viernes, 8 de septiembre de 2017

Beato Alain de la Roche, presbítero O.P

Nació en Plouër-sur-Rance, sobre 1428. No se sabe nada de su infancia y juventud, salvo que tomó el hábito dominico en Dinan, sobre 1450. La vida religiosa no le satisfacía del todo (la santidad no es cosa de mediocres) y pasó una crisis espiritual. La venció con oración y penitencia, y buscando otros aires, se trasladó a los Países Bajos, donde los conventos de la Orden de Predicadores florecían en vida observante. Fue predicador itinerante en Como buen religioso dominico, Alain era devotísimo de la Santísima Virgen, y siempre andaba con el "Ave María" en el corazón, "esta oración continuamente venía a sus labios en sus predicaciones, en sus conversaciones privadas, en sus viajes y en su trabajo", testificará uno de sus novicios. Y en relación a la Madre de Dios es la mayor gloria del Beato Alain, que fue la promoción del rezo del Rosario.

Sobre el Rosario mucho se ha dicho, y es poco aún, siendo una oración tan importante en la vida de la Iglesia. Comúnmente, y con cierta simpleza, se dice que Nuestra Señora se le apareció a Santo Domingo de Guzmán (8 de agosto; 24 de mayo, traslación de las reliquias, y 15 de septiembre "santo Domingo in Soriano") y le dio el rosario, enseñándole como rezarlo. Pero la historia nos demuestra otra cosa: Brevemente, el origen del rosario está en la costumbre monacal de rezar los 150 salmos cada día; los monjes legos, que no sabían leer, o se aprendían los salmos de memoria, o los sustituían por 150 padrenuestros. Hay que notar que este orar repetitivo entronca perfectamente con la tradición judía de repetir palabras insistentemente (lo que hoy se llama "mantra", como si se hubiera inventado ahora), como haría el mismo Cristo en su vida. En el siglo IX encontramos en Irlanda la costumbre de hacer nudos en un cordel para contar, los Padrenuestros o las Ave María. Esta costumbre se uniría a la de ofrendar las coronas de flores o rosas a las imágenes marianas, tradición proveniente de cultos pre-cristianos. Así que es totalmente cierto decir que en el siglo X ya se conocía esta devoción, por más que se conformara con el tiempo. Eso en Occidente, porque en el cristianismo oriental, en el Islam o el Budismo, igualmente existe la costumbre de orar repetitivamente usando cuentas. 

Ciertamente, cuando Santo Domingo de Guzmán comienza su obra evangelizadora y apologética ante la herejía albigense, descubrió la importancia de la devoción mariana como elemento fortalecedor de la fe cristiana y lo aprovechó en su labor misionera con excelentes frutos. Esa necesidad devocional, sumada a la facilidad del rezo, incluso para los que no sabían leer, dieron como fruto que la Orden Dominica se lanzara de lleno a la propagación de esta devoción, a la que surgirían, con el tiempo, algunas parecidas, como la corona de Santa Brígida, el rosario de las Llagas de Cristo... etc., etc. Un hito importantísimo sería la división en "misterios" del Evangelio, hecha por el cartujo Egher de Kalgar. La primera meditación de pasajes evangélicos unidos al rosario es del benedictino inglés Dominique Hélion (he aquí el origen de la leyenda sobre santo Domingo y el rosario: en otro Domingo). Ambos aportes datan de inicios del siglo XV, cuando nace nuestro Beato.

Con Alain de la Roche, la devoción tuvo un nuevo empuje. Predicando, disciplinándose, organizando procesiones y devociones públicas, poco a poco el Beato Alain hizo del rosario la oración mariana predilecta del pueblo y de la Iglesia. su obra piados principal fue la fundación de la Cofradía del Rosario, llamada en origen "Cofradía del Salterio de Jesús y María", recogiendo el origen monástico del rosario, fundada en 1470 en Douai, y en apenas un año ya tenía 50.000 miembros. Fue este el origen de la "Hermandad del Rosario", establecida hasta hoy en casi todas las iglesias dominicas. Alain, además, fue maestro en Teología, de la que se había doctorado en 1474. Tuvo cátedra en París, Lille y Douai. Y en la Orden tuvo el cargo de visitador, por lo que viajó por varios países europeos, como Polonia o Alemania. Y siempre predicando sobre el Santísimo Rosario.

La leyenda, que no falta, nos dice que la Virgen se le apareció muchas veces, alentándole a perseverar, y que le profetizó el nacimiento de la herejía luterana, siendo el Rosario un eficaz remedio contra dicho mal. También le mostró los males que atraería para toda la Iglesia el abandonar su rezo, que ella lo tenía como preferido por sobre todos. Apariciones marianas como Lourdes o Fátima corroborarían este amor de la Santísima Virgen al Santo Rosario. En el siglo XIX se hicieron famosas las "15 promesas del rosario", que la Virgen habría dado a Alain, pero lo cierto es que solo se hallan si se entresacan y se interpretan de sus textos. Como las conocidas 12 promesas del Sagrado Corazón a Margarita de Alacoque, no existen como tal, sino que son interpretaciones posteriores.

Alain falleció en Zwolle, Holanda, el 8 de septiembre de 1475, como había profetizado y deseado, por ser el día de la Natividad de María. La Orden lo celebra como Beato aunque nunca ha sido beatificado oficialmente. El primer manual impreso de la Cofradía del Rosario, que explicaba cómo rezarlo, fue publicado en Colonia en 1476. Sus obras teológicas, cartas y textos piadosos fueron publicados por primera vez en Estocolmo, en 1498.

ENCUENTRO CON EL COMITÉ DIRECTIVO DEL CELAM DISCURSO DEL SANTO PADRE, Nunciatura apostólica, Bogotá

Queridos hermanos, gracias por este encuentro y por las cálidas palabras de bienvenida del Presidente de la Conferencia del Episcopado Latinoamericano. De no haber sido por las exigencias de la agenda, muy apretada, hubiera querido encontrarlos en la sede del CELAM. Les agradezco la delicadeza de estar aquí en este momento.

Agradezco el esfuerzo que hacen para transformar esta Conferencia Episcopal continental en una casa al servicio de la comunión y de la misión de la Iglesia en América Latina; en un centro propulsor de la conciencia discipular y misionera; en una referencia vital para la comprensión y la profundización de la catolicidad latinoamericana, delineada gradualmente por este organismo de comunión durante décadas de servicio. Y hago propicia la ocasión para animar los recientes esfuerzos con el fin de expresar esta solicitud colegial mediante el Fondo de Solidaridad de la Iglesia Latinoamericana.

Hace cuatro años, en Río de Janeiro, tuve ocasión de hablarles sobre la herencia pastoral de Aparecida, último acontecimiento sinodal de la Iglesia Latinoamericana y del Caribe. En aquel momento subrayaba la permanente necesidad de aprender de su método, sustancialmente compuesto por la participación de las Iglesias locales y en sintonía con los peregrinos que caminan en busca del rostro humilde de Dios que quiso manifestarse en la Virgen pescada en las aguas, y que se prolonga en la misión continental que quiere ser, no la suma de iniciativas programáticas que llenan agendas y también desperdician energías preciosas, sino el esfuerzo para poner la misión de Jesús en el corazón de la misma Iglesia, transformándola en criterio para medir la eficacia de las estructuras, los resultados de su trabajo, la fecundidad de sus ministros y la alegría que ellos son capaces de suscitar. Porque sin alegría no se atrae a nadie.

Me detuve entonces en las tentaciones, todavía presentes, de la ideologización del mensaje evangélico, del funcionalismo eclesial y del clericalismo, porque está siempre en juego la salvación que nos trae Cristo. Esta debe llegar con fuerza al corazón del hombre para interpelar su libertad, invitándolo a un éxodo permanente desde la propia autorreferencialidad hacia la comunión con Dios y con los demás hermanos.

Dios, al hablar en Jesús al hombre, no lo hace con un vago reclamo como a un forastero, ni con una convocación impersonal como lo haría un notario, ni con una declaración de preceptos a cumplir como lo hace cualquier funcionario de lo sacro. Dios habla con la inconfundible voz del Padre al hijo, y respeta su misterio porque lo ha formado con sus mismas manos y lo ha destinado a la plenitud. Nuestro mayor desafío como Iglesia es hablar al hombre como portavoz de esta intimidad de Dios, que lo considera hijo, aun cuando reniegue de esa paternidad, porque para Él somos siempre hijos reencontrados.

No se puede, por tanto, reducir el Evangelio a un programa al servicio de un gnosticismo de moda, a un proyecto de ascenso social o a una concepción de la Iglesia como una burocracia que se autobeneficia, como tampoco esta se puede reducir a una organización dirigida, con modernos criterios empresariales, por una casta clerical.

La Iglesia es la comunidad de los discípulos de Jesús; la Iglesia es Misterio (cf. Lumen Gentium, 5) y Pueblo (cf. ibíd., 9), o mejor aún: en ella se realiza el Misterio a través del Pueblo de Dios.

Por eso insistí sobre el discipulado misionero como un llamado divino para este hoy tenso y complejo, un permanente salir con Jesús para conocer cómo y dónde vive el Maestro. Y mientras salimos en su compañía conocemos la voluntad del Padre, que siempre nos espera. Sólo una Iglesia Esposa, Madre, Sierva, que ha renunciado a la pretensión de controlar aquello que no es su obra sino la de Dios, puede permanecer con Jesús aun cuando su nido y su resguardo es la cruz.

Cercanía y encuentro. Cercanía y encuentro son los instrumentos de Dios que, en Cristo, se ha acercado y nos ha encontrado siempre. El misterio de la Iglesia es realizarse como sacramento de esta divina cercanía y como lugar permanente de este encuentro. De ahí la necesidad de la cercanía del obispo a Dios, porque en Él se halla la fuente de la libertad y de la fuerza del corazón del pastor, así como de la cercanía al Pueblo Santo que le ha sido confiado. En esta cercanía el alma del apóstol aprende a hacer tangible la pasión de Dios por sus hijos.

Aparecida es un tesoro cuyo descubrimiento todavía está incompleto. Estoy seguro de que cada uno de ustedes descubre cuánto se ha enraizado su riqueza en las Iglesias que llevan en el corazón. Como los primeros discípulos enviados por Jesús en plan misionero, también nosotros podemos contar con entusiasmo todo cuanto hemos hecho (cf. Mc 6,30).

Sin embargo, es necesario estar atentos. Las realidades indispensables de la vida humana y de la Iglesia no son nunca un monumento sino un patrimonio vivo. Resulta mucho más cómodo transformarlas en recuerdos de los cuales se celebran los aniversarios: ¡50 años de Medellín, 20 de Ecclesia in America, 10 de Aparecida! En cambio, es otra cosa: custodiar y hacer fluir la riqueza de tal patrimonio (pater - munus) constituyen el munus de nuestra paternidad episcopal hacia la Iglesia de nuestro continente.

Bien saben que la renovada conciencia, de que al inicio de todo está siempre el encuentro con Cristo vivo, requiere que los discípulos cultiven la familiaridad con Él; de lo contrario el rostro del Señor se opaca, la misión pierde fuerza, la conversión pastoral retrocede. Orar y cultivar el trato con Él es, por tanto, la actividad más improrrogable de nuestra misión pastoral.

A sus discípulos, entusiastas de la misión cumplida, Jesús les dijo: «Vengan ustedes solos a un lugar deshabitado» (Mc 6,31). Nosotros necesitamos más todavía este estar a solas con el Señor para reencontrar el corazón de la misión de la Iglesia en América Latina en sus actuales circunstancias. ¡Hay tanta dispersión interior y también exterior! Los múltiples acontecimientos, la fragmentación de la realidad, la instantaneidad y la velocidad del presente, podrían hacernos caer en la dispersión y en el vacío. Reencontrar la unidad es un imperativo.

¿Dónde está la unidad? Siempre en Jesús. Lo que hace permanente la misión no es el entusiasmo que inflama el corazón generoso del misionero, aunque siempre es necesario; más bien es la compañía de Jesús mediante su Espíritu. Si no salimos con Él en la misión pronto perderíamos el camino, arriesgándonos a confundir nuestras necesidades vacuas con su causa. Si la razón de nuestro salir no es Él será fácil desanimarse en medio de la fatiga del camino, o frente a la resistencia de los destinatarios de la misión, o ante los cambiantes escenarios de las circunstancias que marcan la historia, o por el cansancio de los pies debido al insidioso desgaste causado por el enemigo.

No forma parte de la misión ceder al desánimo cuando, quizás, habiendo pasado el entusiasmo de los inicios, llega el momento en el que tocar la carne de Cristo se vuelve muy duro. En una situación como esta, Jesús no alienta nuestros miedos. Y como bien sabemos que a ningún otro podemos ir, porque sólo Él tiene palabras de vida eterna (cf. Jn 6,68), es necesario en consecuencia, profundizar nuestra elección.

¿Qué significa concretamente salir con Jesús en misión hoy en América Latina? El adverbio «concretamente» no es un detalle de estilo literario, más bien pertenece al núcleo de la pregunta. El Evangelio es siempre concreto, jamás un ejercicio de estériles especulaciones. Conocemos bien la recurrente tentación de perderse en el bizantinismo de los doctores de la ley, de preguntarse hasta qué punto se puede llegar sin perder el control del propio territorio demarcado o del presunto poder que los límites prometen.

Mucho se ha hablado sobre la Iglesia en estado permanente de misión. Salir con Jesús es la condición para tal realidad. Salir, sí, pero con Jesús. El Evangelio habla de Jesús que, habiendo salido del Padre, recorre con los suyos los campos y los poblados de Galilea. No se trata de un recorrido inútil del Señor. Mientras camina, encuentra; cuando encuentra, se acerca; cuando se acerca, habla; cuando habla, toca con su poder; cuando toca, cura y salva. Llevar al Padre a cuantos encuentra es la meta de su permanente salir, sobre el cual debemos reflexionar continuamente y hacer un examen de conciencia. La Iglesia debe reapropiarse de los verbos que el Verbo de Dios conjuga en su divina misión. Salir para encontrar, sin pasar de largo; reclinarse sin desidia; tocar sin miedo. Se trata de que se metan día a día en el trabajo de campo, allí donde vive el Pueblo de Dios que les ha sido confiado. No nos es lícito dejarnos paralizar por el aire acondicionado de las oficinas, por las estadísticas y las estrategias abstractas. Es necesario dirigirse al hombre en su situación concreta; de él no podemos apartar la mirada. La misión se realiza siempre cuerpo a cuerpo.

Una Iglesia capaz de ser sacramento de unidad

¡Se ve tanta dispersión en nuestro entorno! Y no me refiero solamente a la de la rica diversidad que siempre ha caracterizado el continente, sino a las dinámicas de disgregación. Hay que estar atentos para no dejarse atrapar en estas trampas. La Iglesia no está en América Latina como si tuviera las maletas en la mano, lista para partir después de haberla saqueado, como han hecho tantos a lo largo del tiempo. Quienes obran así miran con sentido de superioridad y desprecio su rostro mestizo; pretenden colonizar su alma con las mismas fallidas y recicladas fórmulas sobre la visión del hombre y de la vida, repiten iguales recetas matando al paciente mientras enriquecen a los médicos que los mandan; ignoran las razones profundas que habitan en el corazón de su pueblo y que lo hacen fuerte exactamente en sus sueños, en sus mitos, a pesar de los numerosos desencantos y fracasos; manipulan políticamente y traicionan sus esperanzas, dejando detrás de sí tierra quemada y el terreno pronto para el eterno retorno de lo mismo, aun cuando se vuelva a presentar con vestido nuevo. Hombres y utopías fuertes han prometido soluciones mágicas, respuestas instantáneas, efectos inmediatos. La Iglesia, sin pretensiones humanas, respetuosa del rostro multiforme del continente, que considera no una desventaja sino una perenne riqueza, debe continuar prestando el humilde servicio al verdadero bien del hombre latinoamericano. Debe trabajar sin cansarse para construir puentes, abatir muros, integrar la diversidad, promover la cultura del encuentro y del diálogo, educar al perdón y a la reconciliación, al sentido de justicia, al rechazo de la violencia y al coraje de la paz. Ninguna construcción duradera en América Latina puede prescindir de este fundamento invisible pero esencial.

La Iglesia conoce como pocos aquella unidad sapiencial que precede cualquier realidad en América Latina. Convive cotidianamente con aquella reserva moral sobre la que se apoya el edificio existencial del continente. Estoy seguro de que mientras estoy hablando de esto ustedes podrían darle nombre a esta realidad. Con ella debemos dialogar continuamente. No podemos perder el contacto con este sustrato moral, con este humus vital que reside en el corazón de nuestra gente, en el que se percibe la mezcla casi indistinta, pero al mismo tiempo elocuente, de su rostro mestizo: no únicamente indígena, ni hispánico, ni lusitano, ni afroamericano, sino mestizo, ¡latinoamericano!

Guadalupe y Aparecida son manifestaciones programáticas de esta creatividad divina. Bien sabemos que esto está en la base sobre la que se apoya la religiosidad popular de nuestro pueblo; es parte de su singularidad antropológica; es un don con el que Dios se ha querido dar a conocer a nuestra gente. Las páginas más luminosas de la historia de nuestra Iglesia han sido escritas precisamente cuando se ha sabido nutrir de esta riqueza, hablar a este corazón recóndito que palpita custodiando, como un pequeño fueguito encendido bajo las aparentes cenizas, el sentido de Dios y de su trascendencia, la sacralidad de la vida, el respeto por la creación, los lazos de solidaridad, la alegría de vivir, la capacidad de ser feliz sin condiciones.

Para hablar a esta alma que es profunda, para hablar a la Latinoamérica profunda, a la Iglesia no le queda otro camino que aprender continuamente de Jesús. Dice el Evangelio que hablaba sólo en parábolas (cf. Mc 4,34). Imágenes que involucran y hacen partícipes, que transforman a los oyentes de su Palabra en personajes de sus divinos relatos. El santo Pueblo fiel de Dios en América Latina no comprende otro lenguaje sobre Él. Estamos invitados a salir en misión no con conceptos fríos que se contentan con lo posible, sino con imágenes que continuamente multiplican y despliegan sus fuerzas en el corazón del hombre, transformándolo en grano sembrado en tierra buena, en levadura que incrementa su capacidad de hacer pan de la masa, en semilla que esconde la potencia del árbol fecundo.

Una Iglesia capaz de ser sacramento de esperanza

Muchos se lamentan de cierto déficit de esperanza en la América Latina actual. A nosotros no nos está consentida la «quejumbrosidad», porque la esperanza que tenemos viene de lo alto. Además, bien sabemos que el corazón latinoamericano ha sido amaestrado por la esperanza. Como decía un cantautor brasileño «a esperança è equilibrista; dança na corda bamba de sombrinha» (João Bosco, O Bêbado e a Equilibrista). Cuidado. Y cuando se piensa que se ha acabado, hela aquí nuevamente donde nosotros menos la esperabamos. Nuestro pueblo ha aprendido que ninguna desilusión es suficiente para doblegarlo. Sigue al Cristo flagelado y manso, sabe desensillar hasta que aclare y permanece en la esperanza de su victoria, porque —en el fondo— tiene conciencia que no pertenece totalmente a este mundo.

Es indudable que la Iglesia en estas tierras es particularmente un sacramento de esperanza, pero es necesario vigilar sobre la concretización de esta esperanza. Tanto más trascendente cuanto más debe transformar el rostro inmanente de aquellos que la poseen. Les ruego que vigilen sobre la concretización de la esperanza y consiéntanme recordarles algunos de sus rostros ya visibles en esta Iglesia latinoamericana.

La esperanza en América Latina tiene un rostro joven

Se habla con frecuencia de los jóvenes —se declaman estadísticas sobre el continente del futuro—, algunos ofrecen noticias sobre su presunta decadencia y sobre cuánto estén adormilados, otros aprovechan de su potencial para consumir, no pocos les proponen el rol de peones del tráfico de la droga y de la violencia. No se dejen capturar por tales caricaturas sobre sus jóvenes. Mírenlos a los ojos, busquen en ellos el coraje de la esperanza. No es verdad que estén listos para repetir el pasado. Ábranles espacios concretos en las Iglesias particulares que les han sido confiadas, inviertan tiempo y recursos en su formación. Propongan programas educativos incisivos y objetivos pidiéndoles, como los padres le piden a los hijos, el resultado de sus potencialidades y educando su corazón en la alegría de la profundidad, no de la superficialidad. No se conformen con retóricas u opciones escritas en los planes pastorales jamás puestos en práctica.

He escogido Panamá, el istmo de este continente, para la Jornada Mundial de la Juventud del 19 que será celebrada siguiendo el ejemplo de la Virgen que proclama: «He aquí la sierva» y «se cumpla en mí» (Lc 1,38). Estoy seguro de que en todos los jóvenes se esconde un istmo, en el corazón de todos nuestros chicos hay un pequeño y alargado pedazo de terreno que se puede recorrer para conducirlos hacia un futuro que sólo Dios conoce y a Él le pertenece. Toca a nosotros presentarles grandes propuestas para despertar en ellos el coraje de arriesgarse junto a Dios y de hacerlos, como la Virgen, disponibles.

La esperanza en América Latina tiene un rostro femenino

No es necesario que me alargue para hablar del rol de la mujer en nuestro continente y en nuestra Iglesia. De sus labios hemos aprendido la fe; casi con la leche de sus senos hemos adquirido los rasgos de nuestra alma mestiza y la inmunidad frente a cualquier desesperación. Pienso en las madres indígenas o morenas, pienso en las mujeres de la ciudad con su triple turno de trabajo, pienso en las abuelas catequistas, pienso en las consagradas y en las tan discretas artesanas del bien. Sin las mujeres la Iglesia del continente perdería la fuerza de renacer continuamente. Son las mujeres quienes, con meticulosa paciencia, encienden y reencienden la llama de la fe. Es un serio deber comprender, respetar, valorizar, promover la fuerza eclesial y social de cuanto realizan. Acompañaron a Jesús misionero; no se retiraron del pie de la cruz; en soledad esperaron que la noche de la muerte devolviese al Señor de la vida; inundaron el mundo con el anuncio de su presencia resucitada. Si queremos una nueva y vivaz etapa de la fe en este continente, no la vamos a obtener sin las mujeres. Por favor, no pueden ser reducidas a siervas de nuestro recalcitrante clericalismo; ellas son, en cambio, protagonistas en la Iglesia latinoamericana; en su salir con Jesús; en su perseverar, incluso en el sufrimiento de su Pueblo; en su aferrarse a la esperanza que vence a la muerte; en su alegre modo de anunciar al mundo que Cristo está vivo, y ha resucitado.

La esperanza en América Latina pasa a través del corazón, la mente y los brazos de los laicos

Quisiera reiterar lo que recientemente he dicho a la Pontificia Comisión para América Latina. Es un imperativo superar el clericalismo que infantiliza a los Christifideles laici y empobrece la identidad de los ministros ordenados.

Si bien se invirtió mucho esfuerzo y algunos pasos han sido dados, los grandes desafíos del continente permanecen sobre la mesa y continúan esperando la concretización serena, responsable, competente, visionaria, articulada, consciente, de un laicado cristiano que, como creyente, esté dispuesto a contribuir en los procesos de un auténtico desarrollo humano, en la consolidación de la democracia política y social, en la superación estructural de la pobreza endémica, en la construcción de una prosperidad inclusiva fundada en reformas duraderas y capaces de preservar el bien social, en la superación de la desigualdad y en la custodia de la estabilidad, en la delineación de modelos de desarrollo económico sostenibles que respeten la naturaleza y el verdadero futuro del hombre, que no se resuelve con el consumismo desmesurado, así como también en el rechazo de la violencia y la defensa de la paz.

Y algo más: en este sentido, la esperanza debe siempre mirar al mundo con los ojos de los pobres y desde la situación de los pobres. Ella es pobre como el grano de trigo que muere (cf. Jn 12,24), pero tiene la fuerza de diseminar los planes de Dios.

La riqueza autosuficiente con frecuencia priva a la mente humana de la capacidad de ver, sea la realidad del desierto sea los oasis escondidos. Propone respuestas de manual y repite certezas de talkshows; balbucea la proyección de sí misma, vacía, sin acercarse mínimamente a la realidad. Estoy seguro que en este difícil y confuso pero provisorio momento que vivimos, las soluciones para los problemas complejos que nos desafían nacen de la sencillez cristiana que se esconde a los poderosos y se muestra a los humildes: la limpieza de la fe en el Resucitado, el calor de la comunión con Él, la fraternidad, la generosidad y la solidaridad concreta que también brota de la amistad con Él.

Todo esto lo quisiera resumir en una frase que les dejo como síntesis, síntesis y recuerdo de este encuentro: Si queremos servir desde el CELAM, a nuestra América Latina, lo tenemos que hacer con pasión. Hoy hace falta pasión. Poner el corazón en todo lo que hagamos, pasión de joven enamorado y de anciano sabio, pasión que transforma las ideas en utopías viables, pasión en el trabajo de nuestras manos, pasión que nos convierte en continuos peregrinos en nuestras Iglesias como —permítanme recordarlo— santo Toribio de Mogrovejo, que no se instaló en su sede: de 24 años de episcopado, 18 los pasó entre los pueblos de su diócesis. Hermanos, por favor, les pido pasión, pasión evangelizadora.

A ustedes, hermanos obispos del CELAM, a las Iglesias locales que representan y al entero pueblo de América Latina y del Caribe, los confío a la protección de la Virgen, invocada con los nombres de Guadalupe y Aparecida, con la serena certeza de que Dios, que ha hablado a este continente con el rostro mestizo y moreno de su Madre, no dejará de hacer resplandecer su benigna luz en la vida de todos. Gracias.

jueves, 7 de septiembre de 2017

Discurso del Papa Francisco a las autoridades de Colombia

Señor Presidente,
Miembros del Gobierno de la República y del Cuerpo Diplomático, Distinguidas Autoridades, Representantes de la sociedad civil, Señoras y señores.

Saludo cordialmente al Señor Presidente de Colombia, Doctor Juan Manuel Santos, y le agradezco su amable invitación a visitar esta Nación en un momento particularmente importante de su historia; saludo a los miembros del Gobierno de la República y del Cuerpo Diplomático.

Y, en ustedes, representantes de la sociedad civil, quiero saludar afectuosamente a todo el pueblo colombiano, en estos primeros instantes de mi Viaje Apostólico.

Vengo a Colombia siguiendo la huella de mis predecesores, el Beato Pablo VI y San Juan Pablo II y, como a ellos, me mueve el deseo de compartir con mis hermanos colombianos el don de la fe, que tan fuertemente arraigó en estas tierras, y la esperanza que palpita en el corazón de todos.

Solo así, con fe y esperanza, se pueden superar las numerosas dificultades del camino y construir un País que sea Patria y casa para todos los colombianos.

Colombia es una Nación bendecida de muchísimas maneras; la naturaleza pródiga no solo permite la admiración por su belleza, sino que también invita a un cuidadoso respeto por su biodiversidad.

Colombia es el segundo País del mundo en biodiversidad y, al recorrerlo, se puede gustar y ver qué bueno ha sido el Señor (cf. Sal 33,9) al regalarles tan inmensa variedad de flora y fauna en sus selvas lluviosas, en sus páramos, en el Chocó, los farallones de Cali o las sierras como las de la Macarena y tantos otros lugares. 

Igual de exuberante es su cultura; y lo más importante, Colombia es rica por la calidad humana de sus gentes, hombres y mujeres de espíritu acogedor y bondadoso; personas con tesón y valentía para sobreponerse a los obstáculos.

Este encuentro me ofrece la oportunidad para expresar el aprecio por los esfuerzos que se hacen, a lo largo de las últimas décadas, para poner fin a la violencia armada y encontrar caminos de reconciliación.

En el último año ciertamente se ha avanzado de modo particular; los pasos dados hacen crecer la esperanza, en la convicción de que la búsqueda de la paz es un trabajo siempre abierto, una tarea que no da tregua y que exige el compromiso de todos. 

Trabajo que nos pide no decaer en el esfuerzo por construir la unidad de la nación y, a pesar de los obstáculos, diferencias y distintos enfoques sobre la manera de lograr la convivencia pacífica, persistir en la lucha para favorecer la cultura del encuentro, que exige colocar en el centro de toda acción política, social y económica, a la persona humana, su altísima dignidad, y el respeto por el bien común.

Que este esfuerzo nos haga huir de toda tentación de venganza y búsqueda de intereses solo particulares y a corto plazo. 

Oíamos recién cantar “andar en el camino lleva su tiempo”. A largo plazo.

Cuanto más difícil es el camino que conduce a la paz y al entendimiento, más empeño hemos de poner en reconocer al otro, en sanar las heridas y construir puentes, en estrechar lazos y ayudarnos mutuamente (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 67).

El lema de este País dice: «Libertad y Orden». En estas dos palabras se encierra toda una enseñanza. Los ciudadanos deben ser valorados en su libertad y protegidos por un orden estable. No es la ley del más fuerte, sino la fuerza de la ley, la que es aprobada por todos, quien rige la convivencia pacífica. 

Se necesitan leyes justas que puedan garantizar esa armonía y ayudar a superar los conflictos que han desgarrado esta Nación por décadas; leyes que no nacen de la exigencia pragmática de ordenar la sociedad sino del deseo de resolver las causas estructurales de la pobreza que generan exclusión y violencia. Solo así se sana de una enfermedad que vuelve frágil e indigna a la sociedad y siempre la deja a las puertas de nuevas crisis. No olvidemos que la inequidad es la raíz de los males sociales (cf. ibíd., 202).

En esta perspectiva, los animo a poner la mirada en todos aquellos que hoy son excluidos y marginados por la sociedad, aquellos que no cuentan para la mayoría y son postergados y arrinconados.

Todos somos necesarios para crear y formar la sociedad. Esta no se hace solo con algunos de «pura sangre», sino con todos. Y aquí radica la grandeza y belleza de un País, en que todos tienen cabida y todos son importantes, como estos chicos que con su espontaneidad quisieron hacer de este protocolo mucho más humano. Todos somos importantes .En la diversidad está la riqueza. ¡En la diversidad está la riqueza!

Pienso en aquel primer viaje de San Pedro Claver desde Cartagena hasta Bogotá surcando el Magdalena: su asombro es el nuestro. Ayer y hoy, posamos la mirada en las diversas etnias y los habitantes de las zonas más lejanas, los campesinos. 


La detenemos en los más débiles, en los que son explotados y maltratados, aquellos que no tienen voz porque se les ha privado de ella o no se les ha dado, o no se les reconoce. 

También detenemos la mirada en la mujer, su aporte, su talento, su ser «madre» en las múltiples tareas. Colombia necesita la participación de todos para abrirse al futuro con esperanza.

La Iglesia, en fidelidad a su misión, está comprometida con la paz, la justicia y el bien de todos. Es consciente de que los principios evangélicos constituyen una dimensión significativa del tejido social colombiano, y por eso pueden aportar mucho al crecimiento del País; en especial, el respeto sagrado a la vida humana, sobre todo la más débil e indefensa, es una piedra angular en la construcción de una sociedad libre de violencia. 

Además, no podemos dejar de destacar la importancia social de la familia, soñada por Dios como el fruto del amor de los esposos, «lugar donde se aprende a convivir en la diferencia y a pertenecer a otros» (ibíd., 66). 

Y, por favor, les pido que escuchen a los pobres, a los que sufren. Mírenlos a los ojos y déjense interrogar en todo momento por sus rostros surcados de dolor y sus manos suplicantes. 

En ellos se aprenden verdaderas lecciones de vida, de humanidad, y de dignidad. Porque ellos, que entre cadenas gimen, sí que comprenden las palabras del que murió en la cruz —como dice la letra de vuestro himno nacional—.

Señoras y señores, tienen delante de sí una hermosa y noble misión, que es al mismo tiempo una difícil tarea. Resuena en el corazón de cada colombiano el aliento del gran compatriota Gabriel García Márquez: «Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera». Hasta aquí García Márquez. 

Es posible entonces, continúa el escritor, «una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra» (Discurso de aceptación del premio Nobel, 1982).

Es mucho el tiempo pasado en el odio y la venganza... La soledad de estar siempre enfrentados ya se cuenta por décadas y huele a cien años; no queremos que cualquier tipo de violencia restrinja o anule ni una vida más. 

Y quise venir hasta aquí para decirles que no están solos, que somos muchos los que queremos acompañarlos en este paso; este viaje quiere ser un aliciente para ustedes, un aporte que en algo allane el camino hacia la reconciliación y la paz.

Están presentes en mis oraciones. Rezo por ustedes, por el presente y por el futuro de Colombia. Gracias.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

MENSAJE DE Francisco PARA LA XXV CONFERENCIA DE espiritualidad ecuménica ORTODOXA

Un hermano Enzo Bianchi, Monasterio de Bose

En la inauguración de la XXV Conferencia Internacional Ecuménico de Espiritualidad ortodoxa, me gustaría extender a todos los que, organizadores y participantes, mi cordial saludo. En particular, deseo expresar un cálido abrazo de la paz a Su Santidad el Patriarca Ecuménico, querido hermano Bartolomé y Su Beatitud Theodoros, Patriarca de Alejandría: su presencia importante rinde homenaje a la rueda de 25 años que el Monasterio de Bose organiza en colaboración con las iglesias ortodoxas y se corrobora la contribución al camino común hacia la unidad plena.

El tema de este año, "el don de la hospitalidad", es sugerente y actual. Es cierto que la hospitalidad es un regalo, un don que hemos recibido el primer lugar: somos huéspedes de un mundo creado por nosotros, y que deben ser salvaguardados, pero también estamos pasando por aquí, extranjeros en la tierra, porque los invitados y se espera en el cielo, Dov 'es nuestra ciudadanía (cf. Fil 3:20).

Mientras tanto, condición de peregrinos discípulos, estamos llamados a fijar la mirada en lo que no fijado, la caridad que no tendrá fin (cf. 1 Cor 13,8), para dar la bienvenida unos a otros como dones del Señor, hogares de acogida y afecto mutuo, "tener compasión, tomar parte en el dolor de los que sufren, tenga en cuenta lo mal que sus desgracias de los demás" (Nº Cabasilas, la vida en Cristo , VI, 8). Espero que esta llamada está animada por la escucha humilde y sincero y las reflexiones de estos días, pueden crecer más y más maduro y sentimientos fraternales real "hospitalidad del corazón", de modo que mientras peregriniamo juntos hacia el Reino, nos vemos impulsados a tomar medidas más valiente y concretos hacia la plena comunión.

Con estos sentimientos, invoco sobre vosotros y el trabajo de la Conferencia de la abundancia de los dones del Espíritu, y te pido que reservar un lugar en sus oraciones.

Desde el Vaticano 18 de agosto 2017

FRANCESCO

Arratibel, cineasta agnóstico, vio que sus parientes se convertían y lo recogió en un filme único

David Arratibel es un cineasta y documentalista navarro interesado por “el mundo interior”, que se define como agnóstico y que estrena a finales de mes una películapeculiar y apasionante, Converso, una exploración de la fe en cuatro personas de su familia que hace unos años estaban muy alejados de la fe y en poco tiempo y por vías distintas se han convertido a un catolicismo vibrante y entusiasta.

Su cuñado, que no era ateo pero ni rezaba ni se trataba con Dios, cambió leyendo un libro de Benedicto XVI una noche en un hotel.
Su hermana estaba retirada en un convento solo para relajarse, pero compró un rosario pensando que era otra cosa, lo rezó, casi como un experimento, y vivió una experiencia mística que la transformó.

Otra hermana más joven se convenció de que “estamos aquí para algo” y acompañando a misa a su madre entendió que “todo eso era verdad”.

Y la madre, que había perdido la fe en su juventud y fue militante comunista, la recuperó con la vivencia de su hija y repasando sus lecturas. Un boom de Dios en casa.

El cineasta, que se mantenía como agnóstico, quedó descolocado y bastante enfadado cuando toda la familia se desplazó a ese otro mundo extraño. Así nacería su voluntad de intentar entender y de superar prejuicios.

 David Arratibel, a la izquierda, y los cuatro conversos que protagonizan su película... voces distintas pero armonizan

El mismo título, “Converso”, da una clave: se refiere a conversión, pero también a conversación, a poder hablar con tranquilidad y sinceridad. Lo ha comentado con ReligionEnLibertad. Y también recomienda un libro a exploradores con inquietudes.

- ¿Cuál crees que es la mayor dificultad para que una persona alejada de la fe pueda animarse a explorarla?
- El prejuicio es el mayor impedimento. Cuando dije a mis amigos, de ambientes de cine, agnósticos, que iba a hacer una película sobre “cómo una persona llega a creer”, las reacciones estaban llenas de prejuicios. “Cuidado, que te van a ganar”, dijo uno. “Solo puedes hacer una película así si consigues dejarlos en ridículo”, dijo otro. Pero cuando mostré la película terminada a ese amigo, me dijo: “Ah, pero esto no va de religión, sino de ausencias, vacíos, distancias, sentimientos...” Eso me gustó, distintos espectadores ven cosas distintas en la película.

»Pero la verdad es que sí que hay una beligerancia contra lo religioso. Incluso grabé bastantes reacciones de gente, con beligerancia y prejuicios, aunque al final no las incluí porque distraían del tema central. Pero he de decir que una vez la película ha empezado a circular, casi no ha habido ninguna crítica negativa sobre el tema o como se aborda.

- Alguien preguntará que por qué explorar el catolicismo y no cualquier otra corriente religiosa...
- Es que a mí el catolicismo de repente me rodeó. Yo llevo años haciendo meditación vedanta advaita [de origen hindú, proclama la unidad total entre los seres; nota de ReL]. Estuve en la India, en el mismo sitio que los Beatles, haciendo meditación allí. Pero el cuerpo no me pedía filmar sobre eso. Con mi cuñado, muy culto, siempre hablé a gusto de temas de religión. Me gusta el cine de lo interior, lo personal. Hacer una película sobre la meditación, la lucha mental interior, sería un reto interesante. Pero creo que algo de eso hice ya en mi película Oírse, que habla de la luz interior.

- ¿Cómo intentas hacer visible en tu película lo espiritual, que es invisible?
- Yo quería mostrar cómo se llega a ese momento de certeza de que Dios existe, ese momento de cambio. Tenía cuatro aproximaciones: mi madre, por la emoción; mi cuñado, más racional; mi hermana, con su experiencia... ¿Cómo llegan a ese ‘clic’? Pero eso, en realidad, no se puede filmar. Terrence Malick, el autor de El Árbol de la Vida, expresa la acción del Espíritu Santo con símbolos, como la luz, el viento en los campos... Pero esos recursos pueden llegar a ser casi clichés y yo no quería hacer eso. Al final, como dice mi cuñado en la película, “las operaciones del Espíritu Santo en cada alma no se pueden representar en imágenes”. Lo que sí muestro es como lo viven estas cuatro personas concretas.

 David Arratibel mete sus cámaras en la intimidad de la casa -y el alma- de su hermana María 

- Tu hermana María regaña a las amigas que chismorrean sobre su cambio espiritual pero que cuando hablan con ella no se atreven a preguntarle. “Chica, tómate un café conmigo y pregúntame”, dice. ¿Es esa una clave de la película?
- Sí, es de una importancia total. Gracias a la película yo empecé a preguntarles casi como un inquisidor. Y ella me dijo: ‘por fin podemos hablar de algo que es tan importante para mí’. Se trata de conversar desde el amor, la empatía... Con convicciones, sí. No se trata de intentar convencer al otro, sino de entender al otro. Y luego, de manera natural, ya veremos si uno pasa a adoptar la visión del otro. Ese café, ese conversar, es clave. Hay que poder hacerlo.

- ¿Qué recomiendas a alguien alejado de la fe que quiera empezar a explorarla? ¿Que abra la Biblia? ¿Que hable con un cura? ¿Qué primer paso propones?
- Yo recomiendo que lea un libro reciente, El Reino, de Emmanuel Carrère. Yo lo leí después de terminar la película. Carrère, en su juventud, fue un cristiano apasionado. Después perdió la fe. Pero es una persona espiritual, no puede dejar de serlo, y admira a Cristo, a San Pablo y la propuesta del cristianismo.

»Este libro quitará al lector muchos prejuicios. Yo, por ejemplo, estaba convencido de que los Evangelios son textos muy tardíos, yo que sé, del siglo VIII o así, muy lejanos a los hechos. Entonces veo que las cartas de San Pablo son de los años 50, de unos doce años después de la muerte de Cristo. Los Evangelios están muy cerca de los hechos. Carrère analiza la base literaria de los textos, las fuentes históricas, los evangelistas como autores que escriben... Deja claro que eso de que Jesús no existió no se sostiene, etc...

- ¿Qué conoces del cine espiritual moderno?
- No he visto casi nada, sólo películas de Malick. Y Tarkovski. Vi Tierra de María, de Juan Manuel Cotelo, pero era un planteamiento muy distinto a lo que yo estaba haciendo y no me influyó. Tampoco quise ver más películas, para que no interfiriera con lo que buscaba. Juan Orellana, un crítico de cine católico, me comentaba: “Al cine católico a menudo se le nota demasiado; lo que tú haces es especial porque es una mirada desde fuera”.

Beato Bertrán de Garrigues,O.P.

A fines del siglo doce y principios del trece, el sur de Francia era asolado por la herejía y las guerras civiles. Los albigenses, apoyados por la nobleza, ofrecían ante el pueblo el aspecto de una vida de virtuosa austeridad para algunos y de licencia desenfrenada para muchos; éste era el partido que dominaba casi por completo la situación. Los católicos, por su parte, reducidos a la impotencia por la frialdad general y la descomposición moral, se atrevieron a tomar las armas contra los herejes y el desafío fue aceptado. En aquel ambiente confuso y perturbado creció y se educó Beltrán, natural de Garrigues, en la diócesis de Nimes; pero sus padres habían tenido buen cuidado de introducir en su corazón la semilla de la verdadera fe y eso bastó para que el joven evitara los peligros de la herejía que surgían por todas partes a su alrededor.

En el año de 1200, el albigense Raimundo IV de Toulouse marchó a través del Languedoc con el propósito de arrasar los monasterios ortodoxos, especialmente los del Cister, centros oficiales de las misiones contra los herejes. Se asegura que en aquella ocasión, el convento de Bouchet se salvó de la destrucción, gracias al ingenio del hermano encargado de cuidar las abejas que, al ver llegar a los herejes, derribó los panales, y los enjambres se lanzaron contra los soldados para hacerles huír más que de prisa. Por aquel entonces, Beltrán había recibido la ordenación sacerdotal y se había unido, como predicador, a la misión del Cister. En 1208, Pedro de Castelnau, delegado cistercense, fue brutalmente asesinado y, en consecuencia, Simón de Montfort emprendió su violenta cruzada contra los albigenses. En aquellos momentos, Beltrán se encontró con santo Domingo, quien se esforzaba por remediar con la plegaria y la predicación del bien los estragos que hacía su amigo Simón de Montfort con la espada. En el año de 1215, Beltrán formó parte del grupo de seis predicadores reunidos en torno a santo Domingo, grupo éste del que surgió la gran Orden de Predicadores. Para el año siguiente, su número había aumentado a dieciséis «excelentes predicadores de nombre y de hecho», los mismos que se reunieron en Prouille para redactar una regla y un plan de vida en su nueva sociedad.

Después de un año de vida en común en el priorato de Toulouse, el fundador dio su famoso golpe de suerte al ordenar la dispersión de sus religiosos; Beltrán fue enviado a París con fray Mateo de Francia y otros cinco frailes. Estos hicieron una fundación cerca de la Universidad, pero no por ello permaneció Beltrán largo tiempo en París, puesto que santo Domingo le llamó a Roma y de ahí le envió, junto con fray Juan de Navarra, a establecer la Orden en Bolonia. A pesar de que fue el Beato Reinaldo de Orleans el amigo que mayor influencia ejerció sobre Beltrán, Ios primeros escritores dominicos se refieren a éste como al muy amado compañero de santo Domingo, su socio favorito en el trabajo, el compañero de sus jornadas, sus plegarias y su santidad. En 1219, le acompañó en la única visita que santo Domingo hizo a París. Ambos partieron de Toulouse e hicieron un rodeo para pasar por el santuario de Rocamandour. Por cierto que aquel viaje estuvo lleno de maravillas, como la comprensión de la lengua alemana sin haberla aprendido nunca y el permanecer secos bajo una lluvia torrencial.

En el segundo capítulo general, que tuvo lugar en Bolonia en 1221, la orden dominicana quedó dividida en ocho provincias y Beltrán fue nombrado prior provincial en Provenza. Los nueve años que todavía vivió fueron dedicados a una predicación enérgica y elocuente por todo el sur de Francia, donde amplió enormemente las actividades de su orden y fundó el gran priorato de Marsella. Hay una anécdota donde se relata que, en cierta ocasión, un tal fray Benedicto preguntó a Beltrán por qué celebraba tan rara vez misas de requiem. «Estamos seguros de que las buenas almas se han salvado -repuso-, pero nuestro propio fin y el de otros pecadores no es muy seguro». Fray Benedicto insistió: «Está bien; pero supongamos que te encuentras con dos mendigos, uno fuerte y sano, el otro inválido. ¿Por cuál de los dos sentirás mayor compasión?». «Por el que menos pueda hacer por sí mismo». «Así es. Los muertos nada pueden hacer por sí mismos; no tienen boca para hablar ni manos para trabajar; en cambio, los pecadores vivos pueden hablar, moverse y ciudar de sí mismos». Beltrán no quedó muy convencido por aquella argumentación y, si bien ofició más a menudo las misas de difuntos, fue por motivo de una visión o un sueño en el que vio la partida de un alma al cielo, lo que le perturbó en extremo.

El beato Beltrán murió en la abadía de Boucbet, cerca de Orange, alrededor del año 1230; su culto fue confirmado en 1881. «Por sus vigilias, sus ayunos y otras penitencias a las que se entregaba -escribio fray Bernardo Guidonis-, consiguió asemejarse a nuestro amado padre a tal extremo que, al verle pasar, uno se decía para sus adentros: En verdad que el discípulo se parece a su maestro; allá va la imagen de nuestro bendito Domingo.»

martes, 5 de septiembre de 2017

Confesiones, lágrimas y bendiciones a policías: un sacerdote relata su experiencia en Las Ramblas

Han pasado ya casi tres semanas del brutal atentado que dejó en Barcelona 16 muertos y más de un centenar de heridos. Pero aún se siguen conociendo nuevas historias de personas que a título individual intentaron poner su granito de arena y llevar consuelo en medio del dolor.

Es lo que hizo, por ejemplo, el sacerdote barcelonés Dámaso Ruiz. El atentado en Las Ramblas ha dejado un poso de gran dolor y miedo entre los muchos vecinos y comerciantes que presenciaron esta brutalidad cometida por Estado Islámico, por lo que este religioso acudió al lugar para consolar, confesar, bendecir y ayudar a todo el que lo necesitase. A través de Facebook ha contado su experiencia de aquel día.

"Necesitaba hacer algo"
“Tras el atentado del día 17 necesitaba hacer algo. Como sacerdote vi que era un momento que llevaba a la reflexión. El 23 me dirigí a Las Ramblas”, cuenta este sacerdote.

Fue recorriendo los lugares por donde se fue produciendo el atropello masivo y así fue como entró “en una óptica donde dos empleados socorrieron a numerosas víctimas. Encontré a uno y lo felicité. Pese a lo visto ‘volvería a hacerlo’. Le bendije”.

En Canaletas, uno de los lugares más céntricos de Barcelona, cuenta el padre Dámaso, “recé el Padrenuestro ante las velas. Muchos lo siguieron y se escuchaban lágrimas. Algunos me dieron las gracias. Esta escena se repitió  en diversos memoriales instalados”.

El policía que le pidió que le bendijera
En ese momento, ocurrió algo llamativo cuando un guardia urbano (policía municipal) “me pidió la bendición para él y sus compañeros. Luego me informaron de que intentó salvar a Xavier, el niño de tres años. Al pasar por el lugar donde falleció recé en silencio ante su foto”.

A partir de ese momento, este joven cura decidió dar un paso más y se colocó una estola morada y se sentó en una parada de autobús. Tal y como el mismo Dámaso cuenta en su Facebook, “un joven me pidió que bendijera el lugar ‘para que no vuelva el mal’. Así lo hice”.

Un joven acabó confesándose
Pero además, le invitó a confesarse y el joven accedió. “En la absolución le cambió la cara y aseguró que cambiaría de camino. Le di un Rosario entregado por una voluntaria en rehabilitación de indigentes que conocí cuando ponía su vela”, agrega.

El contacto con las personas también le llevó a otra experiencia, en este caso con una persona pobre, que tras su conversación renunció “a un negocio de drogas que le proponían, recordando a su abuela: ‘trafican con la muerte’.

Ya al final del recorrido mortal de la furgoneta, en Liceo, se sentó. Y entonces una señora inglesa luterana le abrazó emocionada, a lo que este sacerdote le respondió con un “God bless you (Dios te bendiga).

"Dios actúa en medio del dolor"
De vuelta a Canaletas todavía le esperaban nuevas sorpresas en esta corta pero intensa experiencia que emprendió. Allí un grupo de profesores se acercó a él y le confiaron su propósito de esforzarse aún más en la educación tras escribir en el suelo: “Como maestra seguiré luchando por una sociedad donde el amor triunfe”.

Antes de volver a casa, concluye el padre Dámaso, rezó "el último responso. Han sido dos horas de las que regreso lleno, con la experiencia de que Dios actúa en medio del dolor”.

Un sacerdote conocido en Barcelona
El padre Dámaso Ruiz es más conocido en Barcelona como Dámaso Perico, debido a su gran afición al equipo de fútbol del Espanyol de Barcelona. Era un personaje muy conocido en el españolismo puesto que desde muy joven era uno de los mayores animadores en el antiguo estadio de Sarriá, donde con un bombo en la mano recorría todo el estadio animando a su equipo.

Finalmente, un día dejó el bombo para ir al seminario y fue ordenado en Barcelona en 2007. “En Sarrià me teníais como animador de la grada. En esta nueva etapa me tenéis como animador de almas", dijo a los cientos de aficionados del Espanyol que acudieron a su ordenación sacerdotal.