lunes, 15 de junio de 2026

Lunes de la XI Semana del Tiempo Ordinario.

Primera Lectura

Lectura del primer libro de los Reyes (21,1-16):

Por aquel tiempo, Nabot, el de Yezrael, tenía una viña pegando al palacio de Ajab, rey de Samaria.

Ajab le propuso: «Dame la viña para hacerme yo una huerta, porque está al lado, pegando a mi casa; yo te daré en cambio una viña mejor o, si prefieres, te pago en dinero.»

Nabot respondió: «¡Dios me libre de cederte la heredad de mis padres!»

Ajab marchó a casa malhumorado y enfurecido por la respuesta de Nabot, el de Yezrael, aquello de: «No te cederé la heredad de mis padres.»

Se tumbó en la cama, volvió la cara y no quiso probar alimento.

Su esposa Jezabel se le acercó y le dijo: «¿Por qué estás de mal humor y no quieres probar alimento?»

Él contestó: «Es que hablé a Nabot, el de Yezrael, y le propuse: «Véndeme la viña o, si prefieres, te la cambio por otra.» Y me dice: «No te doy mi viña.»»

Entonces Jezabel dijo: «¿Y eres tú el que manda en Israel? ¡Arriba! A comer, que te sentará bien. ¡Yo te daré la viña de Nabot, el de Yezrael!»

Escribió unas cartas en nombre de Ajab, las selló con el sello del rey y las envió a los ancianos y notables de la ciudad, paisanos de Nabot. Las cartas decían: «Proclamad un ayuno y sentad a Nabot en primera fila. Sentad en frente a dos canallas que declaren contra él: «Has maldecido a Dios y al rey.» Lo sacáis afuera y lo apedreáis hasta que muera.»

Los paisanos de Nabot, los ancianos y notables que vivían en la ciudad, hicieron tal como les decía Jezabel, según estaba escrito en las cartas que habían recibido.

Proclamaron un ayuno y sentaron a Nabot en primera fila; llegaron dos canallas, se le sentaron enfrente y testificaron contra Nabot públicamente: «Nabot ha maldecido a Dios y al rey.»

Lo sacaron fuera de la ciudad y lo apedrearon hasta que murió.

Entonces informaron a Jezabel: «Nabot ha muerto apedreado.»

En cuanto oyó Jezabel que Nabot había muerto apedreado, dijo a Ajab: «Hala, toma posesión de la viña de Nabot, el de Yezrael, que no quiso vendértela. Nabot ya no vive, ha muerto.»

En cuanto oyó Ajab que Nabot había muerto, se levantó y bajó a tomar posesión de la viña de Nabot, el de Yezrael.

Palabra de Dios


Salmo 5,2-3R/. Atiende a mis gemidos, Señor


 Santo Evangelio según san Mateo (5,38-42):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo: «Ojo por ojo, diente por diente». Yo, en cambio, os digo: No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehuyas.»

Palabra del Señor


Compartimos:

Ajab no solo ha dejado tuerto a Nabot; lo ha dejado totalmente ciego y muerto. En la lectura de hoy no se nos dice el desenlace de la historia, pero cualquier jurista podría decir que Ajab tiene que pagar: y pagar no solo restaurando la viña a la familia de Nabot, sino con toda su propiedad, su vida, o cuando menos con cadena perpetua. Pero el evangelio trae una perspectiva algo distinta. Se oye mucho decir que la máxima de “ojo por ojo” sólo conseguiría un inmenso número de tuertos. Es decir, habla de perdón… “habéis oído decir…. Pero yo os digo…”. La persona puede perdonar, pero no está en su mano hacer justicia.


El perdón es personal… la justicia es de Dios. Porque, lógicamente, siempre va a haber consecuencias, más que nada, consecuencias de por vida para quienes, aunque hayan sido perdonados, quizá no se hayan arrepentido de haber dejado tuerto a otro. Quizá nadie los deje tuertos a ellos, pero ciertamente han quedado separados de Dios y de los demás y, por tanto, fuera de la posibilidad de felicidad. Como se dice a veces, en el pecado llevan la penitencia, a no ser que regresen a Dios de todo corazón y enmienden el mal hecho.


Puede parecer que la carga cae sobre el “tuerto” original, es decir, sobre quien ha sido víctima. Además de haber sido dañado, tiene que perdonar, y le toca también orar por quien le persigue, seguir haciendo el bien. Caminando una milla más, dando el doble… Porque al tuerto (o el muerto en el caso de Nabot), se le ha quitado algo, pero no la felicidad. Pero el victimario, en cambio, puede tener los ojos (la viña) intactos, pero no puede ser feliz. Tiene un hueco dentro imposible de llenar con viñas o muertes. Y ahora, según la justicia de Dios, que quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, al tuerto le toca restaurar la vista del ciego que ha cometido la infracción. Porque quien ha cometido la infracción no es solo tuerto: ha perdido la vista y está totalmente herido. Con la oración, con el perdón, con la intercesión ante Dios, el tuerto podría conseguir de Dios la misericordia para que el agresor pueda encontrar el camino a la felicidad, que pasa por la reconciliación y la restauración… Es decir, la vuelta a la justicia. No a base de igualar el mal para todos, sino de restaurar la bondad para todos.

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