viernes, 4 de enero de 2019

El «obispo volador» que con su avioneta recorre más de 300 islas para llegar a sus 14.000 católicos

“Cuando era niño quería pilotar aviones, acabé siendo sacerdote, y ahora soy obispo piloto. ¿Qué más podría pedir a la vida?”. Este pastor volador es el salesiano Luciano Capelli, obispo de Gizo, en las Islas Salomón, que dada la dificultad geográfica de su vasta diócesis ha encontrado en la avioneta una forma práctica para llegar a todos los rincones donde la Iglesia está presente.

La de Gizo es una de las tres diócesis del país. Situada en la Melanesia, su territorio eclesiástico abarca más de 1000 islas de la que sólo 350 están habitadas. La diócesis abarca más de 12.600 kilómetros cuadrados, y es más grande que el territorio de Navarra o Murcia, pero con numerosas y pequeñas islas diseminadas por toda su demarcación.

14.000 católicos diseminados en decenas de islas

Monseñor Capelli tiene una misión muy particular. Aunque en el territorio viven 129.000 personas, tan sólo hay poco más de 14.000 católicos, los cuales viven su fe en siete parroquias. En otras islas hay pequeñas misiones a las que deben trasladarse los pocos sacerdotes y religiosos que ayudan al obispo en su misión.

Este obispo tiene a su cargo dos medios de transportes prioritarios, un avión y un barco. Con ellos la misión es mucho más efectiva porque no sólo transporta a los sacerdotes sino que también lleva toda la ayuda material que la Iglesia realiza aporta en su labor social.

“Al frente de mi anfibio ultraligero llego a los hospitales, a las escuelas, a las comunidades a las que entrego alimentos, medicamentos, y otras cosas para las necesidades básicas. Los movimientos son mucho más rápidos volando”, asegura este obispo.

"Una urgencia en la misión"

El padre Capelli es un veterano misionero italiano que ha estado 35 años en Filipinas. Cuando creía que Dios no le llevaría más lejos fue enviado a Guadalcanal y más tarde el Papa Benedicto XVI le nombró en 2007 obispo de Gizo, para cuidar de un pequeño rebaño, cuyo número puede ser el de una sola parroquia grande en una gran ciudad, pero completamente disperso por el archipiélago.

No siempre ha sido un “obispo volador”. La necesidad pastoral a la que se enfrentaba le convenció de que cumplir su sueño de la infancia no sólo sería en este caso una buena idea, sino una auténtica necesidad.

Fue así como siendo ya obispo se fue a una escuela de pilotos y durante un mes recibió prácticas para pilotar un avión ultraligero anfibio. “Fue una urgencia de la misión, para permitirme estar presente. Para animar y levantar corazones”, explica este misionero.

La importancia vital de los laicos

Uno de los principales problemas pastorales a los que se enfrenta es a la falta de sacerdotes. Aunque la comunidad es muy pequeña, la dispersión impide que puedan ser atendidos bien. Por ello, el obispo fomenta las vocaciones y forma al clero para que sean líderes del futuro de la Iglesia.

Es por ello que los laicos tienen un papel fundamental en este archipiélago. “Nuestra fuerza son los catequistas: son los verdaderos guías de las comunidades”, asegura, pues todavía hay un gran sentimiento de pertenecía a los pueblos de origen, y en algunos de ellos nunca ha estado un hombre blanco. En estos lugares, “los catequistas con líderes de oración y ministros extraordinarios forman grupos de laicos muy involucrados, son personas que se mueven para la gente”.

Las Islas Salomón han sufrido los tsunamis y otros desastres naturales. Ahora también se une la crecida del océano, algo que afecta mucho a sus habitantes. Como buen salesiano que es, los jóvenes están muy en el centro de su pastoral.

Educación y salud, los otros dos pilares de su misión

“Estas tierras y estas personas, necesitaban dos cosas básicas, educación y salud. Se han construido dos escuelas, una en la ciudad que enseña tecnologías prácticas y la segunda en una parroquia alejada del centro, donde la enseñanza aborda temas relacionados con la agricultura. Siempre he considerado fundamental educar a los jóvenes, enseñarles un trabajo y darles a todos la oportunidad de tener una cultura básica. Solo de esta manera podemos mirar el futuro de esas personas”, comenta monseñor Capelli.

Al igual que dispone de un avión para moverse entre las islas, la diócesis de este misionero dispone de un barco ambulancia itinerante que va visitando las distintas comunidades y que además traslada a los sacerdotes y religiosas. España, a través del Domund, colabora con esta obra aportando más de 20.000 euros en combustible.

“Además de la gestión de un hospital y de la sala de operaciones, preparamos viajes a través de las distintas islas, a través de nuestro barco ambulancia. Esto nos permite llegar a un número cada vez mayor de personas para tratarles e informarles sobre las posibilidades reales de recibir tratamiento para diversas enfermedades”, agrega.

jueves, 3 de enero de 2019

Hace unas semanas terminaron las lluvias en los montes Mandara, en el extremo norte de Camerún junto a la frontera con Nigeria.

 Los ríos casi se han vaciado. El verde de la tierra da paso a un paisaje amarillento y gris. Donde antes se divisaban campos sembrados de mijo y maíz, ahora se alzan los tallos secos que quedan tras la siega. En las casas, sobre unas plataformas altas sustentadas con cuatro troncos, se secan los frutos que tanto trabajo han costado.

Las cosechas ya no son como eran antaño, comentan los más ancianos: «No sabemos qué le pasa a la tierra pero ya no produce tanto mijo como antes». No se nombra, pero lo que describen tiene mucho que ver con el cambio climático que afecta a todo el Sahel.

Sopla el harmatán, el viento que llega del desierto cargado de una arena fina que se mete por todas partes y lo seca todo, desde la piel de las personas a los últimos tallos verdes que despuntaban junto a los caminos. Su llegada anuncia a los jóvenes que es tiempo de partir hacia las grandes ciudades a buscarse la vida. Las primeras lluvias, allá por junio, los había traído para ayudar en las tareas agrícolas a sus familias. Pero una vez asegurada la cosecha, parten poco a poco hacia Yaundé o Duala. Allí sobrevivirán gracias a los trabajos informales que encuentren. En los montes Mandara no hay trabajo para ellos.

Antes, cuando el grupo terrorista Boko Haram aún no había penetrado en este territorio y la frontera con Nigeria estaba abierta, migraban al otro lado de la raya imaginaria que divide las dos naciones, más cerca de casa. Incluso podían volver los fines de semana a visitar a las familias.

El éxodo ha comenzado, los hombres parten con sus pocas pertenencias en mototaxis hasta Mokolo, la capital de la zona. Allí cogerán uno de los pequeños autobuses sobrecargados de viajeros y mercancías que los dejaran en Maroua, la capital de la región. Cuatro o cinco horas de viaje. Entonces empieza la parte más larga: tres o cuatro días hasta llegar a su destino final en los autobuses que viajan hacia el sur por carreteras llenas de baches.

Atrás quedan las mujeres, los niños y los ancianos que rezan para que sus seres queridos lleguen salvos a las ciudades y que, una vez allí, encuentren un trabajo que les permita enviar algo de dinero a casa y, sobre todo, pagarse el viaje de vuelta el próximo año, cuando regresen las lluvias.

A lo lejos, sobre los montes que están en la parte nigeriana, los terroristas de Boko Haram observan con sus Kalashnikovs en la mano. Conocen bien lo que sucede allá abajo. De vez en cuando hacen incursiones para robar cosechas y ganado. Los comités de vigilancia, creados en el pueblo, están atentos para hacer sonar sus silbatos a tiempo y avisar a la población para que se ponga a salvo y no sea secuestrada.

miércoles, 2 de enero de 2019

Navidad en Pakistán: «Nos insultan por la calle, pero nuestro ejemplo y lo que predicamos, les duele»


No era fácil rezar el Credo el 23 de diciembre y hacer una confesión pública de fe católica en la Iglesia de Nuestra Señora de Fátima en Islamabad, la capital de Pakistán. Sobretodo después de que para poder acceder al templo sea obligatorio pasar por dos controles policiales. El primero para que los agentes que custodiaban la valla de entrada permitieran el acceso al recinto al tener la certeza, tras la revisión de los bajos del coche, de que no había ningún artefacto explosivo. El segundo control tenía como objetivo los bolsos y cualquier bolsa que se quisiera introducir en la iglesia. Aún así, el templo estaba lleno para asistir a la misa del domingo.

Tampoco ha sido fácil instalar esta Navidad en Pakistán el Belén que simboliza el Nacimiento de Jesús. Pero en los jardines del Centro de Formación Profesional Don Bosco en Lahore (la capital del Punyab y la segunda más poblada del país) y en el Convento de Jesús María en esta misma ciudad, a casi 400 kilómetros de la capital pakistaní, no faltó el misterio que da sentido a la Navidad.

Los cinco millones de cristianos que viven en Pakistán, de una población de 200 millones de habitantes, han decidido este año superar sus miedos, como así lo ha podido comprobar ABC esta Navidad, al recorrer varios puntos estratégicos de Islamabad y Lahore, vinculados a la Iglesia Católica. En uno de los momentos de mayor tensión, tras la anulación de la pena de muerte por blasfemia de la católica Asia Bibi, han desafiado la amenaza terrorista de los islamistas radicales.

La tensión se palpa en cada punto del país, donde el riesgo es evidente, a pesar de los seis mil policías que el Gobierno ha desplegado para proteger las iglesias y los lugares donde se reúnen los cristianos. Aunque el Ejecutivo se esfuerza en proteger a las minorías, las capas más desfavorecidas de la sociedad las atacan sin piedad. Sin embargo, la clase alta, como así lo aseguraba a este periódico un influyente empresario pakistaní, «apoya al Gobierno y respeta a los cristianos».

Ataque suicida

Esta amenaza ha convertido en héroes a las pequeñas comunidades de monjas y sacerdotes que realizan su laboral pastoral misionera en muy difíciles condiciones de seguridad. Especialmente preocupante es esta Navidad la situación de Lahore. Una ciudad en la que en 2016 un ataque suicida contra los cristianos provocó la muerte de 72 personas en un popular parque. Este mes de diciembre se ha decretado una alerta de seguridad, que parece no importar demasiado a la hermana Pilar Vila San Juan, religiosa de Jesús María.

La monja española recibe a ABC en uno de los colegios de esta orden en Lahore. Un remanso de paz en la populosa calle Durand Road, en la que nada te lleva a pensar que, detrás de un muro junto al que circulan un enjambre de motos, tuc tuc, hombres llevando un carro tirado por un burro y todo ello envuelto en un ruido infernal, se encuentra un centro en el que se formó Benazir Bhutto o la sobrina del general Musharraf. Aquí estudian 2.500 alumnas, de las que 700 son cristianas. Las musulmanas, las de clase alta, pagan unos 30 euros al mes; las cristianas, las pobres, unos tres dólares, y no comparten clase. Además, hay un centro de educación especial para niños deficientes, al ser síndrome Down, sí que estudian juntos.

Cierran el visado

«Algunas veces, sí llevamos la Cruz fuera, nos insultan y nos critican, pero a mí me da igual. Si no me porto bien, me cierran el visado, y me tengo que volver a España», relata la hermana Pilar junto al pequeño Belén instalado en una salita de visitas del centro. «¿Miedo?, no me he preocupado, porque el miedo me incapacita», asegura. Por el contrario, afirma que su testimonio de fe sí que inquieta a los islamistas: «Nosotros sí le damos miedo, porque el mensaje que transmitimos les molesta. No nos dejan predicar, porque nuestro ejemplo, les duele, y les duele mucho».

Algunas veces tienen problemas con internet: «Cuando les interesa nos dicen que no hay cobertura, y nos lo cortan. Esta Navidad, cuando los cristianos hemos estado cantando villancicos, se va la luz». Otras veces, cuando está en un centro de salud con una cristiana, «siempre atienden antes a la musulmana, y si tenemos el número cinco, nos pasan al diez».

A pesar de estas dificultades, esta monja de Jesús María se siente feliz en Pakistán: «Aquí, cuando me acuesto, pienso, Dios, gracias porque hoy he hecho algo. Yo me siento aquí útil y hago más falta que en España».

Los más pobres

Si la hermana Pilar atesora años de experiencia en este país, el séptimo más peligroso para los cristianos, el sacerdote salesiano Gabriel hace tan solo cuatro meses que ha llegado procedente de Méjico al Centro de Formación Profesional Don Bosco en el barrio cristiano de Youhanabad en Lahore. Una zona deprimida, como la mayoría en la que viven los cristianos, que realizan los peores trabajos.

Este centro ofrece formación a través de diferentes talleres, un internado y un colegio. De estas aulas salió el chico de 19 años, Akash Bashir, que se inmoló y evitó una matanza de cristianos, hace ahora un año, en la Parroquia de San José, al abrazarse en la puerta al suicida que activo la carga explosiva que llevaba. Junto a la foto del joven, ahora en proceso de beatificación, Gabriel asegura que la fuerza para estar ahí la recibe «de los jóvenes y de la oración».

«Los católicos que hay en Pakistán son gente de una fe real, muy, muy auténtica. Una fe que no la encuentras en Europa», subraya Gabriel. No puede vestir de sacerdote porque el visado está condicionado a no hacer «proselitismo religioso». Se siente impresionado por las creencias de una gente, cuya profesión de fe es un riesgo para sus vidas: «Ver rezar a los muchachos es una cosa impresionante. Ellos son felices, con sus limitaciones. Ver a estos niños, tan necesitados, pero con tantas ganas de vivir, de ser mejores, es lo que me convence de que vale la pena estar aquí».

Paloma Cervilla/ABC

Cuidar el alma, ¿propósito para 2019? Cuatro habilidades físicas adaptadas para ejercitar la virtud

Con el inicio del año son muchos los que hacen propósitos para realizar durante los 365 días de 2019 que están por delante. Muchos de ellos tienen que ver con hacer deporte para cuidar el cuerpo, aunque también se puede aplicar para la vida espiritual y la mejora de las virtudes. 

¿Sabías que hacer deporte y llevar una vida sana proporciona una gran oportunidad para mejorar nuestras virtudes? La capacidad de esfuerzo, la constancia y las habilidades que se ejercitan haciendo deporte pueden ser igualmente muy validas llevándolas a la vida espiritual.

Dios da una gran oportunidad de vivir los virtudes a través del cuerpo día a día. Entrenar las cuatro habilidades elementales (fuerza, velocidad, resistencia y flexibilidad), no solo ayuda al bienestar físico, también al espiritual. Estos ejercicios tienen su equivalente en la fe.

La mortificación y la disciplina se pueden vivir de muchas formas, como ayunando, con duchas frías o con oración, por dar algunos ejemplos. Pero la mortificación y la disciplina también pueden afectar al bienestar físico y mental, tomando un papel importante en el cuidado del cuerpo, el "templo del Espíritu Santo", explica OurSundayVisitor en un interesante reportaje.

Miedo al compromiso y al sufrimiento
Entonces, ¿por qué la gente no hace más deporte? ¿Por qué no se mueve más? Lo que ocurre es que teme comprometerse a hacer algo que seguramente sea duro, conlleve mucho tiempo y sufrimiento, y además no parezca tener un final próximo.

Durante este tiempo de Cuaresma, por ejemplo, muchos se plantean sus sacrificios como si fueran propósitos de Año Nuevo. Es verdad que si el chocolate o los cigarrillos te tienen atrapado, ¡hay que deshacerse de ellos! Pero durante la cuaresma (y todo el tiempo) no se puede desaprovechar la oportunidad de integrar el cuerpo y el alma que Dios ha regalado a la humanidad.

Las dos caras de la misma moneda
Cuerpo y alma no deben competir.  Hay católicos que relativizan, por ejemplo, que cenar tarta y helado es bueno porque “lo físico es menos importante que lo espiritual”. Huyen del esfuerzo físico diciendo: “A Dios no le importa mi aspecto”.

Por otro lado, puede haber gente gente que no parece tener tiempo para ir a misa los domingos, pero si que encuentra una hora cada día para hacer ejercicio. Hacen sus tablas de entrenamiento sin saltarse ninguna actividad, pero con todo ello están “demasiado ocupados” para Dios.

La realidad es que ambos grupos hacen lo que los humanos saben hacer mejor: servirse a ellos mismos. En la vida, Dios permite el sufrimiento para purificar el alma, y hay que aceptar el sufrimiento, no huir de él.

1. Fuerza
Desde el principio, el libro del Génesis cuenta que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, para compartir el acto de creación, para dominar la tierra y subyugarla. Dios no ha dado esa capacidad para no utilizarla. Llevar el cuerpo más allá a base de ejercicio puede incrementar la fuerza y disminuir las lesiones.

Los músculos están activos cada minuto de cada día. Si se hacen más fuertes, la vida “física” será más fácil, más relajada y más entretenida. Cuanto más se desarrollen los músculos, habrá menos posibilidades de sufrir una lesión. Lo mismo ocurre con el alma; cuanto más ejercitamos el carácter, más fácil es no caer en tentaciones. Aunque sigan llegando, no nos controlan.

2. Velocidad
Entrenar la velocidad desarrolla la habilidad para hacer una actividad física intensa en un corto periodo de tiempo. Físicamente, ejercita los pulmones, el corazón y las fibras musculares como ningún otro tipo de entrenamiento.

Correr, por ejemplo, facilita la pérdida de peso, cambia la composición del cuerpo y mejora las funciones cardiovasculares. Aun así, casi nadie lo hace. ¿Por qué? Quizá porque es muy agotador. Se enfrenta directamente con el deseo de comodidad, mínimo esfuerzo y vida fácil. La experiencia muestra que la lucha contra las tentaciones se recrudece cuando la gracia está a la vuelta de la esquina, por lo que no se debe dejar de entrenar la velocidad para evitar caer frente a las tentaciones.

3. Resistencia
En la vida siempre habrá momentos de gran dificultad que debilitarán la fe en Dios y en la humanidad. Entrenando la resistencia muscular y cardiovascular se ejercitan también la paciencia y la voluntad.

4. Flexibilidad
El ser humano posee dos facetas: la que se adecúa a la verdad objetiva y la que se guía por el amor y la compasión. Hay gente que se guía más por la verdad pura, sin tener en cuenta los sentimientos, y otra que se guía solamente por estos. Ambas facetas pueden convivir en equilibrio gracias a la flexibilidad. Además, entrenar esta habilidad ayuda a mejorar las funciones musculares y a prevenir lesiones.

Estas cuatro habilidades (fuerza, velocidad, resistencia y flexibilidad) se ubican dentro de la “trinidad de entrenamiento”, que ayuda a profundizar más en el ámbito espiritual. Esta “trinidad” es la unión de hacer ejercicio, un descanso adecuado, y una alimentación saludable.

        -Ejercicio: que es la mortificación que purifica tanto el cuerpo como el alma.

        -El descanso: tanto alma como cuerpo necesitan descansar si quieren seguir creciendo. Algunos santos dicen que la oración es “descanso en el Señor”. Huelga decir que el descanso sana los músculos y refresca el alma.

        -Alimentación: es creer en la Eucaristía. ¡Eres lo que comes! Eso es lo que creemos los católicos. Una correcta alimentación proporciona los medios para seguir adelante y mantener el “templo del Espíritu” en pie.

Una última cosa de la que vale la pena acordarse es que la “trinidad de entrenamiento”, además de los beneficios de cada una de sus partes, proporciona también un beneficio común que se suele olvidar: cuidando del cuerpo, mostramos respeto por el Dios que nos hizo a su imagen y semejanza y que tanto nos ama.

martes, 1 de enero de 2019

Al nacer su madre lo ofreció a Dios como misionero: hoy está en Mongolia, antes en Japón y China

Desde que nació parecía estar llamado a ser misionero en el lejano Oriente. Francisco Javier Olivera no lleva el nombre de este gran santo por casualidad. Al nacer, su madre le ofreció al Señor para ser sacerdote en Asia, y Dios parece haber escuchado esta petición.

Este salmantino de 47 años del Camino Neocatecumenal, perteneciente a la parroquia de San Juan Baustista de Salamanca, lleva como misionero 28 años, desde que con tan sólo 19 años marchara a Japón al Seminario Redemptoris Mater de Takamatsu. Allí fue ordenado en 2002.

Tras haber estado 16 años en total en este país fue enviado a China, donde pasó otros ocho años en distintas partes de este país comunista. Y los últimos cuatro años y medio está en Mongolia, en una missio ad gentes, junto a tres familias, una de ellas española, y tres laicos.

En este remoto país donde apenas hay 1.200 católicos y donde las leyes son muy restrictivas para el catolicismo, este sacerdote lleva la Palabra de Dios y sobre todo muestra su Amor con temperaturas que en invierno se sitúan en -30 grados. En esta entrevista con Religión en Libertad, Francisco Javier muestra cómo es esta vida misionera y las maravillas que Dios hace cuando se pone toda la vida en Él.

- Provienes de una familia católica, pero ¿cómo surgió en ti la vocación al sacerdocio? ¿Te imaginaste alguna vez que acabarías siendo ordenado al otro lado del mundo?

- Mi familia es católica, todos están en la Iglesia, en el seno del Camino Neocatecumenal. Mi vocación se fue gestando poco a poco. Influyeron mucho una serie de misioneros, catequistas itinerantes, que pasaban por casa y siempre me impresionaban mucho. Pensaba que quería ser como ellos. Después, pasé una crisis seria en la cual mi vida no tenia mucho sentido y gracias a entrar en la comunidad (neocatecumenal), el Señor empezó a darle sentido.

Gracias a la experiencia de aquellas visitas y al agradecimiento a Dios por rehacer mi vida pues al final le dije que sí a la llamada. También y no menos importante supongo que fue la oración que mi madre hizo al nacer yo. Me ofreció al Señor para que fuera misionero en Asia. Esto yo no lo sabía, lo contó en Takamatsu al terminar la celebración de mi ordenación. Que acabaría al otro lado del mundo, pues no me lo imaginaba...

- En Mongolia participas en la que es conocida como ‘missio ad gentes’, ¿en qué consiste?

- Bueno, nosotros a pesar de llevar allí algo mas de 4 años apenas estamos empezando. Es una misión dura, la iglesia apenas lleva en Mongolia 26 años. En este momento estamos allí tres familias misioneras, dos mujeres laicas misioneras, y un laico misionero conmigo.

Simplemente tratamos de vivir allí cristianamente, invitando a casa a las personas que poco a poco vamos conociendo a través de las escuelas, los trabajos y también de las pocas parroquias que hay, y aprovechamos para hablar del amor de Dios. Hasta la fecha básicamente es esto. También ayudamos en la parroquia de la catedral haciendo catequesis bíblicas. El obispo nos invitó porque pensó que el camino podía ayudar a los paganos y también a los recién bautizados para profundizar en su fe.

- ¿Cómo es el día a día de un sacerdote como tú en Mongolia y en la misión?

Al no tener parroquia mi vida es algo diferente… Por las mañanas a las 5:30 salgo de casa para celebrar la Eucaristía en los diversos conventos que hay en Ulan Bator, la capital y en Zunmod a 50 kilómetros. Dependiendo del día voy a uno, dos o tres sitios. Después de regresar a casa estudio mongol en la escuela, o voy a dar clases de japonés en una empresa. Allí he procurado aprovechar la ocasión para hablar de Dios, sobre todo a través de canciones. También suelo celebrar la Eucaristía con cada familia misionera en sus casas. De vez en cuando también celebro la Eucaristía con una pequeña comunidad china. Igualmente dedico algo de tiempo para hacer unos recortes de papel rojo, cuadros o tarjetas de Navidad para poder mantenerme un poco. Mi comunidad me ayuda económicamente pero procuro no ser un peso.

- ¿Has tenido alguna vez dudas o has pensado que es una locura?

La verdad es que no. Algunos me dicen que esta vida es una una locura, pero la quiero para mí y si cada vez es un poco más loca, mejor aún, más vemos que es Dios el que la lleva. Ahora, de hecho, hemos empezado a visitar la diócesis de San José de Irtkusk en Siberia, es enorme, otra lengua. Lo qué Dios quiera y cómo Dios quiera.

- ¿Qué frutos o conversiones habéis visto en este tiempo?

- A través de nuestra missio ad gentes, no te puedo decir, no tenemos “bautizados” pero sí que hay personas que se relacionan con nosotros y de momento no se han asustado. Algunos amigos que nunca habían estado en una iglesia han venido por primera vez y no se han asustado. Creo que esto es ya mucho en un país como Mongolia.

Sí sé de personas concretas que se han ido acercando a la Iglesia, sobre todo a través de las diversas obras sociales que se llevan a cabo, asistencia a ancianos pobres, niños pobres y abandonados… etc. Sin duda el amor que demuestran los misioneros atrae poco a poco a los mongoles.

- Hay alguna anécdota de todo este tiempo en la misión que quieras compartir…

Muchas…. Una me pasó en una catequesis, pregunté a un muchacho en catequesis si creía en Dios y me dijo que él buscaba a Dios en la belleza, era pagano, y un día entró en la catedral y vio a unas viejecitas rezando y le parecieron bellas. A raíz de eso se preparó y se bautizó. Otra vez estaba con un seminarista en una zona muy remota y peligrosa y un viejecito se nos acercó y nos dijo que éramos curas. Le preguntamos por qué lo sabia y dijo que porque a esa zona no venían extranjeros y si alguno venia era siempre un misionero. Hay muchas anécdotas en las que veo la mano del Señor ayudando y cuidando.

- ¿Cómo es Mongolia y los mongoles?

- Visité Mongolia por primera vez en el 2003. Me gustó mucho, era muy diferente a como es ahora, había pocos coches, pocas edificios grandes. Era bastante pobre pero empezaba a salir de esa situación. Es un país que fue satélite de la Unión Soviética durante muchos años. Muy cerrado, de hecho, aunque es una democracia es bastante cerrado.

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No creo conocer bien a los mongoles.. Por lo que he experimentado los nómadas son bastante acogedores, sus casas son abiertas. En Ulan Bator, la capital, es algo diferente, es una ciudad de casi millón y medio y ya no son tan acogedores. Hay mucho alcoholismo, no hay trabajo, la gente sufre abandono, dejadez. Es un país enorme, tres veces España y tres millones de habitantes. Es el estado de menor densidad de población del mundo. La capital está muy contaminada por el carbón, es un problema muy serio. El invierno es muy largo, con una media de 20 grados bajo cero, mucho hielo por las calles y es incómodo para caminar.

- ¿Cómo es la Iglesia y los católicos en este país?

La Iglesia es muy joven. Hace 26 años fueron enviados los primeros 3 misioneros, tres sacerdotes de la congregación Misioneros del Inmaculado Corazón de María. Poco a poco fueron llegando otras congregaciones de sacerdotes y monjas, también laicos, y una familia misionera polaca. Fueron abriendo misiones en la capital y en otras ciudades. Son parroquias jóvenes en todos los aspectos, muchos jóvenes se van acercando. Es una iglesia pobre. Tenemos ya el primer sacerdote mongol ordenado hace 2 años y ahora tenemos un diácono.

Son unos 1.300 católicos en total. Existen unas 9 parroquias y otros centros de misión. Tenemos residencias de ancianos pobres, escuelas, orfanatos, y una clínica.

Esta imagen fue tomada en Nochebuena, y el termómetro marcó aquella noche -29 grados. Aún así la pequeña comunidad católica y los misioneros fueron hasta allí pese a la nieve para celebrar el Nacimiento de Cristo

- En la missio ad gentes también hay familias y niños, ¿cómo lo viven ellos?

- En este momento son tres familias misioneras, una española y dos coreanas. Tratamos de hacer comunidad, de vivir cristianamente trabajando en lo que se puede. Están contentas y agradecidas al Señor por enviarlas a Mongolia, una misión naciente. Los niños, seguramente son los que mas lo sufren al principio ya que ellos van a la escuela mongola y no es fácil por el idioma, la cultura, pero el Señor les ayuda y consuela y les regala la lengua, aprenden, haces amigos y poco a poco ellos se sienten misioneros también.

- Has estado en Japón, China y ahora en Mongolia. ¿Qué destacarías de cada uno de estos lugares en los que has sido misionero y qué diferencias observas?

- Hay bastantes diferencias. Más duro me parece Japón, quizás se experimente más la soledad, incluso estando en una parroquia. China me impresionó muchísimo, la gente tiene mucha curiosidad y si hubiera libertad sería impresionante. En Mongolia estamos empezando, aunque me parece bastante difícil por la lengua, el frío, la contaminación, la cultura, y sobre todo por los impedimentos legales que tenemos, que son muchos. Volvería a Japón o a China y también me quedaría en Mongolia.

- ¿Volverías a España o te ves dando la vida en Asia?

Nunca me lo he planteado. A veces me preguntan y me dicen que regrese, pero eso no depende de mí. Personalmente no lo pediré. Prefiero que Dios decida. Ahora regreso a menudo por ayudar a mis padres. Lo que Dios quiera.

ÁNGELUS DEL PAPA FRANCISCO

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y feliz año nuevo a todos!

Hoy, ocho días después de Navidad, celebramos a la Santa Madre de Dios. Al igual que los pastores de Belén, estamos con los ojos fijos en ella y en el Niño que tiene en sus brazos. Y de esta manera, mostrándonos a Jesús, el Salvador del mundo, ella, la madre, nos bendice . Hoy Nuestra Señora nos bendice a todos, a todos. Él bendice el camino de cada hombre y cada mujer en este año que comienza, y eso será bueno, así como cada uno ha recibido la bondad de Dios que Jesús vino a traer al mundo.

De hecho, es la bendición de Dios la que da sustancia a todos los buenos deseos que se intercambian en estos días. Y hoy, la liturgia reporta la antigua bendición con la que los sacerdotes israelitas bendijeron al pueblo. Escuchemos bien, digamos: " Que el Señor te bendiga y te guarde. Que el Señor haga brillar su rostro y te dé gracia. Que el Señor le dirija su rostro y le conceda paz "( Nm 6,24-26). Esta es la bendición antigua.

Tres veces el sacerdote repitió el nombre de Dios, "Señor", extendiendo sus manos a las personas reunidas. De hecho, en la Biblia, el nombre representa la realidad misma que se invoca, y así, "colocar el nombre" del Señor en una persona, una familia, una comunidad significa ofrecerles la fuerza benéfica que fluye de Él.

En esta misma fórmula, dos veces el nombre del " rostro ", el rostro del Señor. El sacerdote ora para que Dios "brille" y "lo convierta" en su pueblo, y así le conceda misericordia y paz.

Sabemos que, según las Escrituras, el rostro de Dios es inaccesible para el hombre: nadie puede ver a Dios y mantenerse vivo. Esto expresa la trascendencia de Dios, la grandeza infinita de su gloria. Pero la gloria de Dios es todo Amor, y por lo tanto, mientras permanece inaccesible, como un Sol que no se puede mirar, irradia su gracia sobre cada criatura y, de manera especial, sobre los hombres y mujeres, en los que se refleja más.

"Cuando llegó la plenitud del tiempo" ( Gálatas 4: 4), Dios se reveló ante un hombre, Jesús, "nacido de mujer". Y aquí volvemos al ícono de la fiesta de hoy, desde donde comenzamos: el ícono de la Santa Madre de Dios, que nos muestra al Hijo, a Jesucristo, al Salvador del mundo. Él es la bendición para cada persona y para toda la familia humana. Él, Jesús, es fuente de gracia, misericordia y paz.

Por eso el santo Papa Pablo VI quiso que el primero de enero fuera el Día Mundial de la Paz; y hoy celebramos el quincuagésimo segundo, que tiene como tema: La buena política está al servicio de la paz . No creemos que la política esté reservada solo a los gobernantes: todos somos responsables de la vida de la "ciudad", del bien común; y la política también es buena en la medida en que cada uno hace su parte al servicio de la paz . Que la Santa Madre de Dios nos ayude en este compromiso diario.

Me gustaría que todos la saluden ahora, diciendo tres veces: "Santa Madre de Dios". Juntos: "Santa Madre de Dios", "Santa Madre de Dios", "Santa Madre de Dios".

Después del ángelus

Queridos hermanos y hermanas,

El día de Navidad dirigí un mensaje de fraternidad a Roma y al mundo . Hoy lo renuevo como un deseo de paz y prosperidad. Y rezamos todos los días por la paz.

Doy las gracias al Presidente de la República Italiana por los saludos que me dirigió anoche. El Señor siempre bendice su alto y precioso servicio a los italianos.

Mis cordiales saludos son especialmente para ustedes, queridos romanos y peregrinos que están hoy aquí en la Piazza San Pietro, ¡tan numerosos! ¡Parece una canonización, esto! Saludo a los participantes en el evento "Paz en todas las tierras", organizado por la Comunidad de Sant'Egidio. Y aquí quiero expresar mi aprecio y mi cercanía a las innumerables iniciativas de oración y compromiso por la paz que se celebran hoy en día en todas partes del mundo, promovidas por las comunidades eclesiales; Recuerdo en particular lo que ocurrió ayer por la tarde en Matera.

A través de la intercesión de la Virgen María, el Señor nos permite ser artesanos de la paz, y esto comienza en el hogar, en la familia: artesanos de la paz, todos los días del nuevo año. Y te deseo, en otra ocasión, un año bueno y santo. Por favor no olvides orar por mi. Buen almuerzo y adiós.

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

«Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores» (Lc 2,18). Admirarnos: a esto estamos llamados hoy, al final de la octava de Navidad, con la mirada puesta aún en el Niño que nos ha nacido, pobre de todo y rico de amor. Admiración: es la actitud que hemos de tener al comienzo del año, porque la vida es un don que siempre nos ofrece la posibilidad de empezar de nuevo, incluso en las peores situaciones.

Pero hoy es también un día para admirarse delante de la Madre de Dios: Dios es un niño pequeño en brazos de una mujer, que nutre a su Creador. La imagen que tenemos delante nos muestra a la Madre y al Niño tan unidos que parecen una sola cosa. Es el misterio de este día, que produce una admiración infinita: Dios se ha unido a la humanidad, para siempre. Dios y el hombre siempre juntos, esta es la buena noticia al inicio del año: Dios no es un señor distante que vive solitario en los cielos, sino el Amor encarnado, nacido como nosotros de una madre para ser hermano de cada uno, para estar cerca: el Dios de la cercanía. Está en el regazo de su madre, que es también nuestra madre, y desde allí derrama una ternura nueva sobre la humanidad. Y nosotros entendemos mejor el amor divino, que es paterno y materno, como el de una madre que nunca deja de creer en los hijos y jamás los abandona. El Dios-con-nosotros nos ama independientemente de nuestros errores, de nuestros pecados, de cómo hagamos funcionar el mundo. Dios cree en la humanidad, donde resalta, primera e inigualable, su Madre.

Al comienzo del año, pidámosle a ella la gracia del asombro ante el Dios de las sorpresas. Renovemos el asombro de los orígenes, cuando nació en nosotros la fe. La Madre de Dios nos ayuda: Madre que ha engendrado al Señor, nos engendra a nosotros para el Señor. Es madre y regenera en los hijos el asombro de la fe, porque la fe es un encuentro, no es una religión. La vida sin asombro se vuelve gris, rutinaria; lo mismo sucede con la fe. Y también la Iglesia necesita renovar el asombro de ser morada del Dios vivo, Esposa del Señor, Madre que engendra hijos. De lo contrario, corre el riesgo de parecerse a un hermoso museo del pasado. La “Iglesia museo”. La Virgen, en cambio, lleva a la Iglesia la atmósfera de casa, de una casa habitada por el Dios de la novedad. Acojamos con asombro el misterio de la Madre de Dios, como los habitantes de Éfeso en el tiempo del Concilio. Como ellos, la aclamamos «Santa Madre de Dios». Dejémonos mirar, dejémonos abrazar, dejémonos tomar de la mano por ella.

Dejémonos mirar. Especialmente en el momento de la necesidad, cuando nos encontramos atrapados por los nudos más intrincados de la vida, hacemos bien en mirar a la Virgen, a la Madre. Pero es hermoso ante todo dejarnos mirar por la Virgen. Cuando ella nos mira, no ve pecadores, sino hijos. Se dice que los ojos son el espejo del alma, los ojos de la llena de gracia reflejan la belleza de Dios, reflejan el cielo sobre nosotros. Jesús ha dicho que el ojo es «la lámpara del cuerpo» (Mt 6,22): los ojos de la Virgen saben iluminar toda oscuridad, vuelven a encender la esperanza en todas partes. Su mirada dirigida hacia nosotros nos dice: “Queridos hijos, ánimo; estoy yo, vuestra madre”.

Esta mirada materna, que infunde confianza, ayuda a crecer en la fe. La fe es un vínculo con Dios que involucra a toda la persona, y que para ser custodiado necesita de la Madre de Dios. Su mirada materna nos ayuda a sabernos hijos amados en el pueblo creyente de Dios y a amarnos entre nosotros, más allá de los límites y de las orientaciones de cada uno. La Virgen nos arraiga en la Iglesia, donde la unidad cuenta más que la diversidad, y nos exhorta a cuidar los unos de los otros. La mirada de María recuerda que para la fe es esencial la ternura, que combate la tibieza. Ternura: la Iglesia de la ternura. Ternura, palabra que muchos quieren hoy borrar del diccionario. Cuando en la fe hay espacio para la Madre de Dios, nunca se pierde el centro: el Señor, porque María jamás se señala a sí misma, sino a Jesús; y a los hermanos, porque María es Madre.

Mirada de la Madre, mirada de las madres. Un mundo que mira al futuro sin mirada materna es miope. Podrá aumentar los beneficios, pero ya no sabrá ver a los hombres como hijos. Tendrá ganancias, pero no serán para todos. Viviremos en la misma casa, pero no como hermanos. La familia humana se fundamenta en las madres. Un mundo en el que la ternura materna ha sido relegada a un mero sentimiento podrá ser rico de cosas, pero no rico de futuro. Madre de Dios, enséñanos tu mirada sobre la vida y vuelve tu mirada sobre nosotros, sobre nuestras miserias. Vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos.

Dejémonos abrazar. Después de la mirada, entra en juego el corazón, en el que, dice el Evangelio de hoy, «María conservaba todas estas cosas, meditándolas» (Lc 2,19). Es decir, la Virgen guardaba todo en el corazón, abrazaba todo, hechos favorables y contrarios. Y todo lo meditaba, es decir, lo llevaba a Dios. Este es su secreto. Del mismo modo se preocupa por la vida de cada uno de nosotros: desea abrazar todas nuestras situaciones y presentarlas a Dios.

En la vida fragmentada de hoy, donde corremos el riesgo de perder el hilo, el abrazo de la Madre es esencial. Hay mucha dispersión y soledad a nuestro alrededor, el mundo está totalmente conectado, pero parece cada vez más desunido. Necesitamos confiarnos a la Madre. En la Escritura, ella abraza numerosas situaciones concretas y está presente allí donde se necesita: acude a la casa de su prima Isabel, ayuda a los esposos de Caná, anima a los discípulos en el Cenáculo… María es el remedio a la soledad y a la disgregación. Es la Madre de la consolación, que consuela porque permanece con quien está solo. Ella sabe que para consolar no bastan las palabras, se necesita la presencia; allí está presente como madre. Permitámosle abrazar nuestra vida. En la Salve Regina la llamamos “vida nuestra”: parece exagerado, porque Cristo es la vida (cf. Jn 14,6), pero María está tan unida a él y tan cerca de nosotros que no hay nada mejor que poner la vida en sus manos y reconocerla como “vida, dulzura y esperanza nuestra”.

Entonces, en el camino de la vida, dejémonos tomar de la mano. Las madres toman de la mano a los hijos y los introducen en la vida con amor. Pero cuántos hijos hoy van por su propia cuenta, pierden el rumbo, se creen fuertes y se extravían, se creen libres y se vuelven esclavos. Cuántos, olvidando el afecto materno, viven enfadados consigo mismos e indiferentes a todo. Cuántos, lamentablemente, reaccionan a todo y a todos, con veneno y maldad. La vida es así. En ocasiones, mostrarse malvados parece incluso signo de fortaleza. Pero es solo debilidad. Necesitamos aprender de las madres que el heroísmo está en darse, la fortaleza en ser misericordiosos, la sabiduría en la mansedumbre.

Dios no prescindió de la Madre: con mayor razón la necesitamos nosotros. Jesús mismo nos la ha dado, no en un momento cualquiera, sino en la cruz: «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19,27) dijo al discípulo, a cada discípulo. La Virgen no es algo opcional: debe acogerse en la vida. Es la Reina de la paz, que vence el mal y guía por el camino del bien, que trae la unidad entre los hijos, que educa a la compasión.

Tómanos de la mano, María. Aferrados a ti superaremos los recodos más estrechos de la historia. Llévanos de la mano para redescubrir los lazos que nos unen. Reúnenos juntos bajo tu manto, en la ternura del amor verdadero, donde se reconstituye la familia humana: “Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios”. Digámoslo todos juntos a la Virgen: “Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios”.