miércoles, 6 de marzo de 2019

«Dios existe y no eres tú, ¡relájate!»: el obispo Munilla ofrece consejos para vivir esta Cuaresma

El obispo de San Sebastián, José Ignacio Munilla, ha publicado una carta de cara a la Cuaresma que se inicia con el Miércoles de Ceniza. En ella, el prelado vasco alerta de vivir el día a día como si Dios no existiera, cuando en realidad el Señor acontece de manera concreta en la vida de las personas.

A continuación, les ofrecemos las reflexiones del obispo y los consejos que ofrece para este tiempo en esta Carta de Cuaresma:

Dios existe y no eres tú, ¡relájate!

En el mes de enero estaba haciendo mis ejercicios espirituales anuales, cuando una expresión que nos dirigió el predicador me llegó al alma de una forma especial: «Dios existe y no eres tú; ¡relájate!»… Acaso aquellas incisivas palabras nos puedan ayudar a todos a acoger la llamada a la conversión que Jesús de Nazaret realizó al comienzo de su vida pública, y que la Iglesia reitera al inicio de la Cuaresma: «Convertíos y creed en el Evangelio».

Estamos ante una invitación a descubrir a Dios como el sentido último de cuanto existe y acontece. No se trata de creer en Dios al modo de una convicción teorética, sino de comprender que la existencia de Dios funda el sentido de la totalidad de la vida. El caso del beato Carlos de Foucauld (S. XIX-XX) es significativo para entender lo que quiero expresar. En un primer momento, él vive de espaldas a Dios; posteriormente comienza a orar diciendo: «Dios mío, si existes, haz que yo te conozca»; para terminar concluyendo: «Desde que me enteré de que Dios existe, mi vida ya no tiene sentido sin Él».

Es importante tener en cuenta que, además del ‘ateísmo teórico’, que niega la existencia de Dios, existe también un ‘ateísmo práctico’, propio de quien vive la vida sin ninguna coherencia con la fe que profesa; es decir, como si Dios no existiera. Estos ateos prácticos no se han percatado de que, puesto que Dios existe y es creador y señor de todas las cosas, está presente y actúa en el mundo, en nuestras vidas, en sus vidas… En realidad, la frontera entre la creencia y la increencia no es abstracta, sino existencial. Lo determinante no es creer que Dios existe, sino que yo existo para Dios, y que soy su hijo amado, irreemplazable para Él.

Ocurre que la ausencia de fe en Dios (sea en la forma de ateísmo teórico o práctico) genera un gran cansancio. Es un hecho que el hombre moderno se siente muy cansado, incluso agotado (aunque en realidad no es un cansancio proporcional a su trabajo). Existe un cansancio existencial, que es la consecuencia de no haber encontrado sentido a la vida. Es lo que los clásicos designaban como la ‘acedia’. ¡Es agotador pretender ser dioses! Es extenuante pretender tener el control último sobre nuestra propia vida, olvidando la existencia de una providencia que nos cuida y nos conduce. La falta de un sentido último de la vida se traduce en una dispersión agotadora, provocada por la falta de unidad interior. Quizás sea por esto, por lo que Jesús nos hizo aquella inolvidable invitación en el Evangelio: «Venid a mí los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11, 28).

Se trata de que nos percatemos de que solo Dios es Dios, y de que nosotros no lo somos. Y si nosotros no somos Dios, el resto de las cosas por las que tanto nos preocupamos, tampoco lo son. Una grandísima parte de nuestros sufrimientos, preocupaciones y agobios nacen de haber puesto nuestro ego en el centro del universo. La confianza en Dios es fuente de paz, mientras que la desconfianza es estresante.

Pues bien, llegados a este punto, podemos concluir que en la llamada de Cristo a la conversión, se conjugan, como una sola, dos invitaciones: adoración y abnegación; es decir, poner a Dios en el centro, y relativizarnos a nosotros mismos. Como dice Éloi Leclerc: «Si aprendiésemos a adorar, atravesaríamos la vida con la tranquilidad de los grandes ríos».

Ahora bien, la adoración no consiste solamente en acudir a una capilla de adoración perpetua, sino en tomarse en serio la abnegación interior que se requiere para que Dios sea realmente el centro de nuestra vida. Abnegarse no es otra cosa que arrinconar nuestro amor propio y educar nuestra sensibilidad en la santa indiferencia ignaciana.

Me permito concluir esta Carta cuaresmal con una propuesta práctica sobre cómo ejercitarnos en esa purificación interior, tan íntimamente ligada a la adoración. La tradición cristiana ha propuesto en el inicio de la Cuaresma la tríada: oración, ayuno y limosna. La abnegación más agradable a Dios, será sin duda aquella que más nos ayude a ser libres para la adoración y el ejercicio de la caridad.

Pues bien, ¿no sería, tal vez, especialmente adecuada para esta Cuaresma la abnegación referida al buen uso de la tecnología? ¿Cuántas personas sufren al sentirse atrapadas por la adicción al juego online de las casas de apuestas, a la pornografía en Internet, o al simple uso compulsivo de los teléfonos móviles; hasta el punto de alterar gravemente sus relaciones personales? Necesitamos recuperar nuestra libertad para poder adorar a Dios y para poder servir al prójimo.

Es un hecho que las nuevas tecnologías de la comunicación son un buen siervo, pero un malísimo señor. La herida narcisista que llevamos dentro de nosotros es explotada de forma cruel desde las adicciones tecnológicas, haciendo de nosotros unos esclavos postmodernos fácilmente manipulables. No en vano, la dictadura más consolidada es aquella que consigue que los esclavos sientan placer en serlo.

Pero volvamos a la tesis de partida: la Cuaresma es una oportunidad inmejorable para redescubrir la llamada que nos hace Jesucristo: «Convertíos y creed en el Evangelio»; es decir, «Dios existe y no soy yo». Estamos llamados a vivir en la confianza en Dios («¡relájate!»), pero no al modo narcotizante de la Nueva Era, sino fundados en la tríada cuaresmal: adoración, abnegación y ejercicio de la misericordia.

martes, 5 de marzo de 2019

Pastoral de la salud y el acompañamiento en el dolor


 Los días 24 al 27 de febrero tuvo lugar el XIII encuentro de La Fraternidad Sacerdotal de Santo Domingo.

  Se reunieron en Madrid y participaron todos los miembros de la fraternidad más otros dos sacerdotes interesados en conocerla. En total 19 personas. Esta vez el tema de reflexión fue la pastoral de la salud y el acompañamiento en el dolor, especialmente al final de la vida.

  La primera jornada comenzó con un tiempo de retiro y oración. Un hermano de la fraternidad, don Juan Manuel, presbítero de la Diócesis de Sevilla, planteó una reflexión sobre la espiritualidad de la corporeidad. Cómo en la experiencia de Dios no se debe descuidar el hecho de que somos seres humanos, dotados de corporeidad. Eso significa que la presencia y relación con el Señor también tiene un aspecto sensorial, previo a la expresión verbal. Es un aspecto fundamental para poder valorar y agradecer el misterio de la Encarnación. Es fundamental también en el ejercicio del ministerio, particularmente en el acompañamiento pastoral a las personas que sufren. Un enfoque diferente. Sorprendente, pero muy acertado. Dio pie para un intenso diálogo sobre la propia vivencia de la fe.

encuentro fraternidad sacerdotal feb 2019
  A mediodía, el señor cardenal arzobispo de Madrid, don Carlos Osoro, se hizo presente. Una visita muy cordial que superó con creces la mera cortesía. Pudo conocer a los miembros de la Fraternidad, por cierto, uno de la diócesis de Madrid, y conocer su identidad como sacerdotes plenamente diocesanos y el carisma específico. Entendió perfectamente la sintonía carismática con Santo Domingo de Guzmán de sacerdotes que en sus diócesis de incardinación viven la pasión por la predicación de Jesucristo. Cada uno pudo contar a don Carlos su experiencia y proceso personal, así como las tareas pastorales que desarrolla en su Iglesia particular. El Cardenal también compartió su experiencia y algunas urgencias que detecta, especialmente en el campo de la pastoral de la salud. La mañana concluyó con una sentida eucaristía presidida por don Carlos y vivida intensamente por todos. La comida y la sobremesa completaron esta experiencia de comunión eclesial tan fuerte.

  Por la tarde, don Tomás Sanz Sánchez, diácono permanente que colabora como asistente espiritual en la Unidad de Cuidados Paliativos del Hospital La Paz de Madrid, aportó su testimonio. El proyecto que desarrolla ayudó mucho a pensar cómo acompañar de modo más adecuado a las personas en los procesos del dolor, especialmente en las situaciones terminales. Concluyó la jornada retomando el tema de la mañana y celebrando las vísperas. Aún hubo tiempo, después de cenar, para celebrar capítulo de la Fraternidad. Se comentó el encuentro habido con el Maestro de la Orden el 16 de enero en Madrid y las perspectivas de futuro que, por su inspiración, se han abierto para la Fraternidad, tanto en lo que a su configuración se refiere como a la misión a desarrollar.

La muerte digna
  La segunda jornada fue más de testimonios, pero desde una profunda reflexión. Los sacerdotes de la Fraternidad que son capellanes de hospital expusieron sus experiencias, dificultades y modo de pensar. Vicente Martínez, sacerdote de Valencia y médico, trató ampliamente del complejo problema de “la muerte digna” con todas sus aristas, dando algunas pistas de comprensión del asunto. Se concluía que la presencia de la Iglesia en los hospitales es importantísima y que los obispos debieran tomarse más en serio esta acción pastoral, entre otras cosas nombrando personas adecuadas para este servicio tan esencial.

  Este mismo día se trató de la relación con el resto de las ramas de la Familia Dominicana. Para ello se compartió un tiempo informativo con la coordinadora del Secretariado de la Familia Dominicana de España, la Hna. Marcela Zamora.

  Por la tarde se celebró un encuentro y la eucaristía con las monjas dominicas, contemplativas, de Santo Domingo el Real de Madrid, fundado por el propio Santo Domingo hará 800 años en diciembre. Al final de la misa, los hermanos veneraron la pila bautismal de Santo Domingo que allí se conserva. El día acabó con la votación para la profesión en la Fraternidad de Don Juan Jacinto, sacerdote de la diócesis de Asidonia-Jerez, y don Juan Antonio, sacerdote de la diócesis de Cádiz. También se aceptó el inicio de noviciado de don Juan Manuel, diócesis de Sevilla.

  El sacerdote de la diócesis de Cádiz-Ceuta, don Juan Manuel Alonso Romero, pidió entrar en la Fraternidad. En el transcurso de la eucaristía del día fue admitido al proceso de incorporación. También se sortearon los compañeros de oración.

  Concluyó el XIII Encuentro, con la intervención, siempre luminadora, del promotor, fray Francisco Rodríguez Fasio O.P.

  El próximo encuentro será en Caleruega (Burgos) a principios de junio.

lunes, 4 de marzo de 2019

Cuaresma, imposición de la cenizas

Con el Miércoles de Ceniza inician los 40 días en los que la Iglesia llama a los fieles a la conversión y a prepararse verdaderamente para vivir los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo en la Semana Santa.

El Miércoles de Ceniza es una celebración contenida en el Misal Romano. Este explica que en la Misa se bendice e impone en la frente de los fieles la ceniza hecha de las palmas bendecidas en el Domingo de Ramos del año anterior.

 La imposición de las cenizas surge en los primeros siglos del cristianismo

La tradición de imponer la ceniza se remonta a la Iglesia primitiva. Por aquel entonces las personas se colocaban la ceniza en la cabeza y se presentaban ante la comunidad con un “hábito penitencial” para recibir el Sacramento de la Reconciliación el Jueves Santo.

La Cuaresma adquirió un sentido penitencial para todos los cristianos casi 400 años D.C. y a partir del siglo XI, la Iglesia en Roma impone las cenizas al inicio de este tiempo.

 La ceniza recuerda la necesidad de la misericordia de Dios

La ceniza es un símbolo. Su función está descrita en un importante documento de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, más precisamente en el artículo 125 del “Directorio sobre la piedad popular y la liturgia”:

“El comienzo de los cuarenta días de penitencia, en el Rito romano, se caracteriza por el austero símbolo de las cenizas, que distingue la Liturgia del Miércoles de Ceniza. Propio de los antiguos ritos con los que los pecadores convertidos se sometían a la penitencia canónica, el gesto de cubrirse con ceniza tiene el sentido de reconocer la propia fragilidad y mortalidad, que necesita ser redimida por la misericordia de Dios. Lejos de ser un gesto puramente exterior, la Iglesia lo ha conservado como signo de la actitud del corazón penitente que cada bautizado está llamado a asumir en el itinerario cuaresmal. Se debe ayudar a los fieles, que acuden en gran número a recibir la Ceniza, a que capten el significado interior que tiene este gesto, que abre a la conversión y al esfuerzo de la renovación pascual”.

Las cenizas tienen varios significados

La palabra ceniza, que proviene del latín “cinis”, representa el producto de la combustión de algo por el fuego. Esta adoptó tempranamente un sentido simbólico de muerte, caducidad, pero también de humildad y penitencia.

La ceniza, como signo de humildad, le recuerda al cristiano su origen y su fin: “Dios formó al hombre con polvo de la tierra” (Gn 2,7); “hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella fuiste hecho” (Gn 3,19).

 Las cenizas se producen de las palmas del Domingo de Ramos

Para la ceremonia se deben quemar los restos de las palmas bendecidas el Domingo de Ramos del año anterior. Estas son rociadas con agua bendita y luego aromatizadas con incienso.

 Las cenizas se imponen en la frente al término de la homilía

Este acto tiene lugar en la Misa al término de la homilía y está permitido que los laicos ayuden al sacerdote. Las cenizas son impuestas en la frente, haciendo la señal de la cruz con ellas mientras el ministro dice las palabras bíblicas: «Acuérdate que eres polvo y en polvo te convertirás», o «Conviértete y cree en el Evangelio».

Luego, quien recibe las cenizas debe retirarse en silencio meditando la frase o invitación que la acaban de hacer.

 Las cenizas también pueden imponerse sin Misa

Cuando no hay sacerdote la imposición de cenizas puede realizarse sin Misa, de forma extraordinaria. Sin embargo, es recomendable que al acto se preceda con una liturgia de la palabra.

Es importante recordar que la bendición de las cenizas, como todo sacramental, solo puede realizarla un sacerdote o diácono.

 Las cenizas pueden ser recibidas por no católicos

Puede recibir este sacramental cualquier persona, inclusive no católica. Como especifica el Catecismo (1670 y siguientes) los sacramentales no confieren la gracia del Espíritu Santo como sí lo hacen los sacramentos, pero por la oración de la Iglesia estos «preparan a recibirla y disponen a cooperar con ella».

 No es obligatorio recibir las cenizas

El Miércoles de Ceniza no es día de precepto y por lo tanto la imposición de ceniza no es obligatoria. No obstante, ese día concurre una gran cantidad de personas a la Santa Misa, algo que siempre es recomendable.

 No existe tiempo exacto para llevar las cenizas en la frente

Cuanto uno desee. No existe un tiempo determinado.

 En Miércoles de Ceniza es obligatorio el ayuno y la abstinencia

El Miércoles de Ceniza es obligatorio el ayuno y la abstinencia, como en el Viernes Santo, para los mayores de 18 años y menores de 60. Fuera de esos límites es opcional. Ese día los fieles pueden tener una comida “fuerte” una sola vez al día.

La abstinencia de comer carne es obligatoria desde los 14 años. Todos los viernes de Cuaresma también son de abstinencia obligatoria. Los demás viernes del año también, aunque según el país puede sustituirse por otro tipo de mortificación u ofrecimiento como el rezo del rosario.

domingo, 3 de marzo de 2019

Durante la invasión del ISIS su objetivo fue salvar a los niños cristianos: «Dios me dio una misión»

El padre José Qusay Ajim es un sacerdote joven de 36 años, pero al ser iraquí en su vida se ha visto obligado a ver mucha muerte y sufrimiento. Durante la invasión de Estado Islámico ese religioso tuvo que huir para no perder la vida, pero en todo ese tiempo tuvo una misión muy concreta: proteger a los niños cristianos para que no fueran raptados ni asesinados.

Ahora, el padre Ajim se encuentra en Roma formándose más para servir a su pueblo gracias a una beca de CARF (Centro Académico Romano Fundación), cuyo objetivo es ayudar a sacerdotes y seminaristas de países pobres y persecución. En un escrito en primera persona relata su experiencia y la todavía complicada y poco esperanzadora situación de los cristianos en Irak:

Lo perdimos todo para guardar nuestra fe

 Soy el Padre José Qusay Ajim, un sacerdote religioso miembro de la Orden Antoniana de San Ormis de los Caldeos, fundada en el siglo XIX. Nací en Iraq en 1983, en Ninive, Qaraqosh.

La Iglesia caldea, de la que formo parte, es una de las más antiguas y ricas en la historia del mundo, fundada por el apóstol Tomás, entonces Iglesia asiria del este.

Durante las últimas décadas, las iglesias iraquíes han estado involucradas en la desestabilización continua e incontrolable de Medio Oriente, que fue desestabilizado definitivamente sobre todo después de la invasión estadounidense de 2003 de Irak.

Justo antes de la caída del régimen de Saddam Hussein, los cristianos de Irak eran 1.500.000 de ciudadanos, o sea el 6% de la población iraquí; en el estado actual de las cosas, se estima que su número, reducido a menos de un tercio, asciende a 250.000 personas.

Se produjo una fuerte caída en el transcurso de dieciséis largos años marcados por la progresiva guerra etnorreligiosa del país, que vio a las comunidades cristianas, antes garantes de la heterogeneidad cultural gracias a su papel de mediación, respecto en a los sunitas y chiitas, víctimas de fenómenos odiosos de intolerancia y perseguidos como muchas minorías, por ejemplo los yazidíes, en una espiral de violencia y caos que ha alcanzado su apogeo con el surgimiento del llamado Estado Islámico.

Salí de la ciudad de Mosul, donde vivía, cuando ISIS la invadió y tomó el control matando a miles de personas. Dios me dio una misión, cuidar de niños huérfanos que huyen de la destrucción de la guerra.

Yo administraba el orfanato de St. Joseph, donde vivían niños cristianos de diferentes ciudades controladas por ISIS que se quedaron solos debido a la pérdida de sus padres por eventos dramáticos como asesinatos, explosiones y secuestros.

Ya en su corta edad, que iba desde los dos años y medio de los más pequeños hasta los 15 de los más grandes, han sido testigos de devastación, explosiones y guerra que  se escuchaban aún a 20 kilómetros de distancia.

Cuando escuchábamos todo eso, la única manera de calmarlos era repetir la frase: 'Dios no nos deja solos, Jesús es amor'.

Una noche, con los niños, oímos a la gente yazidí que huía y los coches de ISIS a la carrera tratando de asaltar la ciudad matando maridos, abusando de sus esposas e hijos.

Los cristianos en la aldea de Qaraqosh, la comunidad cristiana más grande (incluida mi familia), dejaron la llanura de Nínive que permaneció desierta. Los niños pudieron entender la situación y se prepararon para escapar de Qaraqush, de Alqush y de otros lugares a la ciudad cristiana de Zakho, cerca de la frontera con Turquía.

En esta aldea trabajé incesantemente para encontrar a cada niño una casa con varias familias cristianas dispuestas a recibirlos.

Después de tres años, las familias exiliadas regresaron a sus áreas y las encontraron destruidas. Incluso la casa de mi familia había sido quemada.

Hay mucha incertidumbre y preocupación en Irak por el destino de los cristianos de la llanura de Nínive. El temor es ahora el de una purga étnica a favor de los musulmanes, lo que impide que los cristianos regresen a su tierra.

Las minorías de Irak, como los cristianos, los yazidíes y los shabak, son víctimas de un “genocidio lento”, silencioso, pero que está destruyendo esas comunidades muy antiguas hasta el punto de su desaparición.

Los refugiados iraquíes en Turquía, Líbano y Jordania, que cuentan con aproximadamente 260.000 personas, no están pensando en regresar. Esto significa que no hay lugar para los cristianos en Irak.

En la última fiesta de Navidad, los cristianos iraquíes reaccionaron con desdén ante la declaración del gran muftí y prominente líder islámico Abdul-Mehdi al-Sumaydayeh, quien afirmó que para los fieles de Mahoma es “inadmisible” celebrar la Navidad y el año nuevo, ya que son fiestas cristianas. Añadió que aquellos que se unen a las festividades, o intercambian saludos, terminan “creyendo en la doctrina religiosa cristiana”. El líder islámico ha instado a la comunidad musulmana a “no unirse a los cristianos” en celebrar sus fiestas, porque significaría “creer en su doctrina”.

Entre los primeros en denunciar los peligros de los reclamos del líder islámico se encuentra el patriarca caldeo, el cardenal Louis Raphael Sako, quien recordó que un hombre de fe, cualquiera que sea su religión, debe favorecer “la hermandad, la tolerancia y el amor, no las divisiones o revueltas”.

El año pasado llegué a Roma, gracias a las contribuciones de varios bienhechores, para continuar mis estudios en la Universidad de la Santa Cruz y luego poder regresar a mi país destruido. Allí quiero comprometerme, con mi vida y mi fe, a reconstruirlo. Me gustaría tener éxito en establecer la cultura de la alegría y la paz en mi país y en el mundo.

Por eso pido a todos los cristianos que nos leen que recen por nosotros, sus hermanos de Oriente.

ÁNGELUS DEL PAPA FRANCISCO


Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

El pasaje del Evangelio de hoy presenta parábolas cortas, con las cuales Jesús quiere señalar a sus discípulos el camino a seguir para vivir sabiamente. Con la pregunta: "¿Puede un ciego guiar a otro ciego?" ( Lc 6, 39), quiere subrayar que un guía no puede ser ciego, sino que debe ver bien, es decir, debe poseer la sabiduría para conducir con prudencia, de lo contrario Se arriesga a causar daños a las personas que dependen de él. Así, Jesús llama la atención de aquellos que tienen responsabilidades educativas o de mando: pastores de almas, autoridades públicas, legisladores, maestros, padres, instándoles a que sean conscientes de su delicado papel y a discernir siempre el camino correcto por el cual liderar personas

Y Jesús toma prestada una expresión sapiencial para indicarse a sí mismo como un modelo de maestro y guía a seguir: "Un discípulo no es más que el maestro; pero todo el que esté bien preparado será como su maestro "(v. 40). Es una invitación a seguir su ejemplo y su enseñanza para ser guías seguros y sabios. Y esta enseñanza está especialmente contenida en el discurso de la montaña, que desde los tres domingos la liturgia nos ofrece en el Evangelio, que indica la actitud de mansedumbre y misericordia para ser personas sinceras, humildes y justas. En el pasaje de hoy encontramos otra frase significativa, una que nos exhorta a no ser presuntuosos e hipócritas. Él dice: "¿Por qué miras la pajilla en el ojo de tu hermano y no notas el rayo en tu ojo?" (V. 41). Tantas veces, todos sabemos, es más fácil o más conveniente discernir y condenar los defectos y los pecados de los demás, sin poder vernos con la misma lucidez. Siempre escondemos nuestras faltas, también las escondemos de nosotros mismos; en cambio, es fácil ver los defectos de los demás. La tentación es ser indulgente con uno mismo (manga ancha con uno mismo) y duro con los demás. Siempre es útil ayudar a otros con consejos sabios, pero mientras observamos y corregimos los defectos de nuestro prójimo, también debemos ser conscientes de que tenemos defectos. Si creo que no los tengo, no puedo condenar o corregir a los demás. Todos tenemos defectos: todos. Debemos estar conscientes de esto y, antes de condenar a otros, debemos mirar dentro de nosotros mismos. Así, podemos actuar de manera creíble, con humildad, dando testimonio de la caridad. sin poder ver a los suyos con la misma claridad. Siempre escondemos nuestras faltas, también las escondemos de nosotros mismos; en cambio, es fácil ver los defectos de los demás. La tentación es ser indulgente con uno mismo (manga ancha con uno mismo) y duro con los demás. Siempre es útil ayudar a otros con consejos sabios, pero mientras observamos y corregimos los defectos de nuestro prójimo, también debemos ser conscientes de que tenemos defectos. Si creo que no los tengo, no puedo condenar o corregir a los demás. Todos tenemos defectos: todos. Debemos estar conscientes de esto y, antes de condenar a otros, debemos mirar dentro de nosotros mismos. Así, podemos actuar de manera creíble, con humildad, dando testimonio de la caridad. sin poder ver a los suyos con la misma claridad. Siempre escondemos nuestras faltas, también las escondemos de nosotros mismos; en cambio, es fácil ver los defectos de los demás. La tentación es ser indulgente con uno mismo (manga ancha con uno mismo) y duro con los demás. Siempre es útil ayudar a otros con consejos sabios, pero mientras observamos y corregimos los defectos de nuestro prójimo, también debemos ser conscientes de que tenemos defectos. Si creo que no los tengo, no puedo condenar o corregir a los demás. Todos tenemos defectos: todos. Debemos estar conscientes de esto y, antes de condenar a otros, debemos mirar dentro de nosotros mismos. Así, podemos actuar de manera creíble, con humildad, dando testimonio de la caridad. Es fácil ver los defectos de los demás. La tentación es ser indulgente con uno mismo (manga ancha con uno mismo) y duro con los demás. Siempre es útil ayudar a otros con consejos sabios, pero mientras observamos y corregimos los defectos de nuestro prójimo, también debemos ser conscientes de que tenemos defectos. Si creo que no los tengo, no puedo condenar o corregir a los demás. Todos tenemos defectos: todos. Debemos estar conscientes de esto y, antes de condenar a otros, debemos mirar dentro de nosotros mismos. Así, podemos actuar de manera creíble, con humildad, dando testimonio de la caridad. Es fácil ver los defectos de los demás. La tentación es ser indulgente con uno mismo (manga ancha con uno mismo) y duro con los demás. Siempre es útil ayudar a otros con consejos sabios, pero mientras observamos y corregimos los defectos de nuestro prójimo, también debemos ser conscientes de que tenemos defectos. Si creo que no los tengo, no puedo condenar o corregir a los demás. Todos tenemos defectos: todos. Debemos estar conscientes de esto y, antes de condenar a otros, debemos mirar dentro de nosotros mismos. Así, podemos actuar de manera creíble, con humildad, dando testimonio de la caridad. También debemos estar conscientes de tener defectos. Si creo que no los tengo, no puedo condenar o corregir a los demás. Todos tenemos defectos: todos. Debemos estar conscientes de esto y, antes de condenar a otros, debemos mirar dentro de nosotros mismos. Así, podemos actuar de manera creíble, con humildad, dando testimonio de la caridad. También debemos estar conscientes de tener defectos. Si creo que no los tengo, no puedo condenar o corregir a los demás. Todos tenemos defectos: todos. Debemos estar conscientes de esto y, antes de condenar a otros, debemos mirar dentro de nosotros mismos. Así, podemos actuar de manera creíble, con humildad, dando testimonio de la caridad. 

¿Cómo podemos entender si nuestro ojo está libre o si está bloqueado por un rayo? Todavía es Jesús quien nos dice: "No hay ningún árbol bueno que produzca frutos malos, ni hay ningún árbol malo que dé frutos buenos". De hecho, cada árbol es reconocido por su fruto "(vv.43-44). El fruto son acciones, pero también palabras. La calidad del árbol también se conoce de las palabras. De hecho, quien es bueno saca lo bueno y lo malo de su corazón y su boca y quien es malo lo hace mal, practicando el ejercicio más dañino entre nosotros, que es el murmurar, el parloteo, hablar mal de los demás. Esto destruye; destruye a la familia, destruye la escuela, destruye el lugar de trabajo, destruye el vecindario. Las guerras comienzan desde el lenguaje. Pensemos un poco en esta enseñanza de Jesús y preguntémonos: ¿Hablo mal de los demás? ¿Siempre trato de ensuciar a los demás? ¿Es más fácil para mí ver las faltas de otras personas que las mías? Y tratamos de corregirnos al menos un poco: nos hará bien a todos.

Invocamos el apoyo y la intercesión de María para seguir al Señor en este camino.

Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas ,

Les saludo a todos, desde Roma, desde Italia y desde diferentes países, especialmente a los peregrinos de Varsovia, Madrid, Ibiza y Formentera.

Saludo a la comunidad del seminario menor de la diócesis de Otranto en una peregrinación a Roma con los padres.

Hoy en día hay muchas parroquias italianas, muchos niños de Confirmación y muchos estudiantes de las escuelas. No puedo nombrar a cada grupo, pero les agradezco a todos por su presencia y los aliento a que caminen con alegría, con generosidad, siendo testigos en todas partes de la bondad y la misericordia del Señor.

¡Y les deseo a todos un buen domingo! Por favor no olvides orar por mi. Buen almuerzo y adiós!

ORACIÓN: IR DESPACIO

Enséñame, a ir despacio, Señor, no tener prisa o no correr.
quiere ver la vida que  me rodea,
quiero mirar a  las personas que están a mi lado, que se cruzan en mi camino.
Quiero ver las cosas que surgen a mi alrededor y me acompañan durante el día...
Y sobre todo quiero ver los guiños que Tú me hace,Señor...
Una sonrisa, una palabra...un tropiezo o una caída.
la alegría más grande o el dolor más profundo...
la belleza de una nube o el encanto de la piedra del camino.
Quiero verte en toda la VIDA,Señor.
Si corro, si voy deprisa...puedo perderme tantas cosas...
Enséñame a ir despacio, Señor, contemplando la belleza de la vida y la compañía de los hermanos.

viernes, 1 de marzo de 2019

Domingo VIII (Ciclo C) del tiempo ordinario

 Evangelio (Lc 6,39-45): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: «¿Podrá un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo por encima del maestro. Todo discípulo que esté bien formado, será como su maestro. ¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: ‘Hermano, deja que saque la brizna que hay en tu ojo’, no viendo tú mismo la viga que hay en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna que hay en el ojo de tu hermano».

»Porque no hay árbol bueno que dé fruto malo y, a la inversa, no hay árbol malo que dé fruto bueno. Cada árbol se conoce por su fruto. No se recogen higos de los espinos, ni de la zarza se vendimian uvas. El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca lo bueno, y el malo, del malo saca lo malo. Porque de lo que rebosa el corazón habla su boca».

PALABRA DE DIOS

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Hoy hay sed de Dios, hay frenesí por encontrar un sentido a la existencia y a la actuación propias. El boom del interés esotérico lo demuestra, pero las teorías auto-redentoras no sirven. A través del profeta Jeremías, Dios lamenta que su pueblo haya cometido dos males: le abandonaron a Él, fuente de aguas vivas, y se cavaron aljibes, aljibes agrietados, que no retienen el agua (cf. Jer 2,13).

Hay quienes vagan entre medio de pseudo-filosofías y pseudo-religiones —ciegos que guían a otros ciegos (cf. Lc 6,39)— hasta que descorazonados, como san Agustín, con el esfuerzo proprio y la gracia de Dios, se convierten, porque descubren la coherencia y trascendencia de la fe revelada. En palabras de san Josemaría Escrivá, «La gente tiene una visión plana, pegada a la tierra, de dos dimensiones. —Cuando vivas vida sobrenatural obtendrás de Dios la tercera dimensión: la altura, y, con ella, el relieve, el peso y el volumen».

Benedicto XVI iluminó muchísimos aspectos de la fe con textos científicos y textos pastorales llenos de sugerencias, como su trilogía "Jesús de Nazaret". He observado cómo muchos no-católicos se orientan en sus enseñanzas (y en las de san Juan Pablo II). Esto no es casual, pues no hay árbol bueno que dé fruto malo, no hay árbol malo que dé fruto bueno (cf. Lc 6,43). 

Se podrían dar grandes pasos en el ecumenismo, si hubiere más buena voluntad y más amor a la Verdad (muchos no se convierten por prejuicios y ataduras sociales, que no deberían ser freno alguno, pero lo son). En cualquier caso, demos gracias a Dios por esos regalos (Juan Pablo II no dudaba en afirmar que Concilio Vaticano II es el gran regalo de Dios a la Iglesia en el siglo XX); y pidamos por la Unidad, la gran intención de Jesucristo, por la que Él mismo rezó en su Última Cena.