Leyendo los Hechos de los Apóstoles descubrimos entonces cómo el poderoso motor de la evangelización son las reuniones de oración, donde quien participa experimenta en vivo la presencia de Jesús y es tocado por el Espíritu. Los miembros de la primera comunidad —pero esto vale siempre, también para nosotros hoy— perciben que la historia del encuentro con Jesús no se detuvo en el momento de la Ascensión, sino que continúa en su vida. Contando lo que ha dicho y hecho el Señor —la escucha de la Palabra—, rezando para entrar en comunión con Él, todo se vuelve vivo. La oración infunde luz y calor: el don del Espíritu hace nacer en ellos el fervor.

Al respecto, el Catecismo tiene una expresión muy profunda. Dice así: «El Espíritu Santo, que recuerda así a Cristo ante su Iglesia orante, conduce a ésta también hacia la Verdad plena, y suscita nuevas formulaciones que expresarán el insondable Misterio de Cristo que actúa en la vida, los sacramentos y la misión de su Iglesia» (n. 2625). Esta es la obra del Espíritu en la Iglesia: recordar a Jesús. Jesús mismo lo ha dicho: Él os enseñará y os recordará. La misión es recordar a Jesús, pero no como un ejercicio mnemónico. Los cristianos, caminando por los senderos de la misión, recuerdan a Jesús haciéndolo presente nuevamente; y de Él, de su Espíritu, reciben el “impulso” para ir, para anunciar, para servir. En la oración, el cristiano se sumerge en el misterio de Dios que ama a cada hombre, ese Dios que desea que el Evangelio sea predicado a todos. Dios es Dios para todos, y en Jesús todo muro de separación es definitivamente derrumbado: como dice San Pablo, Él es nuestra paz, es decir «el que de los dos pueblos hizo uno» (Ef 2,14). Jesús ha  hecho la unidad.

Así la vida de la Iglesia primitiva está marcada por una sucesión continua de celebraciones, convocatorias, tiempos de oración tanto comunitaria como personal. Y es el Espíritu que concede fuerza a los predicadores que se ponen en viaje, y que por amor de Jesús surcan los mares, enfrentan peligros, se someten a humillaciones.

Dios dona amor, Dios pide amor. Esta es la raíz mística de toda la vida creyente. Los primeros cristianos en oración, pero también nosotros que venimos varios siglos después, vivimos todos la misma experiencia. El Espíritu anima todo. Y todo cristiano que no tiene miedo de dedicar tiempo a la oración puede hacer propias las palabras del apóstol Pablo: «La vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gal 2, 20). La oración te hace consciente de esto. Solo en el silencio de la adoración se experimenta toda la verdad de estas palabras. Tenemos que retomar el sentido de la adoración. Adorar, adorar a Dios, adorar a Jesús, adorar al Espíritu. El Padre, el Hijo y el Espíritu: adorar. En silencio. La oración de la adoración es la oración que nos hace reconocer a Dios como principio y fin de toda la historia. Y esta oración es el fuego vivo del Espíritu que da fuerza al testimonio y a la misión. Gracias.

Saludos:

Saludo cordialmente a los fieles de lengua española. El próximo domingo iniciará el Adviento, tiempo litúrgico que nos ayuda a prepararnos para la Navidad. Los animo, por lo tanto, a dedicar momentos a la oración, meditando a la luz de la Palabra de Dios, para que el Espíritu Santo que la habita vaya iluminando el camino a seguir y transformando el corazón, en la espera del Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo. Que Dios los bendiga.

Resumen leído por el Santo Padre en español

Queridos hermanos y hermanas:

En esta catequesis reflexionamos sobre la oración en las primeras comunidades cristianas. Encontramos en el libro de los Hechos de los Apóstoles y en otros escritos apostólicos cuatro características esenciales de la vida de la Iglesia: la escucha de la predicación de los apóstoles, la comunión recíproca, la fracción del pan y la oración.

Estas cuatro “coordenadas” nos recuerdan que la existencia de la Iglesia tiene sentido si permanece unida a Cristo. Todo lo que crece fuera de esto carece de fundamento, es como una casa que se construye sobre arena. Los primeros cristianos experimentaron que la oración es el espacio del diálogo con el Padre, mediante Cristo en el Espíritu Santo y descubrieron que el encuentro con Jesús no era algo histórico, sino que continúa en la propia vida, infunde paz, luz y calor a la existencia y es el motor de la evangelización.

La vida de la Iglesia, desde los comienzos, está marcada por celebraciones, reuniones y momentos de oración personal y comunitaria. En los encuentros de oración, los cristianos se sumergen en el misterio de Dios —que da amor y pide amor—, y hallan en Él el fundamento y el impulso para la acción misionera. Esta es la raíz mística de toda la vida del creyente.

martes, 24 de noviembre de 2020

El norte de Burkina se vacía de cristianos

Los grupos islamistas que controlan el norte de Burkina Faso asesinaron en 2019 a 40 cristianos, y se cebaron en amenazas contra las poblaciones del norte. En el país ya hay 700.000 desplazados internos.

Hace poco más de un año, el salesiano español Antonio César Fernández era asesinado por islamistas al sur de Burkina Faso. Fue «una gravísima pérdida», asegura Joseph Basson, que lo sustituyó como director de la comunidad de Uagadugú, la capital. Tanto él como Fernando Hernández, acuchillado en mayo por un exempleado en Bobo-Dioulasso, «eran nuestros hermanos, llenos de valores y, sobre todo, con un amor infinito a nuestro pueblo».

Su muerte fue uno de los primeros toques de atención sobre la expansión del yihadismo en este país de África occidental, al inicio de un año que batió récords: un atentado contra una iglesia católica en Viernes Santo; el asesinato de cuatro cristianos en junio; el de un padre y cuatro de sus hijos en septiembre, y 14 muertos en una iglesia y la suspensión de las fiestas de Navidad en diciembre. Así hasta 40 cristianos asesinados el año pasado, y otros doce hace unos días.

Además, se suceden los ataques contra funcionarios, Fuerzas de Seguridad, edificios de la Administración… Entre este país, Níger y Mali, en 2019 los terroristas asesinaron a 4.000 personas, cinco veces más que las 770 de 2016. Todo el sur del Sáhara y el Sahel, «desde Mauritania, pasando por esta zona, Chad… hasta Somalia en el este, está dominado por terroristas. Cientos de grupos con sus líderes controlan el desierto», explica Manuel Gallego, padre blanco en Bobo-Dioulasso. En Burkina hay seis grandes ramas islamistas, locales y regionales, vinculadas sobre todo a Al Qaeda pero también al ISIS. «Y no olvidemos a Boko Haram, que aunque no actúa aquí se está extendiendo y formando células».

Los radicales comenzaron a llegar en 2011 a Mali, el vecino del norte. Atacaban allí y se refugiaban en Burkina Faso con impunidad cuando era presidente Blaise Campaoré. La situación se toleraba porque este, en el poder desde 1987, «actuaba como interlocutor en todas las crisis de la región», explica el misionero. Pero en 2014 perdió el poder tras un levantamiento popular. Su sucesor, Roch Marc Christian Kaboré, «empezó a perseguir a los grupos islamistas en el desierto». Entonces comenzaron los ataques.

Misiones cerradas

Los islamistas pretenden eliminar el cristianismo (que profesa el 23 % de la población) del norte del país, la zona que más controlan. «Amenazan en las iglesias para que no vayan a rezar más, y en las escuelas para que se enseñe en árabe», narra Gallego. Hay zonas enteras que se han vaciado de cristianos, con más de 700.000 desplazados internos. Muchos han llegado a Uagadugú, donde «viven en la calle pidiendo limosna», narra el salesiano Basson. Otros están en Kaya y Ougahigouya, donde «Cáritas les ayuda con alimentos, vestidos» y a poner en marcha pequeños negocios.

Incluso la Iglesia está desapareciendo del norte. Los padres blancos de origen occidental se han trasladado a las ciudades grandes, donde su presencia no pone en peligro al resto de la comunidad. «Por ser occidental ya puedes sufrir un secuestro para pedir rescate, que es de lo que se alimentan estos grupos. En los puestos rurales están los compañeros africanos. Otras misiones, en los sitios más difíciles, las hemos cerrado, y solo hacemos alguna visita a la zona». En Arbinda, donde en diciembre fueron asesinadas 35 personas, «hasta los sacerdotes diocesanos se han ido», enumera Gallego.

domingo, 22 de noviembre de 2020

ÁNGELUS DEL PAPA FRANCISCO

Plaza de San Pedro

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy celebramos la Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del universo, que cierra el año litúrgico, la gran parábola en la que se despliega el misterio de Cristo: todo el año litúrgico. Él es el Alfa y el Omega, el comienzo y el cumplimiento de la historia; y la liturgia de hoy se centra en el “omega”, es decir, en el destino final. El sentido de la historia se comprende teniendo ante nuestros ojos su culminación: el final es también el fin. Y esto es precisamente lo que hace Mateo, en el Evangelio de este domingo (25, 31-46), colocando el discurso de Jesús sobre el juicio universal en el epílogo de su vida terrenal: Él, a quien los hombres están a punto de condenar, es en realidad el juez supremo. En su muerte y resurrección, Jesús se mostrará como el Señor de la historia, el Rey del universo, el Juez de todo. Pero la paradoja cristiana es que el Juez no reviste una realeza temible, sino que es un pastor lleno de mansedumbre y misericordia.

En efecto, Jesús, en esta parábola del juicio final, utiliza la imagen del pastor. Toma las imágenes del profeta Ezequiel, que hablaba de la intervención de Dios en favor del pueblo, contra los malos pastores de Israel (cf. 34, 1-10). Aquellos habían sido crueles, explotadores, prefiriendo alimentarse ellos mismos en lugar del rebaño; por lo tanto, Dios mismo promete cuidar personalmente de su rebaño, defendiéndolo de las injusticias y los abusos. Esta promesa de Dios para su pueblo se cumplió plenamente en Jesucristo, el Pastor, precisamente Él es el Buen Pastor. También Él mismo dice de sí: «Yo soy el buen pastor» (Jn 10, 11.14).

En la página evangélica de hoy, Jesús se identifica no sólo con el rey pastor, sino también con las ovejas perdidas. Podríamos hablar de una “doble identidad”: el rey-pastor, Jesús, se identifica también con las ovejas, es decir, con los hermanos más pequeños y necesitados. Y así indica el criterio del juicio: se efectuará sobre la base del amor concreto dado o negado a estas personas, porque él mismo, el juez, está presente en cada una de ellas. Él es juez, Él es Dios-hombre, pero Él es también el pobre, Él está escondido, está presente en la persona de los pobres que Él menciona precisamente allí. Jesús dice: «En verdad os digo que cuanto hicisteis (o no hicisteis) a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí lo hicisteis (o no lo hicisteis)» (vv. 40.45). Seremos juzgados por el amor. El juicio será por el amor. No por el sentimiento, no: por las obras, por la compasión que se hace cercanía y ayuda solícita.

¿Yo me acerco a Jesús presente en la persona de los enfermos, de los pobres, de los que sufren, de los presos, de los que tienen hambre y sed de justicia? ¿Me acerco a Jesús presente allí? Esta es la pregunta de hoy.

El Señor, pues, en el fin del mundo, pasará revista a su rebaño, y lo hará no sólo del lado del pastor, sino también del lado de las ovejas, con las que se ha identificado. Y nos preguntará: “¿Has sido un poco pastor, como yo?”. “¿Has sido pastor mío, de mí, que estaba presente en esa gente necesitada, o has sido indiferente?”. Hermanos y hermanas, guardémonos de la lógica de la indiferencia, de lo que viene inmediatamente a la mente: mirar a otra parte cuando vemos un problema. Recordemos la parábola del Buen Samaritano. Aquel pobre hombre, herido por los bandidos, tirado en el suelo, entre la vida y la muerte, estaba allí solo. Pasó un sacerdote, lo vio, y se fue, miró hacia otro lado. Pasó un levita, lo vio y miró hacia otro lado. ¿Soy yo, ante mis hermanos y hermanas necesitados, tan indiferente como este sacerdote, como este levita, y miro a otra parte? Seré juzgado por esto: por cómo me acerqué, por cómo miré a Jesús presente en la necesidad. Esta es la lógica, y no lo digo yo, lo dice Jesús: “Lo que hicisteis a éste, a éste, a éste, me lo habéis hecho a mí. Y lo que no hicisteis a éste, a éste, a éste, a éste, a mí no lo hicisteis, porque yo estaba allí”. Qué Jesús nos enseñe esta lógica, esta lógica de cercanía, de acercarnos a Él, con amor, en la persona de los que más sufren.

Pidamos a la Virgen María que nos enseñe a reinar en el servir. Nuestra Señora, asunta al Cielo, recibió la corona real de su Hijo, porque lo siguió fielmente —es la primera discípula— en el camino del Amor. Aprendamos de ella a entrar desde ahora en el Reino de Dios, por la puerta del servicio humilde y generoso. Y volvamos a casa solamente con esta frase: “Yo estaba presente allí. ¡Gracias!” o si no “Te has olvidado de mí”.

Después del Ángelus

¡Queridos hermanos y hermanas!

Deseo enviar un pensamiento especial a la población de Campania y de Basilicata, cuarenta años después del desastroso terremoto, que tuvo su epicentro en Irpinia y sembró muerte y destrucción. ¡Hace ya cuarenta años! Ese dramático acontecimiento, cuyas heridas, incluso las materiales, aún no han cicatrizado del todo, puso de relieve la generosidad y la solidaridad de los italianos. Lo atestiguan tantos hermanamientos entre los países afectados por el terremoto y los del norte y el centro, cuyos vínculos todavía existen. Estas iniciativas han favorecido el laborioso camino de la reconstrucción y, sobre todo, la fraternidad entre las diferentes comunidades de la Península.

Saludo a todos vosotros, romanos y peregrinos, que a pesar de las dificultades actuales, y siempre respetando las reglas, habéis venido a la Plaza de San Pedro. Un saludo especial a las familias, que en este momento lo pasan peor. Pensad en esto, en tantas familias que pasan dificultades en este momento, porque no tienen trabajo, han perdido el empleo, tienen uno o dos hijos; y a veces, algo avergonzadas, no dejan que se sepa. Pero sed vosotros los que vayan a mirar donde hay necesidad. Donde está Jesús, donde Jesús está necesitado. ¡Hacedlo!

Os deseo a todos un buen domingo —también a los de la Inmaculada, que se hacen escuchar —. Y por favor no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!