martes, 10 de septiembre de 2019

"Lo mejor es amar a todos sin diferencia de credos o ideologías"

Conversamos con Fr. Manuel Uña Fernández, en su convento de San Juan de Letrán situado en corazón del Vedado habanero y que podemos definir sin temor a equivocarnos como el “sitio en que tan bien se está”, por donde pasa la vida...

El recién elegido Maestro de la Orden, Fr. Gerard Timoner, subraya la importancia de la misión y de la comunión, ¿qué resonancias suscita esta elección y este “énfasis” de sus palabras en usted, fraile dominico de largos años de experiencia?
No es fácil poder decir más ni mejor en tan pocas palabras. Sabio es el consejo que le dio Fr. Bruno, Maestro saliente: Ser Maestro de la Orden es, para ti, permanecer siendo “hermano Gerardo”, aunque tu ministerio sea SER DOMINGO para la Orden, en los próximos nueve años y ayudar a construir la comunión de la Iglesia. Respuesta tan lúcida como precisa me hace pensar que la Orden está en buenas manos. No ha necesitado mucho tiempo ni una preparación extraordinaria para recordar e ir a lo esencial. Se ha dicho que la exigencia primera es ir a lo hondo, penetrar hasta el fin, no contentarse con medias verdades.

“Permanezca siendo hermano Gerardo”, sigue siendo quien eres. Como si le dijese, no consientas dejar de ser la persona que eres para vivir de la imagen, de la aureola, del reconocimiento por ser el Maestro de la Orden. Todo un reto: ser Domingo sin dejar de ser la persona que Dios Padre creó; sin dejar de ser uno y asumir vivir en armonía con su misión de servir a los hermanos.

En lo personal, me hace recordar la interpelación que me hizo uno de los hermanos al finalizar el Capítulo Provincial de 1985: Manuel, ¿qué nos prometes? Y mi respuesta fue: No puedo prometer otra cosa que ésta, que el cargo de provincial no me va a estropear, y que seguiré siendo Manuel. Esta promesa he procurado cumplirla en cada misión que se me ha confiado. 

“Misión no es lo que hacemos sino lo que somos.” ¿Qué significa en lo concreto la conciencia de “ser misión”?
El carisma fundacional de la predicación, sin ser una reliquia para guardar en un relicario, es algo sagrado, que necesitamos cuidar para que no se desale, al mismo tiempo que recrear y desarrollar en el hoy, en el ahora y aquí. Todo un reto apasionante. No nos podemos contentar con repetir hoy lo que se hizo ayer y hacerlo de la misma manera. Fuimos fundados para predicar y la predicación es el corazón y el centro de la legislación.

Me emociona recordar al obispo Fulco que clarividente afirmó: “Instituimos como hombres Predicadores en nuestra diócesis a Fr. Domingo y sus compañeros. Dado en Roma el año de la Encarnación de 1215”. El Papa Honorio III un 22 de diciembre de 1216 nos aprueba y confirma a nivel de Iglesia universal. Ser predicadores y ser predicación en acto.

Lo que somos precede a lo que hacemos. La vida del fraile quiere ser toda ella predicación y, por ello, uno mismo se convierte en voz… El predicador presta su voz a la Palabra y con su vida trata de ser la voz que testimonia la Palabra. Domingo, maestro de predicadores, tuvo un solo objetivo: la salvación de las almas; un solo ministerio: el ministerio de la predicación; un solo modelo de predicación: la predicación desde la comunidad de vida apostólica que vive en pobreza evangélica. Estos son los fundamentos de la Orden de Predicadores. 

“Servir a la Iglesia con aquello que somos, una comunión de hermanos”...
Nuestro carisma es la integración entre misión y comunión. La comunión marca la misión y la misión marca la comunión. “La originalidad de nuestra predicación proviene de la originalidad de nuestra comunión tan rica y compleja; del hecho de que lo que decimos, y lo que vivimos, es fruto de la experiencia de nuestros hermanos, de nuestro modo de comprender y vivir las bienaventuranzas y consejos evangélicos, de nuestra oración común y personal, de nuestro modo de reflexionar”. Debemos predicar “desde la abundancia de la comunión”.

La palabra de Dios que anunciamos, debe ser una palabra vivida, compartida y celebrada en comunidad. Estamos llamados a predicar desde la abundancia de la contemplación, pero convencidos de que la contemplación es fruto de la comunión que debe integrar toda nuestra experiencia personal de oración, de estudio, de vida evangélica, de relación con los hermanos. Es una fecundación recíproca. La Orden llegó a América como comunidad y en comunidad, trayendo consigo el gran tesoro de “los libros”. Los frailes dan testimonio de la predicación de la Orden, que es una predicación sostenida y alentada por la comunidad, testimoniada con una vida de fraternidad que es en sí misma, predicación.

¿Qué presupone construir comunión?
Creer en cada persona, respetarla. Sobre este asunto recuerdo que hace bastantes años leí un libro de Karl Rogers que me fue muy útil, titulado: “El proceso de convertirse en persona”. Hay que conocer el arte de crecer como persona, ya que sin ‘persona’ no hay comunidad. Somos seres en relación y en la medida en que nos comunicamos, nos escuchamos, nos vamos conociendo, comprendiendo y aceptando.

Hoy, ¿qué testimonio de comunión es creíble?
El de la sencillez, la autenticidad, el compromiso y la cercanía. Comunidades que tengan las puertas abiertas y sin temor, para que puedan invitar y pronunciar las palabras de Jesús: “Vengan y vean”… El testimonio de personas que, “además de creyentes sean creíbles”, convencidas de lo que son, comprometidas con el hacer y que no se desentienden de la realidad donde viven. Comunidades dispuestas a compartir lo que viven, tienen y hacen. Que sin la obsesión ejemplarista, sean, en palabras del educador cubano José de la Luz y Caballero, “un evangelio vivo”. 

Nos ha hablado de la misión, la comunión, ¿y la Verdad?
La verdad es nuestra pasión. La verdad que buscamos y que al mismo tiempo nos busca, remite también a un estilo de vida, el espíritu de la verdad (Jn. 4, 23). El espíritu de amor y servicio a la verdad es el camino espiritual dominicano para encontrar a Dios.

“El estilo de vida inspirado por el lema ‘Veritas’ es una curiosa y fecunda combinación de apertura y seguridad. Sin apertura no hay contacto ni verdadero encuentro y sin seguridad no puede haber orientación, dirección y sentido”. Se nos ha dicho que el primer objetivo frente a la verdad no es definirla teóricamente, es buscarla, descubrirla, contemplarla y transmitirla. La verdad no es patrimonio de nadie; quien la encuentra tiene el deber de comunicarla sin envidia. Es patrimonio de la humanidad. Hay cultura cristiana y cultura pagana, pero no hay una verdad cristiana y otra pagana.

En otros tiempos la identidad de la Vida Consagrada se entendía como “fuga mundi” sin embargo hoy somos conscientes de que la Vida Consagrada es una profesión permanente de Alianza, de amor en todas las direcciones, de “escucha de la realidad”... ¿Cómo viven este “relato” los dominicos en Cuba?
Los dominicos sentimos el compromiso de estar siempre atentos a los signos de los tiempos, como Santo Domingo, que supo distinguir lo que estaba naciendo de lo que estaba muriendo. En Cuba nuestra mirada se ha dirigido a lo que es germinal, a lo que está brotando. No una verdad idealista que permanece infecunda en el mundo de las ideas, sino una verdad histórica, la verdad de Dios, la verdad del hombre, la verdad del mundo.

Se ha dicho que: Abrir caminos de vida es más importante que condenar caminos de muerte y hemos apostado por la vida. “La Orden siempre ha cultivado y manifestado una profunda simpatía por todo lo divino que hay en lo humano, y ha permanecido abierta y proyectada hacia un diálogo sincero, profundo y comprometido para buscar la Verdad plena a través de la verdad que hay en cada cosa, en cada acontecimiento, en cada grupo, en cada persona, en cada tendencia o movimiento filosófico y científico”.

Así lo ha dejado escrito un fraile dominico de nuestros tiempos. Este saber mirar y ver lo que acontece en nuestro entorno fue lo que hizo que nuestro Padre santo Domingo y nuestros mayores experimentasen un golpe fuerte de Compasión por lo que sus ojos estaban viendo.

A propósito de mi actual cercanía antillana, deseo nombrar los tres verbos de la comunidad de La Española que bien nos recuerda Fr. Bartolomé de las Casas: “Viendo, mirando y considerando lo que veían sus ojos, se despierta y aflora en ellos una compasión reactiva”.  “La mística de la compasión es una mística de ojos abiertos, de visibilidad, porque nos abre los ojos para ver al otro, para descubrir, que está ahí caído y abandonado al lado del camino. Cerrar los ojos y no ser capaz de ver lo que tengo a mi lado es el comienzo de la deshumanización”.

Fray Manuel Uña imparte una conferencia
Letrán es el lugar donde “se ha dado paso a los que hacen los mundos y los sueños”, en palabras del que fuera Presidente de la Casa de las Américas, Roberto Fernández Retamar...En el centro Fr. Bartolomé de las Casas se “es” misión y se construye la comunión desde el respeto de las diferencias y el “gusto por el otro”. ¿Cómo nace este proyecto?
Se fue gestando en el silencio del no saber y la riqueza de la escucha de los hermanos de la comunidad de San Juan de Letrán. Nos sentíamos necesitados unos de otros y nuestra primera reunión la comenzamos preguntándonos qué necesitaba Cuba en nuestro hoy. Reflexionamos cómo podíamos servir a todos los cubanos, sin excluir a nadie. Fue este el primer paso y por este camino Letrán se ha convertido en una comunidad de frailes creíbles, en un lugar de encuentro y diálogo que los cubanos denominan “Casa Cuba”, en expresión feliz de Mons. Carlos Manuel de Céspedes.

Usted ha podido leer a la entrada del convento la frase: “Bienvenidos a la casa de la predicación”. Nuestro deseo, desde la primera hora, fue incluir y no excluir, Fue un sueño dominicano en Cuba y en cubano: sumar las diferencias. El Dr. Fernández Retamar, de feliz memoria, lo sabía muy bien, y él colaboró con nosotros dando una de las primeras conferencias en el Aula, era el curso 1996-97.

El año pasado le fue otorgada la Orden de Isabel la Católica en la categoría de Encomienda; esta distinción nos hace pensar en “lo mejor del alma castellana” que corre por sus venas y las semillas que como dominico ha lanzado en los surcos de Cuba. 
¿Qué siente ha sido lo mejor que ha dado y lo mejor que ha recibido?
Haber creído en las personas. Lo mejor es Amar a todos sin diferencia de credos o ideologías. Haber descubierto que a Cuba Dios me ha traído para dejarme enseñar. Siento que la escucha es el mejor regalo que puedo ofrecer. Le haría un monumento al estetoscopio… Haber podido decir y exponer mi pensamiento sin querer presionar ni querer convencer a nadie.

Luego de 20 años del Centro Fray Bartolomé de Las Casas siento que el pueblo cubano cree en la obra que los dominicos hemos hecho posible en Letrán. Soy consciente del acompañamiento de la Providencia en este largo y no fácil camino, en el que las autoridades han podido captar nuestra actitud de servicio hacia todos.

El centro “Fray Bartolomé de las Casas”, y también la Iglesia cubana, ha ganado espacios de formación por el respeto, la seriedad y la calidad de la enseñanza complementaria.  Si bien caminamos sobre el filo de la navaja -como alguien me ha dicho- también puedo afirmar que nuestros proyectos no han sido denegados.

Algunas personas en Cuba y en el extranjero preguntan si nos ha sido posible hacer cuanto deseamos. Nuestra respuesta siempre ha sido la misma: “Hemos podido hacer cuanto hemos intentado”, con prudencia, paciencia y responsabilidad. Es el momento de reconocer y agradecer a aquellos que, sin haber estado de acuerdo, nos han dejado hacer nuestra labor, así como a quienes fueron capaces de transformar las “barreras” en “puentes”, renovando nuestra certeza de que “Los sueños parecen al principio imposibles, luego improbables, y luego, cuando nos comprometemos, se vuelven inevitables” (Mahatma Gandhi).
Sor Indira

lunes, 9 de septiembre de 2019

SANTA MISA,HOMILÍA DEL SANTO PADRE


Monumento de María, Reina de la Paz, Port Louis

Aquí, ante este altar dedicado a María, Reina de la Paz; en este monte desde el que se ve la ciudad y más allá el mar, nos encontramos para participar de esa multitud de rostros que han venido de Mauricio y de las demás islas de esta región del Océano Índico para escuchar a Jesús que anuncia las bienaventuranzas. La misma Palabra de Vida que, como hace dos mil años, tiene la misma fuerza, el mismo fuego que enciende hasta los corazones más fríos. Juntos podemos decir al Señor: creemos en ti y, con la luz de la fe y el palpitar del corazón, sabemos que es verdad la profecía de Isaías: anuncias la paz y la salvación, traes buenas noticias, reina nuestro Dios.

Las bienaventuranzas «son el carnet de identidad del cristiano. Si alguno de nosotros se plantea la pregunta: “¿Cómo se hace para ser un buen cristiano?”, la respuesta es sencilla: es necesario hacer, cada uno a su modo, lo que pide Jesús en las bienaventuranzas. En ellas se dibuja el rostro del Maestro, que estamos llamados a transparentar en lo cotidiano de nuestras vidas» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 63), tal como hizo el llamado “apóstol de la unidad mauriciana”, el beato Jacques-Désiré Laval, tan venerado en estas tierras. El amor a Cristo y a los pobres marcó su vida de tal manera que lo protegió de la ilusión de realizar una evangelización “lejana y aséptica”. Sabía que evangelizar suponía hacerse todo para todos (cf. 1 Co 9, 19-22): aprendió el idioma de los esclavos recientemente liberados y les anunció de manera simple la Buena Nueva de la salvación. Supo convocar a los fieles y los formó para emprender la misión y crear pequeñas comunidades cristianas en barrios, ciudades y aldeas vecinas, muchas de estas pequeñas comunidades han sido el inicio de las actuales parroquias. Fue solícito en brindar confianza a los más pobres y descartados para que fuesen ellos los primeros en organizarse y encontrar respuestas a sus sufrimientos.

A través de su impulso misionero y su amor, el padre Laval dio a la Iglesia mauriciana una nueva juventud, un nuevo aliento, que hoy estamos invitados a continuar en el contexto actual.

Y este impulso misionero hay que cuidarlo porque puede darse que, como Iglesia de Cristo, caigamos en la tentación de perder el entusiasmo evangelizador refugiándonos en seguridades mundanas que, poco a poco, no sólo condicionan la misión, sino que la vuelven pesada e incapaz de convocar (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 26). El impulso misionero tiene rostro joven y rejuvenecedor. Son precisamente los jóvenes quienes, con su vitalidad y entrega, pueden aportarle la belleza y frescura propia de la juventud cuando desafían a la comunidad cristiana a renovarnos y nos invitan a partir hacia nuevos horizontes (cf. Exhort. ap. Christus vivit, 37).

Pero esto no siempre es fácil, porque exige que aprendamos a reconocerles y otorgarles un lugar en el seno de nuestra comunidad y de nuestra sociedad.

Pero qué duro es constatar que, a pesar del crecimiento económico que tuvo vuestro país en las últimas décadas, son los jóvenes los que más sufren, ellos son quienes más padecen la desocupación que provoca no sólo un futuro incierto, sino que además les quita la posibilidad de sentirse actores privilegiados de la propia historia común. Un futuro incierto que los empuja fuera del camino y los obliga a escribir su vida muchas veces al margen, dejándolos vulnerables y casi sin puntos de referencia ante las nuevas formas de esclavitud de este siglo XXI. ¡Ellos, nuestros jóvenes, son la primera misión! A ellos debemos invitar a encontrar su felicidad en Jesús; pero no de forma aséptica o lejana, sino aprendiendo a darles un lugar, conociendo “su lenguaje”, escuchando sus historias, viviendo a su lado, haciéndoles sentir que son bienaventurados de Dios. ¡No nos dejemos robar el rostro joven de la Iglesia y de la sociedad; no dejemos que sean los mercaderes de la muerte quienes roben las primicias de esta tierra!

A nuestros jóvenes y a cuantos como ellos sienten que no tienen voz porque están sumergidos en la precariedad, el padre Laval los invitaría a dejar resonar el anuncio de Isaías: «¡Prorrumpan en gritos de alegría, ruinas de Jerusalén, porque el Señor consuela a su Pueblo, él redime a Jerusalén!» (52,9). Aun cuando lo que nos rodee pueda parecer que no tiene solución, la esperanza en Jesús nos pide recuperar la certeza del triunfo de Dios no sólo más allá de la historia, sino también en la trama oculta de las pequeñas historias que se van entrelazando y que nos tienen como protagonistas de la victoria de Aquel que nos ha regalado el Reino.

Para vivir el Evangelio, no se puede esperar que todo a nuestro alrededor sea favorable, porque muchas veces las ambiciones del poder y los intereses mundanos juegan en contra nuestra. San Juan Pablo II decía que «está alienada una sociedad que, en sus formas de organización social, de producción y consumo, hace más difícil la realización de esta donación [de sí] y la formación de esa solidaridad interhumana» (Enc. Centesimus annus, 41c). En una sociedad así, se vuelve difícil vivir las bienaventuranzas; puede llegar incluso a ser algo mal visto, sospechado, ridiculizado (cf. Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 91). Es cierto, pero no podemos dejar que nos gane el desaliento.

Al pie de este monte, que hoy quisiera que fuera el monte de las Bienaventuranzas, también nosotros tenemos que recuperar esta invitación a ser felices. Sólo los cristianos alegres despiertan el deseo de seguir ese camino; «la palabra “feliz” o “bienaventurado” pasa a ser sinónimo de “santo”, porque expresa que la persona que es fiel a Dios y vive su Palabra alcanza, en la entrega de sí, la verdadera dicha» (ibíd., 64).

Cuando escuchamos el amenazante pronóstico “cada vez somos menos”, en primer lugar, deberíamos preocuparnos no por la disminución de tal o cual modo de consagración en la Iglesia, sino por las carencias de hombres y mujeres que quieren vivir la felicidad haciendo caminos de santidad, hombres y mujeres que dejen arder su corazón con el anuncio más hermoso y liberador. «Si algo debe inquietarnos santamente y preocupar nuestra con­ciencia, es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, sin la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, viven sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 49).

Cuando un joven ve un proyecto de vida cristiana realizado con alegría, eso lo entusiasma y alienta, y siente ese deseo que puede expresar así: “Yo quiero subir a ese monte de las bienaventuranzas, yo quiero encontrarme con la mirada de Jesús y que Él me diga cuál es mi camino de felicidad”.

Pidamos, queridos hermanos y hermanas, por nuestras comunidades, para que, dando testimonio de la alegría de la vida cristiana, vean florecer la vocación a la santidad en las múltiples formas de vida que el Espíritu nos propone. Implorémoslo para esta diócesis, como también para aquellas otras que hoy han hecho el esfuerzo de venir aquí. El padre Laval, el beato cuyas reliquias veneramos, vivió también momentos de decepción y dificultad con la comunidad cristiana, pero finalmente el Señor venció en su corazón. Tuvo confianza en la fuerza del Señor. Dejemos que toque el corazón de muchos hombres y mujeres de esta tierra, dejemos que toque también nuestro corazón para que su novedad renueve nuestra vida y la de nuestra comunidad (cf. ibíd., 11). Y no nos olvidemos que quien convoca con fuerza, quien construye la Iglesia, es el Espíritu Santo, con su fuerza. Él es el protagonista de la misión, Él es el protagonista de la Iglesia.  

La imagen de María, la Madre que nos protege y acompaña, nos recuerda que fue llamada la “bienaventurada”. A ella que vivió el dolor como una espada que le atraviesa el corazón, a ella que cruzó el peor umbral del dolor que es ver morir a su hijo, pidámosle el don de la apertura al Espíritu Santo, de la alegría perseverante, esa que no se amilana, ni se repliega, la que siempre vuelve a experimentar y afirmar: “El Todopoderoso hace grandes obras, su nombre es santo”.

ENCUENTRO CON LOS SACERDOTES, RELIGIOSOS/AS, CONSAGRADOS Y SEMINARISTAS


DISCURSO DEL SANTO PADRE, Colegio San Miguel, Antananarivo

Queridos hermanos y hermanas: ¡Pensaba que cuando me traían esta mesa era para comer, en cambio, es para hablar!

Agradezco vuestra cálida bienvenida. Quiero que mis primeras palabras estén dirigidas especialmente a todos los sacerdotes, consagradas y consagrados que no pudieron viajar por un problema de salud, el peso de los años o alguna complicación. Una oración todos juntos por ellos, en silencio. [Rezan en silencio]

Al terminar mi visita a Madagascar aquí con vosotros, al ver vuestra alegría, pero también recordando todo lo que he vivido en este tan poco tiempo en vuestra isla, me brotan del corazón aquellas palabras de Jesús en el Evangelio de Lucas cuando, estremecido de gozo, dijo: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños» (10,21). Y este gozo es confirmado por vuestros testimonios porque, aun aquello que vosotros expresáis como problemáticas, son signos de una Iglesia viva, una Iglesia pujante, en búsqueda de ser cada día presencia del Señor. Una Iglesia, como ha dicho Sor Suzanne, que busca cada día estar más cercana del pueblo. ¡No os canséis del pueblo, siempre caminar con el pueblo de Dios!

Esta realidad es una invitación a la memoria agradecida de todos aquellos que no tuvieron miedo y supieron apostar por Jesucristo y su Reino; y vosotros hoy sois parte de su heredad. Antes que vosotros están las raíces: las raíces de la evangelización, aquí. Vosotros sois la heredad. Y también vosotros dejaréis una heredad a los otros. Pienso en los lazaristas, los jesuitas, las hermanas de San José de Cluny, los hermanos de las escuelas cristianas, los misioneros de La Salette y todos los demás pioneros, obispos, sacerdotes y consagrados. Pero también de tantos laicos que, en los momentos difíciles de persecución, cuando muchos misioneros y consagrados tuvieron que partir, fueron quienes mantuvieron viva la llama de la fe en estas tierras. Esto nos invita a recordar nuestro bautismo, como el primer y gran sacramento por el que fuimos sellados como hijos de Dios. Todo el resto es expresión y manifestación de ese amor inicial que siempre estamos invitados a renovar.

La frase del Evangelio a la que me referí es parte de la alabanza del Señor al recibir a los setenta y dos discípulos cuando volvían de la misión. Ellos, como vosotros, aceptaron el desafío de ser una Iglesia “en salida”, y traen las alforjas llenas para compartir todo lo que han visto y oído. Vosotros os habéis atrevido a salir, y aceptasteis el desafío de llevar la luz del Evangelio a los distintos rincones de esta isla.

Sé que muchos de vosotros vivís situaciones difíciles, donde faltan los servicios esenciales —agua, electricidad, carreteras, medios de comunicación— o la falta de recursos económicos para llevar adelante la vida y la actividad pastoral. Muchos de vosotros sentís sobre vuestros hombros, por no decir sobre vuestra salud, el peso del trabajo apostólico. Pero vosotros habéis elegido permanecer y estar al lado de vuestro pueblo, cercanos a vuestro pueblo, con vuestro pueblo. Gracias por esto. Muchas gracias por vuestro testimonio de estar al lado de la gente, gracias por querer quedaros ahí y no hacer de la vocación un “pasaje a una mejor vida”. Gracias por esto. Y quedaros ahí con esa conciencia, como decía la hermana, Sor Suzanne: “a pesar de nuestras miserias y debilidades, nos comprometemos con todo nuestro ser a la gran misión de la evangelización”. La persona consagrada —en el amplio sentido de la palabra— es la mujer, el hombre que aprendieron y quieren quedarse, en el corazón de su Señor y en el corazón de su pueblo. Esta es la clave: Permanecer en el corazón del Señor y en el corazón del Pueblo.

Al recibir y escuchar a sus discípulos volver llenos de gozo, lo primero que Jesús hace es alabar y bendecir a su Padre; y esto nos muestra una parte fundamental de nuestra vocación. Somos hombres y mujeres de alabanza. La persona consagrada es capaz de reconocer y señalar la presencia de Dios allí donde se encuentre. Es más, quiere vivir en su presencia, que aprendió a saborear, gustar y compartir.

En la alabanza encontramos nuestra pertenencia e identidad más hermosa porque libra al discípulo de los “habriaqueísmos” —aquella ansia que es una carcoma, una carcoma que corroe— y le devuelve el gusto por la misión y por estar con su pueblo; le ayuda a ajustar los “criterios” con los que se mide a sí mismo, mide a los otros y a toda la actividad misionera, para que no tengan algunas veces poco sabor a Evangelio.

Muchas veces podemos caer en la tentación de pasar horas hablando de los “éxitos” o “fracasos”, de la “utilidad” de nuestras acciones, o la “influencia” que podamos tener, en la sociedad, o en cualquier ámbito. Discusiones que terminan ocupando el primer puesto y el centro de toda nuestra atención. Esto que nos conduce —no pocas veces— a soñar con planes apostólicos expansionistas, meticulosos y bien dibujados, pero propios de generales derrotados que terminan por negar nuestra historia —al igual que la de vuestro pueblo— que es gloriosa por ser historia de sacrificios, de esperanza, de lucha cotidiana, de vida deshilachada en el servicio y la constancia en el trabajo que cansa (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 96).

Al alabar aprendemos la sensibilidad para no “desorientarnos” y hacer de los medios nuestros fines, de lo superfluo lo importante; aprendemos la libertad para poner en marcha procesos más que querer ocupar espacios (cf. ibíd., 223); la gratuidad de fomentar todo lo que haga crecer, madurar y fructificar al Pueblo de Dios antes que enorgullecernos por cierto fácil, rápido pero efímero “rédito” pastoral. En cierta medida, gran parte de nuestra vida, de nuestra alegría y fecundidad misionera se juega en esta invitación de Jesús a la alabanza. Como bien le gustaba señalar a ese hombre sabio y santo, como ha sido Romano Guardini: «El que adora a Dios en sus sentimientos más hondos y también, cuando tiene tiempo, realmente, con actos vivos, se encuentra cobijado en la verdad. Puede equivocarse en muchas cosas; puede quedar abrumado y desconcertado por el peso de sus acciones; pero, en último término, las direcciones y los órdenes de su existencia están seguros» (Pequeña Suma Teológica, Madrid 1963, 29), en la alabanza, en la adoración.

Los setenta y dos eran conscientes de que el éxito de la misión dependió de hacerla “en nombre del Señor Jesús”. Eso los maravillaba. No fue por sus virtudes, nombres o títulos, no llevaban boletas de propaganda con sus rostros; no era su fama o proyecto lo que cautivaba y salvaba a la gente. La alegría de los discípulos nacía de la certeza de hacer las cosas en nombre del Señor, de vivir su proyecto, de compartir su vida; y esta les había enamorado tanto que les llevó también a compartirla con los demás.

Y resulta interesante constatar que Jesús resume la actuación de sus discípulos hablando de la victoria sobre el poder de Satanás, un poder que solo con nuestras fuerzas jamás podremos vencer, pero sí en el nombre de Jesús. Cada uno de nosotros puede dar testimonio de esas batallas, y también de algunas derrotas. Cuando vosotros mencionáis la infinidad de campos donde realizáis vuestra acción evangelizadora, estáis librando esa lucha en nombre de Jesús. En su nombre, vosotros vencéis el mal, cuando enseñáis a alabar al Padre de los cielos y cuando enseñáis con sencillez el Evangelio y el catecismo. Cuando visitáis y asistís a un enfermo o brindáis el consuelo de la reconciliación. En su nombre, vosotros vencéis al dar de comer a un niño, al salvar una madre de la desesperación de estar sola para todo, al procurarle un trabajo a un padre de familia. Es un combate, un combate ganador el que se lucha contra la ignorancia brindando educación; también es llevar la presencia de Dios cuando alguien ayuda a que se respete, en su orden y perfección propios, todas las criaturas evitando su uso o explotación; y también los signos de su victoria cuando plantáis un árbol, o hacéis llegar el agua potable a una familia. ¡Qué signo del mal derrotado es cuando vosotros os dedicáis a que miles de personas recuperen la salud!

¡Seguid dando estas batallas, pero siempre en la oración y en la alabanza, en la alabanza a Dios!

La lucha también la vivimos en nosotros mismos. Dios desbarata la influencia del mal espíritu, ese que tantas veces nos transmite «una preocupación exacerbada por los espacios personales de autonomía y de distensión y que puede llevarnos a vivir las tareas como un mero apéndice de la vida. A veces sucede que la vida espiritual se confunde con algunos momentos religiosos que brindan cierto alivio pero que no alimentan el encuentro con los demás, el compromiso en el mundo, la pasión evangelizadora» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 78). Así, más que hombres y mujeres de alabanza, podemos transformarnos en “profesionales de los sagrado”. Al contrario, derrotemos al mal espíritu en su propio terreno; allí donde nos invite a aferrarnos a seguridades económicas, espacios de poder y de gloria humana, respondamos con la disponibilidad y la pobreza evangélica que nos lleva a dar la vida por la misión (cf. ibíd., 76). ¡Por favor, no nos dejemos robar la alegría misionera!

Queridos hermanos y hermanas: Jesús alaba al Padre porque ha revelado estas cosas a los “pequeños”. Somos pequeños porque nuestra alegría, nuestra dicha, es precisamente esta revelación que Él nos ha dado; el sencillo “ve y escucha” lo que ni sabios, ni profetas, ni reyes pueden ver y escuchar: es decir, la presencia de Dios en en los pacientes y afligidos, en los que tienen hambre y sed de justicia, en los misericordiosos (cf. Mt 5,3-12; Lc 6,20-23). Dichosos vosotros, dichosa Iglesia de los pobres y para los pobres, porque vive impregnada del perfume de su Señor, vive alegre anunciando la Buena Noticia a los descartados de la tierra, a aquellos que son los favoritos de Dios.

Transmitidle a vuestras comunidades mi cariño y cercanía, mi oración y bendición. En esta bendición que os daré en nombre del Señor os invito a que penséis en vuestras comunidades, en vuestros lugares de misión, para que el Señor siga bendiciendo a todas esas personas, allí donde se encuentren. Que vosotros podáis seguir siendo signo de su presencia viva en medio nuestro.

Y, por favor, no os olvidéis de rezar y hacer rezar por mí.

Antes de terminar, quisiera cumplir un deber de justicia y agradecimiento. Este es el último discurso de los nueve que han sido traducidos por el padre Marcel. Le haré pasar un poco de vergüenza para que él pueda traducir también esto. Quisiera agradecer al traductor, padre Marcel, [se dirige a él] por este trabajo que tú has realizado, te doy las gracias por la precisión y también por la libertad de dar sentido a la traducción. Te lo agradezco mucho y que el Señor te bendiga.

ORACIÓN DEL SANTO PADRE POR LOS TRABAJADORES



Cantera de Mahatzana, Antananarivo

Dios, Padre Nuestro, creador del cielo y de la tierra,
te damos gracias por habernos reunido como hermanos en este lugar,
ante esta roca rota por el trabajo del hombre,
te pedimos por todos los trabajadores.

Por aquellos que trabajan con sus manos,
y con un enorme esfuerzo físico.
Cuida sus cuerpos del desgaste excesivo,
que no les falte la ternura y la capacidad para acariciar
a sus hijos y jugar con ellos.
Concédeles constantemente la fortaleza del alma y la salud del cuerpo
para que no sean esclavos del peso de su oficio.

Haz que el fruto del trabajo
les permita asegurar dignamente la subsistencia de sus familias.
Que encuentren en ellas, cada noche, calor, descanso y aliento,
y que juntos, reunidos bajo tu mirada,
conozcan la auténtica alegría.

Que nuestras familias sepan que la alegría de ganarse el pan
es plena cuando ese pan se comparte;
que nuestros niños no sean forzados a trabajar,
puedan ir a la escuela y perseverar en sus estudios,
y sus maestros ofrezcan tiempo a esta tarea,
sin necesitar de otras actividades para el sustento cotidiano.

Dios de justicia, toca el corazón de los empresarios y los dirigentes:
Que hagan todo lo posible
por asegurar a los trabajadores un salario digno,
y unas condiciones que respeten la dignidad de la persona humana.

Hazte cargo con tu paternal misericordia
de los que no tienen trabajo,
y haz que el desempleo —causa de tantas miserias—
desaparezca de nuestra sociedad.

Que cada uno conozca la alegría y la dignidad
de ganarse el propio pan para llevarlo a su casa y
mantener a su familia.

Padre, crea entre los trabajadores un espíritu de auténtica solidaridad.
Que sepan estar atentos unos a otros,
que se animen mutuamente, que apoyen a los que están agobiados, levanten a los que han caído.

Que, ante la injusticia, sus corazones no cedan a la ira, al rencor,
a la amargura, sino que mantengan viva la esperanza
de ver un mundo mejor y trabajar para alcanzarlo.

Que sepan, juntos, de manera constructiva,
hacer valer sus derechos, y que sus voces sean escuchadas.

Dios, Padre Nuestro, tú has dado como protector de
los trabajadores del mundo entero a san José,
padre adoptivo de Jesús,
esposo valiente de la Virgen María.

A Él le confío a todos los que trabajan aquí, en Akamasoa,
así como a todos los trabajadores de Madagascar,
especialmente los que tienen una vida precaria y difícil.
Que él los guarde en el amor de tu Hijo
y los sostengan en sus vidas y en sus esperanzas.

Amén.

domingo, 8 de septiembre de 2019

HOMILÍA DEL SANTO PADRE, Campo diocesano de Soamandrakizay, Antananarivo

El Evangelio nos dice que «mucha gente acompañaba a Jesús» (Lc 14,25). Como esas multitudes que se agrupaban a lo largo del camino de Jesús, muchos de vosotros habéis venido para acoger su mensaje y para seguirlo. Pero bien sabéis que el seguimiento de Jesús no es fácil. Vosotros no habéis descansado, y muchos habéis pasado la noche aquí. El evangelio de Lucas nos recuerda, en efecto, las exigencias de este compromiso.

Es importante evidenciar cómo estas exigencias se dan en el marco de la subida de Jesús a Jerusalén, entre la parábola del banquete donde la invitación está abierta a todos —especialmente para aquellos rechazados que viven en las calles y plazas, en el cruce de caminos—; y las tres parábolas llamadas de la misericordia, donde también se organiza fiesta cuando lo perdido es hallado, cuando quien parecía muerto es acogido, celebrado y devuelto a la vida en la posibilidad de un nuevo comenzar. Toda renuncia cristiana tiene sentido a la luz del gozo y la fiesta del encuentro con Jesucristo.

La primera exigencia nos invita a mirar nuestros vínculos familiares. La vida nueva que el Señor nos propone resulta incómoda y se transforma en sinrazón escandalosa para aquellos que creen que el acceso al Reino de los Cielos sólo puede limitarse o reducirse a los vínculos de sangre, a la pertenencia a determinado grupo, clan o cultura particular. Cuando el “parentesco” se vuelve la clave decisiva y determinante de todo lo que es justo y bueno se termina por justificar y hasta “consagrar” ciertas prácticas que desembocan en la cultura de los privilegios y la exclusión —favoritismos, amiguismos y, por tanto, corrupción—. La exigencia del Maestro nos lleva a levantar la mirada y nos dice: cualquiera que no sea capaz de ver al otro como hermano, de conmoverse con su vida y con su situación, más allá de su proveniencia familiar, cultural, social «no puede ser mi discípulo» (Lc 14,26). Su amor y entrega es una oferta gratuita por todos y para todos.

La segunda exigencia nos muestra lo difícil que resulta el seguimiento del Señor cuando se quiere identificar el Reino de los Cielos con los propios intereses personales o con la fascinación por alguna ideología que termina por instrumentalizar el nombre de Dios o la religión para justificar actos de violencia, segregación e incluso homicidio, exilio, terrorismo y marginación. La exigencia del Maestro nos anima a no manipular el Evangelio con tristes reduccionismos sino a construir la historia en fraternidad y solidaridad, en el respeto gratuito de la tierra y de sus dones sobre cualquier forma de explotación; animándonos a vivir el «diálogo como camino; la colaboración común como conducta; el conocimiento recíproco como método y criterio» (Documento sobre la fraternidad humana, Abu Dhabi, 4 febrero 2019); no cediendo a la tentación de ciertas doctrinas incapaces de ver crecer juntos el trigo y la cizaña en la espera del dueño de la mies (cf. Mt 13,24-30).

Y, por último, ¡qué difícil puede resultar compartir la vida nueva que el Señor nos regala cuando continuamente somos impulsados a justificarnos a nosotros mismos, creyendo que todo proviene exclusivamente de nuestras fuerzas y de aquello que poseemos Cuando la carrera por la acumulación se vuelve agobiante y abrumadora —como escuchamos en la primera lectura— exacerbando el egoísmo y el uso de medios inmorales! La exigencia del Maestro es una invitación a recuperar la memoria agradecida y reconocer que, más bien que una victoria personal, nuestra vida y nuestras capacidades son fruto de un regalo (cf. Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 55) tejido entre Dios y tantas manos silenciosas de personas de las cuales sólo llegaremos a conocer sus nombres en la manifestación del Reino de los Cielos.

Con estas exigencias, el Señor quiere preparar a sus discípulos a la fiesta de la irrupción del Reino de Dios liberándolos de ese obstáculo dañino, en definitiva, una de las peores esclavitudes: el vivir para sí. Es la tentación de encerrarse en pequeños mundos que termina dejando poco espacio para los demás: ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Muchos, al encerrarse, pueden sentirse “aparentemente” seguros, pero terminan por convertirse en personas resentidas, quejosas, sin vida. Esa no es la opción de una vida digna y plena, ese no es el deseo de Dios para nosotros, esa no es la vida en el Espíritu que brota del corazón de Cristo resucitado (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 2).

En el camino hacia Jerusalén, el Señor, con estas exigencias, nos invita a levantar la mirada, a ajustar las prioridades y sobre todo a crear espacios para que Dios sea el centro y eje de nuestra vida.

Miremos nuestro entorno, ¡cuántos hombres y mujeres, jóvenes, niños sufren y están totalmente privados de todo! Esto no pertenece al plan de Dios. Cuán urgente es esta invitación de Jesús a morir a nuestros encierros, a nuestros individualismos orgullosos para dejar que el espíritu de hermandad —que surge del costado abierto de Jesucristo, de donde nacemos como familia de Dios— triunfe, y donde cada uno pueda sentirse amado, porque es comprendido, aceptado y valorado en su dignidad. «Ante la dignidad humana pisoteada, a menudo permanecemos con los brazos cruzados o con los brazos caídos, impotentes ante la fuerza oscura del mal. Pero el cristiano no puede estar con los brazos cruzados, indiferente, ni con los brazos caídos, fatalista: ¡no! El creyente extiende su mano, como lo hace Jesús con él» (Homilía con motivo de la Jornada Mundial de los Pobres, 18 noviembre 2018).

La Palabra de Dios que hemos escuchado nos invita a reanudar el camino y a atrevernos a dar ese salto cualitativo y adoptar esta sabiduría del desprendimiento personal como la base para la justicia y para la vida de cada uno de nosotros: porque juntos podemos darle batalla a todas esas idolatrías que llevan a poner el centro de nuestra atención en las seguridades engañosas del poder, de la carrera y del dinero y en la búsqueda patológica de glorias humanas.

Las exigencias que indica Jesús dejan de ser pesantes cuando comenzamos a gustar la alegría de la vida nueva que él mismo nos propone: la alegría que nace de saber que Él es el primero en salir a buscarnos al cruce de caminos, también cuando estábamos perdidos como aquella oveja o ese hijo pródigo. Que este humilde realismo —es un realismo, un realismo cristiano— nos impulse a asumir grandes desafíos, y os dé las ganas de hacer de vuestro bello país un lugar donde el Evangelio se haga vida, y la vida sea para mayor gloria de Dios.

Decidámonos y hagamos nuestros los proyectos del Señor.

sábado, 7 de septiembre de 2019

NCUENTRO CON LAS RELIGIOSAS CONTEMPLATIVAS EN EL MONASTERIO DE LAS CARMELITAS DESCALZAS


HOMILÍA DEL SANTO PADRE

Antananarivo

Discurso preparado por el Santo Padre y entregado durante el encuentro

Querida Madre Magdalena de la Anunciación,
Queridas hermanas:

Agradezco la cálida bienvenida, así como sus palabras, querida Madre, que son como el eco de todas las monjas contemplativas de varios monasterios de este país. Les agradezco, queridas hermanas, por dejar por un momento la clausura, para manifestar vuestra comunión conmigo y con la vida y misión de toda la iglesia, especialmente la de Madagascar.

Doy gracias por vuestra presencia, por vuestra fidelidad, por el testimonio luminoso de Jesucristo que ofrecéis a la comunidad. En este país hay pobreza, es verdad, ¡pero también hay mucha riqueza! Rico en bellezas naturales, humanas y espirituales. Hermanas, vosotras también participáis de esta belleza de Madagascar, de su gente y de la Iglesia, porque es la belleza de Cristo la que brilla en sus rostros y en sus vidas. Sí, gracias a vosotras, la Iglesia en Madagascar es aún más hermosa a los ojos del Señor y también a los ojos de todo el mundo.

Los tres salmos de la liturgia de hoy expresan la angustia del salmista en un momento de prueba y peligro. Permitidme detenerme en el primero, es decir sobre la parte del Salmo 119, el más largo del salterio, compuesto de ocho versos por cada letra del alfabeto hebreo. Sin duda su autor es un hombre de contemplación, alguien que sabe dedicarle tiempos largos y bellos a la oración. En el pasaje de hoy, la palabra que aparece varias veces y le da tonalidad a todo es “consumir”, usada sobre todo en dos sentidos.

El orante se consume por el deseo del encuentro con Dios. Vosotras sois testimonio vivo de ese deseo inextinguible en el corazón de todos los hombres. En medio de las múltiples ofertas que pretenden —pero no pueden— saciar el corazón, la vida contemplativa es la antorcha que lleva al único fuego perenne, «la llama de amor viva que tiernamente hiere» (san Juan de la Cruz). Vosotras representáis «visiblemente la meta hacia la cual camina toda la comunidad eclesial que «se encamina por las sendas del tiempo con la mirada fija en la futura recapitulación de todo en Cristo, preanunciando de este modo la gloria celestial» (Const. ap. Vultum Dei quaerere, 2).

Siempre estamos tentados de saciar el deseo de lo eterno con cosas efímeras. Nos vemos expuestos a mares embravecidos que sólo terminan ahogando la vida y el espíritu: «Como el marinero en alta mar necesita el faro que indique la ruta para llegar al puerto, así el mundo os necesita a vosotras. Sed faros, para los cercanos y sobre todo para los lejanos. Sed antorchas que acompañan el camino de los hombres y de las mujeres en la noche oscura del tiempo. Sed centinelas de la aurora (cf. Is 21,11-12) que anuncian la salida del sol (cf. Lc 1,78). Con vuestra vida transfigurada y con palabras sencillas, rumiadas en el silencio, indicadnos a Aquel que es camino, verdad y vida (cf. Jn 14,6), al único Señor que ofrece plenitud a nuestra existencia y da vida en abundancia (cf. Jn 10,10). Como Andrés a Simón, gritadnos: “Hemos encontrado al Señor” (cf. Jn 1,40); como María de Magdala la mañana de la resurrección, anunciad: “He visto al Señor” (Jn 20,18)» (ibíd., 6).

Pero también el salmo habla de otro consumir: el que se refiere a la intención de los malvados, de quienes quieren acabar con el justo; ellos lo persiguen, le ponen trampas y lo quieren hacer caer. Un monasterio siempre es un espacio donde llegan los dolores del mundo, los de vuestro pueblo. Que vuestros monasterios, respetando su carisma contemplativo y sus constituciones, sean lugares de acogida y escucha, especialmente de las personas más infelices. Hoy nos acompañan dos madres que han perdido a sus hijos y representan todos los dolores de vuestros hermanos isleños. Estad atentas a los gritos y las miserias de los hombres y mujeres que están a vuestro alrededor y que acuden a vosotras consumidos por el sufrimiento, la explotación y el desánimo. No seáis de aquellas que escuchan sólo para aligerar su aburrimiento, saciar su curiosidad o recoger temas para conversaciones futuras.

En este sentido tenéis una misión fundamental que llevar a cabo. La clausura os sitúa en el corazón de Dios y, por tanto, allí donde Él tiene su corazón. Escucháis el corazón del Señor para escucharlo también en vuestros hermanos y hermanas. La gente que os rodea es a menudo muy pobre, débil, agredida y herida de mil maneras; pero está llena de fe, y reconoce instintivamente en vosotras a testigos de la presencia de Dios, preciosas referencias para encontrarse con Él y obtener su ayuda. Ante tanto dolor que los va consumiendo por dentro, que les roba la alegría y esperanza, y los hace sentir extranjeros, vosotras podéis ser un camino hacia esa roca que evocamos en otro de los salmos: «Escucha, oh Dios, mi clamor, atiende a mi súplica. Te invoco desde el confín de la tierra con el corazón abatido: llévame a una roca inaccesible» (Sal 60, 2,3).

¡La fe es el mayor bien de los pobres! Es de suma importancia que esta fe sea anunciada, fortalecida en ellos, que realmente los ayude a vivir y esperar. Y que la contemplación de los misterios de Dios expresada en vuestra liturgia y en vuestros tiempos de oración, os permita descubrir mejor su presencia activa en cada realidad humana, incluso la más dolorosa, y dar gracias porque en la contemplación Dios os regala el don de la intercesión. Con vuestra oración vosotras como esas madres cargáis a vuestros hijos en vuestros hombros y los lleváis hacia la tierra prometida.  «La oración será más agradable a Dios y más santificadora si en ella, por la intercesión, intentamos vivir el doble mandamiento que nos dejó Jesús. La intercesión expresa el compromiso fraterno con los otros cuando en ella somos capaces de incorporar la vida de los demás, sus angustias más perturbadoras y sus mejores sueños. De quien se entrega generosamente a interceder puede decirse con las palabras bíblicas: “Este es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por el pueblo” (2 M 15,14)» (Exhort. ap. Gaudete et exultate, 154).

Queridas hermanas contemplativas: Sin vosotras, ¿qué sería la Iglesia y los que viven en las periferias humanas de Madagascar? ¿Qué pasaría con todos aquellos que trabajan en la vanguardia de la evangelización, y aquí en particular en las condiciones más precarias, las más difíciles y, a veces, las más peligrosas? Todos ellos se apoyan en vuestra oración y en la ofrenda siempre renovada de vuestras vidas, una ofrenda muy preciosa a los ojos de Dios y que os hace partícipes del misterio de la redención de esta tierra y de las personas queridas que viven en ella.

«Estoy como un odre puesto al humo», dice el salmo (119,83), haciendo alusión al largo tiempo transcurrido viviendo este doble modo de ser consumido: por Dios y por las dificultades del mundo. A veces, casi sin querer nos vamos alejando, y caemos en «la apatía, en la rutina, en la desmotivación, en la desidia paralizadora» (Const. ap. Vultum Dei quaerere, 11). No importan, no importan los años que tenéis o la dificultad para caminar o llegar a tiempo para los oficios. No somos odres puestos al lado del humo sino troncos que arden hasta consumirse en el fuego que es Jesús; quien nunca nos defrauda y toda deuda paga.

Gracias por este momento compartido. Me confío a vuestras oraciones. Os confío todas las intenciones que llevo conmigo en este viaje a Madagascar; recemos juntos para que el Espíritu del Evangelio germine en los corazones de todo nuestro pueblo.

ENCUENTRO CON LAS AUTORIDADES, LA SOCIEDAD CIVIL Y EL CUERPO DIPLOMÁTICO


DISCURSO DEL SANTO PADRE
Ceremony Building, Antananarivo

Señor Presidente,
Señor Primer Ministro,
Miembros del Gobierno y del Cuerpo Diplomático,
Distinguidas Autoridades,
Representantes de diversas confesiones religiosas y de la sociedad civil,
Señoras y señores:

Saludo cordialmente al Presidente de la República de Madagascar y le agradezco su amable invitación a visitar este país, así como las palabras de bienvenida que me ha dirigido. Usted, señor Presidente, ha hablado con pasión, ha hablado con amor por su pueblo. Le agradezco su testimonio patriótico. También saludo al Primer Ministro, a los miembros del Gobierno, del Cuerpo Diplomático y de la sociedad civil. Extiendo un saludo fraternal a los obispos, a los miembros de la Iglesia Católica, a los representantes de otras confesiones cristianas y diferentes religiones. Doy las gracias a todas las personas e instituciones que han hecho posible este viaje, especialmente al Pueblo malgache que nos recibe con gran hospitalidad.

 En el preámbulo de la Constitución de la República, ustedes han querido sellar uno de los valores fundamentales de la cultura malgache: el fihavanana, que evoca el espíritu de compartir, de ayuda mutua y de solidaridad. En él está incluida también la importancia del parentesco, la amistad, y la buena voluntad entre los hombres y con la naturaleza. De este modo se pone de manifiesto el “alma” de vuestro pueblo y esas notas particulares que lo distinguen, lo constituyen y le permiten resistir con valentía y abnegación las múltiples contrariedades y dificultades a las que se ha de enfrentar a diario. Si tenemos que reconocer, valorar y agradecer esta tierra bendecida por su belleza e incontable riqueza natural, no es cosa menor hacerlo también por esa “alma” que les brinda la fuerza para permanecer comprometidos con la aina (es decir con la vida) como bien lo recordó el Rev. Padre Antonio de Padua Rahajarizafy, S.J.

Desde la recuperación de la independencia, vuestra nación aspira a la estabilidad y a la paz, implementando una positiva alternancia democrática que demuestra el respeto por la complementariedad de estilos y proyectos. Lo cual deja de manifiesto que «la política es un vehículo fundamental para edificar la ciudadanía y la actividad del hombre» (Mensaje para la 52 Jornada Mundial de la Paz, 1 enero 2019), cuando la viven como servicio a la comunidad humana. Es claro, por tanto, que la función y la responsabilidad política son un desafío continuo para quienes tienen la misión de servir y proteger a sus conciudadanos, especialmente a los más vulnerables, y fomentar las condiciones para un desarrollo digno y justo involucrando a todos los actores de la sociedad civil. Puesto que, como bien recordaba san Pablo VI, el desarrollo de una nación «no se reduce al simple crecimiento económico. Para ser auténtico debe ser integral, es decir, promover a todos los hombres y a todo el hombre» (Carta enc. Populorum Progressio, 14).

A este respecto, los aliento a luchar con fuerza y determinación contra todas las formas endémicas de corrupción y especulación que aumentan la disparidad social, y a enfrentar las situaciones de gran precariedad y exclusión que producen siempre condiciones de pobreza inhumana. De ahí la necesidad de establecer todas las mediaciones estructurales que garanticen una mejor distribución de los ingresos y una promoción integral de todos los habitantes especialmente de los más pobres. Esa promoción no se puede limitar solo a la ayuda asistencial sino al reconocimiento en cuanto sujetos de derecho llamados a la plena participación en la construcción de su futuro (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 204-205).

Además, hemos aprendido que no se puede hablar de desarrollo integral sin prestarle atención y cuidado a nuestra casa común. No se trata solamente de encontrar los medios para preservar los recursos naturales sino de «buscar soluciones integrales que consideren las interacciones de los sistemas naturales entre sí y con los sistemas sociales, porque no hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental» (Carta enc. Laudato si’, 139).

Vuestra hermosa isla de Madagascar es rica en biodiversidad vegetal y animal, y semejante riqueza se encuentra particularmente en peligro por la deforestación excesiva en beneficio de unos pocos; su degradación compromete el futuro del país y el de nuestra casa común. Como ustedes saben, las últimas selvas están amenazadas por los incendios forestales, la caza furtiva, la tala desenfrenada de árboles de maderas preciosas. La biodiversidad vegetal y animal, está en peligro por el contrabando y las exportaciones ilegales. Es cierto también que, para las poblaciones afectadas, muchas de estas actividades que dañan el medioambiente son las que provisoriamente aseguran su supervivencia. Es importante entonces crear empleos y actividades generadoras de ingresos, que preserven el medio ambiente y ayuden a las personas a salir de la pobreza. En otras palabras, no puede haber un planteamiento ecológico real y un trabajo concreto de salvaguardar el medio ambiente sin la integración de una justicia social que otorgue el derecho al destino común de los bienes de la tierra para las generaciones actuales, así como las futuras.

En este camino todos debemos comprometernos, también la comunidad internacional. Muchos de sus miembros están presentes hoy aquí. Hay que reconocer la ayuda que estas organizaciones internacionales han brindado para el desarrollo del país y que hace visible la apertura de Madagascar al mundo. El riesgo será que esa apertura se transforme en una supuesta “cultura universal” que menosprecie, menoscabe y suprima el patrimonio cultural de cada pueblo. La globalización económica, cuyos límites son cada vez más obvios, no debería generar una homogeneización cultural. Si tomamos parte de un proceso donde respetemos las prioridades y formas de vida autóctonas y donde se cumplan las expectativas de los ciudadanos, lograremos que la ayuda proporcionada por la comunidad internacional no sea la única garantía del desarrollo del país; será el propio pueblo quién se hará cargo gradualmente de sí mismo, convirtiéndose en artesano de su destino.  

Por eso debemos prestar especial atención y respeto a la sociedad civil local, al pueblo local. Al apoyar sus iniciativas y sus acciones, se escuchará más la voz de los que no tienen voz así como las diversas armonías, incluso contradictorias, de una comunidad nacional que siempre busca su unidad. Los invito a soñar en este camino donde nadie quede al margen, o vaya solo o se pierda.

Como Iglesia queremos imitar la actitud de diálogo de vuestra conciudadana, la beata Victoria Rasoamanarivo, Juan Pablo II beatificó durante su visita, treinta años atrás. Su testimonio de amor a su tierra y tradiciones, el servicio a los más pobres como signo de su fe en Jesucristo, nos muestra el camino que también estamos llamados a recorrer.

Señor Presidente, señoras y señores: Deseo reiterar la voluntad y disponibilidad de la Iglesia católica en Madagascar para contribuir, en un diálogo permanente con los cristianos de otras confesiones, con los miembros de las diferentes religiones y con todos los protagonistas de la sociedad civil, al advenimiento de una verdadera fraternidad que siempre valore el fihavanana, promoviendo el pleno desarrollo humano para que nadie quede excluido.

Con esta esperanza, le pido a Dios que bendiga a Madagascar y a los que aquí viven, que mantenga vuestra hermosa isla en paz y acogedora, y que la haga próspera y feliz. Gracias.