jueves, 5 de octubre de 2017

SEPULCRO DE SANTO DOMINGO DE GUZMÁN




 El 6 de agosto de 1221, Santo Domingo de Guzmán muere en el convento de San Nicolás de las Viñas de la ciudad de Bolonia, Italia, rodeado de sus frailes.


El 24 de mayo de 1233, se celebra Capítulo General, en Bolonia, presidido por el Maestro Jordán de Sajonia. Se inicia el “Proceso de canonización” de Domingo, con los testimonios de su vida, muerte y milagros, en Bolonia y Toulouse. Sus restos son trasladados a un nuevo sepulcro dentro de la iglesia, a un sarcófago de mármol sencillo, sin talla. Hay un despertar de la devoción popular en torno al sepulcro y nace el culto a Domingo de Guzmán.

El 3 de julio de 1234, el papa Gregorio IX, el cardenal Hugolino, canoniza solemnemente a Santo Domingo, en la ciudad de Rietti, con la Bula “Fons sapientiae”.

En 1264-65 se encarga al escultor Nicola Pisano la realización de los bajo relieves del Arca-sarcófago de Santo Domingo. Lo finaliza en 1267.

1358: En el Capítulo General de Estrasburgo se trata del ennoblecimiento arquitectónico de la Capilla que conserva el Arca-sepulcro de Santo Domingo.

1377 Primera piedra, bendecida por el MO Elías Raymond, de la que sería, con el tiempo, la Capilla de Santo Domingo, de estilo gótico boloñés en la Basílica de Santo Domingo de Bolonia.

El 15 de febrero de 1383 se abre el Arca-sarcófago para extraer el cráneo del Santo y se coloca en un relicario de plata dorada. Fue ejecutado por el orfebre boloñés Jacobo Roseto.

El 11 de noviembre de 1411, el Arca-sarcófago con las reliquias del Santo son trasladadas a la Capilla, en la que actualmente se venera.

En 1430: nueva remodelación del sarcófago de Nicola Pisano. El proyecto fue encomendado a Nicoló dell'Arca. Colocación de una tapa ornamental en forma de arcón-baúl, con veintiuna figuras.

1494: Miguel Angel Buonarroti, "Miguel Ángel", concluye tres esculturas no esculpidas por Nicoló dell'Arca para el sepulcro.

1539: Jerónimo Coltellini labró la última escultura, de las veintiuna proyectadas por Nicoló dell'Arca.  

1617: Guido Reni concluye el fresco de la "Gloria de Santo Domingo", en la concha absidal de la Capilla de Santo Domingo de Bolonia.


miércoles, 4 de octubre de 2017

AUDIENCIA GENERAL DEL PAPA FRANCISCO

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En esta catequesis quiero hablar sobre el tema “Misioneros de esperanza hoy”. Estoy contento de hacerlo al inicio del mes de octubre, que en la Iglesia está dedicado de modo particular a la misión, y también en la fiesta de San Francisco de Asís, que ha sido ¡un gran misionero de esperanza!

De hecho, el cristiano nos es un profeta de desgracias. ¿Han entendido esto? Nosotros no somos profetas de desgracias. La esencia de su anuncio es lo contrario, lo opuesto a las desgracias: es Jesús, muerto por amor y que Dios lo ha resucitado la mañana de Pascua. Y este es el núcleo de la fe cristiana.

Si los Evangelios se detuvieran en la sepultura de Jesús, la historia de este profeta iría a agregarse a las tantas biografías de personajes heroicos que han dado la vida por un ideal. El Evangelio sería entonces un libro edificante, también consolador, pero no sería un anuncio de esperanza.

Pero los Evangelios no se cierran con el viernes santo, van más allá; y es justamente este fragmento sucesivo el que transforma nuestras vidas. Los discípulos de Jesús estaban desconsolados ese sábado después de su crucifixión; aquella piedra colocada en la puerta del sepulcro había cerrado también los tres años de entusiasmo vividos por ellos con el Maestro de Nazaret.

Parecía que todo había terminado, y algunos, desilusionados y atemorizados, estaban ya dejando Jerusalén.

¡Pero Jesús resucita! Este hecho inesperado cambia e invierte la mente y el corazón de los discípulos. Porque Jesús no resucita solo por sí mismo, como si su renacer fuera una prerrogativa del cual estar celosos: si asciende hacia el Padre es porque quiere que su resurrección sea participada a todo ser humano, y lleve a lo alto toda creatura.

Y el día de Pentecostés los discípulos son transformados por el soplo del Espíritu Santo. No tendrán solamente una buena noticia para llevar a todos, sino serán ellos mismos diferentes de antes, como renacidos a una vida nueva. La resurrección de Jesús nos transforma con la fuerza del Espíritu Santo. Jesús está vivo, está vivo en medio de nosotros, está vivo y tiene esa fuerza para transformarnos.

¡Como es bello pensar que se es anunciador de la resurrección de Jesús no solamente con palabras, sino con los hechos y con el testimonio de vida! Jesús no quiere discípulos capaces sólo de repetir fórmulas aprendidas a memoria.

Quiere testigos: personas que propagan esperanza con su modo de acoger, de sonreír, de amar. Sobre todo de amar: porque la fuerza de la resurrección hace a los cristianos capaces de amar incluso cuando el amor parece haber perdido sus razones.

Hay “algo más” que habita en la existencia cristiana, y que no se explica simplemente con la fuerza de ánimo o un mayor optimismo. ¡No! La fe, nuestra esperanza no es sólo un optimismo; es otra cosa más. Es como si los creyentes fueran personas con un “pedazo de cielo” de más sobre la cabeza. ¡Es bello esto, eh! Nosotros somos personas con un pedazo de cielo de más sobre la cabeza, acompañados por una presencia que alguno no logra ni siquiera intuir.

Así la tarea de los cristianos en este mundo es aquel de abrir espacios de salvación, como células de regeneración capaces de restituir linfa a los que parecía perdido para siempre. Cuando el cielo esta nublado, es una bendición quien sabe hablar del sol. Es esto, el verdadero cristiano es así: no triste y amargado, sino convencido, por la fuerza de la resurrección, que ningún mal es infinito, ninguna noche es sin fin, ningún hombre está definitivamente equivocado, ningún odio es invencible por el amor.

Cierto, algunas veces los discípulos pagaran a caro precio esta esperanza donada a ellos por Jesús. Pensemos en tantos cristianos que no han abandonado a su pueblo, cuando ha llegado el tiempo de la persecución. Se han quedado ahí, donde era incierto incluso el mañana, donde no se podía hacer proyectos de ningún tipo, se han quedado esperando en Dios. Y pensemos en nuestros hermanos, en nuestras hermanas de Oriente Medio que dan testimonio de esperanza y también ofrecen la vida por este testimonio. Y ellos son verdaderos cristianos. Ellos llevan el cielo en el corazón, miran más allá, siempre más allá.

Quien ha tenido la gracia de abrazar la resurrección de Jesús puede todavía esperar en lo inesperado. Los mártires de todo tiempo, con su fidelidad a Cristo, narran que la injusticia no es la última palabra en la vida. En Cristo resucitado podemos continuar esperando. Los hombres y las mujeres que tienen un “por qué” vivir resisten más que los demás en los tiempos de desgracia.

Pero quien tiene a Cristo a su propio lado de verdad no teme más nada. Y por esto los cristianos no son jamás hombres fáciles y acomodados, los verdaderos cristianos, ¿no? Su humildad no se debe confundir con un sentido de inseguridad y de condescendencia. San Pablo anima a Timoteo a sufrir por el Evangelio, y dice así: «el Espíritu que Dios nos ha dado no es un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de sobriedad» (2 Tim 1,7). Caídos, se levantan siempre.

Es por esto, queridos hermanos y hermanas, que el cristiano es un misionero de esperanza. No por su mérito, sino gracias a Jesús, el grano de trigo que, cae en la tierra, ha muerto y ha dado mucho fruto (Cfr. Jn 12,24). Gracias.

SAN RAIMUNDO DE CAPUA

Fue un religioso italiano, entró en la Orden de Predicadores en 1350, en Bolonia. Fue el director espiritual de Santa Catalina de Siena, también fue profesor y superior de varios conventos. Ejerció los cargos de provincial en Lombardía en 1380 y Maestro General de la Orden.

Primeros tiempos en la Orden

Nació en Capua en 1330. Hijo de una de las familias más prominentes de Bolonia, conoció la Orden de Predicadores siendo estudiante universitario, a la que ingresa en 1350, tiempo más tarde contaría que en un sueño, el mismo Santo Domingo de Guzmán lo habría motivado a dar ese paso. Una de sus primeras obligaciones fue la de ser director espiritual de varios conventos de monjas en la región de Montepulciano. Fue uno de los primeros biógrafos de Santa Inés de Montepulciano, que había fallecido unos cincuenta años antes.

En 1367 fue llamado a Roma a fin de ser el superior del convento de Minerva. Enseñó en Santa María Novella, en Florencia, hasta que en 1374 fue enviado a Siena por el Maestro General de la Orden. Allí vivía Santa Catalina de Siena, la gran mística, a quien las autoridades de la Orden estaban lógicamente interesadas en servir, siendo Raimundo nombrado su director espiritual y confesor.

Con Catalina

Raimundo fue un hombre cuidadoso y modesto a pesar de haber sido nombrado para acompañar a una de las mujeres más celebres de ese tiempo. Al principio no demostró gran entusiasmo por su nueva misión, más el trato cotidiano le hizo ver que estaba conociendo a una verdadera santa. Una de sus primeras decisiones fue permitirle recibir la comunión diaria (una práctica muy poco concedida a laicos en ese entonces). Con la llegada de la peste negra a la región, los dos se volvieron incansables compañeros, apoyando y confortando a los enfermos y sus familias. Él mismo cayó enfermo, más con los cuidados y sobre todo las oraciones de Catalina se restableció cuando todos ya lo daban por perdido. Acompañó a Catalina en los últimos seis años que a ella le restaban, fruto de su acción, Catalina le enviaba diariamente docenas de personas para que se confesaran y se convirtieran, lo que le dejaba totalmente exhausto y sin tiempo para nada más. La Orden designó dos monjas para que los ayudaran con esa labor.

El Cisma

Cuando Catalina consiguió convencer al Papa Gregorio XI de regresar a Roma, terminando los setenta años de cautiverio en Avignón, este falleció al poco de su llegada, dando paso a la confusa elección de Urbano VI, algunos cardenales elegirán a Clemente VII. Todo el país, la Iglesia y la propia Orden se dividirán en varias facciones, apoyando a un bando o al otro. Catalina y Raimundo apoyarán al Papa legítimo, Urbano VI. Raimundo fue enviado por éste ante el rey de Francia para establecer negociaciones, pero fue impedido por soldados y populacho que apoyaban a la facción contraria. Catalina lo criticó duramente por haberle faltado el coraje y bravura suficientes para poder realizar aquella misión tan importante ante la cual poco valor tenía la propia vida.

Maestro y reformador

Pocas semanas después de la muerte de Catalina, en 1380, Raimundo fue electo Maestro General de la Orden, por lo menos por aquellos que apoyaban a Urbano VI. Su mandato,
en tales circunstancias fue obviamente muy complejo y difícil. Trató de reunir nuevamente a la dividida Orden, intentando restaurar el sistema de la observancia, una reforma religiosa que apenas pudo triunfar con Santa Teresa de Ávila. Además fue criticado por descuidar el estudio como factor primordial en el carisma dominico, sin embargo su estrategia de introducir en cada provincia al menos un convento reformado, resultó vencedora.

Falleció en Nurembega, en 1399, cuando estaba promoviendo la reforma, siendo posteriormente trasladado a Nápoles. En el quinto centenario de su muerte, el papa León XIII lo beatificó.

martes, 3 de octubre de 2017

Beato Domingo Spadafora, O.P

En Montecerignone, de la Romagna, beato Domingo Spadafora, presbítero de la Orden de Predicadores, que trabajó diligentemente en el ministerio de la predicación (1521).

Domingo Spadafora, nació en Randazzo en 1450, de la nobilísima y antiquísima familia Spadafora, oriunda de Costantinopoli, llamada así porque tenía el privilegio de llevar la espada desenvainada en presencia del Emperador. Domingo, despreciando cualquier humana grandeza, decidido honrar y servir al Señor de los Señores entró en la Orden Dominica, en el floreciente Convento de Santa Zita en Palermo, fundado por Pedro Jeremías.

Enviado a Padua para completar sus estudios, si admirables fueron sus progresos en la ciencia, más admirables fueron los adquiridos en la sólida virtud. Conseguido el doctorado, y de regreso en su patria, su santidad y saber no pudieron permanecer escondidos y fue nombrado ayudante del Maestro General.

En una capillita de Monte Cerignone, en el estado de Urbino, había una milagrosa imagen de la Santísima Virgen por la que los habitantes tenían gran veneración; deseando edificar allí una iglesia con religiosos que se dedicasen a la cura espiritual de la población circundante, pensaron en los dominicos.

Se dirigieron al Maestro General para conseguir que se iniciara una obra tan ventajosa para las almas y para la gloria de la Virgen, a la cual la Orden profesa especial devoción. El proyecto se aprobó, y Domingo fue elegido para dirigir la nueva fundación. En 1491 surgieron así la iglesia y el Convento del cual Domingo fue guía hasta su muerte. Para edificación de toda la población, en la ferviente comunidad florecieron las leyes y el espíritu de la Orden.

En todo Montefeltro se lo consideraba a Domingo un santo, y como tal fue venerado después de su muerte, sobrevenida el 21 de diciembre de 1521. Fue sepultado en la iglesia conventual, y en 1545 se encontró su cuerpo incorrupto. Desde 1677 es venerado en la iglesia de Santa Maria in Reclauso en Monte Cerignone.

El Papa Benedicto XV confirmó su culto el 12 de enero de 1912. El 3 de octubre se conmemora el aniversario de la traslación de sus reliquias llevada a cabo en 1677.

lunes, 2 de octubre de 2017

El papa Francisco reza ante la tumba de Santo Domingo

El papa Francisco estuvo rezando este domingo ante la tumba de Santo Domingo en Bolonia, durante el encuentro con los estudiantes y el mundo académico, dentro de la Visita Pastoral a Bolonia del Santo Padre.

  Al llegar a la plaza de San Domenico Francisco entró en la basílica de la Orden de Predicadores, saludó y conversó con los dominicos, rezó ante la tumba de Domingo y luego escribió un emotivo mensaje para sus "queridos dominicos".

 Delante de la tumba de Sto. Domingo he rezado por la Orden de Predicadores. Pedí para sus miembros la gracia de la fidelidad a la herencia recibida. Ogradecí al Santo por todo el bien que sus hijos hacen en la Iglesia y pedí como regalo un notable aumento de vocaciones.

  Queridos Dominicos: que Jesús los bendiga y la Virgen Santa los cuide. Y, por favor, no se olviden de rezar por mí.

Fraternalmente
Francisco

 Uno de los momentos más coloridos de la Visita Pastoral del Papa Francisco a Bolonia fue el encuentro con los estudiantes y el mundo académico que tuvo lugar la tarde del domingo 1 de octubre, en la Plaza San Domenico de esta ciudad conocida como “la docta” debido a su prestigiosa universidad, que durante siglos ha educado y transmitido conocimientos a ciudadanos de todo el mundo.

  Tras ser recibido por el rector de la Universidad, el señor Francesco Ubertini, en un ambiente de gran entusiasmo y expectación por parte de cientos de estudiantes, el Santo Padre dirigió un profundo discurso marcado por el carácter universal y humanístico propio de la institución universitaria, “que nunca tiene miedo de incluir a todos y que no puede vivir sin elevar el espíritu del conocimiento a lo mas alto”.

  “El Alma Mater de ustedes y de toda universidad está llamada a buscar aquello que une. La acogida que proporcionan a estudiantes provenientes de contextos difíciles y lejanos es una linda señal. Que Bolonia, encrucijada secular de encuentros, diálogos y relaciones; y en tiempos recientes cuna del proyecto Erasmus, ¡pueda cultivar siempre esta vocación!”, dijo el Papa recordando que la Universidad en Europa tiene susraíces más profundas en el humanismo, al cual también las instituciones civiles y la Iglesia han contribuído desempeñando roles distintos.

  Teniendo en cuenta este “espíritu académico que une”, el Obispo de Roma propuso tres derechos totalmente actuales y ligados al “saber universal”:

  En primer lugar elderecho a la cultura: el cual además de llevar implícito el “derecho al acceso a la educación”, significa también “tutelar el conocimiento, haciendo que sea humano y al mismo tiempo humanizante”, con el fin de que el estudio sirva para “cuestionarnos preguntas que busquen el sentido de la vida, sin dejarnos anestesiar por la banalidad”. “Esta es la gran tarea de ustedes: responder a los estribillos paralizantes del consumismo cultural, con elecciones dinámicas y fuertes, con la cúsqueda, el conocimiento y el compartir”, afirmó el Pontífice alentando a “sacar afuera lo mejor de cada uno para el bien de todos y poniendo en guardia sobre los riesgos decaer en una pseudoculturaque descarta al ser humano".

Crecer libres sin miedo al futuro
  En segundo lugar, Francisco habló sobre el derecho a la esperanza que es el derecho a no ser ser invadidos cotidianamente de la retórica del miedo y del odio, a no ser sometido por las frases hechas del populismo o por la proliferación inquietante y provechosa de las “falsas noticias”. “Es el derecho para ustedes jóvenes, a crecer libres sin miedo al futuro, a saber que en la vida existen realidades bellas y duraderas, por las cuales vale la pena jugársela”, recalcó el Papa, añadiendo que la crisis que vivimos actualmente, es tambiénuna oportunidad, un desafío a la inteligencia y libertad de cada uno, que debemos aprovechar para convertirnos en “artesanos de esperanza”. ¡Qué lindo sería que las aulas de universidad fueran “canteras de esperanza”!, dijo Francisco.

  Por último, el Sucesor de Pedro destacó el derecho a la paz; un derecho y al mismo tiempo deber, que está inscrito en el corazón de la humanidad, ya que la unidad prevalece sobre el conflicto (Evangelii gaudium, 226). “No tengan miedo a la unidad”, pidió Francisco, recordando que este año se celebró el 60° aniversario de la firma de los tratados de Roma, que dieron inicio a la unidad europea custodiando así el derecho a la paz, tras dos guerras mundiales y la atroz violencia de pueblos contra pueblos.

  Asimismo, el Obispo de Roma puso como ejemplo de lucha en favor de la Paz al Papa Benedicto XV, quien fuera también Obispo de Bolonia y que hace 100 años, definió a la guerra como “una inútil masacre” en una carta dirigida a los jefes de las partes beligerantes, firmada el 1 de agosto de 1917.

  “La historia enseña que la guerra es siempre una inútil masacre”, reiteró el Santo Padre indicando que la Iglesia no puede permanecer neutral frente al mal que se comete, pero debe ir siempre encaminada hacia la paz.

  Para concluir, el Papa señaló algunos retos para la Institución Universitaria, presente en la sociedad para garantizar el estudio de los derechos de todos, evitando los conflictos violentos: confirmar los derechos de las personas y de los pueblos, especialmente de aquellos más débiles, de los que son descartados y defender los derechos de la creación, nuestra casa común.

  “No hagan caso a quienes dicen que luchar por ésto es inútil y que nada cambiará. No se acontenten con sueños pequeños, sino que sueñen a lo grande. También yo sueño”, dijo Francisco, pero "no sólo mientras duermo porque los sueños grandes se hacen con los ojos abiertos, llevándolos delante de la luz del sol”.

  «Renuevo con ustedes el sueño de un nuevo humanismo europeo, para el que hace falta tener memoria, coraje, y una sana y humana utopía"; prosiguió el Pontífice, "el sueño de una Europa madre que respeta la vida y ofrece esperanza de vida, de una Europa donde los jóvenes respiran el aire puro de la honestidad, aman la belleza de la cultura y de una vida simple, no contaminadapor las infinitas exigencias del consumismo; en la cual casarse y tener hijos es una responsibilidad y una alegría grande, no un problema derivado de la falta de trabajo suficientemente estable. (Discurso con motivo de la entrega del Premio Carlo Magno, 6 de mayo 2016). Sueño una Europa “universitaria y madre” que, conocedora de su cultura, infunda esperanza a sus hijos y sea instrumento de paz para el mundo», concluyó el Papa.

domingo, 1 de octubre de 2017

ÁNGELUS DEL PAPA FRANCISCO

Queridos hermanos y hermanas, ¡buen domingo!
Los saludo a todos ustedes que pertenecen al mundo del trabajo, en la variedad de sus expresiones. Entre ellas existe lamentablemente también aquella negativa, es decir, la situación difícil, a veces angustiante, de la falta de trabajo. ¡Gracias por su acogida!
Ustedes representan las diversas partes sociales, muchas veces en discusión incluso dura entre ellas, pero han aprendido que solo juntos se puede salir de la crisis y construir el futuro. Sólo el diálogo, en las reciprocas competencias, puede permitir encontrar respuestas eficaces e innovadoras para todos, también en la calidad del trabajo, en particular el indispensable bienestar. Es aquello que algunos llaman el “sistema Emilia”. Traten de llevarlo adelante. Hay necesidad de soluciones estables y capaces de ayudar a mirar al futuro para responder a las necesidades de las personas y de las familias.

En su territorio desde hace tiempo se ha desarrollado la experiencia cooperativa, que nace del valor fundamental de la solidaridad. Hoy esa tiene todavía mucho por ofrecer, también para ayudar a tantos que están en dificultad y tienen necesidad de ese “ascensor social” que según algunos estaría del todo fuera de uso. No dobleguemos jamás la solidaridad a la lógica del provecho financiero, porque así la quitamos – podría decir la robamos – a los más débiles que tienen tanta necesidad. Buscar una sociedad más justa no es un sueño del pasado sino un compromiso, un trabajo, que hoy tiene necesidad de todos.

La situación de la desocupación juvenil e aquella de tantos que han perdido el trabajo y no logran re-inserirse son realidades a las cuales no podemos acostumbrarnos, tratándolas como si fueran solamente estadísticas.

La acogida y la lucha a la pobreza pasan en gran parte a través del trabajo. No se ofrece verdadera ayuda a los pobres sin que puedan encontrar trabajo y dignidad. Este es el desafío apasionado, como en los años de la reconstrucción después de la guerra, que tanta pobreza había dejado. El reciente “Pacto para el trabajo”, que ha visto a todas las partes sociales, y también la Iglesia firmar un común empeño para ayudar en la búsqueda de respuestas estables, no de limosnas, es un método importante que deseo pueda dar los frutos esperados.

La crisis económica tiene una dimensión europea y global; y, como sabemos, esta es también crisis ética, espiritual y humana. A la raíz existe una traición del bien común, de parte sea de los individuos sea de los grupos de poder. Es necesario pues quitar centralidad a la ley del provecho y asignarla a la persona y al bien común. Pero para que esta centralidad sea real, efectiva y no sólo proclamada con palabras, es necesario aumentar las oportunidades de trabajo digno. Este es una tarea que pertenece a la sociedad entera: en esta fase en modo particular, todo el cuerpo social, en sus varios componentes, está llamado a realizar todo esfuerzo para que el trabajo, que es factor primario de dignidad, sea una preocupación central.

Aquí nos encontramos ante San Petronio, recordado como Pater et Protector y representado siempre con la ciudad entre sus manos. De aquí físicamente vemos tres aspectos  constitutivos de su ciudad: la Iglesia, el Municipio y la Universidad. Cuando ellos dialogan y colaboran entre sí, se refuerza el precioso humanismo que ellos expresan y la ciudad – por así decir – respira, tiene un horizonte, y no tiene miedo de afrontar los desafíos que se presentan. Los animo a valorizar este humanismo del cual son depositarios para buscar soluciones sabias y prudentes a los complejos problemas de nuestro tiempo, viéndolas si como dificultades, pero también como oportunidades de crecimiento y de mejoría. Y esto que les digo vale para Italia en su conjunto y para la entera Europa.

Queridos amigos, les soy particularmente cercano, poniendo en las manos del Señor y de la Virgen de San Lucas todas sus ansias y preocupaciones. A Ella, tan venerada por todos los boloñeses, nos dirigimos ahora con la oración del Ángelus.

Domingo XXVI del tiempo ordinario (CICLO A)

Evangelio (Mt 21,28-32): En aquel tiempo, Jesús dijo a los sumos sacerdotes: «¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Llegándose al primero, le dijo: ‘Hijo, vete hoy a trabajar en la viña’. Y él respondió: ‘No quiero’, pero después se arrepintió y fue. Llegándose al segundo, le dijo lo mismo. Y él respondió: ‘Voy, Señor’, y no fue. 

»¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?». «El primero», le dicen. Díceles Jesús: «En verdad os digo que los publicanos y las rameras llegan antes que vosotros al Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros por camino de justicia, y no creísteis en Él, mientras que los publicanos y las rameras creyeron en Él. Y vosotros, ni viéndolo, os arrepentisteis después, para creer en Él».

COMPARTIMOS:
Hoy, contemplamos al padre y dueño de la viña pidiendo a sus dos hijos: «Hijo, vete hoy a trabajar en la viña» (Mt 21,29). Uno dice “sí”, y no va. El otro dice “no”, y va. Ninguno de los dos mantiene la palabra dada.

Seguramente, el que dice “sí” y se queda en casa no pretende engañar a su padre. Será simplemente pereza, no sólo “pereza de hacer”, sino también de reflexionar. Su lema: “A mí, ¿qué me importa lo que dije ayer?”.

Al del “no”, sí que le importa lo que dijo ayer. Le remuerde aquel desaire con su padre. Del dolor arranca la valentía de rectificar. Corrige la palabra falsa con el hecho certero. “Errare, humanum est?”. Sí, pero más humano aún —y más concorde con la verdad interior grabada en nosotros— es rectificar. Aunque cuesta, porque significa humillarse, aplastar la soberbia y la vanidad. Alguna vez habremos vivido momentos así: corregir una decisión precipitada, un juicio temerario, una valoración injusta... Luego, un suspiro de alivio: —Gracias, Señor! 

«En verdad os digo que los publicanos y las rameras llegan antes que vosotros al Reino de Dios» (Mt 21,31). San Juan Crisóstomo resalta la maestría psicológica del Señor ante esos “sumos sacerdotes”: «No les echa en cara directamente: ‘¿Por qué no habéis creído a Juan?’, sino que antes bien les confronta —lo que resulta mucho más punzante— con los publicanos y prostitutas. Así les reprocha con la fuerza patente de los hechos la malicia de un comportamiento marcado por respetos humanos y vanagloria».

Metidos ya en la escena, quizá echemos de menos la presencia de un tercer hijo, dado a las medias tintas, en cuyo talante nos sería más fácil reconocernos y pedir perdón, avergonzados. Nos lo inventamos —con permiso del Señor— y le oímos contestar al padre, con voz apagada: ‘Puede que sí, puede que no…’. Y hay quien dice haber oído el final: ‘Lo más probable es que a lo mejor quién sabe…’.