domingo, 11 de octubre de 2020

ÁNGELUS DEL PAPA FRANCISCO


Plaza de San Pedro

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Con el relato de la parábola del banquete nupcial, del pasaje evangélico de hoy (cf. Mt 22, 1-14), Jesús perfila el proyecto que Dios ha pensado para la humanidad. El rey que «celebró el banquete de bodas de su hijo» (v.2) es la imagen del Padre que ha preparado para toda la familia humana una maravillosa fiesta de amor y comunión en torno a su Hijo unigénito. Hasta dos veces el rey envía a sus siervos a llamar a los invitados, pero estos rechazan la invitación, no quieren ir a la fiesta porque tienen otras cosas que hacer: el campo, los negocios. Muchas veces también nosotros anteponemos nuestros intereses y las cosas materiales al Señor que nos llama —y nos llama para una fiesta. Pero el rey de la parábola no quiere que la sala esté vacía, porque desea regalar los tesoros de su reino. Dice, pues, a los siervos: «Id a los cruces de los caminos y, a cuantos encontréis, invitadlos a la boda» (v.9). Así se comporta Dios: cuando es rechazado, en lugar de rendirse, relanza y manda llamar a todos los que están en los cruces de los caminos, sin excluir a nadie. Nadie está excluido de la casa de Dios.

El término original que utiliza el evangelista Mateo se refiere a los límites de los caminos, es decir, esos puntos donde terminan las calles de la ciudad y comienzan los senderos que conducen al campo, lejos de las zonas habitadas, donde la vida es precaria. A esta humanidad de las encrucijadas es a la que el rey de la parábola envía a sus siervos, con la certeza de encontrar personas dispuestas a sentarse a la mesa. Así, la sala del banquete se llena de “excluidos”, los que están “fuera”, de aquellos que nunca habían parecido dignos de asistir a una fiesta, a un banquete de bodas. Al contrario: el amo, el rey, dice a los mensajeros: “Llamad a todos, buenos y malos. ¡A Todos!”. Dios también llama a los malos. “No, soy malo, he hecho tantas...”.Te llama: “¡Ven, ven, ven!”. Y Jesús iba a almorzar con los publicanos, que eran los pecadores públicos, eran los malos. Dios no tiene miedo de nuestra alma herida por tantas maldades, porque nos ama, nos invita. Y la Iglesia está llamada a ir a las encrucijadas de hoy, es decir, a las periferias geográficas y existenciales de la humanidad, esos lugares marginales, esas situaciones en las que se encuentran acampados y viven fragmentos de humanidad sin esperanza. Se trata de no apoltronarse en las formas cómodas y habituales de evangelización y testimonio de la caridad, y de abrir las puertas de nuestro corazón y de nuestras comunidades a todos, porque el Evangelio no está reservado a unos pocos elegidos. También los que viven al margen, incluso los rechazados y despreciados por la sociedad, son considerados por Dios dignos de su amor. Él prepara su banquete para todos: justos y pecadores, buenos y malos, inteligentes e incultos. Ayer por la tarde logré llamar por teléfono a un anciano sacerdote italiano, misionero de la juventud en Brasil, pero siempre trabajando con los excluidos, con los pobres. Y vive su vejez en paz: quemó su vida con los pobres. Esta es nuestra Madre Iglesia, este es el mensajero de Dios que va a las encrucijadas.

Sin embargo, el Señor pone una condición: llevar el traje de boda. Y volvemos a la parábola. Cuando la sala está llena, llega el rey y saluda a los invitados de última hora, pero ve a uno de ellos sin el traje de boda, esa especie de chal que cada comensal recibía como regalo en la entrada. La gente iba como estaba vestida, como podía estar vestida, no iba con vestidos de gala. Pero a la entrada recibían  una especie de chal, un regalo. Ese hombre, al rechazar el regalo, se ha excluido a sí mismo: por lo que el rey no tiene otra opción que echarlo. Este hombre había aceptado la invitación, pero luego decidió que no significaba nada para él: era una persona autosuficiente, no tenía deseos de cambiar o de dejar que el Señor lo cambiase. El traje de boda —ese chal— simboliza la misericordia que Dios nos da gratuitamente, es decir, la gracia. Sin la gracia no se puede dar un paso adelante en la vida cristiana. Todo es gracia. No basta con aceptar la invitación a seguir al Señor, hay que estar dispuestos a un camino de conversión que cambia el corazón. El hábito de la misericordia, que Dios nos ofrece sin cesar, es un don gratuito de su amor, es precisamente la gracia. Y requiere ser acogido con asombro y alegría: “Gracias, Señor, por haberme dado este don”.

Que María Santísima nos ayude a imitar a los siervos de la parábola evangélica y salir de nuestros esquemas y estrechez de miras, anunciando a todos que el Señor nos invita a su banquete, para ofrecernos la gracia que salva, para darnos su don.

Después del Ángelus

¡Queridos hermanos y hermanas!

Deseo expresar mi cercanía a las poblaciones afectadas por los incendios que asolan tantas regiones del planeta, así como a los voluntarios y bomberos que arriesgan sus vidas para extinguir los incendios. Pienso en la costa oeste de Estados Unidos, particularmente en California, y también pienso en las regiones centrales de Sudamérica, la zona del Pantanal, Paraguay, las riberas del río Paraná, Argentina. Muchos incendios son provocados por sequías persistentes, pero también existen los provocados por el hombre. Que el Señor sostenga a quienes están sufriendo las consecuencias de estas catástrofes y haga que pongamos atención en preservar la creación.

He apreciado que Armenia y Azerbaiyán acordaran un alto el fuego por razones humanitarias, con miras a alcanzar un acuerdo de paz sustancial. Aunque la tregua resulta demasiado frágil, animo a que se reanude y expreso mi participación en el dolor por la pérdida de vidas humanas, el sufrimiento sufrido, así como la destrucción de hogares y lugares de culto. Rezo e invito a rezar por las víctimas y por todos aquellos cuya vida está en peligro.

Ayer, en Asís, fue beatificado Carlo Acutis, un muchacho de quince años, enamorado de la Eucaristía. No se instaló en una cómoda inmovilidad, sino que comprendió las necesidades de su tiempo, porque en los más débiles veía el rostro de Cristo. Su testimonio indica a los jóvenes de hoy que la verdadera felicidad se encuentra poniendo a Dios primero y sirviéndole en los hermanos, especialmente en los últimos. ¡Un aplauso para el nuevo joven Beato!

Deseo recordar la intención de oración que propuse para este mes de octubre, que dice: “Recemos para que los fieles laicos, especialmente las mujeres, participen más en las instituciones de responsabilidad de la Iglesia”. Porque ninguno de nosotros ha sido bautizado sacerdote ni obispo: todos hemos sido bautizados como laicos y laicas. Los laicos son protagonistas de la Iglesia. Hoy es necesario ampliar los espacios de una presencia femenina más incisiva en la Iglesia, y de una presencia laical, por supuesto, pero enfatizando el aspecto femenino, porque en general las mujeres son apartadas. Debemos promover la integración de las mujeres en los lugares donde se toman las decisiones importantes. Recemos para que, en virtud del bautismo, los fieles laicos, especialmente las mujeres, participen más en las instituciones de responsabilidad en la Iglesia, sin caer en clericalismos que anulan el carisma laical y arruinan también el rostro de la Santa Madre Iglesia.

El próximo domingo 18 de octubre, la Fundación Ayuda a la Iglesia Necesitada promueve la iniciativa "Por la unidad y la paz, un millón de niños rezan el Rosario". Animo esta hermosa manifestación en la que participan niños de todo el mundo, que rezarán especialmente por las situaciones críticas provocadas por la pandemia.

Saludo a todos vosotros, romanos y peregrinos de varios países: familias, grupos parroquiales, asociaciones y fieles. Os deseo a todos un feliz domingo. Por favor, no olvides de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!

Sed maestros de humanidad

La virtud es un hábito que se constituye a través de la repetición de actos del mismo tipo: actos de ternura. La ternura es una respuesta adecuada al ser del otro, del tú. El  tú siempre pide se tratado como quien es y, por tanto, de manera única. Todo acto de ternura solo tiene puestos  lo ojos  sobre el tú, sobre quién es y sobre quién debe ser. La ternura de centra en la cura y el cuidado del otro. Es un acto de reconocimiento, de respeto. La ternura brota del ser conmovido por el otro, y la conmoción es resultado de la percepción del valor único del otro que acontece en mi vida y que la remueve de tal forma que la transforma en vocación a dar mi vida por él, a transformarme en don para el don recibido. Por eso los actos de ternura solo brotan del amor. Solo quien quiere, te puede tratar con ternura y solo quien hace del amor la disposición fundamental de su vida hace de la ternura virtud, apertura a la atención del otro.

Amor

Solo puede ser tierno, delicado quien ama. Quien ha hecho del amor la disposición fundamental de su vida encuentra a Dios. Tendemos a confundir el amor con un sentimiento. Y aunque no lo excluye, el amor es más, mucho más.

Donación sería la palabra que mejor podría ayudarnos a intentar entender qué sea el amor. El acto de donación amorosa lo es toda la persona y, por ello, implica a toda ella. La perla preciosa que es el tú que invoca el amor, en tiempo eterno. No hay lenguaje humano lo suficientemente rico como para poder expresar de infinitas formas el aprecio, la gratitud, la belleza que brota de un corazón que ama.

 MM. Dominicas de Torredonjimneno

viernes, 9 de octubre de 2020

DOMINGO XXVIII TIEMPO ORDINARIO- CICLO A

Lectura del santo evangelio según san Mateo 22,1-4

A todos los que encontréis, convidadlos a la boda.

En aquel tiempo, de nuevo tomó Jesús la palabra y habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados, encargándoles que les dijeran: "Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda." Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: "La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda." Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: "Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?" El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros: "Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes." Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos.»

PALABRA DE DIOS

COMPARTIMOS:

No se puede vivir sin traje de fiesta.Tenemos que estar vestido de la blancura,transparentes y limpios de la gracia de Dios.

En el capítulo anterior, Jesús realiza la purificación del gran Templo de Jerusalén, expulsando a los comerciantes. Los dirigentes judíos entonces le cuestionan: ¿Con qué autoridad haces esto?

Jesús se enfrenta a ellos con tres parábolas demoledoras que hemos estado viendo los últimos domingos y hoy terminamos: la de los dos hijos, la del dueño de la viña, y ésta de la boda del hijo del rey.

Ésta se parece mucho a la anterior, cambiando la imagen de la viña por la de un banquete de bodas. Excepto la parte final, en que Jesús deja de referirse a los dirigentes judíos y se dirige a sus discípulos: todos estamos invitados al Reino (el banquete de bodas del Hijo), pero eso tiene sus exigencias (el traje de fiesta). La fuerza de la advertencia de Jesús es mayor en cuanto dentro de la historia es imposible (como casi todos sus elementos): se le exige un traje de fiesta a un indigente a quien se ha encontrado e invitado cuando pedía en un cruce..

jueves, 8 de octubre de 2020

Escritos espirituales de niños

Desde el momento en que se aceptó en el seno de la Iglesia el hecho de que los niños podían ser beatificados y canonizados (pensemos en los pastorcitos de Fátima, pero en otros niños beatificados o canonizados anteriormente: como Domingo Savio o alguno de los mártires niños), surgió inmediatamente la cuestión de los escritos espirituales que pueden producir los niños y de su valor intrínseco para la vida espiritual, bien sea para otros niños, bien sea para el resto del pueblo de Dios (de otras edades o momentos de la vida: para jóvenes, para maduros, para ancianos):

¿puede un niño producir algún tipo de escrito espiritual? (cuestión primera: con- formidad del escrito  con  la doctrina  eclesial  -por  tanto, capacidad del niño de haber aprendido e interiorizado los rudimentos de la doctrina- y cariz espiritual del mismo escrito: haberlo sabido comunicar el niño, bien para sí mismo, como pensamiento espiritual que le ayude en el camino de santidad, bien en una carta o un billetito a sus padres, a sus hermanos o a sus amigos del colegio…) 22);

en caso afirmativo, ¿un escrito espiritual de un niño puede decir algo importante a otro niño para que este lo aprenda y lo aplique a su propia vida? (siguiente nivel de santidad: paso de la santidad personal e instransferible a una santidad de la persona que puede ayudar a otras personas y que, en consecuencia, puede ser ejemplo para ellas y, por esa misma razón, tiene sentido el proponerla como mo- delo, que es lo que está en el fondo de todo proceso canónico de canonización);

en caso afirmativo también, y dando un paso más allá (no solo el niño para los niños, sino el niño como modelo para todo el pueblo fiel, para toda la Iglesia), ¿un escrito de un niño puede decir algo (de la misma valía) a otro que no sea niño? ¿En los niños puede residir el núcleo de la virtud y el motor de la santidad?

 Parece que la respuesta a todas estas preguntas es afirmativa. Y desde ámbitos de la pedagogía religiosa y de la psicología evolutiva, entre otros, se podrá explicar mejor cómo suceden esos procesos en el interior del niño y cómo se van fraguando los deseos de eternidad, la captación de Dios, el diálogo con Él, con la Virgen, con los santos…, la práctica de las diversas virtudes en grado heroico, la ayuda a sus semejantes, la labor incluso educativa y ejemplarizante del niño ‘santo’ hacia sus compañeros, etc., etc.

Evidentemente, no todos los niños podrán emular a santa Teresita cuando era una niña, pero eso es la santidad desde el punto de vista de la causa canónica: todos estamos llamados a la santidad y todos podemos vivirla y experimentarla (normalmente de manera anónima o de pequeño influjo: familiar, grupal, local), pero sólo unos cuantos de entre todos son escogidos (tal vez por haber recibido una serie de dones que han puesto en funcionamiento: trabajo conjunto de la gracia y de la persona en su libertad) para servir de luminarias a sus hermanos dentro de la Iglesia y para todo el mundo que se acerque a ellos.

 Los niños tienen reservados sus propios ritos de iniciación a la vida cristiana, después del gran acontecimiento existencial que es venir a la vida (nacer), ritos que la liturgia ha llamado bautismo, comunión y confirmación, y que en no tan lejanas épocas preconciliares venían administrados juntamente a los niños, el bautismo a los recién nacidos y luego la comunión y la confirmación a edad muy temprana (siendo aún niños).

Ahora bien, también existe el bautismo de adultos y, en consecuencia, la comunión de los neófitos siendo estos ya adultos, como en los primeros tiempos del cristianismo, en que los nuevos adheridos a la fe cristiana, fueran judíos, griegos o paganos, eran básicamente todos adultos: aquí viene en nuestra ayuda la historia de los sacramentos, de gran interés para entender la evolución histórica de cada uno de ellos, desde cómo han sido entendidos en épocas patrística, medieval, moderna y contemporánea, hasta cómo se ha efectuado su práctica en cada una de las grandes etapas de la historia eclesiástica hasta el presente. Hay un debate actual de retornar el sacramento de la confirmación a la época de la niñez y no dejarla para la época de la juventud (con sus experiencias, propuestas y didácticas).

 De la vivencia de esos grandes momentos sacramentales y rituales, de las catequesis recibidas para la experiencia profunda de la comunión y de la confirmación (catequesis tanto de precomunión, de comunión como de postcomunión, catequesis de confirmación, de postconfirmación, etc.) pueden surgir diversos tipos de escritos de carácter espiritual.

También, los escritos de niños que pueden surgir durante o después de haber recibido alguna tanda de ejercicios espirituales para niños, recibidos con ocasión de alguno de los sacramentos de iniciación o bien por el hecho de realizar algún tipo de retiro grupal de niños (o junto a otros adultos, familiares o no) o un retiro personal recibido por alguna causa concreta relativa a la vida familiar, eclesial o médica del niño (p.e.: el niño está en proceso de enfermedad terminal y desea participar en un retiro, si puede ser, en su casa o en su cuarto del hospital o acudiendo al lugar donde se imparten esos retiros…) 23).

 O lo más sencillo: de las prédicas de cada domingo, el niño se queda con una palabra que luego la lleva a la práctica durante la semana siguiente y así va dando fruto enseguida su vida sacramental que se convierte, casi sin darse cuenta, en vida apostólica y en vida de santidad. Esa palabra que el niño se lleva a su casa (y a su interior) de la vivencia profunda del domingo, el día del Señor (vivencia profunda para las posibilidades de un niño, recordemos), momento cotidiano vivido, por ejemplo, en el seno de su familia, que tiene conciencia de iglesia doméstica 24), puede ser el germen de un pequeño escrito espiritual del propio niño, como un billete espiritual que le sirva como acicate en su vida a lo largo de la semana o bien como una pequeña o más grande reflexión (con las categorías del niño) a partir de la Palabra de Dios escuchada (y tal vez trabajada en grupo en una pequeña catequesis antes o después de la eucaristía) o de un ejemplo que el celebrante iluminó en su homilía o que luego comentaron en familia a la hora de los momentos compartidos…

 Son múltiples las ocasiones en la vida de un niño que pueden dar a luz pequeños o grandes escritos espirituales que sirvan de orientación en la vida espiritual primero para sí y luego para los demás. Esos escritos tendrán que ser tratados, por una parte, como el resto de escritos espirituales y, por otra, con una sensibilidad especial, ya que se trata de escritos producidos en la niñez, con todo lo que eso conlleva y significa.

 Un caso que ha dado de sí bastante, bibliográficamente hablando, es el de la niña italiana Antonietta Meo, llamada cariñosa y familiarmente «Nennolina». El caso lo estudiaron varios especialistas, como R. Garrigou-Lagrange o A. Gemelli, y fue presentado recientemente en Revista de Espiritualidad 25). Desde el principio, al estudiar el caso de esa niña de seis años y medio fueron tenidas en cuenta las preguntas que nos hacíamos al inicio respecto de la posibilidad de la santidad de los niños y de su capacidad para crear escritos espirituales. En la autoridad de los diversos estudiosos de la santidad de niños y niñas y en la necesidad que tiene la Iglesia del testimonio de niños santos me apoyo para dejar al menos planteada favorablemente la cuestión.

¿Eutanasia? ¡La vida vale por sí misma!

En estos tiempos de pandemia, en donde lo que se impone es la defensa de la vida; en estos tiempos en donde todos los gobiernos toman medidas, más o menos incómodas, con el objetivo de defender la vida humana; parece contradictorio que las leyes que favorecen la eutanasia y el suicidio asistido se hayan convertido en una prioridad del parlamento y del gobierno español. No sé si esos son los mejores tiempos para favorecer una cultura de la muerte. Más bien lo que habría que favorecer, y a eso debería tender la legislación, es una cultura de la vida, o sea, leyes que favorezcan los cuidados paliativos para ayudar a los enfermos que se encuentran en la última etapa de sus vidas.

La Iglesia siempre ha defendido que la vida es un don de Dios, un don que hay que valorar y cuidar. La vida humana tiene sus limitaciones, por eso la muerte es el “precio” de la vida y el sufrimiento condición inevitable de la vida humana. La inteligencia humana, capaz de encontrar remedios contra el sufrimiento, es un signo de la grandeza de Dios que siempre busca la felicidad del ser humano. Se comprende, pues, que la Iglesia levante su voz advirtiendo de la maldad de las leyes que favorecen el suicidio. En esta línea van dos documentos recientes, uno de la Conferencia Episcopal Española, titulado “sembradores de esperanza”, y otro de la Congregación para la doctrina de la fe, titulado “el buen samaritano”. Dos títulos significativos: la esperanza nos sostiene en medio del dolor; y el buen samaritano es imagen de Jesucristo que cuida las heridas del enfermo.

La vida siempre es un bien. Ella vale por sí misma y no en función de su utilidad. El cristiano sabe que toda vida humana es imagen de Dios y, por eso mismo es sagrada e inviolable. Cualquier atentado contra el ser humano es un atentado contra el mismo Dios. Cierto, la esperanza cristiana afirma que la vida está destinada al encuentro pleno con Dios. Pero eso no significa que uno pueda, por decirlo así, acelerar este encuentro. Dejando aparte que quien se suicida no piensa en eso, la vida terrena y la eterna llegan cuando Dios lo decide. Y aquí no vale apelar a ninguna eutanasia compasiva para ayudar al paciente a morir. Pues la compasión no consiste en provocar la muerte, sino en acoger al enfermo, sostenerlo en medio de las dificultades, ofrecerle afecto, atención y medios para aliviar el sufrimiento.

Una cosa más: dudo que haya una demanda social para una ley de eutanasia. Más que demanda social lo que hay son ideologías baratas que buscan votos a base de promulgar leyes inicuas que seguramente la mayoría de sus votantes no piensan aplicar.

miércoles, 7 de octubre de 2020

AUDIENCIA GENERAL DEL PAPA FRANCISCO

Catequesis - 9. La oración de Elías

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Retomamos hoy las catequesis sobre la oración, que interrumpimos para hacer las catequesis sobre el cuidado de la creación y ahora retomamos; y encontramos a uno de los personajes más interesantes de toda la Sagrada Escritura: el profeta Elías. Él va más allá de los confines de su época y podemos vislumbrar su presencia también en algunos episodios del Evangelio. Aparece junto a Jesús, junto a Moisés, en el momento de la Transfiguración (cfr. Mt 17, 3). Jesús mismo se refiere a su figura para acreditar el testimonio de Juan el Bautista (cfr. Mt 17, 10-13).

En la Biblia, Elías aparece de repente, de forma misteriosa, procedente de un pequeño pueblo completamente marginal (cfr. 1 Re 17, 1); y al final saldrá de escena, bajo los ojos del discípulo Eliseo, en un carro de fuego que lo sube al cielo (cfr. 2 Re 2, 11-12). Es por tanto un hombre sin un origen preciso, y sobre todo sin un final, secuestrado en el cielo: por esto su regreso era esperado antes del advenimiento del Mesías, como un precursor. Así se esperaba el regreso de Elías.

La Escritura nos presenta a Elías como un hombre de fe cristalina: en su mismo nombre, que podría significar “Yahveh es Dios”, está encerrado el secreto de su misión. Será así durante toda la vida: hombre recto, incapaz de acuerdos mezquinos. Su símbolo es el fuego, imagen del poder purificador de Dios. Él primero será sometido a dura prueba, y permanecerá fiel. Es el ejemplo de todas las personas de fe que conocen tentaciones y sufrimientos, pero no fallan al ideal por el que nacieron.

La oración es la savia que alimenta constantemente su existencia. Por esto es uno de los personajes más queridos por la tradición monástica, tanto que algunos lo han elegido como padre espiritual de la vida consagrada a Dios. Elías es el hombre de Dios, que se erige como defensor del primado del Altísimo. Sin embargo, él también se ve obligado a lidiar con sus propias fragilidades. Es difícil decir qué experiencias fueron más útiles: si la derrota de los falsos profetas en el monte Carmelo (cfr. 1 Re 18, 20-40), o el desconcierto en el que se da cuenta que “no soy mejor que mis padres” (cfr. 1 Re 19, 4). En el alma de quien reza, el sentido de la propia debilidad es más valioso que los momentos de exaltación, cuando parece que la vida es una cabalgata de victorias y éxitos. En la oración sucede siempre esto: momentos de oración que nosotros sentimos que nos levantan, también de entusiasmo, y momentos de oración de dolor, de aridez, de pruebas. La oración es así: dejarse llevar por Dios y dejarse también golpear por situaciones malas y tentaciones. Esta es una realidad que se encuentra en muchas otras vocaciones bíblicas, también en el Nuevo Testamento, pensemos por ejemplo en San Pedro y San Pablo. También su vida era así: momentos de júbilo y momentos de abatimiento, de sufrimiento.

Elías es el hombre de vida contemplativa y, al mismo tiempo, de vida activa, preocupado por los acontecimientos de su época, capaz de arremeter contra el rey y la reina, después de que habían hecho asesinar a Nabot para apoderarse de su viña (cfr. 1 Re 21, 1-24). Cuánta necesidad tenemos de creyentes, de cristianos celantes, que actúen delante de personas que tienen responsabilidad de dirección con la valentía de Elías, para decir: “¡Esto no se hace! ¡Esto es un asesinato!” Necesitamos el espíritu de Elías. Él nos muestra que no debe existir dicotomía en la vida de quien reza: se está delante del Señor y se va al encuentro de los hermanos a los que Él envía. La oración no es un encerrarse con el Señor para maquillarse el alma: no, esto no es oración, esto es oración fingida. La oración es un encuentro con Dios y un dejarse enviar para servir a los hermanos. La prueba de la oración es el amor concreto por el prójimo. Y viceversa: los creyentes actúan en el mundo después de estar primero en silencio y haber rezado; de lo contrario su acción es impulsiva, carece de discernimiento, es una carrera frenética sin meta. Los creyentes se comportan así, hacen muchas injusticias, porque no han ido antes donde el Señor a rezar, a discernir qué deben hacer.

Las páginas de la Biblia dejan suponer que también la fe de Elías ha conocido un progreso: también él ha crecido en la oración, la ha refinado poco a poco. El rostro de Dios se ha hecho para él más nítido durante el camino. Hasta alcanzar su culmen en esa experiencia extraordinaria, cuando Dios se manifiesta a Elías en el monte (cfr. 1 Re 19, 9-13). Se manifiesta no en la tormenta impetuosa, no en el terremoto o en el fuego devorador, sino en el «susurro de una brisa suave» (v. 12). O mejor, una traducción que refleja bien esa experiencia: en un hilo de silencio sonoro. Así se manifiesta Dios a Elías. Es con este signo humilde que Dios se comunica con Elías, que en ese momento es un profeta fugitivo que ha perdido la paz. Dios viene al encuentro de un hombre cansado, un hombre que pensaba haber fracasado en todos los frentes, y con esa brisa suave, con ese hilo de silencio sonoro hace volver a su corazón la calma y la paz.

Esta es la historia de Elías, pero parece escrita para todos nosotros. Algunas noches podremos sentirnos inútiles y solos. Es entonces cuando la oración vendrá y llamará a la puerta de nuestro corazón. Un borde de la capa de Elías podemos recogerlo todos nosotros, como ha recogido la mitad del manto su discípulo Eliseo. E incluso si nos hubiéramos equivocado en algo, o si nos sintiéramos amenazados o asustados, volviendo delante de Dios con la oración, volverán como por milagro también la serenidad y la paz. Esto es lo que nos enseña el ejemplo de Elías.

Saludos:

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Por intercesión de Nuestra Señora del Rosario, el Señor nos conceda crecer en nuestro camino de oración, para vivir en intimidad con Él, y haga que, en medio de este tiempo de pandemia, nuestra vida sea un servicio amoroso a todos nuestros hermanos y hermanas, en especial a quienes se sienten abandonados y desprotegidos. Que Dios los bendiga a todos.

Resumen leído por el Santo Padre en español

Reanudamos hoy las catequesis sobre el tema de la oración, reflexionando sobre la figura del profeta Elías. El Antiguo Testamento lo presenta como alguien sin un origen preciso y sin un final, pues su historia se cierra cuando es arrebatado, en un carro de fuego, al cielo. Pero a Elías lo encontramos también en el Evangelio, en el momento de la Transfiguración, hablando con Jesús, junto a Moisés. Además, Jesús mismo se refiere a Elías para confirmar la misión y el testimonio de Juan el Bautista.

La Sagrada Escritura nos dice que Elías era un hombre íntegro, de fe cristalina, incapaz de compromisos mezquinos. Y no obstante las pruebas difíciles que tuvo que afrontar, permaneció siempre fiel a Dios. La oración era su fuerza vital: ésta le permitió defender el primado de Dios ante los falsos profetas de Baal, en el Monte Carmelo; y lo hizo también consciente de sus propias fragilidades. Elías era un contemplativo, pero sin desentenderse de las situaciones concretas de su tiempo. Él nos enseña que en la vida de oración no puede existir separación: el fruto de la intimidad con el Señor en la oración, no puede ser otro que el amor concreto a los hermanos y hermanas, a los que Jesús nos envía. La oración y la caridad hacia el prójimo van de la mano.

La vivencia de Elías nos revela que la oración pasa por un camino de crecimiento, que a él lo condujo a la experiencia de un encuentro personal con Dios, que se le manifestó en el signo humilde del «murmullo de una brisa suave», y le devolvió la calma y la paz a su corazón cansado.

martes, 6 de octubre de 2020

DIA DE LA VIRGEN DEL ROSARIO


7 de octubre, en el aire
perfumes de primavera,
está vestido de gala
Rosario de la Frontera.
El sol decora con oro
los patios y las veredas.
Los árboles y los pájaros
danzan, cantan, juegan, vuelan.

7 de octubre, la gente
siente el alma pura y fresca,
una dulce mansedumbre
disuelve todas las penas.
Las calles lucen felices,
  todas vestidas de fiesta. 
       No hay nubarrones ni sombras
   en el cielo ni en la tierra.

7 de octubre, es el día
de la Virgen Madre Nuestra,
Virgen Santa del Rosario,
protectora, compañera.
Devoto fue de tu imagen
el gran Cervantes Saavedra
en cuya pluma tu luz
brilló divina y eterna. 

Tu nombre diste a este pueblo,
al río, a un barrio, a una escuela
y al templo lleno de historia
donde el pueblo canta y reza.  
Estás siempre con nosotros
brindándonos gracia plena,
permitiéndonos la vida
procurándonos la fuerza.

7 de octubre, qué lindo
izar como una bandera
este canto en tu homenaje,
estos versos, esta ofrenda.
Te canto con la alegría
de saberte siempre cerca,
me brindas tu Amor Profundo,
Hermana, Amiga sincera.

7 de octubre, gloriosa,
ansiada y célebre fecha.
Está vestido de gala
Rosario de la Frontera,
las calles lucen felices,
todas vestidas de fiesta. 
Es el día de la Virgen
del Rosario, Madre Nuestra.

Carlos Jesús Maita
(1985)